Los miserables · Victor Hugo
Chapter 1
Capítulo 55 de 171 · 5 min de lectura
=Endiabladuras del viento=
Desde 1823, mientras que el bodegón de Montfermeil se obscurecía y desaparecía poco á poco, no en el abismo de una bancarrota, sino en la cloaca de las pequeñas deudas, los Thénardier habían tenido otros dos hijos, varones ambos. Con estos eran cinco, dos hembras y tres varones; lo cual era mucho.
La Thénardier se había desembarazado de los dos últimos, cuando eran aún pequeñitos, con una felicidad singular.
Hemos dicho desembarazado, y realmente ésta es la palabra, porque en aquella mujer no había más que un fragmento de naturaleza; fenómeno del que hay otros ejemplos.
Como la mariscala de Lamothe Houdancourt, la Thénardier sólo era madre para sus hijas.
Allí terminaba su maternidad.
Su odio al género humano empezaba en sus hijos; por el lado de éstos su maldad estaba, por así decirlo, cortada á pico, y su corazón tenía en este lugar una lúgubre escarpadura.
Como ya hemos visto, detestaba al mayor, y execraba á los otros dos.
¿Por qué? Porque sí.
El más terrible de los motivos, y la más indiscutible de las respuestas: Porque sí.
—No necesito una manada de chicos,—decía la tal madre.
Expliquemos cómo los Thénardier habían llegado á librarse de sus dos últimos hijos, y hasta á sacar provecho de ellos.
Aquella muchacha Magnon, de quien hemos hablado en otro lugar, era la misma que había conseguido sacar una pensión al buen señor Guillenormand para los dos hijos que tenía.
Vivía en el muelle de los Celestinos, en el ángulo de la antigua calle del Almizcle, que ha hecho lo posible por cambiar en buen olor su mala fama.
Muchos recordamos la gran epidemia del garrotillo que devastó hace treinta años los barrios ribereños del Sena en París, y de que la ciencia se aprovechó para experimentar en gran escala la eficacia de las insuflaciones de alumbre, tan útilmente reemplazadas hoy por la tintura externa de yodo.
En aquella epidemia la Magnon perdió en un mismo día sus dos hijos, pequeños aún, uno por la mañana y otro por la tarde.
Esto fué un gran golpe, porque aquellas criaturas eran muy necesarias á su madre; representaban ambas diez y seis duros al mes.
Estos diez y seis duros eran pagados exactamente en nombre del señor Guillenormand, por su procurador Barge, ujier ó alguacil retirado, que vivía en la calle del Rey de Sicilia.
Muertos los niños, la pensión quedaba enterrada.
La Magnon buscó un expediente.
En aquella tenebrosa masonería del mal, de que formaba parte, se guarda el secreto, y se prestan todos mutuo auxilio.
La Magnon necesitaba dos hijos, la Thénardier los tenía, y precisamente del mismo sexo, y de la misma edad.
Buen acomodo para la una, y una buena colocación para la otra.
Los hijos de la Thénardier se convirtieron en hijos de la Magnon.
Ésta se mudó del muelle de los Celestinos á la calle Clocheperce. En París la identidad que liga á un individuo á sí mismo se rompe de una calle á otra.
El estado civil, no advertido por nada, no reclamó, y la sustitución se hizo del modo más fácil del mundo.
Sólo la Thénardier exigió, por el préstamo de sus hijos, dos duros al mes, que la Magnon prometió, y aun pagó.
No hay que decir que el señor Guillenormand continuó pagando.
Cada seis meses iba á ver á los niños, y no notó el cambio.
—Señor,—le decía la Magnon,—¡cómo se os parecen!
El señor Guillenormand se encogía de hombros sonriendo.
Thénardier, que encontraba fáciles todos los disfraces, aprovechó esta ocasión para convertirse en Jondrette.
Sus dos hijas y Gavroche apenas habían tenido tiempo de notar que tenían dos hermanitos.
