Los miserables · Victor Hugo
Chapter 1
Capítulo 39 de 171 · 6 min de lectura
=La casa del secreto=
Hacia mediados del último siglo, un presidente togado del Parlamento de París, tenía una querida, y queriendo ocultarlo, porque en aquella época los grandes señores manifestaban sus queridas, y los pequeños las ocultaban, hizo «una casita» en el arrabal de San Germán, en la calle desierta de Blomet, llamada hoy de Plumet, y no lejos del sitio que se llamaba entonces La lucha de animales.
Se componía dicha casa de un pabellón de un solo piso; tenía dos salas en el bajo, y dos cuartos en el principal; una cocina en aquél, y un gabinete de tocador en éste, y debajo del tejado un granero; este todo precedido de un jardín, con una gran verja que daba á la calle.
El jardín tenía cerca de una fanega de tierra, y era lo único que los transeúntes podían ver; pero por detrás del pabellón había un patio pequeño, y en el fondo una habitación baja, compuesta de dos piezas sobre sótano, especie de secreto destinado á cobijar, en caso necesario, un niño y una nodriza.
Dicha habitación comunicaba por la parte de detrás por medio de una puerta secreta, con un largo pasadizo, empedrado, tortuoso, á cielo abierto, entre dos elevadas tapias; cuyo pasadizo, disimulado con arte prodigioso, y como perdido entre las cercas de los jardines y sembrados á lo largo de sus vueltas y recodos, terminaba en otra puerta, también secreta, que se abría á medio cuarto de legua de allí, casi en otro barrio, á la extremidad solitaria de la calle de Babilonia.
El señor presidente entraba por allí; de tal modo, que aún los que le hubiesen espiado y seguido, y observado que iba todos los días misteriosamente á alguna parte, nadie hubiera sospechado que ir á la calle de Babilonia era ir á la calle de Plumet.
Por medio de hábiles compras de terreno, el ingenioso magistrado había podido hacer este trabajo de camino secreto en sus posesiones, y por consiguiente, sin obstáculo.
Después había dividido en pequeños trozos, para jardines y huertas, los terrenos lindantes con el pasadizo, y los propietarios de estos terrenos creían mirar una pared medianera por ambos lados, y no sospechaban ni aun la existencia de aquella vereda, que serpenteaba entre dos tapias en medio de sus platabandas y vergeles.
Sólo los pájaros veían aquella curiosidad, siendo muy probable que las currucas y gorriones del último siglo charlasen mucho á costa del señor presidente.
El pabellón era de piedra, al estilo de Mansard; artesonado y amueblado al gusto de Watteau; grotesco por dentro y pelucón por fuera; circunvalado de un triple seto de flores. Tenía algo de discreto, de elegante y de solemne, como corresponde al capricho amoroso de un magistrado.
La casa y el pasadizo, que han desaparecido ya, existían aún hace cosa de quince años.
En 1793, un calderero compró la casa para derribarla, pero no habiendo podido pagar los plazos, la nación le declaró insolvente. De modo, que la casa fué la que lo derribó á él.
Quedó después deshabitada, y fué desmoronándose poco á poco como todo edificio á que no comunica la vida la presencia del hombre.
Había continuado amueblada con los antiguos muebles, y siempre anunciada en venta ó alquiler, y las diez ó doce personas que pasaban al año por la calle Plumet eran las únicas que veían ese anuncio en un cartel amarillo é ilegible, colgado de la verja del jardín desde 1810.
Á fines de la Restauración estos transeúntes pudieron notar que había desaparecido el cartel, y que estaban abiertos los postigos del primer piso. En efecto, la casa estaba ocupada; las ventanas tenían «cortinillas», señal de que había una mujer.
En el mes de octubre de 1829 se había presentado un hombre de cierta edad, y había alquilado la casa tal como estaba, incluyendo, por supuesto, la habitación de atrás y el pasadizo que terminaba en la calle de Babilonia.
Había hecho restaurar las aberturas secretas de las dos puertas del dicho pasadizo.
La casa, como acabamos de decir, tenía casi los mismos muebles antiguos que en tiempo del presidente; el nuevo inquilino había mandado hacer algunas reparaciones, poniendo aquí y allí lo que faltaba, adoquines en el patio, baldosas en los suelos, peldaños en la escalera, planchas en los entablados y cristales en las ventanas y, últimamente, se había instalado allí con una jovencita y una criada vieja, sin el menor ruido, más bien como quien se escurre, que como quien entra dentro de su casa.
Los vecinos no chismeaban, por la sencilla razón de que no los había.
Este inquilino silencioso era Juan Valjean, y la joven Cosette.
La criada era una solterona llamada Santos, á quien Juan Valjean había sacado del hospital y de la miseria; era vieja, provinciana y tartamuda; tres cualidades que habían determinado á Juan Valjean á tomarla consigo.
