Los miserables · Victor Hugo

Chapter 1

Capítulo 28 de 171 · 8 min de lectura

=Bien cortado=

Los dos años que siguen inmediatamente á la revolución de julio 1831 y 1832, son uno de los momentos históricos más particulares y más notables. Estos dos años, en medio de los que los preceden y de los que les siguen, aparecen como dos montañas: tienen la grandeza revolucionaria; descúbrense en ellos precipicios. Las masas sociales, los mismos asientos del edificio de la civilización, el grupo sólido de los intereses sobrepuestos y adherentes, los perfiles seculares de la antigua formación francesa, aparecen y desaparecen á cada instante al través de las nubes tempestuosas de los sistemas, de las pasiones y de las teorías. Tales apariciones y desapariciones han sido calificadas de resistencia y movimiento. Á intervalos se ve brillar entre ellas la verdad, luz del alma humana.

Esta época notable está muy circunscrita, y principia á alejarse bastante de nosotros, para que puedan apreciarse desde ahora sus líneas principales.

Vamos á probarlo.

La Restauración había sido una de esas fases intermedias, difíciles de definir, en que se encuentra cansancio, zumbido, murmullos, sueño y tumulto; que no son más que la llegada de una gran nación á una etapa. Estas épocas son singulares, y engañan á los políticos que quieren explotarlas. Al principio, la nación no pide más que el reposo; no tiene más que sed de paz, ni más ambición que ser pequeña. Lo cual es la traducción de permanecer tranquila. Los grandes acontecimientos, las grandes casualidades, las grandes aventuras, los grandes hombres, á Dios gracias, se han visto tanto, que llega á fatigarnos. Hay ocasiones en que se daría á César por Prusias, y á Napoleón por el rey de Ivetot. «¡Qué buen reyezuelo era aquél!». Cuando se ha caminado desde el amanecer, cuando se ha andado una jornada larga y penosa, cuando se ha hecho la primera parada con Mirabeau, la segunda con Robespierre, y la tercera con Napoleón, se encuentra uno derrengado del todo, y cada cual pide su cama.

La fidelidad cansada, el heroísmo envejecido, las ambiciones satisfechas y las fortunas adquiridas, buscan, reclaman, imploran y solicitan, ¿qué? Un lugar de descanso. Y le tienen; toman posesión de la paz, de la tranquilidad, del ocio; y catadlos satisfechos. Entretanto, surgen ciertos hechos, se dan á conocer, y llaman á la puerta cada uno por su lado. Estos hechos salen de la revolución y de las guerras, y existen, viven, tienen el derecho de instalarse en la sociedad, y se instalan; y la mayor parte del tiempo los hechos son aposentadores y furrieles, que no hacen más que preparar la habitación á los principios.

He aquí entonces lo que se presenta á los filósofos políticos.

Al mismo tiempo que los hombres cansados piden el reposo, los hechos consumados piden garantías. Las garantías para los hechos son como el reposo para los hombres.

Es lo que Inglaterra pedía á los Estuardos después del Protectorado; lo que Francia pedía á los Borbones después del Imperio.

Estas garantías son una necesidad de los tiempos, y es preciso concederlas. Los príncipes las «otorgan», pero en realidad las da la fuerza de las cosas; verdad útil y profunda que ignoraron los Estuardos en 1662, y lo que los Borbones no entrevieron tampoco en 1814.

La familia predestinada que volvió á Francia cuando cayó Napoleón, tuvo la inocencia fatal de creer que era ella la que daba, y que lo que había dado lo podía volver á tomar; que la casa de Borbón poseía el derecho divino; que la Francia no poseía nada, y que el derecho político concedido en la Carta de Luis XVIII no era más que una rama del derecho divino, separada por la casa de Borbón, y concedida graciosamente al pueblo, hasta el día en que el rey quisiera recogerla de nuevo.

Sin embargo, la casa de Borbón podía haber conocido por el mismo disgusto que le causaba el otorgarle, que no procedía de ella esta concesión. Presentóse esquiva en el siglo XIX; puso mala cara á las expansiones de la nación; y para servirnos de una palabra trivial, es decir, popular y verdadera, regañó los dientes. El pueblo lo vió.

