Los miserables · Victor Hugo

Chapter 5

Capítulo 43 de 171 · 6 min de lectura

=La rosa descubre que es una máquina de guerra=

Un día Cosette se miró al espejo por casualidad, y se dijo: ¡Toma! pareciéndole que era bonita; lo cual la turbó singularmente.

Hasta entonces no había pensado en su figura.

Se veía en el espejo, pero no se miraba.

Y además, había oído decir muchas veces que era fea.

Á lo cual sólo Juan Valjean decía con amabilidad: ¡No! ¡No!

Sea como fuese, lo cierto es que Cosette se había creído siempre fea, y había crecido en esta creencia con la fácil resignación de la infancia.

Pero he aquí que de un golpe, su espejo le decía como Juan Valjean: ¡No! ¡No!

En toda la noche no pudo dormir.

—¡Si yo fuese bonita!—pensaba.—¡Cómo me gustaría ser bonita!

Y se acordaba de aquellas de sus compañeras cuya hermosura causaba efecto en el convento, y se decía: «¡Cómo! ¡Seré yo como fulanita!».

Al día siguiente se miró también al espejo; pero no por casualidad, y dudó.

—¿Dónde tenía yo la cabeza?—se dijo.—¡No; soy fea!

Había dormido mal; tenía los ojos encendidos, y estaba pálida.

El día anterior no había tenido gran alegría al creer en su belleza, pero entonces experimentó gran tristeza al no creer ya en ella.

No se miró más, y por espacio de más de quince días trató de peinarse y vestirse vuelta de espaldas al espejo.

Por la noche, después de comer, solía bordar en el salón ó hacer alguna laborcilla de convento, y Juan Valjean leía á su lado.

Una vez alzó los ojos de su labor, y quedó sorprendida al observar la manera inquieta con que su padre la miraba.

Otra vez, yendo por la calle, le pareció oir á uno, á quien no pudo ver, que decía detrás de ella:

—¡Linda muchacha, pero mal vestida!

—¡Bah!—pensó ella.—No lo dice por mí. Yo soy fea, y voy bien vestida.

Llevaba entonces su sombrero de felpilla y su vestido de merino.

Un día, por fin, estando en el jardín, oyó á la tía Santos que decía:

—Señor, ¿no habéis observado qué guapa se va poniendo la señorita?

Cosette no oyó la respuesta de su padre, pero las palabras de la tía Santos la produjeron una conmoción, un desasosiego indefinible.

Dejó el jardín, subió á su cuarto, corrió al espejo, al que hacía tres meses que no se miraba, y lanzó un grito.

Acababa de deslumbrarse á sí misma.

Era linda y graciosa; no podía menos de ser del parecer de la tía Santos y del espejo.

Su talle se había formado, su cutis había emblanquecido, sus cabellos se habían vuelto lustrosos; un fulgor desconocido se había encendido en sus ojos azules.

Adquirió completa conciencia de su belleza, en sólo un minuto, como cuando penetra de lleno la luz del día. Los demás lo notaban, la tía Santos lo decía, á ella se había referido evidentemente el transeúnte; ya no podía dudarlo.

Bajó al jardín creyéndose reina, oyó cantar á los pájaros; era verano, miró al cielo dorado, al sol en los árboles, á las flores en las matas, conmovida, loca, entre una embriaguez inefable.

Juan Valjean, por su parte, experimentaba una profunda é indefinible opresión de corazón.

Era que, en efecto, desde hacía algún tiempo, contemplaba con terror aquella hermosura, que se presentaba cada día más brillante en la simpática fisonomía de Cosette; aurora de alegría para todos, y lúgubre para él.

Cosette había sido bella mucho antes de descubrirlo.

Pero, desde el primer día, aquella luz inesperada que se elevaba lentamente, y envolvía por grados toda la persona de la joven, hirió la sombría pupila de Juan Valjean.

Conoció que aquello era un cambio en una vida feliz, tan feliz, que no se atrevía á alterarla en nada, por temor de perder algo en ella.

Aquel hombre, que había pasado por todas las miserias, que aún estaba manando sangre por las heridas que le había inferido el destino, que había sido casi malvado, y que había llegado á ser casi santo; que después de haber arrastrado la cadena del presidiario, arrastraba á la sazón la cadena invisible, pero pesada, de la infamia indefinida; aquel hombre á quien la ley no había perdonado aún, y que podía ser preso á cada instante, y sacado de la obscuridad de su virtud á la luz del oprobio público; aquel hombre lo aceptaba todo, lo disculpaba todo, lo perdonaba todo, lo bendecía todo, tenía benevolencia para todo, y no pedía á la Providencia, á los hombres, á las leyes, á la sociedad, á la naturaleza, al mundo, más que una cosa, ¡que Cosette le amase!

¡Que Cosette siguiese amándole! ¡Que Dios no impidiese llegar á él y permanecer en él al corazón de aquella niña! Si Cosette le amaba, ya se sentía curado, tranquilo, recompensado; era feliz. No deseaba nada más.

