Los miserables · Victor Hugo

Chapter 3

Capítulo 37 de 171 · 5 min de lectura

=La aparición del señor Mabeuf=

Mario no iba á ver á nadie; solamente algunas veces solía encontrar al señor Mabeuf.

Mientras Mario descendía gravemente por estos lúgubres peldaños, que podrían llamarse la escalera de las cuevas y de los lugares sin luz, donde se oye á los dichosos caminar por encima, el señor Mabeuf por su parte descendía también.

La Flora de Cautereiz no se vendía ya absolutamente.

Los experimentos sobre el añil no habían dado resultado ninguno en el pequeño jardín de Austerlitz, que estaba mal situado; allí sólo podía cultivar algunas plantas raras que necesitan humedad y sombra. Pero no por esto se desanimaba.

Había podido lograr un rincón de tierra en el Jardín Botánico, bien situado para hacer «á su costa» los ensayos sobre el añil, para lo cual había llevado las láminas de su Flora al Monte de Piedad.

Había reducido su almuerzo á dos huevos, y dejaba uno de ellos á su vieja criada, á quien no había pagado el salario hacía quince meses. Muchas veces, su almuerzo era su única comida.

Ya no se reía con su natural risa infantil; se había vuelto huraño, y no recibía visitas.

Mario hacía muy bien en no ir á verle.

Algunas veces, á la hora en que el señor Mabeuf iba al Jardín Botánico, se encontraban el viejo y el joven en el boulevard del Hospital; no se hablaban; solamente se saludaban tristemente con la cabeza.

¡Triste cosa por cierto! Hay momentos en que la miseria rompe hasta la amistad. Antes eran dos amigos; ahora eran dos transeúntes.

El librero Royol había muerto.

El señor Mabeuf no conocía más que sus libros, su jardín y su añil: éstas eran las tres formas que había tomado para él la felicidad, el placer y la esperanza; esto le bastaba para vivir, y se decía: «Cuando haya hecho mis bolitas azules seré rico; sacaré mis láminas del Monte de Piedad, volverá á estar de moda mi Flora con el charlatanismo, pondré anuncios en los periódicos, y compraré, ya sé yo dónde, un ejemplar del Arte de navegar, de Pedro Medina, con grabados en madera, edición de 1559».

Entretanto trabajaba todo el día en su sembrado de añil, y por la noche volvía á su casa para regar el jardín y leer sus libros.

El señor Mabeuf contaba entonces muy cerca de los ochenta años.

Una noche tuvo una singular aparición.

Había vuelto á su casa mucho antes de anochecer. La tía Plutarco, cuya salud se quebrantaba, estaba enferma y acostada.

El señor Mabeuf había comido un poco de carne, que quedaba sin roer de un hueso, y un pedazo de pan que había encontrado en la mesa de la cocina, y estaba sentado en un recantón tumbado, que le servía de banco, en el jardín.

Junto á este banco había, según la moda de los antiguos huertos, una especie de cajón alto, hecho de listones y tablas muy estropeadas ya, que era jaula de conejos en la parte inferior y frutero en la superior.

No tenía conejos en la jaula; pero aún conservaba algunas manzanas en el frutero, restos de la provisión del invierno.

Se había puesto á hojear y á leer, con ayuda de los anteojos, dos libros de los que estaba apasionado y que, cosa rara á su edad, le tenían pensativo.

Su natural timidez le hacía á propósito para aceptar ciertas supersticiones.

El primero de estos libros era el famoso tratado del presidente Delancre:

De la inconstancia de los demonios.

El otro, que era un volumen en cuarto de Mutor de la Rubaudière:

Sobre los diablos de Vauvert y los gobelinos de la Bièvre.

Este último librote le interesaba tanto más cuanto que su jardín había sido uno de los sitios antiguamente frecuentados por los gobelinos.

El crepúsculo empezaba á blanquear los objetos más elevados, y á ennegrecer los que están bajos.

Al propio tiempo que leía mirando por encima del libro que tenía en la mano, el señor Mabeuf contemplaba sus plantas, y entre otras, un rododendro magnífico, que era uno de sus encantos.

Los cuatro días últimos de bochorno, de viento y de sol, sin una gota de lluvia, habían hecho encorvar sus tallos, inclinarse los botones y caer las hojas.

