Los miserables · Victor Hugo

Chapter 1

Capítulo 35 de 171 · 8 min de lectura

=El campo de la Alondra=

Mario había asistido al inesperado desenlace de la emboscada que había dado á conocer á Javert; pero apenas hubo Javert abandonado la casa, llevándose sus presos en tres coches de alquiler, Mario salió también. No eran más que las nueve de la noche, y se dirigió á casa de Courfeyrac.

Courfeyrac no era ya el imperturbable habitante del barrio latino; se había mudado á la calle de la Vidriería «por razones políticas»; aquel barrio era uno de los que servían entonces de asiento á la Revolución.

Mario dijo á Courfeyrac:

—Vengo á dormir á tu casa.

Courfeyrac sacó uno de los dos colchones de su cama, le extendió en el suelo y dijo:

—Ahí tienes dónde.

Al día siguiente, á las siete de la mañana, Mario volvió á la casucha, pagó el alquiler y lo que debía á la tía Bougón, hizo cargar en un carretón de mano sus libros, su cama, su mesa, su cómoda y sus dos sillas, y se fué sin dejar las señas de su nueva habitación; de modo que, cuando Javert volvió por la mañana para preguntar á Mario sobre los sucesos de la víspera, no encontró más que á la tía Bougón, que le respondió:

—¡Se ha mudado!

La tía Bougón quedó convencida de que Mario era cómplice en parte de los ladrones presos por la noche.

—¿Quién lo hubiera creído?—decía á las porteras del barrio.—¡Un joven que tenía el aire de una señorita!

Mario había tenido dos razones para mudarse tan deprisa.

Primera, por el horror que sentía hacia aquella casa en que había visto de tan cerca, y en todo su desarrollo, lo más repugnante y feroz: una fealdad social más horrible aún que el rico malvado; el malvado pobre.

Segunda, porque no quería figurar en el proceso que se seguiría probablemente, y verse obligado á declarar contra Thénardier.

Javert creyó que el joven, cuyo nombre había olvidado, había tenido miedo y había huido, ó no vuelto quizá aún á su casa en el momento de la emboscada. Hizo, sin embargo, algunos esfuerzos para encontrarle, mas no le dieron resultado.

Pasóse un mes, y luego otro.

Mario seguía en casa de Courfeyrac. Había sabido por un pasante de abogado, visitante habitual de las antesalas de la Audiencia, que Thénardier estaba incomunicado, y mandaba cada lunes, al alcaide de la cárcel de la Fuerza, cinco francos para su mujer.

Mario, no teniendo ya dinero, pedía los cinco francos á Courfeyrac; era la primera vez en su vida que pedía prestado.

Aquellos cinco francos periódicos eran un doble enigma para Courfeyrac que los daba, y para Thénardier que los recibía.

—¿Á quién se los mandará?—pensaba Courfeyrac.

—¿De dónde pueden venirme?—se preguntaba Thénardier.

Mario estaba desconsolado. Todo había vuelto á desaparecer por escotillón.

No veía nada delante de sí; su vida estaba sumergida en aquel misterio, donde vagaba á tientas.

Había visto muy de cerca, durante un momento, en aquella obscuridad, á la joven á quien amaba, al viejo que parecía su padre, á aquellos seres desconocidos que eran su único interés y su única esperanza en este mundo; y en el momento en que había creído poder asirlos, se los había arrebatado un soplo desvaneciéndolos como sombras.

Ni un rayo de certidumbre y de verdad había resultado de aquel choque horrendo. No había coyuntura posible.

No sabía ni aún el nombre que creyó antes saber. Seguramente no era el de Úrsula, y el de la Alondra era un apodo.

¿Y qué pensar del viejo? ¿Se ocultaba, en efecto, de la policía?

El obrero de cabellos blancos que Mario había encontrado en las cercanías de los Inválidos, se le venía á la memoria. Antes le había confundido su aparición hasta dudar de ella; pero ahora era probable que este obrero y el señor Leblanc fuesen la misma persona. ¿Se disfrazaba, pues?

Aquel hombre tenía su parte heroica y su parte dudosa. ¿Por qué no había gritado en su auxilio? ¿Por qué había huido? ¿Era el padre de la joven? ¿Era realmente el hombre que Thénardier había creído conocer? ¿Podía haberse equivocado Thénardier?

