Los miserables · Victor Hugo

Chapter 7

Capítulo 45 de 171 · 7 min de lectura

=Á tristeza, tristeza y media=

Todas las situaciones tienen sus instintos.

La anciana y eterna madre naturaleza advertía sordamente á Juan Valjean la presencia de Mario; Juan Valjean temblaba allá en lo más obscuro de su pensamiento. Juan Valjean no veía nada, no sabía nada, y contemplaba, sin embargo, con obstinada atención, las tinieblas en que estaba como si sintiese por un lado algo que se erigiese, y por otro algo que se derrumbara.

Mario, avisado también, y lo que es la profunda ley de Dios, por la misma madre naturaleza, hacía todo lo que podía por ocultarse «del padre».

Pero acontecía á veces que le veía Juan Valjean.

La conducta de Mario no era del todo natural.

Tenía accesos de prudencia miope, y de simple temeridad. No se le acercaba tanto como antes; se sentaba lejos, y permanecía en éxtasis; llevaba un libro, y hacía como que leía: ¿por qué hacía tal cosa?

Antes iba con su levita vieja, y ahora llevaba todos los días la levita nueva; no podía asegurarse que no se rizase el pelo; tenía ojos picarescos, y calzaba guantes.

En una palabra, Juan Valjean detestaba cordialmente á aquel joven.

Cosette no dejaba adivinar nada.

Sin saber en realidad lo que pasaba por ella, tenía el sentimiento de que debía ocultárselo á su padre.

Había entre el gusto del tocador que había adquirido Cosette y la costumbre de usar levita nueva de aquel desconocido, un paralelismo importuno para Juan Valjean.

Era casualidad, tal vez, sin duda, seguramente, pero una casualidad peligrosa.

Jamás abría la boca para hablar á Cosette de aquel desconocido.

Un día, sin embargo, no pudo contenerse, y con la vaga desesperación que introduce de súbito la sonda en su desgracia, la dijo:

—¡Qué aire tan pedantesco tiene este joven!

Cosette un año antes, es decir, cuando era una niña indiferente, hubiera respondido:

—No, es un joven simpático.

Diez años después, con el amor de Mario en el corazón habría respondido:

—¡Sí, es un pedante insoportable! ¡Tenéis razón!

Pero en aquel momento de su vida y en el estado de su corazón, se limitó á contestar con suprema calma:

—¿Este joven?

Como si le mirase por primera vez en su vida.

—¡Qué torpe soy!—pensó Juan Valjean.—Cosette no se había fijado aún en él, y yo soy quien se la enseño.

¡Oh inocencia de los viejos! ¡Oh penetración de las criaturas!

Es también ley de esos frescos años de padecimientos y cuidados, de esas violentas luchas del primer amor contra los primeros obstáculos, que la joven no se deje coger en ningún lazo, y el joven caiga en todos.

Juan Valjean había empezado contra Mario una guerra sorda, que éste, con la sublime estupidez de su pasión y de su edad, no adivinó.

Juan Valjean le tendió una porción de emboscadas; cambió de horas, cambió de banco, olvidó su pañuelo, fué sólo al Luxemburgo.

Mario cayó de lleno en todos esos lazos; y á todos estos interrogantes plantados en su camino por Juan Valjean, respondió ingenuamente:

—Sí.

Entre tanto, Cosette continuaba encerrada en su aparente indiferencia y en su imperturbable tranquilidad; tanto, que Juan Valjean sacó esta conclusión: «Ese necio está enamorado locamente de Cosette; pero Cosette ni siquiera sabe que existe».

Pero no por ello era menor la agitación dolorosa de su corazón.

De un momento á otro podía sonar la hora en que Cosette empezase á amar.

¿No empieza todo por la indiferencia?

Sólo una vez cometió Cosette una falta, y le asustó.

Al levantarse del banco para marcharse después de haber estado allí tres horas, Cosette le dijo:

—¿Ya?

Juan Valjean no había interrumpido sus paseos al Luxemburgo, porque no quería hacer nada singular, y porque temía sobre todo, que Cosette notase algo; pero en aquellas horas, tan gratas para los enamorados, mientras que Cosette enviaba su sonrisa á Mario, embriagado de placer, quien permanecía completamente abstraído de todo, y no veía nada en el mundo más que aquel rostro adorado, Juan Valjean le miraba con ojos chispeantes y terribles; y él, que había acabado por no creerse capaz de un sentimiento malévolo, tenía momentos, cuando Mario estaba allí, en que creía volverse salvaje y feroz, sintiendo que se abrían y levantaban contra aquél joven las antiguas profundidades de su alma que habían alimentado en otro tiempo tanta cólera.

Le parecía que se volvían á formar en su corazón cráteres desconocidos.

¿Cómo estaba allí aquel hombre? ¿Qué iba á hacer allí? ¿Iba á dar vueltas, á escudriñar, á examinar, á probar? ¿Iba á preguntar algo? ¿Iba á dar vuelta al rededor de su felicidad para arrebatársela?

Juan Valjean añadía:

—Sí; eso es. ¿Qué viene á buscar? ¿Una aventura? ¿Qué quiere? ¡Un amorío!

¡Pues, y yo! ¡Por qué habré sido antes el hombre más miserable, y después el más desgraciado!

¿Por qué habré pasado sesenta años viviendo de rodillas; habré padecido todo lo que se puede padecer; habré envejecido sin haber sido joven; habré vivido sin familia, sin padres, sin amigos, sin mujer, sin hijos; habré dejado sangre en todas las piedras, en todos los espinos, en todos los rincones, en todas las paredes; habré sido bueno, aunque hayan sido malos conmigo, y afable aunque hayan sido duros; me habré hecho bueno, á pesar de todo; me habré arrepentido del mal que he hecho, y habré perdonado el que me han causado; y en el momento en que recibo mi recompensa, en el momento que toco al fin, en el momento que tengo lo que quiero, que es bueno, que lo he pagado y me lo he ganado, desaparecerá todo, se me irá de las manos?