Creyó que tenía fuerza, porque el Imperio había desaparecido delante de ella como una decoración de teatro, sin conocer que ella había venido de la misma manera. No vió que estaba en las mismas manos que había quitado de allí á Napoleón.

Creyó que estaba arraigada en el pueblo, porque era lo pasado; y se engañaba. Era una parte de lo pasado; pero todo lo pasado era Francia. Las raíces de la sociedad francesa no estaban en los Borbones, sino en la nación; aquellas raíces profundas no constituían el derecho de una familia, sino la historia de un pueblo, y estaban en todas partes, menos debajo del trono.

La casa de Borbón era para la Francia el nudo ilustre y sangriento de su historia; pero no el elemento principal de su destino, ni la base necesaria de su política. Podía pasar perfectamente sin los Borbones, como había ya pasado sin ellos veintidós años. Había habido una solución de continuidad, pero ellos lo dudaban. ¿Y cómo no habían de dudarlo ellos, que se figuraban que Luis XVII reinaba el 9 de termidor, y que Luis XVIII reinaba el día de Marengo? Nunca; desde el origen de la historia, había habido príncipes tan ciegos en presencia de los hechos y de la parte de la autoridad divina que esos hechos contienen y promulgan; nunca esa pretensión humana, que se llama el derecho de los reyes, había negado hasta tal punto el derecho de lo alto.

Error capital que condujo á esta familia á poner mano en las garantías «otorgadas» en 1814, en las concesiones, como ella las calificaba. ¡Triste cosa en verdad! ¡Llamar concesiones suyas á lo que eran nuestras conquistas; llamar usurpaciones á lo que eran nuestros derechos!

La Restauración, cuando le pareció llegada la hora, cuando se creyó victoriosa sobre Bonaparte, y arraigada en el país; es decir, cuando se imaginó fuerte y profunda, tomó bruscamente su partido, y se arriesgó á dar un golpe. Una mañana se levantó encarándose con Francia, y alzando la voz, disputó el título colectivo y el título individual; á la nación la soberanía, y al ciudadano la libertad. Ó en otros términos, negó á la nación lo que la hacía nación, y al ciudadano lo que le hacía ciudadano. Ésta es la esencia de esos actos célebres, que se llaman los Decretos de julio.

La Restauración cayó.

Y cayó con justicia, aunque debamos decir aquí que no fué absolutamente hostil á todas las formas del progreso. Hiciéronse grandes cosas, estando ella al lado.

Bajo la Restauración, la nación se había acostumbrado á discutir en calma, lo cual faltó en tiempo de la República; y á la grandeza en la paz, de lo cual careció durante el Imperio. El espectáculo de la Francia, libre y fuerte, había sido estímulo para los demás pueblos de Europa; la Revolución había tenido la palabra en tiempo de Robespierre, el cañón en tiempo de Bonaparte; pero en tiempo de Luis XVIII y Carlos X le llegó su turno á la palabra de la inteligencia.

Cesó el viento, y resplandeció nuevamente la antorcha; viéndose á la sazón brillar en las serenas alturas la luz del pensamiento. Espectáculo magnífico, útil y agradable.

Vióse trabajar durante quince años en plena paz, en medio de la plaza pública, á esos grandes principios, tan antiguos para el pensador y tan nuevos para el hombre de Estado: la igualdad ante la ley, la libertad de conciencia, la libertad de la palabra, la libertad de la prensa, la accesibilidad de todas las aptitudes á todos los empleos. Esto duró hasta 1830.

Los Borbones fueron un instrumento de civilización que se rompió en manos de la Providencia.

La caída de los Borbones resultó rodeada de grandeza, no por su parte, sino por la de la nación.

Dejaron el trono lleno de gravedad, pero desautorizado, su caída, en medio de la noche, no fué una de esas desapariciones solemnes que dejan una emoción sombría en las páginas de la historia; no fué ello ni la tranquilidad espectral de Carlos I, ni el grito de águila de Napoleón.

Se fueron; esto fué todo.

Depusieron la corona, y no conservaron la aureola. Fueron dignos, pero no augustos; faltaron hasta cierto punto á la majestad de su desgracia.

