Los miserables · Victor Hugo
Chapter 8
Capítulo 46 de 171 · 14 min de lectura
=La cadena=
El más desgraciado de los dos era Juan Valjean. La juventud, aún en medio de sus pesares, tiene siempre luz propia.
En ciertos casos, Juan Valjean padecía tanto, que llegaba á ser pueril, pues es propio del dolor hacer aparecer en el hombre el lado de niño.
Presentía de un modo inevitable que Cosette se le escapaba de las manos; hubiera querido luchar, retenerla, entusiasmarla con alguna cosa exterior y brillante.
Estas ideas pueriles, ya lo hemos dicho, y seniles al mismo tiempo, le dieron por su misma puerilidad una noción bastante justa de la influencia de los adornos de pasamanería sobre la imaginación de las jóvenes.
Sucedióle una vez, que vió pasar por la calle un general á caballo, vestido de gala, el conde Coutard, comandante general de París, y envidió á aquel hombre cubierto de dorados; pensó en la felicidad que causaría el ponerse aquel traje, y en que seguramente, si Cosette le viese así, se deslumbraría; que cuando le diese el brazo y pasase por delante de la verja de las Tullerías le presentarían las armas, y que esto bastaría á Cosette, y le quitaría la idea de mirar á los jóvenes.
Un acontecimiento inesperado vino á mezclarse con estas tristes ideas.
En medio de la vida aislada que llevaban, y desde que habían ido á vivir á la calle de Plumet, solían algunas veces ir á ver la salida del sol; placer conveniente á los que entran en la vida, y á los que salen de ella.
Pasearse muy de mañana para el que ama la soledad, equivale á pasearse de noche, con la alegría de la naturaleza: las calles están desiertas, y los pájaros cantan.
Cosette, que era un pájaro, se despertaba muy temprano.
Estas excursiones matinales se preparaban durante la víspera; él proponía, y ella aceptaba.
Arreglábase todo como un complot; salían antes de amanecer, y todas estas cosas eran otros tantos placeres para Cosette.
Estas inocentes extravagancias agradan á la juventud.
El flaco de Juan Valjean era, como hemos dicho, visitar los lugares poco frecuentados, los rincones solitarios, los lugares de olvido.
Existían entonces en las cercanías, lindando casi con los muros de París, algunos campos pobres, casi confundidos con la ciudad, donde brotaba en el verano un trigo raquítico, y que en otoño, después de hecha la recolección, no tenían aspecto de campos segados, sino de terrenos pelados.
Juan Valjean los frecuentaba con predilección, y Cosette no lo llevaba á mal; porque esto significaba la soledad para él y la libertad para ella.
Allí se convertía en niña, podía correr y jugar; se quitaba el sombrero, le ponía sobre las rodillas de Juan Valjean, y hacía ramilletes; miraba las mariposas sobre las flores pero no las cogía. La mansedumbre y la ternura nacen con el amor, y la joven, que alimenta un ideal tembloroso y frágil, tiene lástima de las alas de la mariposa.
Tejía guirnaldas de amapolas, se las ponía en la cabeza, y atravesadas y penetradas por el sol, purpúreas hasta la radiación, formaban sobre aquel fresco semblante rosado una corona de ascuas.
Aun después de haberse enseñoreado la tristeza de sus almas, habían conservado la costumbre de los paseos matinales.
Una mañana, pues, de octubre, atraídos por la perfecta serenidad del otoño de 1831, habían salido, y estaban al amanecer junto al portillo de Maine.
No era aún la aurora, era el alba; momento encantador y sombrío.
Algunas constelaciones esparcidas por el azul pálido y profundo, la tierra completamente negra, el cielo blanco del todo, las yerbecillas trémulas; en todas partes el misterioso sobrecogimiento del crepúsculo.
Una alondra, que parecía mezclarse con las estrellas, cantaba á una altura prodigiosa, y hubiérase dicho que aquel himno de la pequeñez al infinito calmaba á la inmensidad.
Al Oriente el Val de Grâce detallaba en el horizonte iluminado con una claridad de acero su masa obscura; Venus deslumbrante subía por detrás de esta cúpula, y parecía un alma que sale de un edificio tenebroso.
Todo era paz y silencio; en la calzada no había un alma; á lo lejos se veían confusamente algunos obreros que iban á su trabajo.
Juan Valjean se había sentado en una estrecha calle de árboles, y sobre unos maderos colocados á la puerta de una carpintería.
