Los miserables · Victor Hugo

C. Boubière. 1 pistola. 40 cartuchos.

Capítulo 33 de 171 · 9 min de lectura

D. Rollet. 1 florete. 1 pistola. 1 libra de pólvora.

E. Tessier. 1 sable. 1 canana. Exacto.

Terreur. 8 fusiles. Valiente, etc.

Por último, el carpintero halló también en el mismo recinto de la empalizada un tercer papel, en el cual estaba escrita con lápiz, pero muy claramente, esta especie de lista enigmática:

Unidad. Blanchard: Arbre Sec. 6.

Barra. Soize. Sala del Conde.

Kosciusko. ¿Aubry le Boucher?

J. J. R.

Cayo Graco.

Derecho de revisión. Dufond. Four.

Caída de los Girondinos. Derbac. Maubuée.

Washington. Pinzón. 1 pistola. 86 cart.

Marsellesa.

Souver. del pueblo. Miguel. Quincampoix. Sable.

Hoche.

Marceau. Platón. Arbre-Sec.

Varsovia. Tilly, vendedor del Popular.

El honrado paisano en cuyas manos fué á parar esta lista, supo al fin su significación. Parece que era la nomenclatura completa de las secciones del cuarto distrito de la sociedad de los Derechos del Hombre, con los nombres y habitaciones de los jefes de sección.

Hoy, que todos estos hechos han quedado en la sombra, ya no pertenecen más que á la historia, y pueden publicarse.

Es preciso añadir que la fundación de la sociedad de los Derechos del Hombre parece haber sido posterior á la fecha en que fué encontrado este papel. Quizá no fué más que un esbozo.

Mientras tanto, tras los propósitos y las palabras, tras los indicios escritos, comenzaban á despuntar hechos materiales.

En la calle Popincourt, en casa de un prendero, se cogieron en el cajón de una cómoda siete pliegos de papel gris, todos doblados del mismo modo, á lo largo, en cuatro partes; estos pliegos contenían veintiséis cuadrados del mismo papel gris, en forma de cartucho, y una tarjeta, en la cual se leía:

Salitre, 12 onzas Azufre, 2 onzas Carbón, 2 onzas y media Agua, 2 onzas

El proceso verbal de embargo hacía constar que el cajón despedía un fuerte olor á pólvora.

Un albañil, al volver á su casa después del trabajo, se dejó olvidado un paquetito en un banco cerca del puente de Austerlitz. Este paquete fué llevado al cuerpo de guardia: le abrieron, y encontraron dos diálogos impresos, firmados por Lahautière, una canción titulada: Obreros, asociaos, y una caja de hoja de lata llena de cartuchos.

Un obrero, bebiendo en compañía de un camarada, le hacía tentar su cuerpo para que viese cuánto calor tenía; el otro tentaba una pistola bajo la blusa.

En una zanja en el camino de ronda, entre el cementerio del Padre Lachaise y la barrera del Trono, en el paraje más desierto, jugando unos chicos, descubrieron bajo un montón de virutas y mondaduras un saco que contenía un molde de hacer balas, otro de madera para hacer cartuchos, una cazuela con granos de pólvora de caza, y una marmita pequeña de hierro, cuyo interior ofrecía señales evidentes de plomo fundido.

Los agentes de policía entraron de repente á las cinco de la mañana en casa de un tal Pardón, que perteneció después á la sección de la Barricada-Merry, y murió luego en la insurrección de abril en 1834, encontrándole de pie junto á su cama, con cartuchos en la mano, que estaba haciendo todavía.

Á la hora en que descansan los obreros, se había visto encontrarse dos hombres entre el portillo Picpus y el de Charentón, en un caminito de ronda entre dos tapias, cerca de una taberna que tiene un juego de bolos delante de la puerta.

Uno de ellos sacó de bajo la blusa una pistola y se la dió al otro.

Pero en el momento de dársela, notó que la trastroca de su pecho había humedecido algo la pólvora. La cebó, añadiendo pólvora á la que tenía en la cazoleta.

Después se separaron.

Un tal Gallais, muerto después en la calle Beaubourg en los sucesos de abril, se envanecía de tener en su casa setecientos cartuchos y veinticuatro piedras de fusil.

El Gobierno recibió un día aviso de que se acababan de distribuir armas en el arrabal y doscientos mil cartuchos.

La semana siguiente se repartieron treinta mil cartuchos; y es de notar que la policía no pudo coger ninguno.

Una carta interceptada decía: «No está lejos el día en que en el término de cuatro horas se pongan sobre las armas ochenta mil patriotas».

Esta fermentación era pública, y casi puede decirse que tranquila.

La insurrección inminente preparaba la tempestad con calma frente del Gobierno.

