Los miserables · Victor Hugo

Chapter 4

Capítulo 42 de 171 · 7 min de lectura

=Cambio de reja=

Parecía que aquel jardín, creado en otros tiempos para ocultar los misterios libidinosos, se había trasformado, trocándose en abrigo natural de misterios castos.

Ya no había mecedoras, cenadores cubiertos, ni grutas; había una magnífica sombra que caía como un velo por todas partes.

Pafos se había convertido en Edén.

Cierto remordimiento había purificado aquel retiro; era un ramillete que ofrecía sus flores al alma.

Aquel jardín de coquetería, tan comprometedor en otro tiempo, había entrado en la virginidad y en el pudor.

Un magistrado ayudado por un jardinero, un buen hombre que creía ser la continuación de Lamoignon, y otro buen hombre que creía ser la continuación de Lenôtre, le habían contorneado, tallado, encuadrado, compuesto y aderezado para la galantería; la naturaleza se lo había apropiado después; le había llenado de sombra y arreglado para el amor.

Había también en aquella soledad un corazón dispuesto.

El amor no tenía que hacer más que manifestarse; tenía allí un templo compuesto de verdor, de yerba, de musgo, de suspiros, de avecillas, de suaves tinieblas, de ramas agitadas, y un alma llena de dulzura, de fe, de candor, de esperanza, de aspiración y de ilusiones.

Cosette había salido del convento niña casi; llegaba apenas á los catorce años, y estaba «en la edad crítica».

Ya sabemos que exceptuando los ojos, parecía más bien fea que hermosa; no tenía, sin embargo, ninguna facción desgraciada; pero era delgada, sosa, tímida y atrevida á la vez; en fin, una niña grande.

Su educación estaba terminada; es decir, le habían enseñado religión y sobre todo, devoción; «historia»; es decir, lo que se llama así en los conventos; geografía, gramática, los participios, los reyes de Francia, algo de música, delinear una nariz, etc.; pero por lo demás lo ignoraba todo; esto es un encanto, pero al mismo tiempo un peligro.

No debe dejarse el alma de una joven tan completamente á obscuras, porque más adelante se producen en ella imágenes demasiado bruscas y demasiado vivas, como en una cámara obscura. Debe iluminársela suave y discretamente, mejor con el reflejo de la realidad, que con su luz directa y penetrante. Media luz suave, útil y graciosamente austera, que disipe los temores pueriles y evite las caídas.

No hay más que el instinto materno, intuición admirable en que entran los recuerdos de la virgen y la experiencia de la mujer, que sepa cómo y de qué manera debe ser esta semiluz.

Nada puede suplir ese instinto.

Para educar el alma de una joven, todas las monjas del mundo no valen una madre.

Cosette no había tenido madre; había tenido muchas madres, en plural.

En cuanto á Juan Valjean, poseía toda la ternura, todos los cuidados posibles; pero no era nada más que un viejo que nada sabía.

Ahora bien; en esta obra de la educación, en este grave asunto de la preparación de una niña para la vida, ¡cuánto saber se necesita para luchar contra esa gran ignorancia que se llama inocencia!

Nada prepara á una joven para las pasiones como el convento; el convento encamina el pensamiento á lo desconocido.

El corazón replegado en sí mismo se socava no pudiendo dilatarse, y se profundiza no hallando expansión.

De ahí provienen las suposiciones, las conjeturas, los bosquejos novelescos, el deseo de aventuras, los castillos en el aire, los edificios enteros creados en la obscuridad interior del espíritu: sombrías y secretas moradas, donde las pasiones encuentran pronto donde alojarse luego que, abiertas las rejas, se les permite entrar.

El convento es una compresión que, para triunfar del corazón humano, necesitaba durar toda la vida.

Cosette, al salir del convento, no podía hallar nada más grato ni más peligroso que la casa de la calle de Plumet, la cual era la continuación de la soledad con el principio de la libertad; un jardín cerrado, pero una naturaleza vigorosa, rica, voluptuosa, llena de perfumes; los mismos sueños que en el convento, pero viendo á los jóvenes; una reja, pero una reja que daba á la calle.

Sin embargo, repetimos, cuando entró en esta casa no era más que una niña. Juan Valjean le entregó aquel jardín inculto.

—Haz ahí lo que quieras,—la dijo.

Esto entretenía á Cosette, que ponía en movimiento todas las flores y todas las piedras, buscando «animalejos»; jugaba mientras llegaba el tiempo de meditar; amaba aquel jardín por los insectos que encontraba bajo sus pies, entre la yerba, en tanto que llegaba el tiempo de amarle por las estrellas que pudiera ver por entre las ramas sobre su cabeza.

Además, amaba á su padre, es decir, á Juan Valjean, con toda su alma, con una sencilla pasión filial, que hacía del buen viejo un compañero siempre deseado y siempre querido.

El lector recordará que el señor Magdalena leía mucho; Juan Valjean continuaba haciendo lo mismo; había llegado á hablar bien; tenía la secreta riqueza y la elocuencia de una inteligencia humilde y verdadera que se ha cultivado expontáneamente.

No le había quedado más aspereza que la justamente precisa para sazonar su bondad; era un ingenio rudo y un corazón suave.

En las alamedas del Luxemburgo, en sus paseos, en sus conversaciones con Cosette, hacía largas explicaciones de todo, tomadas, ya de lo que había leído, ya de lo que había sufrido.

Cuando Cosette le escuchaba, sus miradas erraban vagamente.

Este hombre sencillo tenía el pensamiento todo entero de Cosette, del mismo modo que aquel jardín inculto bastaba á su vista.

