Los miserables · Victor Hugo
Chapter 5
Capítulo 32 de 171 · 6 min de lectura
=Hechos de los que sale la historia y que la historia ignora=
Hacia fines de abril todo se había agravado. La fermentación se había trocado en ebullición.
Desde 1830 había habido aquí y allá, pequeños tumultos parciales, fácilmente reprimidos, pero que retoñaban enseguida; señal de una vasta conflagración subyacente.
Algo terrible se estaba formando.
Entreveíanse bosquejos, aún poco marcados y mal iluminados, de una revolución posible.
La Francia se fijaba en París, y París en el arrabal de San Antonio.
El arrabal de San Antonio, sordamente caldeado, entraba en ebullición.
Las tabernas de la calle de Charonne estaban graves y tempestuosas por más que la unión de estos dos adjetivos parezca singular aplicada á las tabernas.
El gobierno era allí, pura y simplemente, el objeto de la cuestión; discutíase públicamente «la cosa para combatir ó para permanecer tranquilos».
Había trastiendas en que se hacía jurar á los obreros que saldrían á la calle al primer grito de alarma, y «que pelearían sin contar el número de los enemigos».
Una vez admitido el compromiso, un hombre sentado en un rincón de la taberna, «alzaba una voz sonora» y decía: ¡Lo oyes! ¡Lo has jurado!
Algunas veces subíase al primer piso, á un cuarto cerrado, y allí pasaban escenas casi masónicas. Se hacía prestar al iniciado juramentos «para socorrerle como á los padres de familia». Tal era la fórmula.
En las salas bajas se leían folletos «subversivos». Fustigábase al gobierno, dice un informe secreto de aquel tiempo.
Oíanse frases como éstas: «Ignoro los nombres de los jefes. Nosotros no sabremos el día sino con dos horas de anticipación».
Un obrero decía: «Somos trescientos; demos cada uno diez sueldos, y se reunirán ciento cincuenta francos para hacer balas y pólvora».
Decía otro: «No digo seis meses; no digo ni aún dos: antes de quince días nos pondremos al igual del gobierno. Con veinticinco mil hombres ya se le puede hacer frente».
Otro decía: «No me acuesto, porque durante la noche hago cartuchos».
De cuando en cuando algunos hombres, vestidos «de caballero y con buenos trajes», venían dándose «importancia», y con aire de «mando» daban apretones de manos «á los más principales», y se iban. Nunca estaban más de diez minutos.
Se cambiaban en voz baja palabras significativas: «el complot está maduro; la cosa está rebosando».
«Y todos los que estaban allí murmuraban esto mismo», según la frase de uno de los concurrentes.
La exaltación era tal, que un día, en medio de la taberna, exclamó un obrero: ¡No tenemos armas!
Y uno de sus camaradas respondió: «Los soldados las tienen», parodiando así, sin saberlo, la proclama de Bonaparte al ejército de Italia.
«Cuando tenían algo más secreto, añade un informe, no se lo comunicaban». Apenas se comprende lo que podían ocultar después de decir lo que decían.
Las reuniones eran algunas veces periódicas; y á ciertas, de ellas sólo asistían ocho ó diez, siempre los mismos.
En otras entraba el que quería, y la sala se llenaba de tal modo, que tenían que estar de pie.
Unos asistían por entusiasmo y pasión; otros porque «era su camino para ir al trabajo».
Lo mismo que durante la gran revolución, había en estas tabernas mujeres patriotas que abrazaban á los neófitos.
Observábanse con frecuencia otros hechos expresivos.
Un hombre entraba en una taberna, bebía, y salía diciendo: «Tabernero, la Revolución pagará lo que debo».
En una taberna situada enfrente de la calle de Charonne, se elegían agentes revolucionarios. El escrutinio se hacía en las gorras.
Otros obreros se reunían en casa de un maestro de esgrima, que daba asaltos en la calle de Cotte; allí había un trofeo de armas, formado con espadones de madera, estoques, garrotes y floretes.
Un día quitaron los botones á los floretes, y decía un obrero: «Somos veinticinco, pero no cuentan conmigo, porque me miran como una máquina». Esta máquina fué después Quenisset.
Las cosas que se premeditaban tomaban poco á poco una extraña notoriedad. Una mujer, estando barriendo en el portal, le decía á otra: «Hace mucho tiempo que trabajan sin descanso en hacer cartuchos».
Se leían en medio de la calle proclamas dirigidas á los guardias nacionales de los departamentos. Una de estas proclamas estaba firmada por «Burtot, comerciante en vinos».
Un día, á la puerta de un licorista del mercado Lenoir, un hombre barba corrida y acento italiano, se subió á un guarda cantón, y leyó en alta voz un escrito singular, que parecía emanar de un poder oculto.
Los grupos que se habían formado á su alrededor le aplaudían, y los pasajes que impresionaron más á la multitud fueron recogidos y anotados.
«...Nuestras doctrinas son perseguidas; nuestras proclamas se hacen pedazos; nuestros fijadores de carteles son acechados y encarcelados».
«La baja que acaba de verificarse en los algodones ha traído hacia nosotros á muchos partidarios del justo medio».
