Los miserables · Victor Hugo

Chapter 5

Capítulo 53 de 171 · 3 min de lectura

=Cosette después de la carta=

Durante esta lectura, Cosette iba poniéndose pensativa poco á poco.

En el instante en que levantó los ojos de la última línea del cuaderno, el lindo oficial pasó triunfante por delante de la verja.

Cosette le encontró repugnante.

Volvió á fijarse en el cuaderno.

Está escrito, pensaba Cosette, con una letra encantadora; de la misma mano, pero con diversa tinta, ya negra, ya blanquecina como cuando se echa la tinta en el tintero, y por consiguiente en distintos días.

Era, pues, aquello, un pensamiento que se había derramado allí, suspiro á suspiro, irregularmente, sin orden, sin elección, sin objeto, al azar.

Cosette no había leído nunca nada semejante.

Aquel manuscrito en que veía más luz que obscuridad, le causaba el mismo efecto que un santuario entreabierto.

Cada una de sus misteriosas líneas resplandecía á sus ojos, inundaba su corazón de una luz extraña.

La educación que había recibido le había hablado siempre del alma y nunca del amor; así como si se hablase del tizón sin hablar de la llama.

Aquel manuscrito de quince páginas le revelaba suave y repentinamente todo el amor, el destino, la vida, la eternidad, el principio y el fin.

Era como una mano que se hubiese abierto y le hubiese arrojado súbitamente un puñado de rayos.

Descubría en aquellas líneas una naturaleza apasionada, ardiente, generosa, honrada; una voluntad sagrada, un inmenso dolor, y una esperanza inmensa; un corazón oprimido, y un éxtasis manifestado.

¿Y qué era aquel manuscrito? Una carta. Una carta sin señas, sin nombre, sin fecha, sin firma, apremiante y desinteresada, enigma compuesto de verdades; mensaje de amor escrito para ser llevado por un ángel, y leído por una virgen; cita dada fuera de la tierra; billete amoroso de un fantasma á una sombra.

Era un ausente tranquilo y oprimido, que parecía dispuesto á refugiarse en la muerte, y que enviaba á la ausente el secreto de su destino, la clave de la vida: el amor.

Aquello había sido escrito con los pies en la tumba y el dedo en el cielo.

Aquellas líneas, que habían caído una á una sobre el papel, podrían llamarse gotas del alma.

Pero ¿de quién podían ser aquellas páginas? ¿Quién las había escrito?

Cosette no dudó ni un instante. Sólo un hombre.

¡Él!

Habíase iluminado su alma; todo había vuelto á aparecer; sentía una alegría indecible y una angustia profunda.

¡Era él! ¡Él, quien escribía! ¡Él, que estaba allí! ¡Él, que había pasado el brazo á través de la verja! Mientras ella le olvidaba, él la había encontrado.

Pero ¿le había olvidado? ¡No! ¡Nunca!

Era una locura creerlo un sólo instante; le había amado y adorado siempre.

El fuego se había cubierto, y había estado oculto algún tiempo; pero ella le veía; no había hecho más que ahondar un poco, y ya brillaba de nuevo y la abrasaba toda entera.

Aquel cuaderno era como una chispa de otra alma caída en la suya.

Sentía renacer el fuego; nuevamente se penetraba de cada palabra del manuscrito:

—¡Ah, sí!—decía.—¡Cómo reconozco todo esto! Es lo que he leído en sus ojos.

Cuando acababa de leer por tercera vez, el teniente Teódulo volvió á pasar delante de la verja haciendo sonar las espuelas, lo que hizo que levantara Cosette los ojos y que le pareciese soso, tonto, necio, vano, fatuo, desagradable, impertinente y feo.

El oficial creyó que debía dirigirle una sonrisa.

Cosette se volvió avergonzada é indignada. De buena gana le hubiera tirado algo á la cabeza.

Marchóse pues, entró en la casa, y se encerró en su cuarto para volver á leer el manuscrito, para aprendérselo de memoria, y para pensar.

Cuando lo hubo leído y releído, lo besó y se lo guardó en el corsé.

Era ya un hecho; Cosette había caído en la profundidad del amor seráfico; acababa de abrirse el abismo Edén.

Cosette pasó todo el día sumida en una especie de aturdimiento.

Apenas pensaba; sus ideas estaban en el estado de un ovillo enredado en su cerebro; no acertaba á conjeturar; esperaba al través de su turbación ¿el qué? algo vago.

No se atrevía á prometerse nada, y nada quería desechar; cruzaban su frente sombras pálidas, y temblaba su cuerpo.

Parecíale á veces que penetraba en lo quimérico, y se decía: «¿Es esto real?». Y tentaba el papel querido bajo su vestido, le oprimía contra su corazón, sentía los dobleces sobre su pecho; y si Juan Valjean la hubiera visto en aquel momento, se habría estremecido ante aquella alegría luminosa y desconocida que brotaba de sus ojos.

—¡Oh, sí!—pensaba ella.—¡Es indudablemente él! ¡Esto es de él para mí!

Y creía que una intervención de los ángeles, que una casualidad celestial lo había puesto á su alcance.

¡Oh transfiguraciones del amor! ¡Oh sueños! Aquella casualidad celestial, aquella intervención de los ángeles, era la bolita de pan lanzada de un ladrón á otro ladrón; del patio de Carlomagno á la cueva de los Leones, por encima de los tejados de la Fuerza.