Había alquilado la casa con el nombre del señor Fauchelevent, rentista.
En cuanto llevamos ya referido, el lector habrá tardado menos que Thénardier en reconocer á Juan Valjean.
¿Por qué había abandonado Juan Valjean el convento del Pequeño-Picpus? ¿Qué había pasado?
Nada extraordinario.
El lector recordará que Juan Valjean era feliz en el convento, tan feliz, que su conciencia acabó por alarmarse.
Veía á Cosette diariamente; sentía nacer y desarrollarse en él poco á poco el sentimiento paternal; cubría con su alma aquella niña, y se decía que era suya, que nadie podía quitársela, y que así sería siempre; que Cossette se haría monja, viéndose dulcemente solicitada todos los días, de modo que el convento sería siempre el universo para él y para ella; que él envejecería allí, y ella crecería, y envejecería, y moriría; y por último, ¡consoladora esperanza! que no sería posible ninguna separación.
Pero al propio tiempo que pensaba esto, vino á caer en nuevas perplejidades.
Preguntóse á sí mismo si toda aquella felicidad se componía sólo de su felicidad, ó también de la de otra persona; es decir, de la felicidad de aquella niña de quien se apoderaba, y á la que confiscaba él, viejo ya, las alegrías de la juventud.
¿No era esto un robo?
Decíase que aquella niña tenía derecho á conocer el mundo antes de renunciar á él; que privarla de antemano, y en cierto modo sin consultarla, de todos los goces, bajo el pretexto de salvarla en todas las pruebas, aprovecharse de su ignorancia y aislamiento para hacer germinar en ella una vocación artificial, sería desnaturalizar una criatura humana, y engañar á Dios.
¿Y quién sabe si Cosette reflexionando algún día sobre todo esto, y viéndose monja á su pesar, no llegaría hasta odiarle? Última idea casi egoísta y menos noble que las otras, pero que le era insoportable.
Resolvióse, pues, á abandonar el convento.
Se decidió; conoció, aunque con pesar, que no era necesario, y no tenía objeciones que hacerse.
Cinco años de encierro y de desaparición entre aquellas cuatro paredes habían destruido ó dispersado necesariamente los elementos de temor; podía volver tranquilamente á vivir entre los hombres; había envejecido y estaba muy cambiado. ¿Quién había de conocerle ya?
Y aun en el peor caso, sólo corría peligro por sí mismo, y no tenía derecho para condenar á Cosette al claustro, por la razón de que él había sido condenado á presidio.
Por otra parte, ¿qué es el peligro ante el deber? En fin, nada le impedía ser prudente, y tomar sus precauciones.
En cuanto á la educación de Cosette, estaba casi terminada y completa.
Juan Valjean, después de decidirse, sólo esperó una ocasión; y no tardó ésta en presentarse: el tío Fauchelvent murió.
Juan Valjean pidió audiencia á la reverenda priora, y le dijo que, habiendo recibido á la muerte de su hermano una modesta herencia que le permitía vivir sin trabajar, pensaba dejar el servicio del convento y llevarse á su nieta; pero como no era justo que Cosette, no pronunciando los votos, hubiese sido educada gratis, suplicaba humildemente á la reverenda priora le permitiese ofrecer á la comunidad una suma de cinco mil francos como indemnización de los cinco años que allí había pasado Cosette. Así salió Juan Valjean del convento de la Adoración Perpetua.
Al abandonar aquella casa, llevó en sus brazos, sin querer entregarle á ningún mozo, el baulito cuya llave tenía siempre consigo.
Aquel baulito traía inquieta á Cosette por el olor embalsamado que despedía.
Debemos consignar que el baulito no se separó nunca de él; siempre le tenía en su cuarto. Era lo primero, y alguna vez lo único que trasladó en sus mudanzas.
Cosette se reía, y llamaba al baulito el inseparable, diciendo: «Me da celos».
Juan Valjean, por su parte, no salió al aire libre sin experimentar una profunda ansiedad.
Descubrió la casa de la calle de Plumet, y se quedó con ella; además estaba en posesión del nombre del último Fauchelvent.
Al propio tiempo alquiló otras dos casas en París, con objeto de llamar menos la atención que viviendo siempre en el mismo barrio; de poder ausentarse á la menor inquietud que sintiese, y de no encontrarse desprevenido, como la noche en que se escapó tan milagrosamente de Javert.
Estas otras dos casas eran dos edificios feos y de pobre aspecto, en dos barrios muy separados uno de otro; uno en la calle del Oeste, y otro en la del Hombre-Armado.
Iba de cuando en cuando, ya á la calle del Hombre Armado, ya á la del Oeste, á pasar un mes ó seis semanas con Cosette sin llevarse á la tía Santos.
Le servían los porteros, y pasaba por un rentista de las cercanías que tenía un apeadero en la ciudad.
Aquella gran virtud necesitaba tres domicilios en París para escapar de la policía.



