Los miserables · Victor Hugo
Chapter 21
Capítulo 26 de 171 · 5 min de lectura
=Se debería empezar siempre por prender á las víctimas=
Javert, al caer de la noche, había apostado su gente, y él mismo se había emboscado detrás de los árboles de la calle de la Barrera de los Gobelinos, que daba frente al casucho Cuervo por el otro lado del boulevard. Había empezado por abrir «su bolsillo», metiendo en él á las dos muchachas encargadas de vigilar las inmediaciones de la madriguera. Pero sólo había «enjaulado» á Azelma. Eponina no estaba en su puesto; había desaparecido, y no había podido cogerla.
Luego Javert se había puesto en acecho, atento el oído á la señal convenida. Las idas y venidas del coche le habían llamado la atención. Por fin, había acabado por perder la paciencia, y seguro de que allí había un nido, seguro de estar de suerte, habiendo conocido á muchos de los bandidos que habían entrado, acabó por decidirse á subir sin esperar el pistoletazo.
Recuérdese que tenía el llavín de Mario.
Había llegado á punto.
Los bandidos asustados se arrojaron sobre las armas, que habían abandonado en el momento de evadirse. En menos de un segundo, aquellos siete hombres espantosos se agruparon en actitud de defensa, uno con su machete, otro con su llave, otro con la barra de hierro, los otros con tenazas, pinzas y martillos. Thénardier cogió su cuchillo; la mujer cogió un enorme adoquín que estaba en el ángulo de la ventana, y que servía á sus hijas de taburete.
Javert volvió á ponerse el sombrero, dió dos pasos por el cuarto con los brazos cruzados, el bastón debajo del brazo y el espadín en la vaina.
—¡Alto ahí!—dijo.—No saldréis por la ventana, sino por la puerta. Es menos peligroso. Sois siete, nosotros somos quince. No nos agarremos como ganapanes. Seamos formales.
El Colmenero sacó una pistola que llevaba oculta bajo la blusa, y la puso en la mano de Thénardier, diciéndole al oído:
Es Javert. Yo no me atrevo á disparar contra ese hombre. ¿Te atreves tú?
—¡Pardiez!—respondió Thénardier.
—Pues bien; tírale.
Thénardier tomó la pistola y apuntó á Javert.
Javert que se hallaba á tres pasos de él le miró fijamente, y se contentó con decirle:
—¡No tires! El tiro te va á fallar.
Thénardier apretó el gatillo; el tiro falló en efecto.
—¡Cuando yo te lo decía!—prorrumpió Javert.
El Colmenero arrojó su rompecabezas á los pies de Javert, diciéndole:
—¡Eres el rey de los diablos! Me entrego.
—¿Y vosotros?—preguntó Javert á los otros bandidos.
—Nosotros también.
Javert repitió con calma.
—Bien, bueno; ya decía yo que seríais formales.
—Sólo pido una cosa,—añadió el Colmenero,—y es que no se me niegue el tabaco mientras esté guardado.
—Concedido,—dijo Javert.
Y volviéndose y llamando detrás de él, dijo:
—¡Entrad ya!
Una escuadra de municipales sable en mano, y de agentes armados de bastones y garrotes, se precipitó en la habitación y ató á los bandidos á la voz de Javert.
Aquella multitud de hombres, apenas iluminados por una vela, llenaba de sombra la madriguera.
—¡Esposas á todos!—gritó Javert.
—¡Acercaos un poco!—rugió una voz, que no era voz de hombre, pero de la que nadie hubiera podido decir: «es voz de mujer».
La Thénardier se había atrincherado en uno de los ángulos de la ventana, y ella era quien acababa de lanzar aquel rugido.
Los municipales y agentes retrocedieron.
Se había quitado el pañuelo, pero conservaba puesto su sombrero; su marido, agachado detrás de ella, desaparecía casi bajo el pañuelo caído; además, ella le cubría con su cuerpo, levantando con ambas manos por cima de su cabeza el adoquín, con el balanceo de un gigante que va á lanzar una roca.