Ninguna singularidad faltaba á esta crisis, subterránea todavía, pero ya perceptible.

Los burgueses hablaban pacíficamente á los obreros de lo que se preparaba, y les decían: «¿Cómo va el motín?». Del mismo modo que podrían haber dicho: «¿Cómo está vuestra mujer?».

Un almacenista de muebles de la calle Moreau preguntaba:

—Y ¿cuándo atacáis?

Otro tendero decía:

—Se atacará muy pronto, ya lo sé. Hace un mes érais quince mil; ahora sois veinticinco mil.

Éste ofrecía su fusil, y un vecino suyo ofrecía un cachorrillo, que quería vender en siete francos.

Por lo demás, la fiebre revolucionaria adelantaba. Ningún punto de París ni de Francia estaba ya libre de ella.

La arteria latía en todas partes. Lo mismo que esas membranas que nacen en ciertas inflamaciones y se forman en el cuerpo humano, la red de las sociedades secretas empezaba á extenderse sobre el país.

De la asociación de los Amigos del Pueblo, pública y secreta á la vez, nacía la sociedad de los Derechos del Hombre, que fechaba así una orden del día: «Pluvioso, año 40 de la era republicana», y la cual debía sobrevivir aún después de las sentencias de los tribunales de jurados ordenando su disolución, y que no vacilaba en dar á sus secciones nombres tan significativos como éstos:

—Picas.

Somatén.

Cañón de alarma.

Gorro frigio.

21 de enero.

Mendigos.

Truhanes.

Adelante.

Robespierre.

Nivel.

Esto marcha.

La sociedad de los Derechos del Hombre engendraba la sociedad de Acción. Eran éstos los impacientes que se separaban y corrían adelante.

Otras sociedades trataban de reclutarse en las grandes sociedades-madres. Los seccionarios se quejaban de verse atraídos. De ahí nació «la sociedad gálica» y «el comité organizador de las municipalidades». De ahí las asociaciones para «la libertad de imprenta», para «la libertad individual», para «la instrucción del pueblo contra los impuestos indirectos»; además la sociedad de los Obreros Igualadores, que se dividía en tres fracciones: los niveladores, los comunistas y los reformistas.

Luego había el Ejército de las Bastillas, especie de cohorte organizada militarmente, que tenía para cada cuatro hombres un cabo, para cada diez un sargento, para cada veinte un subteniente, para cada cuarenta un teniente, y en la cual no había más de cinco que se conociesen; creación en que la precaución estaba combinada con la audacia, y la cual parece llevaba el sello de Venecia.

Del comité central, que era la cabeza, nacían esos dos brazos, la sociedad de Acción y el Ejército de las Bastillas.

Una asociación legitimista, los Caballeros de la Fidelidad, se movía en medio de estas afiliaciones republicanas; pero había sido denunciada y repudiada.

Las sociedades parisienses tenían ramificaciones en las principales ciudades: Lyon, Nantes, Lila y Marsella, tenían su sociedad de los Derechos del Hombre, la Carbonaria, y los Hombres libres, Aix tenía una sociedad revolucionaria, que se llamaba la Cougourde. Ya hemos escrito otra vez esta palabra.

En París, el arrabal de San Marcelo no estaba menos conmovido que el de San Antonio, y las escuelas no menos entusiasmadas que los arrabales.

Un café de la calle de San Jacinto y el fumadero de los Siete Billares, calle de Mathurins Saint Jacques, servían de punto de reunión á los estudiantes.

La sociedad de los amigos del A B C, afiliada á los mutualistas de Angers y á la Cougourde de Aix, se reunía, como ya se ha visto, en el café Musain. Estos mismos jóvenes se reunían también en una hostería cerca de la calle Mondetour, llamada Corinto.

Estas reuniones eran secretas; otras eran tan públicas como podían serlo; y puede juzgarse de su atrevimiento por el siguiente trozo de un interrogatorio en uno de los procesos ulteriores:

—¿Dónde se celebró esa reunión?

—En la calle de la Paz.

—¿En casa de quién?

—En la calle.

—¿Qué secciones asistieron?

—Una sola.

—¿Cuál?

—La sección Manuel.

—¿Quién era el jefe?

—Yo.

—Sois muy joven para haber tomado sólo la grave resolución de atacar al Gobierno. ¿De dónde recibíais instrucciones?

—Del comité central.

El ejército estaba minado al mismo tiempo que el paisanaje, como lo probaron después los movimientos de Beford, de Luneville y de Epinal. Se contaba con el quincuagésimo-segundo regimiento, y con el quinto, el octavo, el trigésimo tercero y con el vigésimo ligero.

En Borgoña y en las ciudades del mediodía se plantaba el árbol de la Libertad; es decir, un mástil con un gorro encarnado.

Tal era la situación.