Si le hubieran preguntado: «¿Quieres estar mejor?» habría respondido: «No».

Si Dios le hubiera dicho: «¿Quieres el cielo?» habría respondido: «Saldría perdiendo».

Todo lo que pudiera modificar aquella situación, aunque no fuese más que en la superficie, le hacía temblar como el principio de otra cosa desconocida.

Nunca había sabido lo que era la hermosura de una mujer; pero por instinto comprendía que era una cosa terrible.

Juan Valjean miraba asustado aquella belleza que se desarrollaba cada día más triunfante y soberbia á su lado, á su vista, sobre la frente pura y temible de la joven, desde el fondo de su fealdad, de su vejez, de su miseria, de su reprobación, de su abatimiento.

Y se decía: ¡Qué hermosa es! ¿Qué va á ser de mí?

En esto estaba la diferencia entre su ternura y la ternura de una madre; lo que él veía con angustia, lo habría visto una madre con placer.

No tardaron mucho en manifestarse los primeros síntomas.

Desde el día siguiente á aquél en que Cosette se había dicho: «¡Decididamente, soy hermosa!» se esmeró en su tocado.

Recordó lo que había dicho el transeúnte: «Bonita, pero mal vestida»; soplo de oráculo que había pasado á su lado, y se había desvanecido después de haber dejado en su corazón uno de los dos gérmenes que llenan más tarde la vida de la mujer: la coquetería.

El otro germen es el amor.

Con la fe en su hermosura se desarrolló en ella el alma de la mujer.

Odió al merino y se avergonzó de la felpilla.

Su padre no la había negado nunca nada.

Enseguida aprendió la ciencia del sombrero, del vestido, de la manteleta, del calzado, de los manguitos, de la tela de viso, del color que mejor sienta; esa ciencia que hace de la mujer parisiense una cosa tan seductora, tan profunda y peligrosa.

La frase mujer espiritual ha sido inventada para designar á la parisiense.

En menos de un mes, la doncellita Cosette, en aquella soledad de la calle de Babilonia, fué una mujer, no sólo de las más bonitas, lo que es algo, sino de las «mejor puestas» de París, lo que es mucho más todavía.

Hubiese querido encontrar á «su transeúnte» para ver lo que diría y «¡darle una lección!».

El hecho es que estaba verdaderamente encantadora, y que distinguía con una mirada asombrosa un sombrero de Gérard de un sombrero de Herbaut.

Juan Valjean contemplaba estos estragos con ansiedad.

Él, que comprendía que nunca podría sino arrastrarse, andar por la tierra todo lo más, veía que Cosette iba adquiriendo alas.

Por otra parte, con sólo ver el traje de Cosette, una mujer hubiera conocido desde luego que no tenía madre.

Hay ciertas exigencias del decoro, ciertas conveniencias especiales que Cosette no observaba. Una madre, por ejemplo, le habría dicho, que una joven soltera no se viste de damasco.

El primer día que Cosette salió con su vestido y su manteleta de damasco negro, y su sombrero de crespón blanco, se cogió del brazo de Juan Valjean, alegre, radiante, sonrosada, orgullosa, esplendente.

—Padre,—le dijo,—¿qué os parezco?

Juan Valjean respondió con acento amargo, semejante al de un envidioso:

—¡Encantadora!

Fueron á paseo, como siempre, y al volver preguntó á Cosette:

—¿No piensas volver á ponerte tu vestido y sombrero, ya sabes?

Pasaba esto en el cuarto de Cosette.

La joven se volvió hacia la percha del guarda ropa donde estaba colgado su uniforme de colegiala, y exclamó:

—¡Ese disfraz! Padre, ¿qué queréis que haga de él? ¡Ah! Nunca volveré á ponerme esos guiñapos horribles. Con ese adefesio en la cabeza parezco la señora Sincholla.

Juan Valjean suspiró profundamente.

Desde aquel instante observó que Cosette, que antes deseaba siempre quedarse en casa, diciendo: «Padre, me encuentro aquí mejor con usted», quería entonces salir continuamente.

En efecto, ¿de qué sirve tener la cara linda y un traje rico, si no se han de enseñar?

Observó también que Cosette no tenía ya tanta afición al patio interior; ahora le gustaba más estar en el jardín y pasear por delante de la verja.

Juan Valjean, esquivo, no ponía los pies en el jardín; se quedaba en su patio de detrás como el perro.

Cosette, al saber que era hermosa perdió la gracia de ignorarlo, gracia exquisita, porque la belleza realzada por la sencillez es inefable, y no hay nada más digno de adoración que una inocencia deslumbradora que lleva en la mano, sin saberlo, la llave de un paraíso.

Pero lo que perdió en gracia ingenua, se lo ganó en encanto reflexivo y serio.

Toda su persona, penetrada por las alegrías de la juventud, de la inocencia y de la belleza, respiraba una melancolía espléndida.

En esta época fué cuando Mario, después de pasados seis meses, la volvió á ver en el Luxemburgo.