Carlos X, en el viaje de Cherburgo, haciendo cortar una mesa redonda para cuadrarla, pareció más cuidadoso de la etiqueta en peligro que de la ruinosa monarquía. Esta pequeñez entristeció á los hombres fieles que amaban sus personas, y á los hombres graves que honraban su raza.

El pueblo estuvo admirable; la nación, atacada una mañana á mano armada por una especie de insurrección real, se sintió tan poderosa, que no tuvo ni siquiera cólera; se defendió, y se contuvo; volviendo sencillamente las cosas en su lugar; el gobierno á la ley, y los Borbones al destierro; pero ¡ah! se detuvo.

Tomó al viejo rey Carlos X debajo del dosel que había cobijado á Luis XIV, y le dejó en tierra suavemente; no tocó á las personas reales, sino con tristeza y precaución.

Esto no lo hizo un hombre, no lo hicieron algunos hombres; lo hizo Francia, la Francia entera, la Francia victoriosa y embriagada con su victoria, que parecía recordar, y que practicó á los ojos del mundo entero estas graves palabras de Guillermo Du Vair, después de la jornada de las barricadas:

«Es muy propio de los que se han acostumbrado á desflorar los favores de los grandes, saltando como los pájaros de rama en rama, de una situación aflictiva á otra floreciente, manifestarse insolentes contra su príncipe en la adversidad; pero por mi parte, la suerte de mis reyes será siempre venerable, y principalmente la de los afligidos».

Los Borbones se llevaron el respeto, pero no el sentimiento. Como hemos dicho, su desgracia fué más grande que ellos. Desvaneciéronse en el horizonte.

La revolución de julio tuvo inmediatamente amigos y enemigos en el mundo entero. Los unos se precipitaron hacia ella entusiasmados y alegres, los otros le volvieron la espalda, cada cual según su naturaleza.

Los príncipes de Europa, en el primer momento, como búhos de aquella aurora, cerraron los ojos, heridos y estupefactos, y no los abrieron sino para amenazar: temor que se comprende; cólera que se disculpa.

Aquella extraña revolución apenas había sido un choque; no había hecho al realismo vencido ni siquiera el honor de tratarle como enemigo y verter su sangre.

Á los ojos de los gobiernos despóticos, siempre interesados en que la libertad se calumnie á sí misma, la revolución de julio había cometido la falta de presentarse formidable y ser benévola.

Por lo demás, nada se intentó ni maquinó contra ella. Los más descontentos, los más irritados, los que más se estremecieron, la saludaban.

Sean lo que fueren nuestro egoísmo y nuestros rencores, siempre sale un respeto misterioso de los sucesos, en que se descubre la colaboración de alguien que trabaja más alto que el hombre.

La revolución de julio es el triunfo del derecho derrocando el hecho; un algo lleno de esplendor.

El derecho derrocando el hecho. De ahí el éxito de la revolución de 1830, y de ahí también su benevolencia. El derecho que triunfa no tiene ninguna necesidad de ser violento.

El derecho es lo justo y lo verdadero.

Lo propio del derecho es permanecer constantemente hermoso y puro. El hecho, aún el más necesario en apariencia, aún el mejor aceptado por los contemporáneos, si no existe más que como hecho, si no contiene en sí más que poquísimo ó nada de derecho, está destinado infaliblemente á ser, con el tiempo, deforme, inmundo, y tal vez monstruoso.

Si se quiere conocer de una mirada hasta qué grado de miseria puede llegar el hecho, visto á la distancia de los siglos, mírese á Maquiavelo.

Maquiavelo no es el genio del mal, ni es un demonio, ni un escritor cobarde y miserable; no es más que el hecho; y no es solamente el hecho italiano, es el hecho europeo, el hecho del siglo XVI. Parece horrible, y lo es realmente, comparado con la idea moral del siglo XIX.

Esta lucha del derecho y del hecho, existe desde el origen de las sociedades. Terminar el duelo, amalgamar la idea pura con la realidad humana, introducir pacíficamente el derecho en el hecho, y el hecho en el derecho, he aquí el trabajo de los sabios.