Estas preguntas eran otros tantos problemas sin resolución. Pero nada de esto amenguaba los encantos angelicales de la joven del Luxemburgo.

¡Punzadora desgracia! Mario sentía apasionado su corazón, y anublados sus ojos. Se veía impulsado y atraído, y no podía moverse; todo se había desvanecido, excepto el amor, y aún del amor mismo había perdido los instintos y las iluminaciones súbitas.

Ordinariamente, esa llama que nos quema nos alumbra también un poco, dándonos cierta claridad útil exteriormente.

Estos sordos consejos de la pasión, Mario no los escuchaba ya; nunca se decía: ¿Si yo fuese allí? ¿Si probase á hacer esto?

Aquella joven, á quien no podía ya llamar Úrsula, estaba evidentemente en alguna parte; pero nada indicaba á Mario por qué lado debía buscarla.

Toda su vida se resumía á la sazón en dos palabras; una incertidumbre absoluta en una bruma impenetrable.

Aspiraba siempre á volver á verla; pero ya no lo esperaba.

Para colmo de desgracia volvía á visitarle la miseria; sentía ya cerca de sí, por detrás, un soplo glacial.

Durante estos tormentos, y desde hacía algún tiempo, había abandonado su trabajo; y nada es más peligroso que la interrupción del trabajo; es una costumbre que se pierde. Costumbre fácil de perder y difícil de adquirir nuevamente.

Cierta cantidad de meditación fantástica es buena, como á narcótico y en discreta dosis; adormece alguna vez las fiebres dolorosas de la inteligencia que trabaja, y produciendo en el espíritu un vapor suave y fresco, que corrije los contornos demasiado ásperos del pensamiento puro, llena aquí y allá vacíos é intervalos, une las masas y difunde los ángulos de las ideas.

Pero mucha cantidad de esos ensueños fantásticos sumerge y ahoga.

¡Desgraciado el obrero de espíritu que se deja caer por entero desde el pensamiento á semejante ensueño! Cree que volverá á subir fácilmente, y se dice que al fin y al cabo es lo mismo pensar que soñar. ¡Error!

El pensamiento es el trabajo de la inteligencia; la meditación fantástica es la voluptuosidad. Reemplazar aquel por ésta, es confundir un veneno con un alimento.

Recuérdese que Mario había empezado por ahí. Había sobrevivido la pasión y acabado de precipitarle en las quimeras sin objeto y sin fondo.

No salía de casa sino para soñar. Costumbre perezosa, abismo tenebroso y malsano.

Á medida que el trabajo disminuía, las necesidades crecían. Esto es una ley.

El hombre en el estado de meditación, es naturalmente pródigo y muelle: el espíritu espaciado no puede tener una vida concreta. Hay en este modo de vivir una mezcla de bien y de mal, porque si la molicie es funesta, la generosidad es sana y buena. Pero el hombre pobre, generoso y noble que no trabaja, está perdido; se le agotan los recursos, y surgen las necesidades.

Pendiente fatal, en que los más honrados y firmes son arrastrados como los más débiles y viciosos, y que llega á uno de estos dos abismos el suicidio ó el crimen.

Á fuerza de salir para ir á meditar, llega un día en que se sale para tirarse al agua.

El exceso de meditación crea los Escousse y los Lebrás.

Mario bajaba esta pendiente á paso lento, fijos los ojos en aquella á quien ya no veía.

Lo que acabamos de decir parece extraño, y es sin embargo verdadero.

El recuerdo de un ser ausente se ilumina en las tinieblas del corazón, y cuanto más completamente va desapareciendo, más brilla: el alma desesperada y obscura ve esta luz en su horizonte como una estrella nocturna interior.

Todo el pensamiento de Mario era ella, no pensaba en otra cosa; conocía confusamente que su traje viejo se quedaba inservible, que su traje nuevo se hacía viejo, que sus camisas se gastaban, que se rozaba su sombrero, que se descosían sus botas; es decir, que se agotaba su vida; y decía: «¡Si pudiese verla solamente antes de morir!».

Sólo una idea grata le quedaba: que ella le había amado, que su mirada se lo había dicho, que ella no sabía su nombre; pera conocía su alma, y tal vez en el lugar en que estaba, por más que pudiese ser misterioso, le amaba todavía.