—¡Cuidado!—gritó.
Todos se agolparon hacia el corredor, quedando un gran trecho desierto en medio del desván.
La Thénardier dirigió una mirada á los bandidos que se habían dejado maniatar, y murmuró con acento gutural y ronco:
—¡Cobardes!
Javert sonrió, y se adelantó por el espacio vacío que la mujer llenaba con sus feroces miradas.
—¡No te acerques! ¡Vete,—gritó ella,—ó te aplasto!
—¡Qué buen granadero!—prorrumpió Javert.—Vaya, aunque tengas barbas como un hombre, yo tengo uñas como una mujer.
Y continuó avanzando.
La mujer, desmelenada y terrible, abrió las piernas, dobló el cuerpo hacia atrás, y arrojó el adoquín á la cabeza de Javert con furia loca.
Javert se bajó, la piedra pasó por encima de él, dió en la pared de enfrente, haciendo saltar un gran pedazo de yeso, y volvió repercutiendo de un ángulo á otro al través del desván, vacío por fortuna, á morir á los pies de Javert.
En el mismo instante llegaba Javert junto á la pareja Thénardier. Una de sus anchas manos cayó sobre el hombro de la mujer, y la otra sobre la cabeza del marido.
—¡Las manillas!—gritó.
Los polizontes entraron en tropel, y algunos segundos después la orden de Javert estaba cumplida.
La mujer, abatida, miró sus muñecas agarrotadas y las de su marido, y dejándose caer en el suelo, exclamó llorando:
—¡Hijas mías!
—Están ya á la sombra,—dijo Javert.
En tanto, los agentes habían descubierto al borracho dormido detrás de la puerta, y le sacudían á puñadas y empellones.
Despertóse balbuceando:
—¿Acabó ya eso Jondrette?
—Sí,—respondió Javert.
Los seis bandidos amarrados estaban de pie, conservando todavía sus caras de espectros; tres tiznados de negro y tres enmascarados.
—Guardad vuestras caretas,—dijo Javert.
Y pasándoles revista con la mirada de un Federico II en la parada de Postdam, dijo á los tres «fumistas»:
—¡Hola! Colmenero. ¡Hola! Brujón. ¡Hola! Dosmillones.
Luego, volviéndose hacia los tres enmascarados, dijo al hombre del mazo:
—¡Hola, Tragamares!
Y al hombre del garrote:
—¡Hola! Babet.
Y al ventrílocuo:
—Salud, Chascasueldos.
En aquel instante distinguió al prisionero de los bandidos, el cual desde la entrada de los agentes de policía no había pronunciado una palabra, y se mantenía cabizbajo:
—Desatad al señor,—dijo Javert,—y que nadie salga.
Dicho esto, se sentó soberanamente ante la mesa donde habían quedado la vela y el tintero, sacó papel sellado del bolsillo, y comenzó su sumario.
Cuando hubo escrito las primeras líneas, que no eran sino las fórmulas de siempre, levantó la vista:
—Haced que se acerque el caballero á quién estos señores habían atado.
Los agentes miraron en derredor.
—Y bien,—preguntó Javert,—¿dónde está?
El prisionero de los bandidos, el señor Leblanc, el señor Urbano Fabre, el padre de Úrsula ó de la Alondra, había desaparecido.
La puerta estaba guardada, pero la ventana no lo estaba.
En cuanto se vió libre, y en tanto que Javert sumariaba, aprovechóse de la confusión, del tumulto, de la multitud, de la obscuridad, y de un momento en que la atención no estaba fija en él, para arrojarse por la ventana.
Un agente corrió á ella y miró. No se veía nadie afuera.
La escala de cuerda temblaba todavía.
—¡Diablo!—exclamó entre dientes Javert.—Éste debía ser el más listo.