«...El porvenir de los pueblos se elabora en nuestras obscuras filas».
«...He aquí la cuestión clara: acción ó reacción; revolución ó contra-revolución. Porque en nuestra época no se cree ya en la inercia ni en la inmovilidad. Por el pueblo ó contra el pueblo; ésta es la cuestión, y no hay otra.
«...El día en que no os convengamos ya, rechazadnos; pero hasta entonces, ayudadnos á marchar».
Todo esto en pleno día.
Otros hechos, más atrevidos aún, eran sospechosos al pueblo á causa de su misma audacia.
El 4 de abril de 1832, un transeúnte subía en el guarda cantón situado en la esquina de la calle de Santa Margarita y gritaba: «¡Soy babuvista!». Pero bajo la máscara de Babeuf, el pueblo adivinaba á Gisquet.
Entre otras cosas, decía aquel transeúnte:
—«¡Abajo la propiedad! La oposición de la izquierda es infame y traidora. Cuando quiere tener razón predica la revolución; es demócrata para que no se la ataque, y realista para no combatir. Los republicanos son animales de pluma; desconfiad de los republicanos, ciudadanos trabajadores».
—¡Silencio, ciudadano polizonte!—gritó un obrero.
Y este grito puso fin al discurso.
Sucedían algunos incidentes misteriosos.
Al anochecer un obrero se encontraba junto al canal con «un individuo bien vestido», que le decía:
—¿Adónde vas, ciudadano?
—Señor,—respondió el obrero,—no tengo el honor de conoceros.
—Yo te conozco mucho.
Y el hombre añadía:
—No temas. Soy el agente del comité. Se sospecha que no eres muy fiel: sabes que si descubres algo se te vigila.
Y después daba al obrero un apretón de mano y se iba diciendo:
—Pronto nos volveremos á ver.
Los escuchas de la policía recogían, no sólo en las tabernas, sino en la calle, diálogos singulares:
—Haz que te reciban pronto,—decía un tejedor á un ebanista.
—¿Por qué?
—Habrá fuego que hacer.
Dos transeúntes cubiertos de harapos cambiaban estas respuestas notables, llenas de aparente jacquería:
—¿Quién nos gobierna?
—El señor Felipe.
—No, la burguesía.
Se equivocará el que creyese que usamos la palabra jacquería en mal sentido. Los jacques eran los pobres.
Otras veces oíase al pasar un hombre que le decía á otro:
—Tenemos un buen plan de ataque.
De una conversación íntima entre cuatro hombres acurrucados en una zanja de la rotonda de la barrera del Trono, no pudo sacarse en claro más que eso:
—Se hará lo posible para que él no se pasee ya más por París.
—¿Quién era este él? Obscuridad amenazadora.
«Los principales jefes», como se decía en el arrabal, se mantenían al paño; y se creía que se reunían, para ponerse de acuerdo, en una taberna junto al ángulo de San Eustaquio.
Uno llamado Aug—jefe de la sociedad de socorros á los sastres, en la calle Mondetour, pasaba por intermediario central entre los jefes y el arrabal de San Antonio. Sin embargo, hubo siempre mucha obscuridad acerca de las personas de estos jefes, y no hay ningún hecho cierto que pueda debilitar la altivez singular de la siguiente respuesta dada posteriormente por un acusado ante el tribunal de los Pares.
—¿Quién ha sido vuestro jefe?
—No conocía á ninguno ni reconocí á nadie.
Mas todo esto no pasaba todavía de ser sino palabras transparentes, pero vagas; y algunas veces frases al aire, rumores, noticias. Otros indicios iban sobreviniendo.
Un carpintero, que estaba en la calle de Ruelly clavando las tablas de una empalizada alrededor de un terreno en que se alzaba una casa en construcción, encontró en dicho terreno un fragmento de carta rota, en el que aún se podían leer estas líneas:
«...Es preciso que el comité tome medidas para impedir el reclutamiento en las secciones para las diversas sociedades...».
Y en una postdata:
«Hemos sabido que había fusiles en la calle del Faubourg Poissonnière, núm. 5 (bis), en número de unos cinco ó seis mil, en casa de un armero. La sección carece de armamento».
Lo que hizo que el carpintero se asustase y enseñase la carta á sus vecinos, fué que á pocos pasos recogió otro papel rasgado también, y más significativo aún, cuya configuración reproducimos, á causa del interés histórico de estos raros documentos:
++===+===+===+===+==========================================++ Q C D E Aprended esta lista de memoria; después rompedla. Los individuos admitidos harán otro tanto luego que les hayáis trasmitido órdenes. Salud y fraternidad, L. u og a1 fe ++===+===+===+===+==========================================++
Los que estuvieron en el secreto de este hallazgo no pudieron comprender hasta mucho después la significación de estas cuatro mayúsculas: quinturiones, centuriones, decuriones, exploradores; y el sentido de estas letras u og a1 fe, que era una fecha, que quería decir el 15 de abril de 1832.
En la columna de cada mayúscula estaban inscritos nombres seguidos de indicaciones muy características.
Por ejemplo: Q. Bannerel. 8 fusiles. 83 cartuchos. Hombre seguro.



