Los miserables · Victor Hugo

Chapter 4

Capítulo 31 de 171 · 10 min de lectura

=Grietas en la base=

En el momento en que el drama que vamos narrando va á penetrar en el espesor de una de las nubes trágicas que cubren los principios del reinado de Luis Felipe, no es necesario equívoco alguno, y es preciso que este libro dé explicaciones acerca de aquel rey.

Luis Felipe había adquirido la autoridad real sin violencia, sin acción directa por su parte, por un giro revolucionario, evidentemente muy distinto del verdadero fin de la revolución, pero en el cual el duque de Orléans no había tenido ninguna iniciativa personal.

Había nacido príncipe, y se creía elegido rey.

No se dió á sí mismo este poder, no lo tomó; se le ofrecieron, y lo aceptó; convencido, equivocadamente, es cierto, pero convencido de todos modos, de que el ofrecimiento era conforme á derecho, y de que la aceptación era un deber. De ahí nació una posesión de buena fe.

Pues bien: debemos decir en conciencia, que estando Luis Felipe de buena fe en su posesión, y la democracia de buena fe en su ataque, la cantidad de espanto que se desprende de las luchas sociales no recae sobre el rey ni sobre la democracia.

El choque de principios se parece al choque de elementos.

El océano defiende al agua; el huracán defiende al viento; el rey defiende la dignidad real; la democracia defiende al pueblo; la monarquía, que es lo relativo, resiste á lo absoluto, que es el pueblo; la sociedad vierte sangre en este conflicto; pero lo que es hoy sufrimiento será salud mañana y, en todo caso, no debe culparse á los que luchan; uno de los dos partidos se equivoca evidentemente, porque el derecho no está, como el coloso de Rodas, sobre dos riberas á la vez, con un pie en el pueblo y otro en el trono; es indivisible, está todo de una parte; pero los que se engañan, se engañan sinceramente; un ciego no es un culpable, como un vendeano no es un bandido.

No imputemos, pues, más que á la fatalidad de las cosas, estas colisiones terribles.

Cualesquiera que sean estas tempestades, siempre está entre ellas la irresponsabilidad humana.

Acabemos esta explicación.

El gobierno de 1830 tuvo desde el principio una vida difícil. Nació ayer, y tuvo que combatir hoy.

Apenas instalado, sentía ya por todas partes vagos movimientos de tracción el aparato de julio, tan recientemente armado, y tan poco sólido.

La resistencia nació al día siguiente; quizá había nacido ya á la víspera.

Cada mes crecía la hostilidad; y de sorda se trocó en patente.

La revolución de julio, poco aceptada fuera de Francia por los reyes, había sido interpretada en Francia diversamente, como hemos dicho.

Dios manifiesta á los hombres sus voluntades visibles en los acontecimientos, texto obscuro escrito en una lengua misteriosa.

Los hombres le traducen enseguida, y hacen traducciones apresuradas; incorrectas, llenas de faltas, de vacíos y de contrasentidos.

Son escasísimas las inteligencias que comprenden la lengua divina.

Las más sagaces, las más serenas, las más profundas descifran lentamente, y cuando llegan con su texto, todo se ha verificado hace tiempo; hay ya veinte traducciones en la plaza pública.

De cada traducción nace un partido; de cada contrasentido una facción; y cada partido cree tener el único texto verdadero, y cada facción cree poseer la luz.

Frecuentemente el poder mismo es una facción.

Hay en las revoluciones nadadores contra la corriente; son los partidos viejos.

Por aquéllos de éstos que se refieren al derecho hereditario por la gracia de Dios, se cree que habiendo nacido las revoluciones del derecho de insurrección, tienen también el derecho de rebelión. Esto es un error, porque en las revoluciones, el insurrecto no es el pueblo; es el rey. Revolución es precisamente lo contrario de insurrección.

Siendo, toda revolución, el cumplimiento de una función normal, contiene en sí su legitimidad; legitimidad que algunas veces deshonran los falsos revolucionarios; pero que persiste, aún deshonrada; que sobrevive, aún ensangrentada.

