Los miserables · Victor Hugo
Chapter 2
Capítulo 36 de 171 · 7 min de lectura
=Formación embrionaria de los crímenes en la incubación de las cárceles=
El triunfo de Javert en la casucha de Cuervo había parecido completo, pero no lo había sido.
En primer lugar, y ésta era su principal inquietud, Javert no había encontrado al preso.
El asesinado que se evade es más sospechoso que el asesino; y es probable que este personaje, tan preciosa captura para los bandidos, no hubiera sido peor presa para la autoridad.
Además, Montparnasse se había escapado de Javert; era preciso esperar otra ocasión para echar la garra á aquel «lechuguino endiablado».
En efecto; había encontrado Montparnasse á Eponina, que estaba acechando bajo los árboles de la alameda, se había ido con ella, prefiriendo ser Nemorino con la hija, á ser Schinderhanes con el padre.
Y lo había acertado, porque estaba libre.
En cuanto á Eponina, Javert la había hecho «trincar», lo que era un mediano consuelo, enviándola á hacer compañía á Azelma en las Magdalenas.
En fin, en el trayecto de la casucha de Cuervo á la cárcel de la Fuerza, uno de los principales presos, Claquesous, se había perdido.
Nadie sabía cómo había sucedido esto; los agentes y los polizontes «no comprendían nada».
Se había convertido en humo, se había deslizado por entre las cuerdas, se había escapado por las rendijas del carruaje, que estaba roto, y había huido.
No sabían qué decir, sino que, al llegar á la cárcel, Claquesous había desaparecido.
Había en ello algo de magia ó de policía.
¿Se había derretido Claquesous en las tinieblas, como un copo de nieve en el agua?
¿Había habido connivencia con los agentes?
¿Pertenecía este hombre al doble enigma del desorden y del orden público?
¿Era concéntrico en sus evoluciones á la infracción y á la represión?
¿Tenía esta esfinge las manos en el crimen y los pies en la autoridad?
Javert no aceptaba estas combinaciones, y se hubiera enfurecido ante tales compromisos; pero en su ronda había otros inspectores más iniciados quizá que él, á pesar de ser subordinados suyos, en secretos de la prefectura, y Claquesous era tan malvado, que podía ser un buen agente de policía.
Estar en relaciones tan íntimas de escamoteo con la noche, es cosa excelente para el bandolerismo y admirable para la policía. Hay, en efecto, bribones de esa especie de dos filos.
Pero fuese lo que fuere, lo cierto es que Claquesous extraviado no fué vuelto á encontrar.
Javert pareció más irritado que asombrado.
En cuanto á Mario, «ese pazguato de abogado que había tenido miedo probablemente», y cuyo nombre había olvidado Javert, era poco importante. Por otra parte, á un abogado se le halla siempre. Pero, ¿era siquiera abogado?
Había empezado la sumaria.
El juez que la instruía había creído conveniente no poner incomunicado á uno de los hombres de la banda de Patrón Minette, esperando que cantase. Este hombre era Brujón, el cabelludo de la calle del Petit-Banquier. Se le había dejado suelto en el patio de Carlomagno, sin que se apartasen de él un momento los ojos de los vigilantes.
Este nombre de Brujón es uno de los recuerdos de la cárcel de la Fuerza.
En el patio repugnante, llamado por el vulgo el Edificio Nuevo, por la Administración el patio de San Bernardo, y por los ladrones la cueva de los Leones, sobre aquella tapia cubierta de escamas y de lepra, que subía por la izquierda hasta la altura de los tejados, cerca de una puerta vieja de hierro, enmohecida ya, que conducía á la antigua capilla del palacio ducal de la Fuerza, convertida en dormitorio de bandidos, se veía aún hace doce años una especie de castillo, groseramente dibujado en la piedra con la punta de un clavo, y debajo esta firma:
BRUJÓN, 1811
El Brujón de 1811 era el padre del Brujón de 1832.
Este último, á quien apenas hemos podido entrever en la emboscada de la casucha de Cuervo, era un zagalón muy astuto y muy listo, de aspecto encogido y lastimero.
Á causa de aquel aspecto entrecortado le había escogido el juez, creyéndole más útil en el patio de Carlomagno, que incomunicado en el calabozo.
Los ladrones no interrumpen el ejercicio de su profesión, aunque estén en manos de la justicia.
No se incomodan por tan poca cosa, y estar preso por un crimen no impide comenzar otro crimen; son como los artistas que tienen un cuadro en la exposición, y no por esto dejan de trabajar, en alguna obra nueva en su taller.
Brujón aparentaba haberse quedado estupefacto con la prisión.
Se le veía muchas veces horas enteras en el patio de Carlomagno, de pie, cerca del tragaluz del cantinero, contemplando como un idiota la sórdida lista de los precios de la cantina, que empezaba:
Ajos, 62 sueldos. Y concluía: Cigarros cinco sueldos. Ó se pasaba el tiempo tiritando, rechinando los dientes, diciendo que tenía calentura, y preguntando si estaba vacante alguna de las veintiocho camas de la sala de los calenturientos.
