Los miserables · Victor Hugo

Chapter 4

Capítulo 38 de 171 · 6 min de lectura

=Aparición de Mario=

Algunos días después de aquella visita de un «espíritu» al señor Mabeuf, llegó la mañana de un lunes del día en que Mario pedía á Courfeyrac cinco francos para Thénardier.

Mario se había guardado la moneda en el bolsillo, y antes de llevársela al carcelero había ido «á pasearse un poco», esperando tener ganas de trabajar á la vuelta. Era lo que hacía siempre.

En cuanto se levantaba sentábase delante de un libro y una hoja de papel para concluir alguna traducción; tenía entonces que hacer la versión al francés de una célebre querella entre alemanes, la controversia de Gans y de Savigny.

Cogía á Gans, cogía después á Savigny; leía cuatro líneas, trataba de escribir una, y no podía; veía una estrella entre sus ojos y el papel, y se levantaba de la silla, diciendo:

—Voy á salir. Esto me encauzará.

Y se iba al campo de la Alondra.

Allí veía aún más la estrella y mucho menos á Savigny y Gans.

Volvía á su casa, trataba de reanudar el trabajo, y no lo conseguía; no podía coger un solo cabo de los hilos rotos de su cerebro. Entonces decía:

—Mañana no salgo, porque así no se puede trabajar.

Y no obstante salía todos los días.

Vivía en el Campo de la Alondra más que en casa de Courfeyrac. Sus señas eran verdaderamente éstas: Alameda de la Salud, séptimo árbol, después de la calle Croulebarbe.

La mañana de que venimos hablando había abandonado el árbol y se había sentado en el parapeto del arroyuelo de los Gobelinos.

Un sol alegre penetraba por entre las brillantes hojas recién abiertas.

Pensaba en «Ella», y su pensamiento, convirtiéndose en reconvención, recaía sobre él; pensaba dolorosamente en la pereza, parálisis del alma, que se apoderaba de él, y en aquella noche, cuyas tinieblas se aumentaban por momentos ante su vista, hasta el punto de que ya no veía ni aún el sol.

Sin embargo, al través de este penoso desprendimiento de ideas diversas que no eran un monólogo; tanto se debilitaba en él la actividad, y tan escasa era su fuerza, que ni aún para desconsolarse le bastaba; al través de esa absorción melancólica le llegaban las sensaciones del exterior.

Oía detrás de sí, debajo de sí, en ambas orillas del arroyo, batir la ropa á las lavanderas de los Gobelinos y encima de su cabeza cantar los pájaros en los olmos.

Por un lado, el ruido de la libertad, del descuido feliz, del placer alado; por otro, el rumor del trabajo. Estos dos ruidos le parecían alegres, lo cual le hacía pensar profundamente, y casi reflexionar.

De repente, en medio del éxtasis que le dominaba, oyó una voz conocida, que decía:

—¡Toma! ¡Ahí está!

Levantó los ojos, y reconoció á aquella infeliz criatura que había ido una mañana á su casa, la mayor de las hijas de Thénardier, Eponina, puesto que ya sabía cómo se llamaba.

Cosa rara; estaba empobrecida y embellecida; dos pasos que parecía imposible que pudiera darlos, y sin embargo, había realizado ese doble progreso hacia la luz y hacia la desgracia.

Llevaba descalzos los pies, é iba vestida de harapos como el día que había entrado tan resueltamente en su cuarto; solamente que sus harapos tenían dos meses más; los agujeros eran mayores, y los andrajos más miserables.

Tenía la misma voz ronca, la misma frente atezada y arrugada por el aire, la misma mirada suelta, extraviada y vacilante.

Además, tenía en la fisonomía ese algo atónito y lastimero, sello particular que añade el sello de la cárcel á la miseria.

Tenía algunos restos de paja y de heno entre los cabellos, no como Ofelia por haberse vuelto loca con el contagio de la locura de Hamlet, sino porque había dormido en algún pajar.

Y á pesar de todo era hermosa. ¡Cómo eres radiante, oh juventud!

Se había parado delante de Mario con cierta alegría en su lívido rostro, y como sonriendo.

Permaneció algunos instantes como si no pudiese hablar.

—¡Por fin os he encontrado!—dijo.—Tenía razón el señor Mabeuf, ¡en este boulevard! ¡Cuánto os he buscado! ¡Si supierais! ¿Lo sabéis? He estado en la cárcel. ¡Quince días! Ya me han soltado viendo que no había nada contra mí. Además, no tenía edad de discernimiento; me faltan dos meses. ¡Oh, cómo os he buscado desde hace seis semanas. ¿Ya no vivís allí?

—No, dijo Mario.

