Los miserables · Victor Hugo

Chapter 6

Capítulo 34 de 171 · 5 min de lectura

=Enjolrás y sus tenientes=

Poco más ó menos hacia dicha época, Enjolrás, previendo la posibilidad de los sucesos, hizo una especie de recuento misterioso.

Todos estaban en conciliábulo en el café Musain. Enjolrás, mezclando con sus palabras algunas metáforas medio enigmáticas, pero significativas, decía así:

—«Conviene saber dónde estamos y con quién se puede contar. Si se quieren combatientes, es preciso hacerlos. Tener con qué herir, no puede estorbar.

«Los que caminan tienen más peligro de recibir una cornada cuando hay bueyes al paso, que cuando no los hay. Contemos, pues, el rebaño. ¿Cuántos somos?

«No se trata de dejar esto para mañana. Las revoluciones deben ir siempre deprisa, porque el progreso no tiene tiempo que perder. Desconfiemos de lo inesperado, y no nos dejemos coger desprevenidos. Se trata de planchar las costuras que hemos hecho, y ver si están firmes; y este negocio debe quedar apurado hasta el fondo hoy mismo.

«Courfeyrac, tú verás á los politécnicos; hoy miércoles es día de salida. Feuilly, tú verás á los de la Glacière. Combeferre me ha prometido ir á Picpus; allí hay un hormiguero excelente. Bahorel visitará la Estrapada.

«Prouvaire, los masones se entibian; tú nos traerás noticias de la logia de la calle Grenelle Saint Honoré. Joly irá á la clínica de Dupuytren, y tomará el pulso á la Escuela de Medicina. Bossuet dará una vuelta por la Audiencia y hablará con los pasantes de abogado. Yo me encargo de la Cougourde».

—Vedlo, todo arreglado,—dijo Courfeyrac.

—No.

—¿Qué falta pues?

—Una cosa importantísima.

—¿Qué es ello?—preguntó Combeferre.

—El portillo de Maine,—respondió Enjolrás.

Quedóse Enjolrás un momento como absorto en sus reflexiones, y añadió:

—En el portillo de Maine hay marmolistas, pintores, los prácticos de los talleres de escultura. Es una familia entusiasta, pero sujeta al enfriamiento, y no sé lo que tienen hace algún tiempo; piensan en otra cosa, y se entibian; pasan el tiempo en jugar al dominó. Sería urgente ir á hablarles un poco y firme. Se reúnen en casa de Richefeu, donde se los encontrará entre doce y una. Es preciso soplar en aquellas cenizas; yo había pensado para esto con el distraído de Mario, quien en el fondo es bueno; pero ya no viene. Necesito uno para el portillo de Maine, y no le tengo.

—¿Pues y yo?—dijo Grantaire.

—¿Tú?

—Yo.

—¡Tú, adoctrinar republicanos! ¡Tú volver el calor, en nombre de los principios, á los corazones enfriados!

—¿Por qué no?

—¿Acaso puedes tú servir para algo?

—Tengo la vaguedad de la ambición,—dijo Grantaire.

—Tú no crees en nada.

—Creo en ti.

—Grantaire, ¿quieres hacerme un favor?

—Cuantos quieras; hasta limpiarte las botas.

—Pues bien; no te mezcles en nuestros asuntos. Bebe tu ajenjo.

—Eres un ingrato, Enjolrás.

—¡Serías tú hombre para ir al portillo de Maine! ¡Serías capaz!

—Soy capaz de bajar por la calle de Grés, atravesar la plaza de San Miguel, torcer por la calle de Monsieur le Prince, tomar la calle Vaugirard, pasar los Carmelitas, volver á la calle de Assas, llegar á la calle de Cherche Midi, dejar atrás el Consejo de Guerra, medir la calle de las Viejas Tullerías, pasar de una zancada el boulevard, seguir la calzada de Maine, salir del portillo y entrar en casa de Richefeu. Soy capaz de todo esto; mis zapatos son capaces de lo mismo.

—¿Conoces algo á nuestros camaradas de Richefeu?

—No mucho. Nos tuteamos únicamente.

—¿Y qué vas á decir?

—Les hablaré de Robespierre, pardiez; de Dantón; de los principios.

—¡Tú!

—¡Yo! Veo que no me hacéis justicia; cuando me comprometo, soy terrible. He leído á Proudhomme, conozco el Contrato social, sé de memoria la Constitución del año dos. «La Libertad del ciudadano concluye allí donde empieza la Libertad de otro ciudadano». ¿Me tienes acaso por un bruto? Tengo un antiguo asignado en mi gabeta. Los Derechos del Hombre, la soberanía del pueblo, ¡caramba! Soy además un poco hebertista; y puedo estar hablando seis horas de reloj, con reloj en mano, de cosas soberbias.