¿Quién sabe si ella pensaba en él, como él en ella?

Á veces, en esas horas inexplicables que tiene todo corazón que ama, no encontrando más que razones dolorosas, y sintiendo, sin embargo, un temblor desconocido de alegría, decíase: «Estos son sus pensamientos que vienen á mí». Y después añadía: «Mis pensamientos llegarán á ella tal vez del mismo modo».

Esta ilusión que Mario deshacía enseguida, conseguía sin embargo infundir en su alma rayos de luz, que se asemejaban alguna vez á la esperanza.

De cuando en cuando, sobre todo á esa hora de la noche que más entristece á los pensadores fantásticos, estampaba sobre un cuaderno, en que no había sino esto, lo más puro, lo más impersonal, lo más ideal de los sueños, con que el amor llenaba su cerebro; á esto llamaba él «escribirle».

Pero no debe creerse que su razón estaba desordenada. Al contrario, había perdido la facultad de trabajar y de moverse con firmeza hacia un fin determinado; pero tenía más que nunca perspicacia y rectitud.

Mario seguía viendo con luz clara y real, aunque singular, lo que pasaba á su vista, incluso los hechos ó los hombres más indiferentes; en todo adivinaba la verdad con una especie de abatimiento noble y desinteresadamente cándido. Su juicio, casi desprendido de la esperanza, se mantenía elevado y dominaba.

En esta situación de ánimo, nada se le escapaba, nada le engañaba, y descubría á cada instante el fondo de la vida, de la humanidad y del destino.

¡Dichoso, aun en medio del dolor, aquel á quien Dios ha dado un alma digna del amor y del infortunio! El que no ha visto las cosas de este mundo y el corazón de los hombres á esta doble luz, no ha visto nada verdadero ni sabe nada.

El alma que ama y padece, se encuentra en un estado sublime.

Por lo demás, sucedíanse los días, y nada nuevo se presentaba; parecíale solamente que el espacio sombrío que debía atravesar se iba limitando á cada momento, y creía entrever ya distintamente el borde del principio sin fondo.

—¡Qué!—se decía.—¿No volveré á verla?

Cuando se sube la calle de Santiago y se deja á un lado la barrera, siguiendo luego un poco á la izquierda el antiguo boulevard interior, se llega á la calle de la Salud, después á la de Glacière, y poco antes de llegar al arroyo de los Gobelinos, se encuentra una explanada, que es en toda la ronda larga y monótona de las tapias de París, el único sitio donde el pintor Ruysdael se atrevería á sentarse.

No se sabe ciertamente cómo definir la gracia que de él se desprende; un prado verde atravesado de cuerdas tendidas, en que secan al aire algunos pingajos; una quinta edificada en tiempo de Luis XIII, con su gran empizarrado interpolado de buhardillas; empalizadas rotas, un poco de agua que corre entre algunos álamos; mujeres, risas y voces; en el horizonte el Panteón, el árbol de los Sordo Mudos, el Val de Grâce, negro, achaparrado, fantástico, divertido, magnífico, y en el fondo el severo remate cuadrado de las torres de Nuestra Señora.

Como aquel sitio no vale la pena de ser visto, nadie le visita. Apenas le atraviesa cada cuarto de hora una carreta ó un traginero.

Llegó un día que los paseos solitarios de Mario le llevaron á este terreno cerca de aquel arroyuelo. En tal día hubo una rareza en el boulevard, un transeúnte.

Mario, gratamente sorprendido por el encanto casi salvaje del sitio, preguntó al transeúnte:

—¿Cómo se llama este sitio?

El transeúnte respondió:

—El campo de la Alondra.

Y añadió:

—Aquí fué donde Ulbach mató á la pastora de Ivry.

Pero después de la palabra Alondra, Mario no había oído nada más.

En el estado de ensueño hay congelaciones súbitas que produce una sola palabra. Todo el pensamiento se condensa bruscamente alrededor de una idea, y no es ya capaz de ninguna otra percepción.

La Alondra era el nombre que en las profundidades de la melancolía de Mario había reemplazado á Úrsula.

—¡Toma!—dijo en el estupor irracional propio de esos apartes misteriosos.—Este es su campo. Aquí sabré dónde vive.

Aquello era absurdo, pero irresistible.

Y desde entonces fué todos los días al campo de la Alondra.