De pronto, hacia la segunda quincena de febrero de 1832, se supo que Brujón el atontado había mandado hacer á los mozos de la cárcel, no bajo su nombre, sino bajo el nombre de tres de sus camaradas, tres comisiones distintas, las cuales le habían costado en total cincuenta sueldos, gasto exorbitante, que llamó la atención del inspector de la cárcel.
Hiciéronse averiguaciones y consultando la tarifa de encargos clavada en la pared de la sala de los detenidos, se llegó á saber que los cincuenta sueldos se descomponían así: tres encargos; uno al Panteón, diez sueldos; otro, á Val de Grâce, quince sueldos; y otro á la barrera de Grenelle, veinticinco sueldos. Este último era el precio más alto de la tarifa.
Ahora bien: precisamente en el Panteón, en Val de Grâce, y de la barrera de Grenelle estaban los domicilios de los tres rateros más temibles de la ronda: Kruideniers, llamado Bizarro, Glorieux, presidiario cumplido, y Barre Carrosse, sobre quienes se dirigió por este incidente la mirada de la policía.
Creyóse adivinar que estos hombres estaban afiliados á la banda de Patrón-Minette, de la cual habían sido puestos á la sombra los dos jefes Babet y Gueulemer.
Supúsose que los recados de Brujón, enviados, no á una casa, sino á personas que esperaban en la calle, debían ser avisos para algún crimen tramado.
Había además otros indicios; echóse la garra á los tres vagos y se creyó haber desvanecido la maquinación de Brujón, cualquiera que fuese.
Como una semana después de tomar esas medidas, una noche, un vigilante de ronda que recorría el dormitorio inferior del Edificio Nuevo, al tiempo de echar en el buzón de contraseñas su contraseña, es decir, la pieza de metal con su número, que sirve para indicar que el inspector cumple el servicio exactamente, de modo que cada hora cae en los buzones de las puertas de los dormitorios una contraseña; un inspector, decimos, vió por la rejilla del dormitorio á Brujón sentado, escribiendo algo en la cama á la luz de la lámpara.
El inspector entró; encerróse á Brujón durante un mes en un calabozo, pero no se le pudo coger lo que había escrito.
La policía no supo más.
Lo cierto es que al día siguiente, tiraron un postillón desde el patio de Carlomagno al Foso de los Leones, por encima del edificio de cinco pisos que separaba los dos patios.
Los presos llaman postillón á una bolita de pan artísticamente amasada, que se envía á Irlanda, es decir, por encima de los tejados de la cárcel de un patio á otro. (Etimología: por encima de Inglaterra, de una tierra á otra, á Irlanda).
Al caer, pues, la bolita en el patio, el que la recoge la abre, y encuentra un billete dirigido á algún preso de los de allí. Si en efecto es un preso el que la coge, le da su destino, y si es un carcelero ó uno de los presos secretamente vendidos, que se llaman «borregos» en las cárceles, y «zorros» en los presidios, el billete es llevado á la alcaldía, y luego á la policía.
Esta vez el billete llegó á su destino, aunque en aquel momento el que debía recibirle estaba en el apartado; era nada menos que Babet, uno de los cuatro jefes de Patrón Minette.
El postillón contenía un papel arrollado, en el cual estaban escritas estas dos líneas:
—Babet. Se puede hacer negocio en la calle Plumet. Una verja en un jardín.—Esto era lo que había escrito Brujón durante la noche.
Á pesar de los registradores y registradoras, Babet encontró medio de hacer llegar el billete desde la Fuerza á la Salpetrière á una «buena amiga» que allí tenía, y que estaba encerrada.
Ésta á su vez trasmitió el billete á otra conocida suya, á una tal Magnon, muy vigilada por la policía, pero no presa aún.
Esta Magnon, cuyo nombre ha visto ya el lector, tenía con los Thénardier relaciones que explicaremos más adelante, y podía yendo á ver á Eponina, servir de puente entre la Salpetrière y las Magdalenas.
Pero sucedió precisamente en aquel momento, que faltando pruebas en la sumaria formada contra Thénardier respecto á sus hijas Eponina y Azelma, fueron éstas puestas en libertad.
Cuando Eponina salió, la Magnon, que la esperaba á la puerta de las Magdalenas, le dió el billete de Brujón á Babet, encargándole que alumbrase el negocio.
Eponina fué á la calle Plumet, reconoció la verja y el jardín, observó la casa, espió, acechó, y algunos días después llevó á Magnon, que vivía en la calle Clocheperce, un bizcocho, que Magnon trasmitió á la querida de Babet en la Salpetrière.
Un bizcocho en el tenebroso simbolismo de las prisiones, significa: no hay nada que hacer.
Tan bien salió todo, que menos de una semana después, Babet y Brujón, al encontrarse en el camino de ronda de la Fuerza, yendo uno «á la instrucción» y viniendo el otro de la misma:
—Y bien,—preguntó Brujón,—¿la calle P?
—Bizcocho,—responde Babet.
Así abortó este feto de crimen, engendrado por Brujón en la Fuerza.
Este aborto tuvo, sin embargo, consecuencias completamente extrañas al proyecto de Brujón, que ya se verán.
Muchas veces se cree uno anudar un hilo, y ata otro.