Tenía el rostro vuelto hacia el camino, y la espalda al Oriente; olvidábase del sol que iba á salir; estaba sumergido en una de esas absorciones profundas en que se concentra el alma entera, que lo aprisionan todo incluso la mirada, y equivalen á cuatro paredes.
Hay meditaciones que podrían llamarse verticales; y cuando se ha llegado á su fondo se necesita tiempo para subir á la superficie.
Juan Valjean había descendido á lo más profundo de uno de esos ensueños.
Pensaba en Cosette, en su felicidad posible, si no se interponía nada entre ella y él, en aquella luz con que ella iluminaba su vida, y era la respiración de su alma.
Era casi feliz en aquella meditación.
Cosette, de pie á su lado, abarcaba con la vista el firmamento, y miraba cómo iban tiñéndose las nubes de color de rosa.
De repente exclamó:
—Padre, parece que viene algo por allí.
Juan Valjean alzó los ojos.
Cosette tenía razón.
La calzada que conduce al antiguo portillo de Maine es una prolongación de la calle de Sêvres, y está cortada en ángulo recto por el boulevard interior.
En el mismo ángulo de la calzada y el boulevard, en el lugar en que bifurcan las dos vías, oíase un ruido difícil de explicar á aquella hora, distinguiéndose una especie de grupo vago.
Alguna cosa informe salía del boulevard y entraba en la calzada.
Aquel grupo iba creciendo, y parecía moverse con orden; y sin embargo, era una cosa horrible y asombrosa; parecía un carruaje, pero no se podía distinguir la carga.
Había caballos, ruedas, gritos y chasquidos de látigo.
Poco á poco fueron marcándose los perfiles, aunque sumergidos aún en las tinieblas.
Era un carro, en efecto, que acababa de dar la vuelta á la esquina del boulevard y que se dirigía al portillo, cerca del cual estaba Juan Valjean.
Otro carro del mismo aspecto seguía al primero, después un tercero, luego un cuarto, y así desembocaron sucesivamente hasta siete, de tal modo que las cabezas de los caballos tocaban siempre la trasera del carro que les precedía.
En estas carretas se agitaban algunas sombras; veíanse algunas chispas entre el crepúsculo como si brillasen en él sables desnudos; oíase un sonido férreo como si se removieran cadenas; á medida que aquello avanzaba, crecían las voces; era, en fin, una cosa formidable como las que salen de la caverna de los sueños.
Á medida que se aproximaba, iba aquello tomando forma, y se bosquejó detrás de los árboles con la vaguedad de una aparición; blanqueó toda aquella masa; la luz del día, que se elevaba poco á poco, derramaba una claridad pálida sobre aquel hormiguero sepulcral y vivo á un mismo tiempo; las cabezas de las sombras se convirtieron en rostros cadavéricos.
He aquí lo que era:
Siete carretas marchaban en fila por el camino: las seis primeras tenían una estructura singular: parecían carromatos de toneleros; eran una especie de escaleras de mano montadas sobre dos ruedas, y formando angarilla en su extremidad anterior; cada carromato, ó por mejor decir, cada escalera, iba tirada por cuatro caballos, uno tras otro.
Sobre estas escaleras trasportábanse extraños racimos de hombres.
Por razón de la escasa luz de la hora no se les veía, se les adivinaba.
Iban veinticuatro en cada carreta; doce á cada lado, recostados unos en otros, de cara á los transeúntes, y las piernas al aire; así caminaban aquellos hombres.
Llevaban á la espalda algo que sonaba: era una cadena; algo al cuello que brillaba: era una argolla.
Cada uno tenía su argolla, pero la cadena era de todos; de modo, que aquellos veinticuatro hombres, cuando tenían que bajar del carro y andar, estaban encadenados por una especie de unidad inexorable, y serpenteaban por el suelo, con la cadena por vértebra, ni más ni menos que un milpiés.
Delante y detrás de cada carreta iban de pie dos hombres armados de fusiles, teniendo bajo su pie uno de los extremos de la cadena.
Las argollas eran cuadradas.
La séptima carreta era un gran furgón con barandilla de estacas, pero sin toldo; tenía cuatro ruedas y sin caballos, y llevaba un ruidoso montón de calderos de hierro, de marmitas de metal, de estufas y de cadenas; mezclados con esto iban algunos hombres atados y echados á lo largo; parecían enfermos.
Este furgón descubierto estaba guarnecido de cañizos ó zarzos viejos que parecían haber servido para los suplicios antiguos.