En cierto grado de miseria se apodera del alma una especie de indiferencia espectral, y se ve á los seres como larvas.
Las personas más allegadas aparecen á veces como vagas formas de la sombra, que apenas se distinguen del fondo nebuloso de la vida, confundiéndose fácilmente en lo invisible.
La noche del día en que había hecho entrega de sus dos hijos á la Magnon, con voluntad expresa de renunciar á ellos para siempre, la Thénardier había tenido, ó aparentado tener, un escrúpulo, y había dicho á su marido:
—¡Pero esto es abandonar á estas criaturas!
Thénardier, magistral y flemático, cauterizó el escrúpulo con esta sentencia:
—¡Juan Jacobo Rousseau hizo todavía más!
La madre pasó entonces del escrúpulo á la inquietud.
—¿Y si la policía nos persiguiese? Dime, amigo, ¿es esto permitido?
Thénardier respondió:
—Todo es permitido. Nadie verá en esto más que una trasparencia. Por otra parte, en muchachos que no tienen un sueldo, á nadie le importa mirar muy de cerca.
La Magnon era una especie de elegante del crimen. Se vestía con esmero.
Compartía su habitación, amueblada de una manera afectada y miserable, con una astuta ladrona inglesa afrancesada.
Esta inglesa, naturalizada parisiense, recomendable por sus buenas relaciones, íntimamente ligada á las medallas de la Biblioteca y á los diamantes de la actriz Mars, fué después célebre en los anales judiciarios. Llamábanla la señorita Miss.
Los dos niños que, por decirlo así, cayeron en suerte á la Magnon, no tuvieron de qué quejarse.
Recomendados por los diez y seis duros, estaban cuidados como todo lo que es explotado; no estaban mal vestidos ni mal alimentados; se les trataba como á unos «señoritos», mejor por su falsa madre que por la verdadera.
La Magnon se hacía la señora, y no hablaba en germanía delante de ellos.
Así pasaron algunos años.
Thénardier auguraba bien.
Un día que la Magnon le entregaba sus diez francos mensuales, le dijo:
—Será preciso que «el padre» les dé educación.
Pero de repente, aquellos dos pobres niños, bastante protegidos hasta allí, aun por su mala suerte, fueron lanzados bruscamente en la vida y obligados á empezar á recorrerla.
Un arresto en masa de malhechores como la de la covacha de Jondrette, que necesariamente había de complicarse con requisitorias y prisiones ulteriores, es un verdadero desastre para esa horrible contra-sociedad oculta, que vive bajo la sociedad pública; una aventura de ese género arrastra tras sí toda clase de derrumbamientos en ese mundo sombrío.
La catástrofe de los Thénardier produjo la catástrofe de la Magnon.
Un día, poco tiempo después que la Magnon hubo dado á Eponina el billete relativo á la calle Plumet, se verificó en la calle Clocheperce una repentina visita de la policía; la Magnon fué presa, lo mismo que la señorita Miss, y toda la vecindad, que era sospechosa, tuvo que pasar por la redada.
Los dos chiquitines estaban jugando en aquel momento en un patio, y no vieron nada de la catástrofe.
Cuando volvieron hallaron la puerta cerrada y la casa vacía.
Un zapatero de un portal de enfrente les llamó, y les dió un papel que su «madre» había dejado para ellos.
En el papel había escritas unas señas: Barge, recaudador de rentas, calle del Rey de Sicilia, número 8.
El hombre del portal les dijo:
—Ya no vivís ahí. Id allá. Está muy cerca. La primera calle á la izquierda. Preguntad el camino con este papel.
Los chicos se fueron, el mayor conduciendo al menor, y llevando el papel que debía guiarlos en la mano. Tenía frío; sus deditos hinchados se cerraban mal, y apenas sostenían el papel.
Al dar la vuelta de la calle Clocheperce, se lo arrancó una ráfaga de viento, y como caía la noche, el chiquillo no pudo encontrarle.
Comenzaron, por lo tanto, á vagar al azar por las calles.



