Los miserables · Victor Hugo
Chapter 6
Capítulo 44 de 171 · 5 min de lectura
=Comienza la batalla=
Estaba Cosette en su sombra, como Mario en la suya, siendo materia dispuesta para el incendio.
El destino, con su paciencia misteriosa y fatal, acercaba lentamente estos dos seres, uno á otro, ambos desfallecidos y cargados de la tempestuosa electricidad de la pasión; estas dos almas que llevaban el amor como dos nubes llevan el rayo, y que debían encontrarse y mezclarse en una mirada como las nubes en un relámpago.
Se ha abusado tanto de las miradas en las novelas amorosas, que se ha acabado por desacreditarlas: apenas se atreve hoy un novelista á decir que dos seres se han amado porque se han mirado; y sin embargo, así es como se ama, y únicamente así.
Lo restante no es más que lo restante, y viene después.
Nada hay más real que esas grandes sacudidas que dos almas se producen mutuamente al cambiar una chispa.
Á cierta hora en que Cosette dirigió, sin saberlo, aquella mirada que turbó á Mario, éste no sospechó que dirigió otra mirada, la que turbó también á Cosette.
Hacíale el mismo mal é igual bien.
Pasóse algún tiempo en que le veía y le examinaba, como ven y examinan las jóvenes, mirando á otra parte.
Mario encontraba aún fea á Cosette, cuando Cosette encontraba ya bello á Mario.
Pero como él no se fijaba en ella, el joven aquél le era bien indiferente.
Sin embargo, no podía ella dejar de decirse, que tenía hermoso pelo, buenos ojos y blanquísimos dientes, un timbre de voz seductor cuando le oía hablar con sus compañeros; que vestía mal, si se quiere, pero con gracia especial, que no le parecía tonto; que toda su persona era noble, dulce, sencilla, altiva, y que, por fin, si tenía aspecto de pobre, tenía buen aspecto.
El día en que sus ojos se encontraron y se dijeron por fin, bruscamente, aquellas primeras cosas obscuras é inefables que balbucea una mirada, Cosette no las comprendió al instante.
Entró pensativa en la casa de la calle del Oeste, en que Juan Valjean, según costumbre, había ido á pasar seis semanas.
Al día siguiente, al despertar pensó en aquel joven desconocido, por tanto tiempo indiferente y glacial, que parecía entonces poner su atención en ella, y no creyó remotamente que ésta le fuese agradable.
Tenía más bien algo de cólera contra aquel bello joven desdeñoso.
Movióse en su interior un principio de guerra.
Creyó que iba en fin, á vengarse, y experimentó por esto una alegría enteramente infantil.
Creyéndose hermosa, conocía naturalmente, aunque de un modo vago, que tenía un arma.
Las mujeres juegan con su belleza como los niños con un cuchillo; y á veces se hieren.
Recuérdense las vacilaciones de Mario, sus excitaciones, sus temores. Se quedaba en su banco, y no se aproximaba, lo cual disgustaba á Cosette.
Un día dijo ésta á Juan Valjean:
—Padre, paseemos un poco por este lado.
Viendo que Mario no se le dirigía, dirigiósele ella.
En semejante caso, toda mujer se parece á Mahoma.
Y además, esto es lo raro, el primer síntoma del verdadero amor en un joven es la timidez, y en una muchacha la osadía.
Esto asombra, y sin embargo nada tan sencillo y natural.
Son los sexos que tratan de aproximarse, tomando cada uno las cualidades del otro.
Aquel día la mirada de Cosette volvió loco á Mario, y la mirada de Mario puso temblorosa á Cosette.
Mario se fué contento, Cosette inquieta.
Desde aquel día se adoraron.
Lo primero que Cosette experimentó fué una tristeza confusa y profunda; le parecía que desde aquel día al siguiente su alma se había vuelto negra; ella misma no la conocía.
La blancura del alma de las jóvenes, que se compone de frialdad y alegría, se parece á la nieve; se deshace al amor, que es su sol.
Cosette no sabía lo que era el amor. Jamás había oído pronunciar esta palabra en el sentido terrenal.
En los libros de música profana que entraban en el convento se reemplazaba la palabra amor con tambor ó pandour (panduro), lo cual daba motivo á enigmas que ejercitaban la imaginación de las grandes, como: ¡Ah, qué agradable es el tambor! ó bien: ¡la piedad no es más que panduro!
Pero Cosette había salido aún muy joven para haber pensado mucho en el «tambor».
No sabía, pues, qué nombre dar á lo que sentía.
¡Pero no se está menos enfermo por ignorar el nombre de la enfermedad!
Amaba con tanta más pasión cuanto que amaba con ignorancia; no sabía si aquello era bueno ó malo, útil ó peligroso, necesario ó mortal, eterno ó pasajero, permitido ó prohibido: amaba.
Se habría asombrado mucho si la hubieran dicho: «¿Dormís? ¡Pues eso está prohibido! ¿Coméis? ¡Pues eso está muy mal hecho! ¿Tenéis opresión y latidos de corazón? ¡Pues eso no se hace! ¿Os ruborizáis, palidecéis cuando un ser vestido de negro aparece al extremo de cierta alameda? ¡Pues eso es abominable!
De seguro no lo hubiese comprendido, y habría respondido: «¿Cómo he de tener culpa en una cosa en que no puedo nada, y ni nada sé?».
Sucedió que la especie de amor que sentía era precisamente el que más convenía al estado de su alma.
Era aquella una especie de adoración á distancia, una contemplación muda, la deificación de un desconocido; era la aparición de la adolescencia, el sueño de las noches, convertido en novela, sin dejar de ser sueño, el fantasma deseado, realizado en fin y hecho carne, pero sin nombre aún, sin culpa, sin mancha, ni exigencia, ni defecto; en una palabra, el amante lejano y envuelto en lo ideal, una quimera con forma.
Otro cualquier encuentro más palpable y más próximo hubiera asustado en aquella época á Cosette medio sumergida aún en la espesa bruma del convento.
Tenía todos los temores del niño, y todos los miedos de la religiosa confundidos.
El espíritu del convento, de que se había penetrado por espacio de cinco años, se evaporaba lentamente todavía en todo su ser, y hacía que todo temblase en derredor suyo; en semejante situación, lo que necesitaba no era un amante, no era ni aún un ser enamorado, sino una visión.
Púsose á adorar á Mario como una cosa encantadora, luminosa é imposible.
Como la extremada sencillez linda con la extremada coquetería, dirigíale sonrisas francas.
Cada día esperaba con impaciencia la hora de paseo: encontraba á Mario, sentía una felicidad indecible, y creía expresar sinceramente todo su pensamiento diciendo á Juan Valjean:
—¡Qué jardín más delicioso es el Luxemburgo!
Mario y Cosette estaban en la obscuridad el uno para el otro.
No se hablaban, no se saludaban, no se conocían; se veían; y como los astros en el cielo, separados de millones de leguas, vivían de mirarse.
Así era como iba Cosette haciéndose mujer poquito á poco, y desarrollándose bella y enamorada, con la conciencia de su belleza y la ignorancia de su amor.
Coqueta, en alto grado, por inocencia.