Las carretas ocupaban el centro del camino.
Á uno y otro lado marchaban, en doble fila, guardias de infame aspecto con tricornios chatos como los soldados del Directorio, sucios, rotos, sórdidos, embutidos en uniformes de Inválidos, y pantalones de sepulturero, grises y azules por mitad, casi destrozados, con charreteras encarnadas, correas amarillas, machetes, fusiles y varas: especies de soldados postizos.
Estos esbirros parecían un compuesto de la abyección del mendigo y de la autoridad del verdugo.
El que aparecía como jefe, llevaba en la mano un látigo de postillón.
Todos estos detalles, sombreados por el crepúsculo, se dibujaban cada vez mejor á medida que el día clareaba.
Á la cabeza, y detrás del convoy, iban gendarmes á caballo, graves y con los sables desenvainados.
Era tan largo este tren, que en el momento que la primera carreta llegaba al portillo, apenas desembocaba la última en el boulevard.
Una multitud, salida de no se sabe dónde, y formada en un instante, como sucede en París, se oprimía y miraba desde ambos lados de la calzada.
Oíase en las callejuelas próximas gritos de personas que se llamaban, y el ruido de los zuecos de los hortelanos que corrían para ver el espectáculo.
Los hombres amontonados en las carretas se dejaban traquetear en silencio.
Estaban lívidos por el frío de la madrugada.
Todos llevaban pantalones de lienzo, y los pies desnudos metidos en zuecos.
El resto del traje pertenecía á la fantasía de la miseria.
Sus arreos eran horriblemente heterogéneos; porque no hay nada más fúnebre que el arlequín de los andrajos.
Sombreros desfondados, casquetes de hule, horribles gorros de lana, chaquetas negras destrozadas por los codos; los había llevando sombreros de mujer, y algunos cubrían su cabeza con canastos viejos; veíanse pechos velludos, y al través de las roturas de los vestidos se distinguían pinturas en la carne, templos del Amor, corazones con llamas y Cupidos.
Descubríanse también herpes y manchas de otras enfermedades.
Dos ó tres tenían una cuerda de esparto atada á las traviesas del carro, y, suspendido por bajo de ellos, como un estribo en que apoyaban los pies.
Uno de ellos traía en la mano, y lo llevaba á la boca, algo que tenía todas las apariencias de un pedrusco negro; era un pedazo de pan que iba comiendo.
No había allí más que ojos secos, apagados ó brillantes de siniestro fulgor.
La escolta juraba y maldecía, los encadenados no chistaban; de cuando en cuando oíase el ruido de un varazo sobre unas espaldas ó una cabeza; algunos de aquellos hombres bostezaban; los harapos eran terribles; colgaban los pies, los hombres oscilaban, las cabezas se chocaban, los hierros crujían, las pupilas radiaban ferozmente, los puños se crispaban ó se abrían inertes como la mano de un muerto; detrás del convoy una multitud de chicos reía á carcajadas.
Aquella fila de carretas, fuese lo que fuere, era lúgubre.
Tal vez el día siguiente, tal vez dentro de una hora, podía caer un aguacero, seguido de otro, y después otro, calando aquellos vestidos destrozados; y aquellos hombres, una vez mojados, no se secarían, y una vez helados, no se calentarían; sus pantalones de lienzo se pegarían á sus huesos con el agua, el agua llenaría sus zuecos, los latigazos no podrían impedir el castañeteo de los dientes, la cadena seguiría unciéndolos por el cuello, sus pies seguirían en el aire; era imposible no temblar viendo á aquellas criaturas humanas uncidas en tal forma, y pasivas bajo las frías nubes de otoño, entregadas á la lluvia, al viento, á todas las furias del aire, como los árboles y las piedras.
Los varazos no respetaban á los enfermos, que yacían atados y sin movimiento en la séptima carreta, y que parecían haber sido echados allí como sacos llenos de miseria.
De repente salió el sol, brilló el inmenso rayo del Oriente. Hubiérase dicho que prendía fuego en aquellas cabezas feroces.
Desatáronse las lenguas, estalló un incendio de burlas, de juramentos y de canciones.
La luz horizontal, extendiéndose á lo ancho, cortó en dos partes toda la fila, iluminando las cabezas y las espaldas, y dejando los pies y las ruedas en la obscuridad.
Los pensamientos aparecieron en los rostros; aquel instante fué espantoso; demonios visibles arrancada la máscara, almas espantosas desnudas por completo.