Las revoluciones surgen, no de un accidente, sino de la necesidad. Una revolución es la vuelta de lo ficticio á lo real; existe, porque debe existir.

Los antiguos partidos legitimistas no por eso dejaron de atacar la revolución de 1830 con todas las violencias que brotan del falso raciocinio.

Los errores son excelentes proyectiles.

Hiriéronla diestramente por donde era vulnerable; en el vacío de su coraza, en su falta de lógica; atacaban á la revolución en su majestad real, y gritaban: «Si eres Revolución, ¿por qué tienes rey?». Las facciones son ciegos que apuntan en lo cierto.

Los republicanos daban este mismo grito; pero en ellos era lógico.

Lo que era ceguedad para los legitimistas, era lucidez en los demócratas.

La revolución de 1830 había hecho bancarrota para el pueblo, y la democracia indignada se lo echaba en cara.

Entre el ataque del pasado y el ataque del porvenir, rebatíase el establecimiento de julio.

Representaba al momento, luchando por un lado con los siglos monárquicos y por otro con el derecho eterno.

Además, con respecto al exterior, no siendo ya revolución, y trocándose en monarquía, 1830 se veía obligado á seguir el paso de Europa. Debía, pues, conservar la paz, y esto aumentaba la complicación. Una armonía deseada contra el sentido natural, es muchas veces más onerosa que una guerra.

De este sordo conflicto, siempre amordazado, pero gruñendo siempre, nació la paz armada, ese ruinoso expediente de la civilización, recelosa de sí misma.

La monarquía de julio, á pesar de ser monarquía, se encabritaba enganchada entre los arreos de los gabinetes europeos.

Metternich le hubiera echado de buena gana las correas. Impulsada en Francia por el progreso, impulsaba en Europa á las monarquías retrógradas; siendo remolcada, remolcaba.

Entretanto, en el interior, pauperismo, proletariado, salario, educación, penalidad, prostitución, suerte de la mujer, riqueza, miseria, producción, consumo, repartición, cambio, moneda, crédito, derecho del capital, derecho del trabajo, todas estas cuestiones se multiplicaban sobre la superficie de la sociedad; terrible gravamen.

Por fuera de los partidos políticos propiamente dichos, se manifestaba un nuevo movimiento.

Á la fermentación democrática respondía la fermentación filosófica. La parte más culta estaba conmovida como la turba; de otra manera, pero tanto.

Los pensadores meditaban, mientras que el suelo, es decir, el pueblo, atravesado por las corrientes revolucionarias, temblaba á sus pies por no sé qué vagas sacudidas epilépticas.

Estos pensadores, aislados unos, otros reunidos en familias y casi en comunión, removían las cuestiones sociales, pacífica, pero profundamente; mineros impasibles, que abrían tranquilamente sus galerías en las profundidades de un volcán, distraídas apenas por las sordas conmociones y los fuegos lejanos que se entreveían.

Aquella tranquilidad no era por cierto uno de los peores espectáculos de aquella época agitada.

Aquellos hombres dejaban á los partidos políticos la cuestión de los derechos, ocupándose de la cuestión de la felicidad.

El bienestar del hombre: he aquí lo que pretendían extraer de la sociedad.

Llevaban las cuestiones materiales, las cuestiones de agricultura, de industria y de comercio, casi hasta la dignidad de una religión.

En la civilización, tal como se va produciendo, un poco por Dios y un mucho por el hombre, los intereses se combinan, se agregan, se amalgaman hasta formar una verdadera roca dura, según una ley dinámica pacientemente estudiada por los economistas, que son los geólogos de la política.

Aquellos hombres que se ocupaban bajo distintos nombres, pero que puede uno designarlos á todos con el título genérico de socialistas, trataban de horadar esta roca y hacer salir de ella el agua viva de la felicidad humana.

Desde la cuestión del patíbulo, hasta la cuestión de la guerra, sus trabajos lo abrazaban todo. Al derecho del hombre proclamado por la revolución francesa, añadían el derecho de la mujer y el derecho del niño.