Era preciso regar; el rododendro, sobre todo, estaba triste.

Mabeuf era de esos hombres para quienes las plantas tienen alma.

El anciano había trabajado todo el día en su sembrado de añil, y estaba rendido de cansancio; se levantó, sin embargo, dejó los libros en el banco, y se dirigió encorvado y con vacilante paso al pozo; pero cuando cogió la soga no pudo ni aún tirar para desengancharla.

Entonces se volvió dirigiendo una triste mirada al cielo que se iba cubriendo de estrellas.

La noche tenía esa serenidad que disminuye los dolores del hombre bajo una alegría lúgubre, eterna y desconocida, y anunciaba que iba á ser tan árida como el día.

—¡Estrellas por todas partes!—pensaba el anciano.—¡Ni una pequeña nube! ¡Ni una lágrima de agua!

Y dejó caer la cabeza sobre el pecho que había levantado un momento. Luego volvió á levantarla, y miró al cielo, murmurando:

—¡Una lágrima de rocío! ¡Un poco de piedad!

Trató de nuevo de desenganchar la soga del pozo, pero no pudo.

En aquel momento oyó una voz que decía:

—Señor Mabeuf, ¿queréis que os riegue yo el jardín?

Y al mismo tiempo sintió como el ruido de un animal salvaje que corre, viendo salir de entre los matorrales una especie de muchacha demacrada, que se puso delante de él mirándole desenvueltamente. Parecía, más que un ser humano, un aborto del crepúsculo.

Antes que Mabeuf, que se asustaba fácilmente, hubiese vuelto de su asombro, aquel ser, cuyos movimientos tenían en la obscuridad cierto atrevido desenfado, había desenganchado ya la soga, sumergido y sacado el cubo, y llenado la regadera.

El buen hombre veía esta aparición que llevaba los pies desnudos y un zagalejo completamente destrozado; veía, decimos, cómo corría por las calles del jardín derramando la vida á su alrededor. El ruido de la regadera en las hojas encantaba al señor Mabeuf. Le parecía que el rododendro era ya feliz.

Vaciado el primer cubo, la muchacha sacó otro, y después un tercero; así regó todo el jardín.

Andando así por entre los árboles en que aparecía su perfil enteramente negro, agitando sobre sus largos y angulosos brazos su desgarrada pañoleta, tenía cierto aspecto de murciélago.

Cuando hubo acabado, se aproximó á ella el señor Mabeuf con lágrimas en los ojos y le puso la mano en la frente:

—Dios te bendiga,—dijo;—eres un ángel, pues tienes cuidado de las flores.

—No,—respondió ella;—soy el diablo, pero es igual.

El anciano exclamó sin esperar ni oir la respuesta:

—¡Qué lástima que yo sea tan desgraciado y pobre, que no pueda hacer nada por ti!

—Algo podríais hacer,—dijo ella.

—¿Qué?

—Decirme dónde vive el señor Mario.

El viejo no entendió.

—¿Qué Mario?

Y alzó su vidriosa mirada como buscando algo que hubiera desaparecido.

—Un joven que venía aquí hace algún tiempo.

El señor Mabeuf había ya hecho memoria, y contestó:

—¡Ah! sí... Ya sé lo que quieres decir. ¡Espera! Mario... el barón Mario de Pontmercy. ¡Pardiez! Vive... ó por mejor decir, no vive ya... Vaya, no sé.

Y así diciendo, se había encorvado para sujetar una rama del rododendro.

—Espera,—continuó;—ahora me acuerdo. Pasea mucho el boulevard, por la parte de la Glacière, calle Croulebarbe, Campo de la Alondra. Si vas por allí, no será difícil que le encuentres.

Cuando Mabeuf se enderezó ya no había nadie; la muchacha había desaparecido.

Entonces tuvo miedo de veras.

—Por cierto,—dijo,—que si no viese el jardín regado, creería que había sido un espíritu.

Una hora después, al acostarse, volvió á pensar en ello, y al dormirse, en ese momento confuso en que el pensamiento, como el pájaro de la fábula que se convierte en pez para pasar el mar, toma poco á poco la forma del desvanecimiento para atravesar el sueño, decíase á sí mismo confusamente:

—En verdad que esto se parece mucho á lo que Rubaudière cuenta de los gobelinos. ¿Habrá sido uno de ellos?