Los miserables · Victor Hugo

Chapter 1

Capítulo 6 de 171 · 3 min de lectura

=Buscando Mario una joven con sombrero, encuentra un hombre con gorra=

Pasóse el verano y después el otoño, y llegó el invierno. Ni el señor Leblanc ni la joven habían vuelto á poner los pies en el Luxemburgo. Mario no tenía más que un pensamiento, volver á ver aquel dulce y adorable rostro; buscábale sin cesar; buscábale en todas partes, pero no lo encontraba nunca. No era ya Mario el soñador entusiasta, el hombre resuelto, ardiente y firme, el audaz provocador del destino, el cerebro amontonaba porvenir sobre porvenir, con la imaginación llena de planes, de proyectos, de vanidades, de ideas y de voluntades: era un perro perdido. Cayó en una negra tristeza; todo había concluido. El trabajo le repugnaba, el paseo le cansaba, la soledad le aburría; la vasta naturaleza, tan llena para él en otro tiempo de formas, de irradiaciones, de voces, de consejos, de perspectivas, de horizontes y de enseñanzas, se presentaba ahora vacía ante sus ojos. Se le figuraba que todo había desaparecido.

Continuaba pensando, porque no podía hacer otra cosa; pero ya no se complacía en sus pensamientos; y á todo lo que estos le proponían en voz baja, respondía él en la sombra: ¿Con qué objeto?

Hacíase á sí mismo frecuentes reproches. ¿Por qué la he seguido? ¡Yo era tan feliz con solo verla! Me miraba; ¿y no era esto ya una dicha inmensa? Parecía que me amaba. ¿No era esto todo? ¿Y qué es lo que he querido tener? No hay nada después de eso. He cometido un absurdo. Ahí está mi error etc., etc. Courfeyrac, á quien nada confiaba, porque así era su carácter, pero que adivinaba algo en todo, por ser éste también su carácter, había empezado felicitándole por su amor, pero asombrándose por otra parte. Viendo después á Mario sumergido en aquella melancolía, había concluido por decirle:—Veo que has sido simplemente un animal. Anda, vente al baile de la Chaumière.

Una vez, confiando en un hermoso sol de septiembre, Mario se había dejado llevar al baile de Sceaux por Courfeyrac, Bossuet y Grantaire, creyendo, ¡qué ilusión! que tal vez la encontraría allí. Como era de esperar, no encontró á quien buscaba. Y sin embargo, aquí se encuentran todas las mujeres perdidas, murmuraba Grantaire para sí. Mario dejó á sus amigos en el baile, y se volvió á pie, solo, postrado, febril, con los ojos turbados y tristes, fijos en la noche, aturdido por el ruido y el polvo levantado por los alegres carruajes llenos de bulliciosos cantantes que volvían de la fiesta, y pasaban á su lado, mientras él, desalentado, aspiraba para refrescar la cabeza, el acre olor de los nogales del camino.

Dedicóse entonces á vivir más y más solitario, abatido, entregado solo á su angustia interior, dando vueltas en torno de su dolor como el lobo en la trampa, buscando en todas partes el ser ausente, embrutecido de amor.

Otra vez tuvo un encuentro que le produjo un efecto singular. Se había tropezado en las callejuelas próximas al boulevard de los Inválidos, con un hombre vestido como un obrero que llevaba encasquetada una gorra de gran visera, dejando salir algunos mechones de cabellos blanquísimos. Mario fué sorprendido por la belleza de aquellos cabellos blancos, y examinó á aquel hombre que andaba á paso lento, y como absorto en alguna meditación dolorosa; y ¡cosa extraña! creyó reconocer en él al señor Leblanc; eran sus mismos cabellos, su mismo perfil, en toda la parte que dejaba la gorra al descubierto; y el mismo aspecto, solamente más triste. Pero, ¿por qué aquel traje de obrero? ¿Qué quería aquello decir? ¿Qué significaba semejante disfraz? Mario se quedó absorto. Cuando volvió en sí, su primer movimiento fué seguir á aquel hombre; ¿quién sabe si había dado con el rastro de lo que buscaba? En todo caso, era preciso ver al hombre más de cerca y aclarar aquel enigma. Pero esta idea se le ocurrió ya demasiado tarde; el hombre había desaparecido.

Sin duda se había metido por alguna de las calles laterales, y no pudo alcanzarle. Este encuentro le preocupó algunos días, hasta que se desvaneció.

Después de todo, se decía, no pasará de ser una semejanza.