Entonces el arrabal de San Antonio, más que ningún otro grupo de población, como hemos dicho ya al principio, aparecía temible y caracterizaba la situación. Allí era donde se sentía el dolor de costado.

Aquel antiguo arrabal, poblado como un hormiguero, laborioso, animado y colérico como una colmena, se estremecía esperando y deseando la conmoción. Todo se agitaba en él, sin que por esto se interrumpiese el trabajo.

Nada podría dar idea de aquella fisonomía viva y sombría. En aquel arrabal hay dolorosos infortunios bajo el techo de una buhardilla, y hay también inteligencias ardientes y raras. En materia de infortunio é inteligencia, es precisamente más peligroso el que los extremos se toquen.

El arrabal de San Antonio tenía además otras causas conmovedoras; porque allí se siente la reacción de las crisis comerciales, de las quiebras, de la carestía, de la falta de trabajo, inherentes á los grandes estremecimientos políticos.

En tiempo de revolución, la miseria es á la vez causa y efecto. El golpe que la hiere, rebota.

Aquella población, llena de altiva virtud, capaz del mayor grado de calórico latente, siempre dispuesta á tomar las armas, pronta en las explosiones, irritada, profunda, minada; parecía que sólo aguardaba la caída de una chispa.

Siempre que flotan en el horizonte algunos resplandores impulsados por el viento de los sucesos, no puede uno desviar el pensamiento del arrabal de San Antonio, y en la temible fatalidad que ha colocado á las puertas de París aquel polvorín de padecimientos y de ideas.

Las tabernas del arrabal San Antonio, mencionadas más de una vez en el bosquejo que acaba de leerse, tienen celebridad histórica. En tiempo de turbulencias embriaga en ellas, menos que el vino, la palabra. Una especie de espíritu profético, un efluvio de porvenir, circula allí, llenando los corazones y engrandeciendo las almas.

Las tabernas del arrabal San Antonio se parecen á aquéllas otras del monte Aventino, edificadas sobre el antro de la Sibila y en comunicación con los profundos soplos sagrados; tabernas cuyas mesas son casi trípodes, y donde se bebía lo que Emilio llamaba el vino sibilino.

El arrabal de San Antonio es un depósito de pueblo.

La conmoción revolucionaria hace allí grietas, por donde se filtra la soberanía popular.

Esta soberanía puede hacer daño; engañarse como otra cualquiera; pero aún engañada, sigue siendo grande. Puede decirse de ella como del cíclope ciego: Ingens.

En 1793, según era la idea que flotaba buena ó mala, según era la luz del fanatismo ó del entusiasmo, partían del arrabal de San Antonio, ora legiones salvajes, ora falanges heroicas.

Salvajes. Expliquemos esta palabra. Aquellos hombres de erizado cabello que en los días genesíacos del caos revolucionario se lanzaban haraposos, feroces, blandiendo la cachiporra, levantada la pica en alto, aullando contra el viejo París trastornado, ¿qué querían?

Querían el fin de la opresión, el fin de la tiranía, el fin del sable; querían el trabajo para el hombre, la instrucción para el niño, la dulzura social para la mujer; la libertad, la igualdad, la fraternidad; el pan para todos, la idea para todos, la conversión del mundo en Edén: el progreso.

Y esa cosa santa, buena y dulce, el progreso, la reclamaban terriblemente, medio desnudos, con la mano en la maza y el rugido en la boca. Eran los salvajes, sí, pero los salvajes de la civilización.

Proclamaban furiosos el derecho; querían obligar al género humano á entrar en el paraíso, aunque fuese por medio del terror y del espanto.

Parecían bárbaros, y eran salvadores; reclamaban la luz con la máscara de la noche.

Enfrente de estos hombres feroces y espantosos, convenimos en ello, pero feroces para el bien, hay otros hombres, risueños, bordados, dorados, engalonados, con medias de seda, plumas blancas, guantes amarillos, botas de charol, que apoyando los codos en una mesa cubierta de terciopelo al lado de una chimenea de mármol, insisten templadamente en la conservación y permanencia de lo pasado, de la Edad media, del derecho divino, del fanatismo, de la ignorancia, de la esclavitud, de la pena de muerte, de la guerra, glorificando, á media voz y con finura, el sable, la hoguera y el cadalso. Por nuestra parte, si nos viéramos obligados á elegir entre los bárbaros de la civilización y los civilizados de la barbarie, escogeríamos á los bárbaros.

Pero á Dios gracias no nos hallamos en esta alternativa; no es necesaria ninguna caída brusca ni hacia adelante ni hacia atrás.

Ni despotismo, ni terrorismo. Queremos el progreso por una pendiente suave.

Dios provee á él. La suavización de las pendientes constituye la política divina.