—Sé formal,—dijo Enjolrás.

—Soy terrible,—respondió Grantaire.

Enjolrás pensó algunos segundos, é hizo el gesto del hombre que ha tomado una resolución.

—Grantaire,—dijo gravemente,—consiento en ponerte á prueba. Irás al portillo de Maine á hablar con los artistas.

Grantaire vivía en una casa de huéspedes cerca del café Musain. Salió y volvió á los cinco minutos; había ido á ponerse un chaleco á la Robespierre.

—Rojo,—dijo al entrar,—mirando fijamente á Enjolrás.

Y después, con enérgico ademán, cruzó sobre el pecho las dos solapas escarlata del chaleco.

Y aproximándose á Enjolrás, le dijo al oído:

—Queda tranquilo.

Se puso el sombrero resueltamente, y salió.

Un cuarto de hora después, la sala interior del café Musain estaba desierta. Todos los amigos del A B C se habían ido, cada uno por su lado, á cumplir su misión. Enjolrás, que se había reservado la Cougourda, partió el último.

Los de la Cougourde de Aix, que estaban en París, se reunían entonces en el llano de Issy, en una de aquellas canteras abandonadas, tan abundantes por aquel extremo de París.

Enjolrás, caminando hacia aquel lugar de la cita, iba pasando revista á la situación.

La gravedad de los sucesos era visible. Cuando los hechos, precursores de una especie de enfermedad social latente, se mueven con torpeza, la menor complicación los detiene y enreda, fenómeno de donde salen los hundimientos y los renacimientos.

Enjolrás descubría un levantamiento luminoso bajo los tenebrosos velos del porvenir. ¿Y quién sabe? Se aproximaba el instante tal vez.

¡El pueblo reasumiendo el derecho! ¡Qué hermoso espectáculo! La Revolución volviendo á tomar majestuosamente posesión de la Francia, y diciendo al mundo: «Se continuará».

Enjolrás estaba contento. EL horno ardía.

En aquel mismo instante tenía un reguero de pólvora de amigos extendido por París. Componía en su imaginación, con la elocuencia penetrante y filosófica de Combeferre, el entusiasmo cosmopolita de Feuilly, la verbosidad de Courfeyrac, la risa de Bahorel, la melancolía de Juan Prouvaire, la ciencia de Joly y los sarcasmos de Bossuet, una especie de chisporroteo eléctrico que comunicaba á la vez el fuego en todas partes.

Todos á la obra. De seguro el resultado correspondería al esfuerzo. Aquello marchaba.

Pero aquello mismo le hizo pensar en Grantaire.

—¡Calla!—se dijo.—El portillo de Maine está casi en mi camino. ¡Si yo llegase hasta casa de Richefeu! Veamos lo que hace Grantaire, y dónde está.

Daba la una en el campanario de Vaugirard cuando Enjolrás llegó al fumadero de Richefeu. Empujó la puerta, entró, cruzó los brazos, dejando cerrarse la hoja que le dió en la espalda, y miró en la sala, llena de hombres, de mesas y de humo.

De en medio de aquella bruma salía una voz vivamente cortada por otra voz. Era Grantaire disputando con su adversario.

Grantaire estaba sentado enfrente de otro, al lado de una mesa de mármol jaspeado sembrada de granos de salvado y llena de fichas de dominó, y golpeaba el tablero con el puño.

He aquí lo que oyó Enjolrás:

—Seis doble.

—Cuatro.

—¡Diablo! No tengo.

—Estás muerto, con dos.

—Seis.

—Tres.

—Un as.

—Me toca á mí.

—Cuatro puntos.

—Difícilmente.

—Ahora tú.

—He cometido una falta enorme.

—Vas bien.

—Quince.

—Siete más.

—Con estos son veintidós. (Pensando). ¡Veintidós!

—¿No esperabas el doble seis? Ya lo creo. Si le hubiese puesto al principio habría cambiado todo el juego; y perdía la partida.

—Dos otra vez.

—As.

—¡As! Pues bien, cinco.

—No tengo.

—¿No tienes, eh? Buena te espera.

—Allá veremos.

—¿Has puesto tú, creo?

—Sí.

—Blanca.

—¡Tienes suerte! ¡Mucha suerte! (Larga meditación). Un dos.

—Un as.

—Ni cinco, ni as. Esta es la tuya.

—Dominó.

—Nombre de perro.

NOTAS:

Jacquería procede de la frase Jacques-Bonhomme, aplicada en la Edad Media por la aristocracia á las clases trabajadoras.

LIBRO SEGUNDO EPONINE