Nadie extrañará que, por varias razones, no tratemos aquí á fondo bajo el punto de vista teórico las cuestiones promovidas por el socialismo. Nos limitamos á indicarlas.

Todos los problemas que los socialistas se proponían, prescindiendo de las visiones cosmogónicas, los delirios y el misticismo, pueden reducirse á dos problemas principales.

Primer problema:

Producir la riqueza.

Segundo problema:

Repartirla.

El primer problema importa la cuestión del trabajo.

El segundo, la cuestión del salario.

En el primer problema se trata del empleo de las fuerzas.

En el segundo, de la distribución de los goces.

Del buen empleo de las fuerzas resulta el poder público.

De la buena distribución de los goces resulta la felicidad individual.

Por buena distribución debe entenderse, no la distribución igual, sino la distribución equitativa. La primera igualdad es la equidad.

De estas dos cosas combinadas, poder público en el exterior y felicidad individual en el interior, nace la prosperidad social.

Prosperidad social, esto quiere decir: el hombre dichoso, el ciudadano libre, la nación grande.

Inglaterra resuelve el primero de estos dos problemas. Produce admirablemente la riqueza, pero la distribuye mal; y esta solución, que sólo es completa por un lado, la lleva fatalmente á estos dos extremos; opulencia monstruosa, miseria monstruosa. Todos los goces para algunos; todas las privaciones para los demás: es decir, para el pueblo; el privilegio, la excepción, el monopolio, el feudalismo nacen del trabajo mismo.

Situación falsa y resbaladiza que asienta el poder público sobre la miseria particular, y que arraiga la grandeza del Estado en los padecimientos del individuo.

Grandeza mal compuesta en que se combinan todos los elementos materiales, y en la cual no entra ningún elemento moral.

El comunismo y la ley agraria creen resolver el segundo problema. Pero se engañan.

Su repartición mata la producción; la distribución igual mata la emulación, y por consiguiente el trabajo; es una repartición de carnicero, que mata lo que reparte.

Es, pues, imposible detenerse en estas falsas soluciones: Matar la riqueza, no es repartirla.

Ambos problemas exigen una solución común para estar bien resueltos; las dos soluciones deben estar combinadas de manera que formen una sola.

No resolviendo más que el primer problema, seréis Venecia, ó seréis Inglaterra; tendréis, como Venecia, un poder artificial, ó como Inglaterra, un poder material; tendréis el mal del rico, y moriréis por la vía del hecho, como ha muerto Venecia, ó por la bancarrota, como caerá Inglaterra.

Y el mundo os dejará morir y caer; porque el mundo deja caer y morir todo lo que no es más que egoísmo, todo lo que no representa para el género humano una virtud ó una idea.

Entiéndase bien que con las palabras Venecia é Inglaterra, designamos, no los pueblos, sino las construcciones sociales, la oligarquía sobrepuesta á la nación, y no la nación misma.

Las naciones tienen siempre nuestro respeto y nuestra simpatía. Venecia como pueblo, renacerá; Inglaterra como aristocracia, caerá; pero Inglaterra como nación es inmortal.

Dicho esto, prosigamos.

Resolved los dos problemas: animad al rico y proteged al pobre; suprimid la miseria; poned término á la explotación del débil por el fuerte; poned freno á los inicuos celos del que está en camino contra el que ya ha llegado; ajustad matemática y fraternalmente el salario al trabajo; mezclad la enseñanza gratuita y obligatoria con el desarrollo de la infancia, y haced de la ciencia la base de la virilidad; desarrollad las inteligencias ocupando al mismo tiempo los brazos; sed á la vez un pueblo poderoso y una familia de hombres felices; democratizad la propiedad, no aboliéndola, sino universalizándola, de manera que todo ciudadano, sin excepción, pueda ser propietario, cosa más fácil de lo que se cree; en una palabra, sabed producir la riqueza y sabed repartirla, y tendréis entonces reunidas la grandeza material y la grandeza moral, y entonces seréis dignos de llamaros Francia.