¡Perderé á Cosette, y perderé mi vida, mi alegría, mi alma, porque á un necio le haya complacido venir á vagabundear por el Luxemburgo! Entonces sus ojos despedían una claridad lúgubre y extraordinaria.

No era ya un hombre que miraba á otro: era un enemigo que miraba á otro; un perro de presa que miraba á un ladrón.

El lector ya sabe lo demás; Mario continuó siendo insensato.

Un día siguió á Cosette á la calle del Oeste; otro día habló al portero, y el portero habló á Juan Valjean, diciéndole:

—Señor, ¿que querrá un joven curioso que ha preguntado por vos?

Al día siguiente Juan Valjean dirigió á Mario aquella mirada, que acabó por notar.

Ocho días después Juan Valjean se mudó, prometiéndose no volver á poner los pies, ni en el Luxemburgo, ni en la calle del Oeste, y se volvió á la calle de Plumet.

Cosette no se quejó, no dijo nada, no trató de saber el porqué; estaba ya en el período en que se teme ser descubierto y vendido.

Juan Valjean no tenía experiencia alguna de estas miserias, únicas miserias agradables, y únicas también que desconocía, lo cual fué causa de que no comprendiese la grave significación del silencio de Cosette.

Solamente observó que estaba triste, y él se puso sombrío.

Por una y otra parte dominaba la inexperiencia.

Un día hizo una prueba y preguntó á Cosette.

—¿Quieres venir al Luxemburgo?

Un rayo iluminó el pálido rostro de Cosette.

—Sí,—contestó ella.

Fueron; habían pasado tres meses; Mario no iba ya; Mario no estaba allí. Al día siguiente, Juan Valjean volvió á decir á Cosette:

—¿Quieres venir al Luxemburgo?

Y ella respondió triste y sencillamente:

—No.

Juan Valjean se sintió herido por esta tristeza, y lastimado por esta dulzura.

¿Qué pasaba en aquella alma tan joven todavía, y ya tan impenetrable? ¿Qué trasformación se estaba verificando en ella? ¿Qué pasaba en el alma de Cosette?

Algunas noches, en vez de acostarse, Juan Valjean permanecía sentado cerca de su lecho, con la cabeza entre las manos y se pasaba la noche entera preguntándose: «¿Qué hay en la imaginación de Cosette?» y pensando en las cosas en que ella pudiera pensar.

¡Oh! En aquellos momentos, ¡qué miradas tan dolorosas dirigía hacia el claustro, á aquella altura casta, á aquel jardín del convento, lleno de flores ignoradas y vírgenes encerradas, en que todos los perfumes y toda las almas subían directamente al cielo!

¡Cómo adoraba aquel Edén cerrado para siempre, de que había salido voluntariamente y descendido con tan poca previsión!

¡Cómo se lamentaba de su abnegación y de su demencia en haber vuelto Cosette al mundo, pobre héroe del sacrificio, cogido y derribado por su mismo desinterés!

—¡Cómo!—exclamaba:—«¿qué he hecho yo?».

Por lo demás, Cosette ignoraba todo esto.

Juan Valjean no tenía para ella peor humor ni más dureza; siempre el mismo semblante bueno y apacible; sus modales eran más tiernos y más paternales que nunca; si algo hubiera podido hacer que se adivinase su falta de alegría, habría sido su mayor apacibilidad.

Cosette por su parte languidecía.

En la ausencia de Mario padecía como había gozado en su presencia, singularmente, sin explicárselo.

Cuando Juan Valjean dejó de acompañarla á dar sus habituales paseos, un instinto de mujer murmuró confusamente en el fondo de su corazón, que no debía manifestar afición al Luxemburgo, y que si este paseo le parecía indiferente, su padre la llevaría á él.

Pero se pasaron días, y semanas y meses.

Juan Valjean había aceptado tácitamente el consentimiento tácito de Cosette.

Ésta lo sintió, pero era ya tarde.

El día que volvió al Luxemburgo, Mario había desaparecido; ¿qué hacer entonces? ¿Volvería á encontrarle?

Sintió oprimírsele el corazón, sin que nada bastase á dilatárselo, y cuya opresión aumentaba diariamente.

No supo ya si estaba en invierno ó en verano, si hacía sol ó llovía, si los pájaros cantaban, si era la estación de las dalias ó de las margaritas, si el Luxemburgo era más bonito que las Tullerías, si la ropa que traía la lavandera estaba bien ó mal lavada, si la tía Santos había hecho buena ó mala «compra».

Quedó oprimida, absorta, atenta sólo á una idea, con la mirada vaga y fija, como cuando se mira en la noche el sitio negro y profundo en que se ha desvanecido una aparición.

Pero tampoco dejó traslucir nada á Juan Valjean, más que su palidez: continuó manifestando un semblante apacible.

Aquella palidez era más que suficiente para alarmar á Juan Valjean.

Algunas veces le preguntaba:

—¿Qué tienes?

Y ella respondía:

—No tengo nada.

Y después de un rato de silencio, como ella le viese también triste, le decía:

—Y vos, padre mío, ¿tenéis algo?

—¿Yo? Nada.—contestaba él.

Aquellos dos seres, que se habían amado tan exclusivamente y con tan tierno amor, y que habían vivido tanto tiempo el uno para el otro, sufrían á la sazón el uno al par del otro, y á causa del otro; sin decírselo, sin querer, y sonriendo.