Cuando había perseguido á las mariposas, se acercaba á él sofocada y le decía:

—¡Ah, cuánto he corrido!

Y él la besaba en la frente.

Cosette adoraba al buen hombre, y siempre iba detrás de él; donde estaba Juan Valjean, allí estaba su felicidad.

Como Juan Valjean no habitaba ni en el pabellón ni en el jardín, Cosette se encontraba más á gusto en el patio empedrado que en el recinto lleno de flores; y en el cuartito amueblado con sillas de paja, mejor que en el gran salón cubierto de alfombras y de sillones tapizados.

Juan Valjean le decía algunas veces sonriendo, ante la dicha de verse importunado:

—¡Pero vete á tu cuarto! ¡Déjame solo un rato!

Cosette entonces le reñía, dirigiéndole una de esas reprensiones tan tiernas y llenas de gracia, cuando las dirige una hija á su padre:

—Padre, tengo mucho frío en vuestro cuarto. ¿Por qué no ponéis aquí una alfombra y una estufa?

—Hija mía, ¡hay tantos que valen más que yo, y que no tienen siquiera techo que les cobije!

—Entonces, ¿por qué tengo yo lumbre en mi cuarto y todo lo que me hace falta?

—Porque tú eres mujer y niña.

—¡Bah! ¿Pues qué, los hombres deben sufrir el frío y pasarlo mal?

—Ciertos hombres.

—Pues bueno; vendré aquí con tanta frecuencia, que os veréis obligado á encender lumbre.

También solía decirle:

—Padre, ¿por qué coméis pan tan malo como ése?

—Porque sí, hija mía.

—Pues bien, si vos lo coméis también lo comeré yo.

Y entonces, para que Cosette no comiese pan negro, Juan Valjean comía pan blanco.

Cosette sólo recordaba confusamente su infancia.

Rezaba mañana y noche para su madre, á quien no había conocido.

Los Thénardier habían quedado en su memoria como dos figuras repugnantes que se le hubiesen aparecido en sueños; recordaba que había ido «un día por la noche» á buscar agua á un bosque; creía que muy lejos de París; le parecía que había empezado á vivir en un abismo, y que Juan Valjean la había sacado de él.

Al pensar en su infancia, sentía lo mismo que si recordase un tiempo en que no hubiera habido á su alrededor más que cienpiés, arañas y serpientes; y cuando meditaba sobre todas estas cosas por la noche, antes de dormirse, como no tenía seguridad de ser hija de Juan Valjean, pensaba que el alma de su madre se había trasladado al cuerpo de aquel hombre, y había ido á vivir á su lado.

Cuando él se sentaba, ella apoyaba su cabeza en sus blancos cabellos, y dejaba caer silenciosamente una lágrima, diciéndose: «¡Tal vez este hombre es mi madre!».

Cosette, por más que esto parezca extraño, en su profunda ignorancia de niña educada en un convento y siendo, por otra parte, la maternidad una cosa completamente ininteligible para la virginidad, había concluido por figurarse que había tenido la menor cantidad de madre posible.

No sabía ni aún el nombre de esta madre; siempre que preguntaba sobre el particular, Juan Valjean guardaba silencio; y si repetía su pregunta, respondía con una sonrisa. Una vez insistió, y la sonrisa concluyó por una lágrima.

Este silencio de Juan Valjean cubría con un velo opaco á Fantina.

¿Era esto prudencia? ¿Era respeto? ¿Era temor de entregar este nombre á otra memoria que no fuese la suya?

Mientras Cosette había sido niña, Juan Valjean había hablado con gusto de su madre; cuando llegó á ser joven, le fué imposible hablarle de ella.

Creyó que no debía atreverse á tanto.

¿Hacía esto por Cosette ó lo hacía por Fantina?

Experimentaba una especie de terror religioso ante la idea de hacer penetrar aquella sombra en el pensamiento de Cosette, y de introducir entre el destino de ambos la tercera persona de la difunta. Cuanto más sagrada era para él esta sombra, más temible le parecía; pensaba en Fantina, y se sentía subyugado por el silencio.

Veía vagamente en las tinieblas algo que se parecía á un dedo sobre una boca.

Todo aquel pudor que había tenido Fantina, y que durante su vida había salido de ella violentamente, ¿había vuelto después de su muerte á posarse sobre ella, á velar indignado por la paz de aquel cadáver, y á guardar fieramente su tumba?

¿Juan Valjean experimentaba, sin saberlo, la presión de ese pudor?

Nosotros, que creemos en la muerte, no pertenecemos al número de los que rechazarían esta explicación misteriosa.

De ahí la imposibilidad de pronunciar, aún para Cosette, este nombre: Fantina.

Un día le dijo Cosette:

—Padre, esta noche he visto á mi madre en sueños; tenía dos grandes alas. Mi madre debe haber sido, en vida, casi una santa.

—Por el martirio,—respondió Juan Valjean.

Juan Valjean, por otra parte, era dichoso.

Cuando Cosette salía con él, se apoyaba en su brazo, orgullosa y feliz en toda la plenitud del corazón.

Juan Valjean, á todas estas demostraciones de una ternura tan exclusiva y tan satisfecha hacia él, sentía su pensamiento anegarse en delicia.

El pobre hombre se estremecía inundado de alegría angelical; creía que aquello duraría toda la vida, y se decía que verdaderamente no había padecido bastante para merecer tan brillante porvenir, y dando gracias á Dios en las profundidades de su alma, por haber permitido que fuese amado de tal modo, por aquel ser inocente, un miserable.