Los miserables · Victor Hugo
Chapter 1
Capítulo 58 de 171 · 11 min de lectura
=Origen=
Pigritia es una palabra terrible.
Engendra un mundo; el piger, léase el robo; y un infierno, la pigraria ó sea el hambre.
Así es que la pereza es madre.
Tiene un hijo, el robo, y una hija, el hambre.
¿Adónde estamos en este momento? En la germanía.
¿Y qué es la germanía? Es á un tiempo nación é idioma; es el robo bajo sus dos especies: pueblo y lengua.
Cuando, hace treinta y cuatro años, el narrador de esta grave y sombría historia, introducía en un libro escrito con el mismo objeto que éste á un ladrón hablando en germanía, produjo esto asombro y clamoreo.
—¡Qué, qué es eso! ¡Germanía! ¡Pero la germanía es atroz! ¡Es la jerigonza de la chusma, del presidio, de la cárcel, de todo lo más abominable de la sociedad! Etc., etc.
Nunca hemos comprendido ese género de objeciones.
Después, dos eminentes novelistas, de los cuales uno es un observador profundo del corazón humano y el otro un amigo intrépido del pueblo; Balzac y Eugenio Sue, hicieron hablar á los bandidos en su lengua natural, como había hecho en 1828 el autor del Último Día de un condenado, y se suscitaron las mismas reclamaciones.
Repitióse como antes: «¿Qué pretenden los escritores con esa jerigonza repugnante? ¡La germanía es odiosa! ¡La germanía hace estremecer!».
¿Quién lo niega? Sin duda alguna.
Cuando se trata de sondar una llaga, un abismo ó una sociedad, ¿ha sido nunca una falta penetrar muy adentro, llegar hasta el fondo?
Siempre habíamos creído que esto era algunas veces un acto de valor, y por lo menos una acción sencilla y útil, digna de la atención simpática que merece el deber aceptado y cumplido.
¿Por qué no se ha de explorar y estudiarlo todo? ¿Por qué detenernos en el camino?
El pararse es efecto de la sonda, y no del que sondea.
En verdad que ir á buscar en el último fondo del orden social, allí donde acaba la tierra y empieza el fango, registrar en esos cenegales, perseguir, coger y arrojar todavía palpitante sobre la superficie, ese idioma abyecto que chorrea cieno así expuesto á la luz, ese vocabulario pustuloso del que cada palabra parece un anillo inmundo de un monstruo de lodo y de tinieblas, no es empresa cómoda ni halagüeña.
Nada tan lúgubre como contemplar así, al desnudo, á la luz del pensamiento, el hormiguero espantoso de la germanía.
Parece, en efecto, como si fuera una especie de animal horrible creado para vivir en la noche, y al que se le arranca de su cloaca. Créese ver una terrible maleza viva y erizada que tiembla, se mueve, se agita, reclamada por la sombra que amenaza y mira.
Tal palabra parece una garra, tal otra un ojo apagado y sangriento: tal frase parece moverse como una tenaza de langosta.
Todo eso vive con esa vitalidad repugnante de las cosas que se han organizado en la desorganización.
Ahora bien; ¿desde cuándo el horror excluye á la ciencia? ¿Desde cuándo la enfermedad rechaza al médico?
¿Qué significaría un naturalista que se negase á estudiar la víbora, el murciélago, el escorpión, la escolopendra, la tarántula, y que las relegase á las tinieblas, diciendo: ¡Qué feos!?
El pensador que no se fijara en la germanía, se asemejaría al cirujano que volviese la cabeza ante una úlcera ó una verruga; sería un filólogo vacilando en examinar un hecho de la lengua; sería un filósofo dudando en escudriñar un hecho de la humanidad. Porque es preciso decirlo á los que lo ignoran: la germanía es á un tiempo mismo un fenómeno literario y una consecuencia social.
¿Qué es la germanía propiamente dicha? Esa jerigonza, ¿qué es?
La germanía es la lengua de la miseria.
Aquí podría interrumpirnos alguno, generalizando el hecho; lo cual algunas veces es una manera de atenuarle. Puede decírsenos que todos los oficios, todas las profesiones, hasta los accidentes todos de la jerarquía social y las formas todas de la inteligencia, tienen su jerigonza:
El comerciante que dice: «Montpellier disponible, Marsella buena calidad».
El agente de Bolsa que dice: «Trasferencia, prima, fin de mes...».
El jugador que dice: «Tercera de triunfo, fallo á espadas...».
El escribano de diligencia en las islas normandas que dice: «El feudatario deteniéndose en su feudo no puede reclamar los frutos de este feudo durante el embargo herencial de los inmuebles del renunciador...».
El autor dramático que dice: «Soltaron el oso...».
El cómico que dice: «Arrebaté».
El filósofo que dice: «Triplicidad fenomenal...».
El cazador que dice: «Está escamada, huye la pista...».
El frenólogo que dice: «Amatividad, combatividad, secretividad...».
El soldado de infantería que dice: «Mi corneta...».
El jinete que dice: «Mi montura...».
El maestro de esgrima que dice: «Tercera, cuarta, á fondo...».
El impresor que dice: «Sacar pliego...».
Todos: impresor, maestro de esgrima, jinete, soldado, frenólogo, cazador, filósofo, cómico, autor dramático, escribano, jugador, agente de Bolsa y comerciante, hablan en germanía.
