Los miserables · Victor Hugo

Chapter 2

Capítulo 7 de 171 · 2 min de lectura

=Hallazgo=

Mario no había dejado de vivir en la casucha de Cuervo, donde no hacía caso de nadie.

En aquella época no había ya en dicha casa otros vecinos que él y aquellos Jondrette por quienes había pagado una vez el alquiler, sin haber nunca hablado al padre, á la madre ni á las hijas. Los demás inquilinos se habían mudado, habían muerto ó habían sido echados por malos pagadores.

Un día de aquel invierno había aparecido el sol poco después del medio día; pero era el dos de febrero, es decir, el día de la Candelaria, en que el traicionero sol, precursor de un frío de seis semanas, inspiró á Mateo Laensberg estos dos versos, que se han hecho justamente clásicos:

Que brille el sol ó que llueva, se vuelve el oso á la cueva.

Mario acababa de salir de la suya; caía la noche. Era la hora de ir á comer, porque había tenido necesidad de volver á comer como antes. ¡Oh debilidad de las pasiones ideales!

Acababa de pasar el umbral de su puerta, que estaba barriendo la tía Bougón, mientras murmuraba este memorable monólogo:

—¿Qué es lo que está ahora barato? Todo está caro. No hay nada barato sino las penas. ¡Esto sí que se da de balde! ¡penas del mundo!

Mario subía lentamente por el boulevard hacia la barrera en dirección á la calle de Santiago. Iba pensativo y cabizbajo.

De repente recibió un empujón entre la bruma; volvióse, y vió dos muchachas andrajosas, alta y delgada la una, y la otra algo más baja, que pasaban rápidamente desalentadas, asustadas y en ademán de huir. Iban en dirección contraria; no le habían visto, y le habían topado al pasar. Mario distinguió entre el crepúsculo sus figuras lívidas, sus cabezas despeinadas, sus cabellos esparcidos, sus horribles gorras, sus sayas andrajosas y sus pies descalzos. La mayor decía en voz baja:

—Los corchetes han venido; por poco me pinzan.

La otra respondió:

—Yo los vi; pero les he chasqueado, chasqueado, chasqueado.

Mario comprendió, al través de esta conversación siniestra, que los gendarmes ó los agentes de policía habían tratado de prender á estas dos muchachas, y ellas se habían escapado.

Metiéronse por entre los árboles del boulevard, á espaldas de él, dibujando por algún tiempo entre la obscuridad una sombra blanquecina que se iba desvaneciendo.

Mario se detuvo un momento.

Iba ya á continuar su camino, cuando vió en el suelo á sus pies un paquetito; se bajó y lo cogió. Era una especie de envoltorio, y parecía contener papeles.

—¡Bueno,—dijo;—se les habrá caído á esas infelices!

Volvió atrás, llamó, pero no las encontró. Creyó que estarían ya lejos; se metió el paquete en el bolsillo y se fué á comer.

Siguiendo su camino, vió en un lado de la calle Mouffetard un ataúd de niño, cubierto con un paño negro, colocado sobre tres sillas y alumbrado por una vela. Las dos muchachas que había visto en el crepúsculo reaparecieron en su imaginación.

—¡Pobres madres!—pensó.—Hay todavía una cosa más triste que ver morir á los hijos, y es verlos entregados á mala vida.

Después, estas sombras que distraían su tristeza, abandonaron su pensamiento y cayó en sus habituales meditaciones. Volvió á pensar en aquellos seis meses de amor y de felicidad que había pasado al aire libre y en plena luz, bajo los hermosos árboles del Luxemburgo.

—¡Qué sombría se ha hecho mi existencia!—decía.—Las muchachas se me aparecen siempre. Pero antes eran ángeles, y ahora son abismos.