Los miserables · Victor Hugo

Chapter 4

Capítulo 5 de 171 · 3 min de lectura

=Composición de la cuadrilla=

Estos cuatro bandidos formaban por sí solos una especie de Proteo, que serpenteando entre la policía, y procurando librarse de las miradas indiscretas del jefe Vidocq, «bajo las diversas apariencias del árbol, llama ó fuente», prestándose unos á otros sus nombres y sus guaridas, ocultándose en su propia sombra, siendo cajas de secreto y asilos unos de otros; deshaciéndose de sus personalidades como se quita uno la nariz postiza en un baile de máscaras; simplificándose á veces hasta el punto de no ser más que uno; multiplicándose otras hasta el extremo de que el mismo Coco Lacour los tomaba por una turba.

Estos cuatro hombres no eran cuatro hombres; eran una especie de ladrón misterioso de cuatro cabezas, trabajando mucho sobre París; componían el pólipo monstruoso del mal, habitando la cripta de la sociedad.

Gracias á sus ramificaciones y á la red subyacente de sus relaciones, Babet, Gueulemer, Claquesous y Montparnasse, tenían la empresa general de las acechanzas del departamento del Sena. Los inventores de ideas en este género, los hombres de imaginación tenebrosa se dirigían á ellos para la ejecución. Se daba á estos cuatro bribones el argumento, y ellos se encargaban de la representación. Trabajaban en el mismo escenario. Siempre se hallaban en situación de proporcionar un personal adecuado y conveniente para todos los atentados que necesitasen ayuda, y fuesen suficientemente lucrativos. Cuando un crimen tenía necesidad de brazos se subarrendaban cómplices. Tenían una compañía de actores de tinieblas á disposición de todas las tragedias de caverna.

Reuníanse generalmente al caer la noche, hora de su despertar, en los alrededores de la Salpetrière, y allí conferenciaban. Tenían ante sí doce horas negras y las distribuían.

Patrón Minette, tal era el nombre que en la circulación subterránea se daba á la asociación de aquellos cuatro hombres. En el antiguo lenguaje popular fantástico, que va borrándose diariamente, Patrón Minette, en francés, significa la madrugada, lo mismo que entre perro y lobo significa el anochecer. Este apelativo, Patrón Minette, procedía probablemente de la hora en que concluían su trabajo, pues que el alba es la hora en que se desvanecen los fantasmas y se separan los bandidos. Bajo esa razón social, pues, eran conocidos aquellos cuatro hombres. Cuando el presidente del tribunal de los jurados visitó á Lacenaire en la cárcel, le habló de una fechoría que éste negaba: ¿Quién ha hecho esto? le preguntó; Lacenaire dió esta respuesta enigmática para el magistrado, pero clara para la policía: Tal vez haya sido Patrón-Minette.

Á veces se adivina toda una obra dramática con sólo la enunciación de los personajes; lo mismo casi se puede apreciar una banda por la lista de los bandidos. Véase, puesto que esos nombres sobrenadan en las memorias especiales, á qué apelativos respondían los principales afiliados de Patrón Minette.

Panchaud (a) Primaveral, (a) Bigornia.

Brujón, (había toda una dinastía de Brujones de la cual no renunciamos á decir algo).

Boulatruelle, el caminero que ya conocemos.

Laveuve (La viuda).

Finisterre.

Homero-Hogu, negro.

Mardisior (Malanoche).

Dépêche (Estafeta).

Fauntleroy (a) la Ramilletera.

Glorieux, presidiario cumplido.

Barrecarrosse (Tentecoches) (a) Dupont (señor Delpuente).

La explanada del Sur.

Poussagrive (Lanzatordos).

Carmagnolet (Carmañoleto).

Kruideniers (a) Bizarro.

Mangedentelle (Tragaencaje).

Les-pieds-en-l'air (Volatinero).

Demi liand (Medio ochavo) (a) Millonario.

Etc., etc.

Omitimos otros, y no de los peores. Estos nombres tienen rostros. No expresan solamente seres, sino especies. Cada uno de estos nombres corresponde á una variedad de esos deformes hongos de las capas inferiores de la civilización.

Aquellos seres, poco pródigos de sus caras, no eran de ésos que se ven pasar por la calle.

De día, cansados de las noches terribles que pasaban, se iban á dormir, ya á los hornos de yeso, ya á las canteras abandonadas de Montmartre ó de Montrouge, y á veces á las alcantarillas. Se enterraban.

¿Qué ha sido de esos hombres? Existen siempre; siempre han existido. Horacio habla de ellos: Ambubaiarum collegia, pharmacopolæ, mendici, mimæ; y mientras sea la sociedad lo que es, serán ellos lo que son. Bajo el obscuro techo de su cueva renacen continuamente de las filtraciones sociales. Reaparecen como espectros, siempre idénticos; solamente que no llevan los mismos nombres, ni se cubren con las mismas pieles.

Extirpados los individuos, subsiste la tribu.

Tienen siempre las mismas facultades. Del truhán al vago, la raza se mantiene pura. Adivinan el dinero en los bolsillos, y huelen los relojes en los chalecos. El oro y la plata tienen para ellos olor. Hay burgueses sencillos de quienes puede decirse que están predestinados á ser robados. Estos hombres siguen pacientemente á esos burgueses. Al paso de un extranjero ó de un provinciano se estremecen como arañas.

Estos hombres, cuando hacia la media noche en algún boulevard desierto se les descubre ó se los ve, son espantosos. No parecen hombres, sino formas hechas de bruma viviente. Diríase que generalmente constituyen cuerpo con las tinieblas, que no se distinguen de éstas, que no tienen más alma que la sombra, y que sólo momentáneamente, y para vivir por espacio de algunos minutos con una vida monstruosa, se han desprendido de la noche.

¿Qué es menester para desvanecer esas larvas? Luz, luz á torrentes.

No hay murciélago que resista el alba.

Iluminad la sociedad en su parte baja.

LIBRO OCTAVO EL MAL POBRE