Los miserables · Victor Hugo

Chapter 6

Capítulo 54 de 171 · 4 min de lectura

=Los viejos están hechos para ser oportunos=

Llegada la noche salió Juan Valjean, y Cosette se vistió.

Peinóse del modo que le sentaba mejor, y se puso un vestido, cuyo cuerpo había recibido una tijeretada más, y descubría por la escotadura el nacimiento del cuello; era, como dicen las jóvenes, «algo inocente».

No lo era en realidad, ni en grado mínimo, pero era más bonito que otro.

¡Se vistió de aquel modo sin saber por qué!

¿Quería salir? No.

¿Esperaba alguna visita? Tampoco.

Al anochecer bajó al jardín. La tía Santos estaba ocupada en la cocina, que daba al patio de detrás.

Empezó á pasear bajo los árboles, separando las ramas de cuando en cuando con la mano, porque las había muy bajas.

Así llegó al banco. Allí estaba todavía la piedra.

Sentóse, y dejó caer su blanca mano sobre la piedra, como si quisiese acariciarla y manifestarle agradecimiento.

De pronto sintió esa impresión indefinible que experimentamos aún sin ver, cuando está detrás de nosotros alguien de pie.

Volvió la cabeza, y se levantó. Era él.

Tenía la cabeza descubierta; parecía pálido y flaco; apenas se distinguía su traje negro.

El crepúsculo blanqueaba su hermosa frente, y cubría sus ojos de tinieblas.

Tenía algo propio de la muerte y de la noche, bajo un velo de incomparable dulzura.

Su rostro aparecía iluminado por la claridad del día que muere, y por el pensamiento de un alma que se va.

Parecía que no era aún fantasma; pero que no era ya hombre.

Su sombrero estaba caído á algunos pasos entre la yerba.

Cosette, próxima á desfallecer, no dió ni un grito.

Retrocedió lentamente, porque se sentía atraída.

Él no se movió. Cosette sentía la mirada de sus ojos, que no podía distinguir entre el velo inefable y triste que le rodeaba.

Cosette, al retroceder, encontró un árbol y se apoyó en él; sin aquel árbol, hubiera caído al suelo.

Entonces oyó su voz, aquella voz que realmente no había oído nunca, y que apenas sobresalía del susurro de las hojas, y que murmuraba:

—Perdonadme, aquí estoy. Tengo el corazón henchido; no podía vivir como estaba, y he venido. ¿Habéis leído lo que he puesto en ese banco? ¿Me conocéis? No tengáis miedo de mí. ¿Os acordáis de aquel día, hace ya mucho tiempo, en que me mirasteis? Fué en el Luxemburgo, junto al Gladiador. ¿Y del día que pasasteis cerca de mí? El 16 de junio y el 2 de julio, hace cerca de un año. ¡Cuánto tiempo he pasado sin veros!

«He preguntado á la alquiladora de sillas, y me ha dicho que ya no os veía. Vivíais en la calle del Oeste en un tercer piso de una casa nueva; ya veis que lo sé. Yo os seguía. ¿Qué había de hacer? Después desaparecisteis. Creí veros pasar una vez cuando estaba yo leyendo los periódicos bajo los arcos del Odeón, y corrí; pero no, era una joven que llevaba un sombrero como el vuestro.

«Por la noche vengo aquí. No temáis, nadie me ve; vengo á mirar de cerca vuestras ventanas. Ando muy quedo para que no lo oigáis, porque podríais tener miedo. La otra noche estaba detrás vuestro; os volvisteis y huí. Una vez os oí cantar, y fuí dichoso. ¿Os incomoda que os oiga cantar á través de las persianas? Esto no os molesta, ¿verdad?

«Ya lo veis, sois mi ángel; dejadme venir; creo que me voy á morir. ¡Sí supierais! ¡Os adoro! Perdonadme; os hablo, y no sé lo que os digo. Os incomodo tal vez. ¿Es verdad que os incomodo?».

—¡Oh, madre mía!—dijo Cosette.

Y se dobló sobre sí misma como si se muriera.

Él la cogió; ella desfallecía. Tomóla en sus brazos, la apretó estrechamente sin tener conciencia de lo que hacía, y la sostuvo vacilante.

Estaba como si tuviese la cabeza llena de humo; veía pasar relámpagos ante sus ojos; sus ideas se desvanecían; le parecía que realizaba un acto religioso, y que cometía una profanación.

Por lo demás, no experimentaba el menor deseo hacia aquella mujer seductora, cuyas formas sentía sobre su pecho.

Estaba perdido de amor.

Le tomó una mano y se la puso sobre el corazón.

Sintió el papel que tenía allí, y balbuceó:

—¿Me amabais pues?

Cosette respondió en una voz tan baja, que no era sino un suspiro casi imperceptible:

—¡Cállate; ya lo sabes!

Y ocultó su frente ruborizada en el pecho del joven altivo y embriagado.

Cayó él sobre el banco, y ella á su lado.

No tenían ya palabras.

Las estrellas empezaban á brillar.

¿Cómo fué que sus labios se encontraron?

¿Cómo es que el pájaro canta, que la nieve se funde, que la rosa se abre, que mayo extiende su fragancia, que el alba blanquea detrás de las negras arboledas en la cumbre ondulante de las colinas?

Un beso; esto fué todo.

Los dos se estremecieron, y se miraron en la sombra con ojos deslumbradores.

No sentían ni el frío de la noche, ni la frialdad de la piedra, ni la humedad de la tierra, ni la yerba mojada. Se miraban, y tenían el corazón lleno de pensamientos.

Se habían cogido las manos sin saberlo.

Ella no le preguntaba nada; no pensaba ni aún por dónde había entrado, y cómo había penetrado en el jardín.

¡Le parecía ya tan sencillo que estuviese allí!

De cuando en cuando la rodilla de Mario tocaba la rodilla de Cosette, y ambos se estremecían.

Por intervalos, Cosette tartamudeaba alguna palabra vaga.

Su alma temblaba en sus labios como una gota de rocío en una flor.

Poco á poco se hablaron.

La expansión sucedió al silencio, que es la plenitud.

La noche brillaba serena y espléndida sobre sus cabezas.

Aquellos dos seres puros como dos espíritus, se lo dijeron todo; sus sueños, sus felicidades, sus éxtasis, sus quimeras, sus desfallecimientos; cómo se habían adorado de lejos, cómo se habían deseado, y su desesperación cuando habían dejado de verse.

Se confiaron en una intimidad ideal, que nada podía aumentar lo que tenían más oculto y misterioso.

Se contaron con una fe cándida en sus ilusiones todo lo que el amor, la juventud y el resto de la infancia que había en ellos les hacía pensar.

Aquellos dos corazones se derramaron uno en otro, de modo que al cabo de una hora, él poseía el alma de ella y ella el alma de él.

Se compenetraron, se encantaron, se deslumbraron.

Cuando acabaron, cuando se lo hubieron dicho todo, ella reposó su cabeza en el hombro de Mario, y le preguntó:

—¿Cómo os llamáis?

—Me llamo Mario,—dijo él.—¿Y vos?

—Yo me llamo Cosette.

LIBRO SEXTO EL NIÑO GAVROCHE