Aquella cohorte iluminada aparecía tenebrosa.
Algunos, alegres, tenían en la boca cañones de pluma, con los que soplando arrojaban todos los insectos de la miseria sobre la multitud, dando la preferencia á las mujeres.
La aurora marcaba con la obscuridad de las sombras aquellos tristes perfiles; no había entre todos aquellos hombres uno solo que no fuese asqueroso á causa de su miseria; y era un conjunto tan monstruoso, que pudiera decirse que cambiaba la claridad del sol en la luz del relámpago.
La carreta que abría la marcha había entonado y salmodiaba á voz en grito con espantosa jovialidad un pot-pourri de Desaugiers, famoso á la sazón, titulado la Vestal; los árboles temblaban lúgubremente, en las alamedas, algunos vecinos escuchaban con semblante de idiota beatitud las bufonadas cantadas por aquellos espectros.
En aquel convoy iban mezclados todos los desastres como en un caos; allí se veía el ángulo facial de todos los animales, de los viejos y de los adolescentes; cráneos calvos, barbas grises, monstruosidades cínicas, resignaciones esquivas, risas salvajes, actitudes insensatas, viejos con casquetes, especie de cabezas de jóvenes con rizos en las sienes, rostros de muchachas, y por lo mismo horribles, flacos, rostros de esqueleto, á los cuales no faltaba más que la muerte.
En la primera carreta iba un negro, que quizá habría sido esclavo, el cual podía comparar ambas cadenas.
El espantoso nivel de la bajeza, la deshonra, había pasado por aquellas frentes; en aquel grado de abatimiento, todos sufrían las últimas trasformaciones en las últimas profundidades; la ignorancia, cambiada en imbecilidad, era lo mismo que la inteligencia trocada en desesperación.
Entre aquellos hombres no había elección posible; todos se presentaban á la vista como lo más escogido del cieno.
Era evidente que el ordenador de aquella procesión inmunda, quien quiera que fuese, no los había clasificado.
Aquellos seres habían sido atados y apareados confusamente en el desorden alfabético probablemente, y cargados al acaso en las carretas.
Sin embargo, los horrores agrupados concluyen por producir un resultado, toda suma de desgraciados da un total; de cada cadena salía un alma común, y cada carreta tenía su fisonomía.
Al lado de la que cantaba había otra que aullaba; una tercera mendigaba; había una que rechinaba los dientes; otra que amenazaba á los mirones; otra que blasfemaba de Dios; la postrera callaba como la tumba.
Dante hubiera creído ver los siete círculos del infierno en marcha.
Marcha siniestra de los condenados hacia los suplicios, no en el formidable y fulgurante carro del Apocalipsis, sino lo que es más sombrío, en la carreta de las gemonías.
Uno de los guardias, que llevaba un gancho al extremo de la vara, removía de cuando en cuando aquel montón de basura humana.
Una vieja que había entre la muchedumbre se los enseñaba con el dedo á un chicuelo de cinco años, y le decía: ¡Aprende, tunante!
Como fuesen aumentando los cantos y las blasfemias, el que parecía capitán de la escolta hizo sonar el látigo, y á esta señal, una serie de espantosos varazos, que parecía una granizada, cayó sobre las siete carretas; muchos dieron un rugido y arrojaron espumarajos de rabia. Esto redobló la algazara de los pilluelos, que habían acudido como nubes de moscas sobre aquellas llagas.
La mirada de Juan Valjean se había vuelto aterradora.
Sus ojos no eran sino ese vidrio, que reemplaza la mirada en algunos desgraciados, la cual parece no tener conciencia de la realidad, y en que brilla la reverberación del espanto y de la catástrofe.
No veía un espectáculo; sufría una alucinación.
Quiso levantarse, huir, escapar, pero no pudo mover los pies.
Muchas veces las cosas que vemos nos atan y retienen.
Permaneció clavado, petrificado, estúpido, preguntándose al través de una confusa angustia inexplicable, lo que significaba aquella persecución sepulcral, y de dónde salía aquel pandemonium que le perseguía.
De pronto se llevó la mano á la frente, movimiento propio de cuando recordamos algo súbitamente; se acordó de que aquél era, en efecto, el itinerario, que aquella vuelta se daba siempre para evitar el encuentro posible de las personas reales en el camino de Fontainebleau, y que hacía treinta y cinco años había pasado él mismo por aquel portillo.