—¡Oh! Ya comprendo. Por aquello. Son muy desagradables esos lances. Os habéis mudado. ¡Calle! ¿Y por qué lleváis ese sombrero tan viejo? Un joven como vos debería llevar un buen traje. ¿No lo sabéis, señor Mario? El señor Mabeuf os llama el barón Mario de no sé cuántos. ¿Verdad que no sois barón? Los varones son viejos, van al Luxemburgo, delante del palacio, donde hay más sol y leen La Cotidiana por un céntimo. Yo estuve una vez á llevar una carta á casa de un barón así. Tenía más de cien años. Decid: ¿dónde vivís ahora?

Mario no respondió.

—¡Ah!—continuó ella.—Lleváis rota la camisa. Será menester que os la cosa.

Y añadió con acento cada vez más sombrío:

—Parece que no os alegra mucho el verme.

Mario callaba; ella guardó silencio por un momento, y después exclamó:

—Y sin embargo, si quisiera os obligaría á estar contento.

—¡Cómo!—preguntó Mario.—¿Qué queréis decir?

—¡Ah! ¡Antes me llamabais de tú!

—Pues bien: ¿qué quieres decir?

Eponina se mordió el labio; parecía dudar como presa de una lucha interior; por fin, pareció decidirse.

—Tanto peor; es igual. Tenéis el aire triste, y quiero que estéis contento. Prometedme solamente que os reiréis. Quiero veros reir y deciros: «¡Bien, así me gusta!». ¡Pobre señor Mario! Ya sabéis que prometisteis darme todo lo que yo quisiera.

—¡Sí, pero habla de una vez!

Ella miró á Mario fijamente á los ojos, y le dijo:

—¡Sé la dirección!

Mario se puso pálido. Toda su sangre refluyó al corazón.

—¿Qué dirección?

—La que me mandasteis averiguar.

Y añadió como haciendo un esfuerzo.

—Las señas... ya sabéis.

—¡Sí!—balbuceó Mario.

—¡De la señorita!

Y al pronunciar esta palabra, suspiró ella profundamente.

Mario saltó del parapeto en que estaba sentado, y le tomó violentamente la mano.

—¡Pues bien! ¡Llévame! ¡Dime! ¡Pídeme todo lo que quieras! ¿Dónde es?

—Venid conmigo,—respondió ella.—No sé bien la calle ni el número; es al otro extremo, pero conozco bien la casa; voy á enseñárosla.

Retiró entonces la mano, y dijo con un tono que habría desgarrado el corazón de un observador, pero que no llamó la atención de Mario, embriagado y conmovido:

—¡Ah! ¡Qué contento estáis ahora!

Una nube cruzó la frente de Mario.

—¡Júrame una cosa!—dijo, cogiendo á Eponina del brazo.

—¡Jurar!—dijo ella.—¿Qué quiere decir eso? ¡Calle! ¿Queréis que jure?

Y se echó á reir.

—¡Tu padre! ¡Prométeme, Eponina; júrame que no dirás á tu padre esas señas!

Eponina se volvió asombrada hacia él.

—¡Eponina! ¿Cómo sabéis que me llamo Eponina?

—¡Prométeme lo que te digo!

Ella parecía no oir.

—¡Es gracioso! ¡Me habéis llamado Eponina!

Mario le cogió los dos brazos á la vez.

—¡Pero respóndeme en nombre del cielo! ¡Atiende á lo que te digo; júrame que no dirás esas señas á tu padre!

—¡Mi padre! ¡Ah, sí, mi padre! No temáis. Está incomunicado. Y además, ¿me ocupo yo para algo de mi padre?

—¡Pero no me lo prometes!—exclamó Mario.

—¡Pero soltadme!—dijo ella, echándose á reir.—¡Cómo me zarandeáis! ¡Sí, sí; os lo prometo! ¡Os lo juro! ¡Qué me importa eso! No diré las señas á mi padre. ¿Os acomoda así?

—Ni á nadie,—prorrumpió Mario.

—Ni á nadie.

—Ahora llévame,—dijo él.

—¿Enseguida?

—Enseguida.

—Venid... ¡Oh, qué contento va!—dijo la muchacha.

Á los pocos pasos se detuvo.

—Me seguís muy de cerca, señor Mario. Dejadme ir adelante, y seguidme como si tal cosa. No hay necesidad de que se vea á un joven como vos junto á una mujer como yo.

No hay lengua que pueda expresar todo lo que encerraba esta palabra, mujer, pronunciada por aquella criatura.

Dió unos diez pasos, y volvió á pararse; Mario la alcanzó.

Dirigióle ella la palabra al soslayo y sin volver la cabeza.

—Á propósito: ¿recordáis que me prometisteis algo?

Mario registró el bolsillo. No poseía en este mundo más que los cinco francos destinados á Thénardier; los sacó, y los puso en la mano de Eponina.

Ella abrió los dedos, dejó caer la moneda al suelo, y mirando fijamente á Mario con aire sombrío:

—No es vuestro dinero lo que quiero,—dijo.

LIBRO TERCERO LA CASA DE LA CALLE DE PLUMET