Los miserables · Victor Hugo
Chapter 22
Capítulo 27 de 171 · 2 min de lectura
=El chiquillo que lloraba en la segunda parte=
Al día siguiente en que se verificaron estos acontecimientos en la casa del boulevard del Hospital, un muchacho, que parecía venir del lado del puente de Austerlitz, subía por la línea de la derecha en dirección á la barrera de Fontainebleau.
Era ya bien entrada la noche.
Aquel chico estaba pálido y flaco; iba vestido de harapos, con un pantalón de lienzo en el mes de febrero, y cantaba á grito pelado.
En la esquina de la calle de Petit-Banquier una vieja encorvada andaba buscando entre un montón de basura, á la luz del farol. El chico la empujó al pasar, y retrocedió enseguida, exclamando:
—¡Calle! ¡Y yo había tomado esto por un enorme, enormísimo perro!
Pronunció la palabra enormísimo con un ronquido gangoso y burlón, que solo con letras mayúsculas podría expresarse: ¡Un enorme, ENORMÍSIMO perro!
La vieja se enderezó furiosa.
—¡Desvergonzado!—murmuró.—¡Si no hubiera estado agachada, ya sé donde te hubiera dado con el pie!
El chico estaba ya bastante lejos.—¡Kiss! ¡Kiss!—gritó volviendo la cara;—ya veo que no me había engañado.
La vieja, sofocada de indignación, se levantó, y el resplandor del farol dió de lleno en su cara lívida, angulosa y arrugada, con patas de gallo que le bajaban casi hasta los ángulos de la boca. El cuerpo se perdía en la sombra, y sólo se veía la cabeza. Habríase dicho que era la máscara de la Decrepitud recortada por una luz nocturna.
El muchacho la contempló un momento.
—Señora,—dijo,—no es éste el género de belleza que me convendría.
Y prosiguió su camino, cantando:
El rey de loe zuecazos se marchaba á la caza, á la caza de cuervos...
Al acabar el tercer verso se interrumpió.
Había llegado delante del número 50-52, y encontrando la puerta cerrada, había comenzado á descargar sobre ella sendas patadas, patadas resonantes y heroicas, que revelaban más bien los zapatos de hombre que llevaba, que los pies de niño que tenía.
Entretanto, aquella misma vieja con quien había tropezado en la esquina de la calle de Petit Banquier, corría detrás de él, exclamando y prodigando gestos desmesurados.
—¿Qué es eso? ¿Qué es eso? ¡Santo Dios! ¡Echan abajo la puerta! ¡Están echando abajo la casa!
Las patadas continuaban.
La vieja gritaba á más no poder:
—¡Es así como se trata ahora á las casas!
De pronto se detuvo; había reconocido al pilluelo.
—¡Cómo! ¿Eres tú, Satanás?
—¡Calle! Es la vieja,—dijo el muchacho.—Buenos días, Bourgonmucha. Vengo á ver á mis ascendientes.
La vieja respondió con una mueca del orden compuesto, admirable improvisación del odio, sacando partido de la caducidad y de la fealdad, que se perdió desgraciadamente en la obscuridad.
—No hay nadie, carátula.
—¡Bah!—replicó el chico.—¿Entonces dónde está mi padre?
—En la cárcel de la Fuerza.
—¡Calle! ¿Y mi madre?
—En la de San Lázaro.
—¡Bravo! ¿Y mis hermanas?
—En las Magdalenas.
El chico se rascó detrás de la oreja, y mirando á la tía Bougón, le dijo:
—¡Ah!...
Después giró sobre sus talones, y un momento después la vieja, que se había quedado en el umbral de la puerta, oyó que iba entonando con voz clara y tierna, perdiéndose entre los negros olmos que estremecía el cierzo del invierno:
El rey de los zuecazos Se marchaba á la caza, Á la caza de cuervos, Andando sobre zancas; Y por pasar entre ellas Dos sueldos le pagaban.
CUARTA PARTE EL IDILIO DE LA CALLE DE PLUMET Y LA EPOPEYA DE LA CALLE DE SAN DIONISIO
LIBRO PRIMERO ALGUNAS PÁGINAS DE HISTORIA



