Los miserables · Victor Hugo
Chapter 4
Capítulo 52 de 171 · 5 min de lectura
=Un corazón bajo una piedra=
La reducción del universo á un solo ser, la dilatación hasta Dios de un solo ser, he aquí el amor.
El amor es la salutación de los ángeles á los astros.
¡Qué triste está el alma cuando está triste por el amor!
¡Qué vacío como el de la ausencia del ser que por sí solo llena el mundo! ¡Oh! ¡Cómo es verdad que el ser amado se convierte en Dios! Se comprendería que Dios tuviese celos, si el Padre de todo no hubiera hecho evidentemente la creación para el alma, y el alma para el amor.
Basta una sonrisa vislumbrada á lo lejos bajo las alas de un sombrerito de crespón blanco con adornos de lila, para que el alma entre en el palacio de los sueños.
Dios está detrás de todo; pero todo oculta á Dios. Las cosas son negras, las criaturas son opacas. Amar á un ser es hacerle transparente.
[Ilustración: Era un sobre de papel blanco: Cosette lo cogió y observó que no tenía dirección]
Ciertos pensamientos son oraciones. Hay momentos en los cuales sea la que fuere la actitud del cuerpo, el alma está de rodillas.
Los amantes que están separados, engañan la ausencia con mil cosas quiméricas, que tienen, no obstante, su realidad. Aunque estén privadas de verse, y no puedan escribirse, tienen una multitud de medios misteriosos de correspondencia. Se envían el canto de los pájaros, el perfume de las flores, la risa de los niños, la luz del sol, los suspiros del viento, los rayos de las estrellas, toda la creación. ¿Y por qué no? Todas las obras de Dios están hechas para servir al amor. El amor es bastante poderoso para emplear á toda la naturaleza en sus mensajes.
¡Oh primavera, tú eres la carta que le escribo!
El porvenir pertenece más á los corazones que á las almas. El amor es lo único que puede ocupar y llenar la eternidad. El infinito necesita lo inagotable.
El amor es una parte del alma misma, es de la misma naturaleza que ella. Como ella es una chispa divina; como ella es incorruptible, indivisible, imperecedero. Es una partícula de fuego que está en nosotros, que es inmortal é infinita, á la cual nada puede limitar, ni amortiguar. Se la siente arder hasta en la médula de los huesos, y se la ve brillar hasta en el fondo del cielo.
¡Oh amor, adoración, deleite de dos almas que se comprenden, de dos corazones que se cambian, de dos miradas que se penetran! ¿Vendréis á mí, no es verdad, felicidades? ¡Paseos de dos almas en la soledad! ¡Días benditos y radiantes! Á veces he soñado que de vez en cuando las horas se desprendían de las vidas de los ángeles y venían aquí abajo á recorrer los destinos de los hombres.
Dios no puede añadir nada á la dicha de los que se aman más que la duración sin fin. Una eternidad de amor, después de una vida de amor, es un aumento, en efecto; pero acrecentar en su intensidad misma la felicidad inefable que el amor da al alma desde este momento, le es imposible aun á Dios mismo. Dios es la plenitud del cielo; el amor es la plenitud del hombre.
Contempláis una estrella por dos motivos, porque es luminosa y porque es impenetrable; pues á vuestro lado tenéis una radiación más dulce y un misterio mayor, la mujer.
Todos, sin excepción, tenemos nuestros seres respirables. Si estos nos faltan, nos falta el aire y nos ahogamos. Entonces morimos. Morir por falta de amor es horrible. ¡Es la asfixia del alma!
Cuando el amor ha fundido y mezclado dos seres en una unidad angélica y sagrada, estos seres han hallado el secreto de la vida; no son más que los dos términos de un mismo destino; no son más que las dos alas de un mismo espíritu. ¡Amad, pues! ¡Elevaos!
El día en que una mujer que pasa delante de nosotros desprende luz al andar, estamos perdidos; es que la amamos. Ya no podemos hacer sino una cosa; pensar en ella con tal insistencia, que ella se vea obligada á pensar en nosotros.
Lo que el amor empieza, sólo puede ser acabado por Dios.
El amor verdadero se desespera y se encanta por un guante perdido, ó por un pañuelo encontrado, y necesita la eternidad para sus sacrificios y sus esperanzas. Se compone á la vez de lo infinitamente grande y de lo infinitamente pequeño.
Si sois piedra, sed imán; si planta, sensitiva; si hombre, amor.
Nada basta al amor. Si se tiene la felicidad, se desea el paraíso; si se tiene el paraíso, se desea el cielo.
¡Oh! vosotros los que os amáis, todo esto se halla en el amor. Aprended á encontrarlo. El amor tiene como el cielo la contemplación, y además el deleite.
¿Va ella todavía al Luxemburgo?—No, señor.—¿Es en esta iglesia donde oye misa, verdad?—Ya no viene.—¿Vive todavía en esta casa?—Se ha mudado.—¿Adónde ha ido á vivir?—No lo ha dicho.
¡Qué cosa tan sombría es ignorar las señas de la casa de nuestra alma!
El amor tiene niñerías, las otras pasiones tienen pequeñeces. ¡Vergüenza para las pasiones que empequeñecen al hombre! ¡Honor á la que le hace niño!
Una cosa extraña me sucede. ¿Sabéis cuál? Estoy en la obscuridad. Existe un ser que al irse se me ha llevado el cielo.
¡Oh! Estar echados juntos en la misma tumba con las manos enlazadas, y de cuando en cuando, en medio de las tinieblas, acariciarnos suavemente un dedo; esto satisfaría mi eternidad.
Los que padecéis porque amáis, amad más aún. Morir de amor, es vivir.
Amad. Una transfiguración sombría y estrellada se mezcla con este suplicio. Hay éxtasis en la agonía.
¡Oh, dicha de las aves! Tenéis el canto, porque tenéis nido.
El amor es una respiración celestial del aire del paraíso.
Corazones profundos, espíritus ilustrados, tomad la vida como Dios la ha hecho; la vida es una larga prueba, una preparación ininteligible para el destino desconocido. Este destino, el verdadero, principia para el hombre en el primer escalón interior de la tumba. Entonces se le aparece algo, y comienza á distinguir lo definitivo. ¡Lo definitivo! Pensad en esta palabra. Los vivos ven lo infinito; lo definitivo no se deja ver más que de los muertos. Mientras esperáis, amad y padeced, esperad y contemplad. ¡Desgraciado el que no haya amado más que cuerpos, formas, apariencias! La muerte se lo arrebatará todo. Procurad amar las almas, y volveréis á encontrarlas.
He encontrado en la calle un joven muy pobre que amaba. Su sombrero era viejo, su vestido usado y raído por los codos; el agua le entraba por los zapatos, y los astros penetraban en su alma.
¡Qué cosa tan grande es ser amado! ¡Pero aún es más grande amar! El corazón se hace heroico á fuerza de pasión. No se compone sino de pureza; se apoya solamente en lo más grande y elevado. En él no puede germinar un pensamiento indigno, como no puede germinar una ortiga en un ventisquero. El alma elevada y serena, inaccesible á las pasiones y á las emociones vulgares, que domina las nubes y las sombras de este mundo, las locuras, las mentiras, los odios, las vanidades, las miserias, habita en el azul del cielo, y no siente más que las conmociones profundas y subterráneas del destino, como las cumbres de las montañas sienten los temblores de tierra.
Si no hubiera alguien que amase, se extinguiría el sol.



