Los miserables · Victor Hugo
Chapter 3
Capítulo 51 de 171 · 4 min de lectura
=Enriquecido con comentarios de la tía Santos=
En el jardín y cerca de la verja que daba á la calle, había un banco de piedra, guardado por una cerca de carpintos, de las miradas de los curiosos, pero hasta el cual podía llegar el brazo de un transeúnte á través de la verja y del follaje.
Una tarde del propio mes de abril, había salido Juan Valjean; y Cosette después de haberse puesto el sol, se había sentado en dicho banco.
El viento penetraba por entre los árboles; Cosette meditaba; una tristeza, sin objeto, iba apoderándose poco á poco de ella; esa tristeza invencible que produce la tarde, y que proviene tal vez del misterio de la tumba entreabierta á esa hora.
Fantina estaba quizá en aquella sombra.
Cosette se levantó, dió lentamente una vuelta por el jardín, andando sobre la hierba inundada de rocío, y diciéndose á través de la especie de sonambulismo melancólico en que estaba sumergida:
—Debe una calzar chanclos ciertamente para andar por el jardín á estas horas; es fácil constiparse.
Después volvió de nuevo al banco.
En el momento en que iba á sentarse, observó en el sitio que había ocupado una gran piedra, que no estaba antes.
Cosette miró pensativa aquella piedra, preguntándose qué significaba.
Pero de repente, la idea de que aquella piedra no se había ido sola al banco, de que alguno la había puesto allí, de que un brazo había pasado á través de la verja; esta idea, decimos, se le presentó, y le dió miedo; un miedo verdadero esta vez, porque la piedra estaba allí, y no era posible dudar; no la tocó; huyó sin atreverse á mirar detrás de sí; se refugió en la casa; cerró enseguida los postigos con barras y la puerta-vidriera de la escalinata con cerrojos, y preguntó á la tía Santos:
—¿Ha vuelto mi padre?
—Todavía no, señorita.
(Ya hemos dicho de una vez para siempre que la tía Santos era tartamuda. Permítasenos no ortografiar sus palabras como tal; nos repugna la notación musical de una enfermedad).
Juan Valjean, como hombre pensativo y paseante nocturno, solía retirarse bastante tarde por la noche.
—Santos,—dijo Cosette,—¿tenéis cuidado de cerrar bien por la noche las ventanas, las que dan al jardín, al menos con barras, y de poner bien los pasadores de hierro en los anillos?
—¡Oh! podéis estar tranquila, señorita.
La tía Santos no dejaba de hacerlo, y Cosette lo sabía bien; pero no pudo menos de añadir:
—¡Qué desierto está esto!
—Es verdad,—dijo la tía Santos.—La asesinarían á una sin tener tiempo para decir ¡uf! con eso de no dormir el señor en casa. Pero no temáis nada, señorita: cierro las ventanas como si fuese una fortaleza. ¡Ah, mujeres solas! ¡Esto hace temblar! Figuraos que entran hombres en el cuarto por la noche, y le dicen á una: «¡Cállate!» y empiezan á cortarle la cabeza. No es tanto la muerte, porque al fin se muere una, y sabe demasiado que se ha de morir; pero es una cosa horrible sentir que os pone esa gente la mano encima. ¡Y luego sus puñales! ¡Oh, qué mal deben cortar, Dios mío!
—¡Callad!,—dijo Cosette,—cerradlo todo bien.
Atemorizada del melodrama improvisado por la tía Santos, y quizá también por el recuerdo de las apariciones de la otra semana, no se atrevió á decirle: «Id á ver la piedra que han puesto en el banco», de miedo de volver á abrir la puerta del jardín, y de que entrasen los «hombres».
Hizo cerrar por todas partes las puertas y ventanas, hizo que la tía Santos registrase la casa desde la cueva al granero: se encerró en su cuarto, echó los cerrojos, miró debajo de los muebles y debajo de la cama; se acostó y durmió mal.
Toda la noche estuvo viendo la piedra, grande como una montaña, y llena de cavernas.
Cuando salió el sol,—es propio del sol naciente hacernos reir de todos nuestros terrores nocturnos, y la risa que produce es siempre proporcionada al miedo que se ha tenido,—al salir el sol, decimos, se despertó Cosette, pensó horrorizada en su sueño, y se dijo: «¿Qué he estado soñando? ¡Lo mismo es esto que los pasos que me parecía haber oído la otra semana de noche en el jardín! ¡Lo mismo que la sombra del cañón de chimenea! ¿Voy á volverme ahora cobarde?».
El sol que entraba por las rendijas de los postigos, y coloreaba de púrpura las cortinas de damasco, la tranquilizó de tal manera, que todo se borró en su imaginación, incluso la piedra.
—No había piedra ninguna en el banco, como no había ningún hombre con sombrero redondo en el jardín. He soñado lo de la piedra como lo demás.
Vistióse; bajó al jardín; corrió al banco y sintió un sudor frío.
La piedra estaba allí.
Pero aquello no duró más que un momento; el miedo de noche es curiosidad de día.
—¡Bah!—dijo:—veamos lo que es.
Y levantó la piedra, que era bastante grande.
Debajo había algo que parecía una carta.
Era un sobre de papel blanco; Cossette lo cogió, y vió que no tenía ni dirección escrita por un lado, ni oblea por el otro; pero aunque estaba abierto no estaba vacío.
Entreveíanse papeles dentro.
Cosette lo examinó; ya no tenía miedo, ni curiosidad, sino un principio de impaciencia.
Sacó del sobre lo que contenía, que era un cuadernillo de papel, de hojas numeradas, en cada una de las cuales tenía algunas líneas que parecieron á Cosette de bonita y elegante letra.
Cosette buscó un nombre, pero no lo había; buscó una firma, tampoco la había.
¿Á quién iba dirigido aquello?
Á ella probablemente, puesto que una mano había depositado aquel paquete en su banco.
¿De quién venía aquello?
Una fascinación irresistible se apoderó de ella; trató de separar los ojos de aquellos papeles que temblaban en su mano; miró al cielo, á la calle, á las acacias llenas de luz, á las palomas que volaban sobre un tejado próximo, y después su vista cayó rápidamente sobre el manuscrito, y se dijo que debía leer lo que contenía.
He aquí que leyó:



