Los miserables · Victor Hugo

Chapter 3

Capítulo 41 de 171 · 6 min de lectura

=Foliis ac Frondibus=

Aquel jardín, completamente abandonado hacía más de medio siglo, había llegado á ser extraordinario y hermoso.

Los transeúntes de hace cuarenta años se paraban á contemplarle, sin sospechar los secretos que se escondían detrás de sus verdes y frescas espesuras.

Más de un individuo reflexivo dejó penetrar varias veces en aquella época sus ojos y su pensamiento indiscreto al través de los hierros de aquella antigua verja en forma de cadena torcida, movediza, sostenida por dos pilares verdosos y enmohecidos, y coronada caprichosamente por un frontón de indescifrables arabescos.

Había en un rincón un banco de piedra y una ó dos estatuas cubiertas de musgo; algunos encañados, deshechos por el tiempo, se pudrían contra la pared; no había calles ni céspedes, sólo abundaba la grama.

Había desaparecido la jardinería, habiendo reaparecido la naturaleza.

Abundaba la mala yerba, admirable fortuna para un pobre rincón de tierra.

Los alelíes nacían faustosos y espléndidos.

Nada contrariaba en aquel jardín el esfuerzo sagrado de las cosas hacia la vida; nada impedía su venerable desarrollo.

Los árboles se habían inclinado hasta las zarzas, y las zarzas habían subido hasta los árboles; la planta había trepado, la rama se había encorvado; lo que se arrastra por el suelo buscaba lo que se extiende por el aire, lo que flota en el viento se había inclinado hacia lo que vive entre el musgo; troncos y ramas, hojas y fibras, tallos y zarzas, sarmientos y espinas se habían mezclado, atravesado, enlazado, confundido; la vegetación, en un estrecho y profundo abrazo, había celebrado y realizado, á la vista del Creador satisfecho, en aquel espacio de trescientos pies cuadrados, el santo misterio de su fraternidad, símbolo de la fraternidad humana.

Aquello no era ya un jardín; era una maleza colosal; es decir, una cosa impenetrable como un bosque, poblada como una ciudad, temblorosa como un nido, sombría como una catedral, olorosa como un ramillete, solitaria como una tumba, y viviente como la muchedumbre.

En la primavera, aquel enorme matorral, libre dentro de sus cuatro tapias y de su verja, entraba, como todo, en el sordo trabajo de la germinación universal; temblaba al salir el sol casi como un ser animado que aspira los efluvios del amor cósmico y que siente la savia de abril subir y bullir en sus venas; y sacudiendo al viento su prodigiosa cabellera de verdura sembrada en la tierra húmeda, en las rotas estatuas, en la desvencijada escalinata del pabellón, y hasta en el empedrado de la calle desierta, las flores en estrellas, el rocío en perlas, la fecundidad, la belleza, la vida, la alegría, los perfumes.

Al mediodía refugiábanse allí mil blancas mariposas, y era un espectáculo sublime ver revolotear en copos, y á la sombra, aquella viviente nieve del estío.

Allí, entre las alegres tinieblas de verdor, una multitud de voces inocentes hablaban dulcemente al alma, y lo que dejaba de decir el gorjeo de los pájaros, lo completaba el zumbido de los insectos.

Por la noche, un vapor de meditación se desprendía del jardín, envolviéndolo en un manto de bruma; una tristeza celestial y tranquila le cobijaba; el perfume embriagador de las madreselvas y jazmines salía de todas partes como un veneno exquisito y sutil; oíanse los últimos cantos de los petirrojos y de las nevatillas, durmiéndose bajo las ramas; manifestábase la intimidad sagrada del pájaro y el árbol. De día las alas prestan alegría á las hojas; por la noche las hojas dan protección á las alas.

En el invierno, la maleza estaba negra, mojada, erizada, temblorosa, y dejaba ver parte de la casa al través de su seco ramaje.

En vez de flores en las ramas, y en lugar de rocío en las flores, distinguíanse los largos hilos de plata de los caracoles sobre el frío y espeso tapiz de las amarillentas hojas; pero siempre, bajo cualquier aspecto, en cualquier estación, en primavera, en invierno, en verano y en otoño, aquel pequeño cercado respiraba melancolía, contemplación, soledad, libertad, ausencia del hombre, presencia de Dios. La antigua verja cerrada parecía decir: «Este jardín es mío».

