Los miserables · Victor Hugo

Chapter 1

Capítulo 49 de 171 · 2 min de lectura

=La soledad y el cuartel en combinación=

El dolor de Cosette, tan punzante aún y tan vivo cuatro ó cinco meses antes, había entrado en convalescencia, sin ella advertirlo.

La naturaleza, la primavera, la juventud, el amor hacia su padre, la alegría de los pájaros y de las flores, infiltraban poco á poco, día por día, gota á gota, en aquella alma tan virgen y tan joven, una cosa muy parecida al olvido.

¿Se apagaba completamente el fuego, ó se iban formando solamente capas de ceniza? El hecho es, que no sentía ya apenas nada doloroso ni abrasador.

Un día pensó de repente en Mario.

—¡Calle!—dijo.—Ya no pienso en él.

Durante la misma semana se fijó, al pasar por delante de la verja del jardín, en un lindo oficial de lanceros, con talle de avispa, brillante uniforme, mejillas de niña, sable debajo el brazo, bigotes encerados y chascás charolado. Además: pelo rubio, ojos azules, cara redonda, vana, insolente y linda: todo lo contrario de Mario.

Llevaba su cigarro en la boca.

Cosette pensó que aquel oficial pertenecía al regimiento acuartelado en la calle de Babilonia.

Al día siguiente le vió pasar otra vez, y notó la hora.

Desde aquel momento le vió pasar casi todos los días.

Los camaradas del oficial notaron que había en aquel jardín «mal cuidado» y detrás de aquella verja barroca, una linda muchacha, que estaba allí, casi siempre, cuando pasaba el bizarro teniente, el cual no es desconocido del lector, pues se llamaba Teódulo Guillenormand.

—¡Hola!—decíanle.—Hay ahí una muchacha que se fija en ti; obsérvalo.

—¡Para esto tengo el tiempo...—respondía el lancero,—si tuviera que fijarme en todas las muchachas que me miran!

Esto sucedía precisamente en los momentos en que Mario, descendiendo hasta la agonía, decíase:

—¡Si pudiese solamente volver á verla antes de morir!

Si se hubiera realizado su deseo; si hubiera visto en aquel instante á Cosette mirando á un lancero, no habría podido pronunciar una palabra; habría muerto de dolor.

¿Y de quién habría sido la culpa? De nadie.

Mario tenía uno de esos temperamentos que se sumergen en la tristeza y viven en ella.

Cosette, por el contrario, se sumergía, pero volvía á salir.

Cosette, además, atravesaba el momento peligroso, fase fatal del ensueño femenil, abandonado á sí mismo, en que el corazón de una joven aislada se asemeja á los sarmientos de la vid que así se enraman por casualidad al chapitel de una columna de mármol, como al poste de una taberna.

Momento rápido y decisivo, crítico para toda huérfana, ya sea pobre ó rica, porque la riqueza no impide una mala acción, realizándose casamientos desiguales, porque la verdadera desigualdad es la de las almas; de igual manera que más de un joven ignorado, sin nombre, sin familia y sin fortuna, es un chapitel de mármol que sostiene un templo de elevados sentimientos y de grandes ideas, existen hombres de mundo, satisfechos y opulentos que calzan botas brillantes, y hablan charolado, que si se les mira, no al exterior, sino al interior, es decir, á lo que está reservado á la mujer, no son más que un poste estúpido, obscuramente manejado por las pasiones violentas, inmundas y vinosas; es decir, el poste de una taberna.

¿Qué había en el alma de Cosette?

Una pasión calmada ó adormecida: amor en estado flotante; algo que era límpido, brillante; turbio á cierta profundidad, sombrío más abajo.

La figura del lindo oficial se reflejaba en la superficie.

¿Había algún recuerdo en el fondo? ¿Muy en el fondo?

Tal vez; pero Cosette no lo sabía.

En esto sobrevino un incidente singular.