Los miserables · Victor Hugo

Chapter 1

Capítulo 47 de 171 · 3 min de lectura

=Herida exterior, curación interna=

La vida de ambos volvíase sombría gradualmente.

No les quedaba ya sino una distracción que en otro tiempo había sido su felicidad, era ésta: llevar pan á los que tenían hambre, vestido á los que tenían frío.

En estas visitas á los pobres, en que Cosette acompañaba á su padre con frecuencia, encontraba algunos restos de su antigua expansión; y á veces, cuando el día se había aprovechado, cuando habían socorrido muchas miserias, y reanimado y vuelto el calor á muchos pequeñuelos, Cosette estaba un poco alegre por la noche.

En esa época fué cuando hicieron la visita al chiribitil de Jondrette.

Al día siguiente á aquella visita, presentóse Juan Valjean en el pabellón, tranquilo como siempre; pero con una grande herida en el brazo izquierdo, muy inflamada, muy virulenta, que parecía una quemadura, y que explicó de cualquier manera.

Aquella herida le tuvo más de un mes con calentura y sin salir de casa; no quiso ver á ningún médico, y cuando Cosette le instaba, le decía: «Llama al médico de los perros».

Cosette le curaba por mañana y tarde con un cuidado tan celestial y manifestándose tan satisfecha de serle útil, que Juan Valjean sentía renacer toda su antigua alegría, y desvanecerse sus temores y sus ansiedades, y contemplaba á Cosette diciendo: «¡Oh, bendita herida! ¡Oh, bendito mal!».

Cosette viendo enfermo á su padre, había abandonado el pabellón, y había vuelto á tomar afición á la casita y al antepatio.

Pasaba casi todo el día al lado de Juan Valjean, y le leía los libros que quería, casi siempre descripciones de viajes.

Juan Valjean renacía; su felicidad revivía con rayos inefables; el Luxemburgo, el rondador desconocido, la frialdad de Cosette: todas aquellas nubes de su alma se disipaban.

Y acababa por decirse: «No pasaban de ser todo ilusiones mías; soy un viejo loco».

Su felicidad era tal, que el horrible encuentro de los Thénardier, acaecido en el desván de Jondrette tan inesperadamente, había pasado por él como un soplo que se desliza.

Había conseguido escapar; su pista estaba perdida; ¿qué le importaba lo demás?

Sólo pensaba en ello para compadecer á aquellos miserables.

—Están ya presos, y por lo tanto imposibilitados de hacer daño,—se decía él;—pero ¡qué lástima de familia! ¡qué desgracia!

En cuanto á la repugnante visión del portillo de Maine, Cosette no había vuelto á hablar de ella.

En el convento, sor Santa Matilde había enseñado de música á Cosette. Cosette tenía la voz de una avecilla con alma, y algunas noches, en el humilde cuarto del herido, cantaba tristes canciones que complacían á Juan Valjean.

Llegaba la primavera; el jardín estaba tan admirable en esta estación, que Juan Valjean dijo á Cosette:

—No bajas nunca; quiero que pasees por él.

—Como queráis, padre,—contestó Cosette.

Y por obedecer á su padre, volvió á pasear por el jardín, casi siempre sola, porque, como hemos dicho, Juan Valjean, que probablemente temía ser visto por la verja, no paseaba casi nunca.

La herida había sido una diversión.

Cuando Cosette vió que su padre padecía menos, y que se iba curando y parecía feliz, sintió un contento que apenas echó de ver, tan dulce y naturalmente se presentaba.

Era el mes de marzo, crecían los días, desaparecía el invierno, que se lleva siempre consigo alguna parte de nuestras tristezas; vino después abril, esa aurora del estío, fresca como toda aurora, alegre como la infancia, llorosa alguna vez como un niño recién nacido.

La naturaleza en este mes tiene resplandores llenos de encanto, que pasan del cielo, de las nubes, de los árboles, de las praderas y de las flores al corazón del hombre.

Cosette era muy joven aún para que esta alegría de abril, semejante á ella, no la penetrase.

La obscuridad fué desapareciendo de su espíritu insensiblemente y sin sospecharlo.

En la primavera hay alguna luz en las almas tristes, así como á medio día hay claridad en los sótanos. Cosette misma no estaba ya tan triste.

Por la mañana, hacia las diez, después de almorzar, cuando había conseguido llevar á su padre un cuarto de hora al jardín, y pasear al sol por delante de la escalinata, sosteniéndole el brazo enfermo, no se apercibía de que se reía fácilmente y que era dichosa.

Juan Valjean satisfecho, la veía reponerse sonrosada y fresca.

—¡Oh, bendita herida!—repetía por lo bajo.

Estaba agradecido á los Thénardier.

Al estar curado de su herida, había vuelto á sus paseos solitarios y crepusculares.

Sería un error creer que se puede pasear de este modo, solo, por las regiones deshabitadas de París, sin toparse con alguna aventura.