Los miserables · Victor Hugo
Chapter 2
Capítulo 50 de 171 · 4 min de lectura
=Miedos de Cosette=
Durante la primera quincena de abril hizo Juan Valjean un viaje.
Esto sucedía, como sabe el lector, algunas veces muy de tarde en tarde; y estaba ausente uno ó dos días á lo más.
¿Dónde iba? Nadie lo sabía, ni la misma Cosette.
Sólo una vez, en uno de sus viajes, le había acompañado ésta en coche hasta la esquina de un callejón sin salida, en cuya esquina había leído: Callejón de la Planchette.
Allí se había apeado, y el coche había regresado con Cosette á la calle de Babilonia.
Generalmente Juan Valjean hacía estos viajes cuando faltaba dinero en casa.
Juan Valjean estaba, pues, ausente; al marcharse había dicho: «Volveré dentro de tres días».
Por la noche, Cosette estaba sola en la sala.
Para matar el fastidio había abierto el piano y empezado á cantar, acompañándose ella misma, el coro de Euryanthe: ¡Cazadores perdidos en los bosques! que es quizá lo más bello que existe en música.
Cuando hubo acabado se quedó pensativa.
De repente creyó oir que andaban por el jardín.
No podía ser su padre, porque estaba ausente; ni la tía Santos, porque se había acostado.
Eran las diez de la noche.
Se dirigió á la ventana de la sala que estaba cerrada, y aplicó el oído.
Le pareció que oía el paso de un hombre que andaba suavemente.
Subió con rapidez al primer piso, á su cuarto, abrió un ventanillo que había en el postigo, y miró al jardín.
La luna estaba en su cuarto lleno alumbrando como el día.
No había nadie.
Abrió la ventana.
El jardín estaba absolutamente silencioso; y lo que se veía en la calle, desierto como siempre.
Cosette pensó haberse engañado; había creído oir aquel ruido, y todo era un alucinamiento producido por el sombrío y prodigioso coro de Weber, que abre ante el espíritu abismos insondables, que aparecen trémulos á la vista como un bosque vertiginoso en que se oye el crujido de las ramas muertas bajo el paso inquieto de los cazadores, casi envueltos en el crepúsculo.
Y no pensó más en ello.
Además, Cosette no era de naturaleza asustadiza.
Había en sus venas algo de la sangre de gitana y aventurera de desnudos pies.
Recuérdese que era mejor alondra que paloma, y tenía su fondo de valor y de energía.
Al día siguiente, más temprano, á la caída de la noche, se estaba paseando por el jardín, y en medio de los confusos pensamientos en que estaba sumergida, creyó oir claramente un ruido semejante al de la víspera, como de alguna persona que anduviera en la obscuridad bajo los árboles, y no muy lejos de ella; pero ella se decía que nada se asemeja tanto á los pasos sobre la yerba como el roce de dos ramas que se separan por sí mismas, y no hizo caso; además, no veía nada.
Salió de la «maleza»; tenía que atravesar un espacio alfombrado de menuda yerba para llegar á la gradería del pabellón.
La luna, que acababa de aparecer á sus espaldas, proyectó su sombra delante de ella, sobre aquella alfombra, en cuanto salió de la espesura.
Cosette se paró aterrorizada.
Al lado de su sombra, la luna proyectaba claramente sobre el césped otra sombra singularmente espantosa y terrible; una sombra que llevaba sombrero redondo.
Parecía la de un hombre que estuviese de pie junto á la espesura y á pocos pasos detrás de Cosette.
Permaneció un minuto sin poder hablar, ni gritar, ni moverse, ni volver la cabeza.
Pero al fin, reuniendo todo su valor, se volvió resueltamente.
No había nadie.
Miró al suelo; la sombra había desaparecido.
Entró nuevamente en la espesura, registró valerosamente todos los rincones, llegó hasta la verja, y no encontró á nadie.
Quedóse verdaderamente helada. ¿Había sido también aquello una alucinación? ¡Cómo! ¡Dos días seguidos! Una alucinación, pase; ¿pero dos?
Lo que la inquietaba sobre todo, era el que la sombra no fuera seguramente un fantasma, porque los fantasmas no llevan sombrero redondo.
Al día siguiente volvió Juan Valjean.
Cosette le refirió lo que había creído ver y oir.
Esperaba que su padre la tranquilizaría y que encogiéndose de hombros, le diría: «Eres una loquilla».
Juan Valjean se puso pensativo.
—Puede no ser nada,—dijo.
Separóse con algún pretexto, y se fué al jardín. Cosette observó que examinaba la verja con mucha atención.
Por la noche se despertó; esta vez estaba segura de oir pasos cerca de la escalinata, por bajo de su ventana, y la abrió.
En efecto, en el jardín vió á un hombre con un garrote en la mano.
Iba ya á gritar, cuando la luna iluminó el rostro del hombre. Era su padre.
Volvió, pues, á acostarse, pensando:
—¡Está inquieto, en realidad!
Juan Valjean pasó aquella noche y las dos siguientes en el jardín, y Cosette le observó por el ventanillo.
La tercera noche la luna estaba en su cuarto menguante, y salía más tarde. Sería como la una; Cosette oyó una carcajada, y la voz de su padre, que la llamaba:
—¡Cosette!
Saltó de la cama, se puso una bata, y abrió la ventana.
Su padre estaba en el jardín en el césped.
—Te despierto para tranquilizarte,—la dijo.—Mira; aquí tienes la sombra del sombrero redondo.
Y le enseñó sobre el césped una sombra que se proyectaba á la luz de la luna, y que parecía, en efecto, la de un hombre con sombrero redondo.
Era la silueta producida por el recortado de un tubo de chimenea de hierro con chapitel, que se elevaba por encima de un tejado vecino.
Cosette se echó á reir también; se borraron todas sus lúgubres suposiciones, y á la mañana siguiente, cuando almorzaba con su padre, se chanceó sobre el siniestro jardín visitado por las sombras de los tubos de chimenea.
Juan Valjean se tranquilizó completamente, y Cosette no se paró á examinar si el cañón de chimenea estaba en la misma dirección que la sombra que había visto ó había creído ver, y si la luna estaba en el mismo punto del cielo.
No se interrogó acerca de la singularidad de un cañón de chimenea, que teme ser sorprendido en flagrante delito, y se retira cuando ven su sombra; porque la sombra había desaparecido cuando Cosette se volvió, y Cosette creía estar segura de ello.
La joven se tranquilizó por completo.
La demostración le pareció evidente, y creyó que era un efecto de imaginación, lo mismo que los pasos de alguno que anduviese por el jardín por la tarde ó la noche.
Sin embargo, algunos días después ocurrió un nuevo incidente.



