Los miserables · Victor Hugo
Chapter 2
Capítulo 29 de 171 · 4 min de lectura
=Mal cosido=
Pero el trabajo de los sabios es uno, y otro el de los hábiles. La revolución de 1830 se detuvo muy pronto.
En cuanto se calma la tempestad revolucionaria, los hábiles se apoderan del buque.
Los hábiles, en nuestro siglo, se han concedido á sí mismos el calificativo de hombres de Estado; si bien esta palabra «hombre de Estado» ha acabado por tener algo de germanía. No se olvide, que allí donde no hay más que habilidad, hay necesariamente pequeñez.
Decir los «hábiles», equivale á decir: «las medianías».
Del mismo modo que decir: «los hombres de Estado», equivale algunas veces á decir: «los traidores».
Á creer, pues, á los hábiles, las revoluciones, como la de julio, son arterias cortadas, y es preciso hacer pronto la ligadura.
El derecho, proclamado en toda su grandeza, estremece; y una vez afirmado el derecho, es necesario afirmar el Estado. Asegurada la libertad, es preciso pensar en el poder.
En esto, los sabios no se separan aún de los hábiles, pero principian á desconfiar. El poder, sea; pero ante todo, ¿qué es el poder? Y luego, ¡de dónde procede!
Los hábiles aparentan no comprender esta objeción, y prosiguen su maniobra.
Según estos políticos ingeniosos, para cubrir las ficciones utilizables con una máscara de necesidad, lo que primero hace falta á un pueblo, después de una revolución, cuando este pueblo forma parte de un continente monárquico, es proporcionarse una dinastía. De este modo, dicen, puede tener la paz después de su revolución; es decir, el tiempo necesario á curar sus heridas y reparar su casa.
La dinastía oculta el andamiaje, y cubre los hospitales de sangre.
Pero no siempre es fácil encontrar una dinastía.
En rigor, basta el primer hombre de genio, ó el primer hombre de fortuna, para hacer de él un rey. En el primer caso, resulta un Bonaparte; en el segundo, un Itúrbide.
Más para hacer una dinastía no basta una familia cualquiera. Debe haber necesariamente cierta cantidad de antigüedad en una raza; y las arrugas de los siglos no se improvisan.
Colocándonos bajo el punto de vista de los «hombres de Estado», hechas todas las reservas convenientes, preguntamos: después de una revolución, ¿cuáles son las cualidades del rey que de ella sale?...
Puede ser, y es útil que sea revolucionario, es decir, partícipe personal de esta revolución, por haber puesto en ella la mano, ó haberse comprometido ó distinguido en ella, ó haber tocado el hacha ó manejado la espada.
¿Cuáles son las cualidades de una dinastía?...
Debe ser nacional, es decir, revolucionaria á cierta distancia; no por sus actos consumados, sino por las ideas aceptadas; debe componerse de lo pasado, y ser histórica; componerse del porvenir, y ser simpática.
Todo esto explica porqué las primeras revoluciones se contentan con encontrar un hombre, llámese Cromwell ó Napoleón; y porqué las segundas quieren, absolutamente, encontrar una familia, la casa de Brunswick ó la casa de Orléans.
Las familias reales se asemejan á esas higueras de la India, cuyas ramas se encorvan hasta la tierra, echan raíces, y se convierten en nuevos troncos. Cada rama puede ser una dinastía; con la única condición de bajarse hasta el pueblo.
Tal es la teoría de los hábiles.
He aquí, pues, el arte sublime: hacer que un acontecimiento suene algo á catástrofe, para que los que se aprovechen de él tiemblen; sazonar con un poco de miedo un paso de hecho; aumentar la curva de la transición hasta el retardamiento del progreso; endulzar la obra; denunciar y apartar las molestias del entusiasmo; cortar los ángulos y las uñas; acolchar el triunfo, arropar el derecho; envolver al gigante pueblo con mantillas de bayeta y acostarle presto; imponer dieta á ese exceso de salud; tratar á Hércules como convaleciente; diluir el acontecimiento en el expediente; ofrecer á los ánimos sedientos del ideal ese néctar aguado con tisana; tomar sus precauciones contra el éxito demasiado grande: tapar la revolución con una pantalla.
En 1830 se practicó esta teoría, aplicada ya en Inglaterra en 1688.
La de 1830 fué una revolución detenida á media cuesta; progreso á medias; casi derecho. Pero la lógica ignora el casi, absolutamente lo mismo que el sol ignora que haya velas.
¿Y quién detiene la revolución en mitad de la pendiente? La burguesía.
¿Por qué?
Porque la burguesía es el interés satisfecho; ayer era el apetito, hoy es la plenitud, mañana será la saciedad.
El fenómeno de 1814, después de Napoleón, se reprodujo en 1830, después de Carlos X.
Se ha querido equivocadamente hacer de la burguesía una clase. La burguesía es buenamente la parte satisfecha del pueblo. El burgués es el hombre que tiene ahora tiempo para sentarse; y una silla no es una casta.
Mas por querer sentarse demasiado pronto se puede detener la marcha del género humano; y ésta ha sido casi siempre la falta de la burguesía.
No constituye una clase el cometer una falta. El egoísmo no es ninguna de las divisiones del orden social.
Por lo demás, debemos ser justos, aun con el egoísmo; el estado á que aspiraba, después de la conmoción de 1830, esa parte de la nación que se llama burguesía, no era la inercia, que se complica con la indiferencia y la pereza, y que es algo vergonzosa; no era la somnolencia, que supone un olvido momentáneo, accesible á los ensueños: era un alto.
Hacer alto es una frase que tiene un doble sentido singular, y casi contradictorio; tropa en marcha, quiere decir movimiento; alto, quiere decir reposo.
Hacer alto es reparar las fuerzas; es el reposo armado y despierto; es el hecho consumado que pone centinelas y se mantiene en guardia. El alto supone combate ayer, y combate mañana.
Éste es el intermedio de 1830 á 1848.
Lo que aquí llamamos combate puede también llamarse progreso.
Necesitaba, pues, la burguesía, como los hombres de Estado, un hombre que representase esta palabra: ¡Alto! Un Sin embargo, un Por qué, una individualidad compuesta que significase revolución y estabilidad; ó en otros términos, afianzamiento del presente por medio de la compatibilidad evidente del pasado con el porvenir.
Este hombre «se encontró fácilmente». Llamábase Luis Felipe de Orléans.
Los 221 hicieron rey á Luis Felipe; Laffayette se encargó de la consagración, llamando á la nueva monarquía la mejor de las repúblicas. La casa Ayuntamiento de París reemplazó á la catedral de Reims.
Esta sustitución de un medio trono á un trono completo, fué la «obra de 1830».
Cuando los hábiles hubieron concluido, apareció el vicio inmenso de su solución: todo se había hecho fuera del derecho absoluto.
El derecho absoluto gritó: ¡Protesto! Y después, y esto fué lo más formidable, se volvió á la sombra.