En vano el empedrado de París se extendía á su alrededor; en vano se veían á dos pasos los palacios clásicos y espléndidos de la calle de Varennes, cerca de la iglesia de los Inválidos, y no lejos de la Cámara de los Diputados; en vano las carrozas de la calle de Borgoña y Santo Domingo rodaban fastuosamente por las cercanías; en vano los ómnibus amarillos, negros, blancos y rojos se cruzaban en el crucero próximo; todo esto no impedía que en la calle de Plumet existiera el desierto.

La muerte de los primitivos propietarios, el trascurso de una revolución, el hundimiento de las antiguas fortunas, la ausencia, el olvido, cuarenta años de abandono y de vacío al rededor, habían bastado para reproducir en aquel lugar privilegiado los helechos, los gordolobos, la cicuta, las aquileas, las yerbas altas, las grandes plantas rastreras de anchas hojas y de verde pálido, los lagartos, los escarabajos, los insectos bulliciosos y veloces, para hacer salir de las profundidades de la tierra y reaparecer entre aquellas cuatro paredes, cierta grandeza hosca y salvaje; y para que la naturaleza, que desconcierta los mezquinos trabajos del hombre, y que donde se manifiesta, se manifiesta por completo, lo mismo en la hormiga que en el águila, se desarrollase en un mezquino jardinillo parisiense con tanta rudeza y majestad como en un bosque virgen del Nuevo Mundo.

En efecto; nada hay pequeño, bien lo saben todos aquéllos en quienes la naturaleza penetra profundamente.

Aunque la filosofía no puede de un modo absoluto, ni circunscribir la causa, ni limitar el efecto, el pensador cae en un éxtasis sin fondo cuando contempla los diferentes modos de descomposición de las fuerzas que convergen todas hacia la unidad.

Todo trabaja para todo.

El álgebra se aplica á las nubes; la irradiación del astro aprovecha á la rosa, y ningún pensador se atreverá á decir que el perfume del espino es inútil á las constelaciones.

¿Quién puede calcular el trayecto de una molécula?

¿Sabemos acaso si no se crean nuevos mundos por medio de la caída de granos de arena?

¿Quién conoce el movimiento de flujo y reflujo recíproco de lo infinitamente grande y de lo infinitamente pequeño, el eco tonante de las causas en los precipicios del ser y las avalanchas de la creación?

El arado es un insectillo importante; lo pequeño es grande, lo grande es pequeño; todo está en equilibrio en la necesidad; aterradora visión para el espíritu.

Hay entre los seres y las cosas relaciones de prodigio; en este inagotable conjunto, desde el sol hasta al pulgón, ninguna cosa desprecia á la otra; cada una de ellas tiene necesidad de las demás.

La luz no lleva á la región azul los perfumes terrestres sin saber lo que hace, y la noche reparte convenientemente la esencia estelar á las dormidas flores.

Todas las aves voladoras llevan atado á la pata el hilo de lo infinito.

La germinación se sirve igualmente del estallido de un meteoro, como del picotazo de la golondrina, para romper el huevo; conduciendo á la par el nacimiento del último gusano y el advenimiento de Sócrates.

Donde acaba el telescopio empieza el microscopio. ¿Cuál de los dos tiene mayor alcance? Escoged.

Un poco de moho es una pléyade de flores; una nebulosa es un hormiguero de estrellas.

Es igual, y más inaudita todavía, la promiscuidad de las cosas de la inteligencia con los hechos de la sustancia.

Los elementos y los principios se mezclan, se combinan, se unen, se multiplican unos para otros, hasta el punto de hacer terminar el mundo material y el mundo moral en la misma luz.

El fenómeno está perpetuamente replegado en sí mismo.

En las grandes trasformaciones cósmicas, la vida universal va y viene en cantidades desconocidas, arrastrándolo todo en el invisible misterio de los efluvios, empleándolo todo, no perdiendo ni el delirio de un sueño, sembrando un germen animal aquí, desmenuzando un astro allá, oscilando y serpenteando, haciendo de la luz una fuerza y de la imaginación un elemento, diseminado é indivisible; disolviéndolo todo, excepto ese punto geométrico que se llama el yo; refiriéndolo todo al átomo-alma; desarrollándolo todo en Dios; acumulando y agregando, desde la más alta hasta la más inferior, todas las actividades en las negruras de un mecanismo vertiginoso; relacionando el vuelo de un insecto con el movimiento de la tierra; subordinando, ¿quién sabe? aunque no sea más que por la identidad de la ley, la evolución del cometa en el firmamento al vértigo del infusorio en la gota de agua.

Máquina hecha de espíritu. Engranaje enorme, cuyo primer motor es el mosquito, y es el zodíaco su última rueda.