Cosette no estaba menos asustada, aunque lo estuviera de distinto modo.
No comprendía nada: le faltaba el aliento; no le parecía posible lo que veía, y por fin exclamó:
—¡Padre! ¿Qué es eso que llevan esas carretas?
Juan Valjean respondió:
—Presidiarios.
—¿Y adónde van?
—Á los penales.
En aquel momento sonaron multiplicados los varazos de cien manos; mezcláronse con ellos los sablazos de plano. Parecía aquello una furia de látigos y varas; los presidiarios se encorvaron; de este suplicio resultó una obediencia repugnante, y todos se callaron, despidiendo miradas de lobos encadenados. Cosette temblaba de pies á cabeza.
—Padre,—dijo,—¿son hombres esos?
—Á veces,—respondió el desgraciado Juan Valjean.
Era, en efecto, la cadena que salía antes de amanecer de Bicetre; tomaba el camino de Mans para evitar el de Fontainebleau, adonde estaba el rey.
Este rodeo hacía durar el espantoso viaje tres ó cuatro días más; pero para ahorrar á las personas reales la vista del suplicio, bien podía éste prolongarse.
Juan Valjean volvió á su casa anonadado.
Semejantes encuentros son choques, y el recuerdo que dejan parece un desquiciamiento.
Por eso Juan Valjean, al volver con Cosette á la calle de Babilonia, no notó que ésta le hizo otras preguntas sobre lo que acababan de ver; tal vez iba demasiado absorto en su abatimiento para oir sus palabras y para contestarlas.
Solamente por la noche, cuando Cosette se separó de él para irse á acostar, le oyó decir á media voz, y como hablando consigo mismo:
—¡Creo que si encontrase en mi camino á uno de esos hombres, moriría con solo verle de cerca, Dios mío!
Afortunadamente la casualidad hizo que el día que siguió á aquella mañana tan trágica, y con motivo de una solemnidad oficial, hubiese fiestas en París, revista en el campo de Marte, justas en el Sena, funciones en los Campos Elíseos, fuegos artificiales en la Estrella, é iluminaciones en todas partes.
Juan Valjean, violentando su costumbre, llevó á Cosette á estas funciones, á fin de distraerla del recuerdo de la víspera, y de borrar con el alegre tumulto de París aquella cosa abominable que había pasado por ante sus ojos aterrados.
La revista con que se solemnizaba la fiesta hacía muy natural la circulación de uniformes; Juan Valjean se puso el de guardia nacional, con el vago sentimiento interior de un hombre que se esconde.
Por lo demás, pareció que había conseguido el objeto que se proponía en el paseo.
Cosette, que miraba como una obligación el agradar á su padre, y para la cual era nuevo cualquier espectáculo, aceptó la distracción con sencilla gracia, fácil y ligera de la adolescencia, y no hizo ni un gesto desdeñoso ante esa gamella de alegría, que se llama una fiesta pública; de modo que Juan Valjean pudo creer que había conseguido borrar todo rastro de la repugnante visión.
Algunos días después, una mañana que hacía un sol hermosísimo, estaban ambos en la escalinata del jardín, otra infracción de las reglas que parecía haberse impuesto Juan Valjean y de la costumbre que Cosette había adquirido de permanecer en su cuarto: estaba la joven con peinador, de pie, con ese traje negligente de la mañana que envuelve adorablemente á las jóvenes, y que parece una nube sobre un astro; con la cabeza al sol, sonrosada por haber dormido bien, observada con ternura por su padre conmovido, mientras deshojaba una margarita.
Cosette ignoraba la seductora leyenda: «te amo un poco, apasionadamente», etc. ¿Quién se la había de haber enseñado? Daba vueltas á aquella flor, instintiva é inocentemente sin sospechar, que, deshojar una margarita es deshojar un corazón.
Si hubiese una cuarta Gracia llamada la Melancolía sonriéndose, Cosette se habría parecido á esta Gracia.
Juan Valjean estaba fascinado contemplando aquellos deditos en la flor, olvidándolo todo en la radiación que despedía la joven.
Un petirrojo piaba entre las ramas allí cerca; nubes blancas cruzaban el cielo tan regocijadamente, que parecían acabar de ser puestas en libertad.
Cosette seguía deshojando su flor atentamente; pero en aquel momento seductor volvió de repente la cabeza con la delicada lentitud del cisne, y dijo á Juan Valjean:
—Padre, ¿qué viene á ser eso del presidio?
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