He aquí lo que, fuera y por encima de algunas sectas que se extraviaban, decía el socialismo: eso era lo que buscaba en los hechos, lo que bosquejaba en los espíritus.

¡Esfuerzos admirables! ¡Tentativas sagradas!

Estas doctrinas, estas teorías, estas resistencias, la necesidad inesperada para el hombre de Estado de contar con los filósofos, confusas evidencias vislumbradas, una política nueva que crear, de acuerdo con el mundo antiguo y sin grandes discordancias con el ideal revolucionario, una situación en la cual era preciso emplear á Lafayette en defender á Polignac, la intuición del progreso transparente bajo el motín de las cámaras y la calle, las competencias para equilibrarse en torno suyo, su fe en la revolución, tal vez cierta resignación eventual nacida de la vaga aceptación de un derecho definitivo superior, el deseo de continuar siendo como los de su raza, su espíritu de familia, su sincero respeto al pueblo, su propia honradez, preocupaban á Luis Felipe casi dolorosamente, y por momentos; y por más fuerte y animoso que fuese, le anonadaban bajo la dificultad de ser rey.

Sentía bajo sus pies una desgregación temible, que no era, sin embargo, un puñado de polvo, porque la Francia era más Francia que nunca.

Tenebrosos nubarrones cubrían el horizonte.

Una sombra extraña que iba aproximándose, se extendía poco á poco sobre los hombres, sobre las cosas, sobre las ideas; sombra que procedía de la cólera y de los sistemas.

Todo lo que había sido ahogado precipitadamente, se removía y fermentaba.

Á veces la conciencia del hombre honrado retenía su aliento; tal era el malestar que había en aquel aire, donde los sofismas se mezclaban con las verdades.

Los ánimos temblaban en la ansiedad social, como las hojas cuando se aproxima la tempestad.

La tensión eléctrica era tal, que en ciertos momentos un cualquiera, un desconocido, iluminaba; y después volvía á caer la obscuridad crepuscular.

Á intervalos, profundos y sordos murmullos podían hacer juzgar de la intensidad del rayo que encerraba la nube.

Apenas había transcurrido veinte meses desde la revolución de julio, y ya el año 1832 había empezado con aspecto amenazador.

La miseria del pueblo, los trabajadores sin pan, el último príncipe de Condé que había desaparecido en las tinieblas; Bruselas expulsando á los Nassau, como París á los Borbones; Bélgica ofreciéndose á un príncipe francés y entregada á un príncipe inglés; el odio ruso de Nicolás; detrás de nosotros dos demonios del Mediodía, Fernando en España y Miguel en Portugal; la tierra temblando en Italia. Metternich extendiendo la mano sobre Bolonia, Francia haciendo frente al Austria en Ancona, en el norte cierto ruido siniestro del martillo que remachaba los clavos de Polonia en su ataúd, en toda Europa miradas irritadas que acechaban á Francia; Inglaterra, aliada sospechosa pronta á empujar lo que cayese, y á echarse sobre lo que hubiera ya caído; la cámara de los Pares, apoyándose en Beccaria para negar cuatro cabezas á la ley; las flores de lis borradas del coche del rey, la cruz arrancada de la catedral de Notredame, Lafayette en decadencia, Laffitte arruinado, Benjamín Constant muerto en la indigencia, Casimiro Perier muerto en la decadencia del poder, la enfermedad política y la enfermedad social declarándose á la vez en las dos capitales del reino, la una en la ciudad del pensamiento, y la otra en la ciudad del trabajo; en París la guerra civil, en Lyon la guerra servil; en ambas ciudades el mismo resplandor de un horno; un cráter de púrpura en la frente del pueblo; el Mediodía fanatizado, el Occidente turbado, la duquesa de Berry en la Vendée, los complots, las conspiraciones, los levantamientos y el cólera, añadían al sombrío rumor de las ideas el tumulto de los acontecimientos.