El pintor que dice: «Mi granuja...».
El notario que dice: «Mi salta arroyos...».
El barbero que dice: «Mi pescadilla...».
El remendón que dice: «Mi ramplón...».
Hablan también en germanía.
En rigor, si se quiere también, hablando en absoluto, todas esas diferentes maneras de decir la derecha y la izquierda: el marinero, babor y estribor; el maquinista de teatro, lado patio y lado jardín; el sacristán, lado de la Epístola y lado del Evangelio, son germanía.
Hay la germanía de las encopetadas, como la hubo de las marisabidillas; el palacio de Rambouillet confinaba algo con el Patio de los Milagros.
Hay también la germanía de las duquesas, como lo prueba la siguiente frase de un billete amoroso escrito por una gran señora, muy linda por cierto, en tiempo de la Restauración: «Encontraréis en esas chismerías una infinidad de razones para que yo me liberte».
Las cifras diplomáticas son germanía; la cancillería pontificia, diciendo 26 por Roma, grkztntgzyal por envío, y abfxustgrnogrkzutu tu XI por duque de Módena, hablan en germanía.
Los médicos de la Edad Media, que, para decir zanahoria, rábano y nabo, decían: Opoponach, perfroschinum, reptitalmus, dracatholicum angelorum, postmegorum, hablan en germanía.
El fabricante de azúcar que dice: «Virgen, terciado, clarificado, terrón, pilón, bastardo, común, tostado, en panes», este honrado industrial habla en germanía.
Cierta escuela crítica que decía hace veinte años: «La mitad de Shakespeare, es un juego de palabras y retruécanos», hablaba en germanía.
El poeta y el artista, que, con sentido profundo, calificaron al noble señor de Montmorency de plebeyo, si no entendía de versos ni de estatuas, hablan en germanía.
El académico clásico que llama á las flores Flora, á las frutas Pomona, al mar Neptuno, al amor los fuegos, á la belleza los atractivos, á un caballo un corcel, á la escarapela blanca ó tricolor la rosa de Belona, al sombrero de tres picos el triángulo de Marte, ese académico clásico habla en germanía.
El álgebra, la medicina y la botánica tienen su germanía.
La lengua que se emplea á bordo, esa lengua admirable del mar, tan completa y pintoresca, que hablaron Juan Bart, Duquesne, Suffren y Duperré, que se mezcla con el silbido del aparejo, con el ruido de la bocina, con el choque de las hachas de abordaje, con el vaivén, con el viento, con la ráfaga y el cañón, es toda una germanía heroica y esplendente, que viene á ser á la jerigonza atroz de la ignominia lo que el león al chacal.
Sin duda alguna todo eso es muy cierto. Pero, dígase lo que se quiera, ese modo de comprender la palabra germanía es una extensión con la que todo el mundo no estará conforme.
Para nuestro concepto, conservamos á esa palabra su antigua aceptación precisa, circunscrita y determinada, y restringimos la germanía á la germanía.
La germanía verdadera, la germanía por excelencia, si es que estas dos palabras pueden acoplarse, la germanía inmemorial que era un reino, no es otra cosa, repetimos, sino la lengua fea, inquieta, cazurra, traidora, ponzoñosa, cruel, torcida, vil, profunda, fatal de la miseria.
Hay en la extremidad de todas las degradaciones y de todos los infortunios, una última miseria que se subleva y que se decide á entrar en lucha contra el conjunto de los hechos afortunados y de los derechos reinantes; lucha horrible, que, ora astuta, ora violenta, á un tiempo malsana y feroz, ataca el orden social á alfilerazos por medio del vicio, y á martillazos por medio del crimen.
Para las necesidades de esa lucha, la miseria ha inventado una lengua de combate, que es la germanía.
Hacer sobrenadar y mantener por cima del olvido, por cima del abismo, aunque no sea más que un fragmento de un lenguaje cualquiera que el hombre ha hablado, y que se perdería; es decir, uno de los elementos buenos ó malos que componen ó complican la civilización, es extender los datos de la observación social, es servir á la misma civilización.
Igual servicio rindió Plauto, con voluntad ó sin ella, haciendo hablar en fenicio á dos soldados cartagineses; igual servicio prestó Molière haciendo hablar el levantino y toda clase de jerga á tantos personajes.
Aquí vuelven á suscitarse las objeciones: el fenicio, ¡magnífico! El levantino, ¡en buen hora! La jerga, ¡pase! Pero ¿la germanía? ¿Á qué fin conservar la germanía? ¿Para qué es bueno «hacer sobrenadar» la germanía?
Á esto sólo respondemos una cosa. Ciertamente, si la lengua que habló una nación ó una provincia es digna de interés, hay algo que es más digno todavía de atención y estudio, la lengua que ha hablado una miseria.
Es la lengua que ha venido hablando en Francia, por ejemplo, desde hace cuatro siglos, no sólo una miseria, sino la miseria, toda la miseria humana posible.
Y luego, volvemos á insistir en ello, estudiar las deformidades y dolencias sociales, y señalarlas para curarlas, no es una tarea en que sea permitida la elección.
El historiador de costumbres y de ideas no tiene la misión menos austera que el historiador de acontecimientos.
Á éste incumbe la superficie de la civilización, las luchas de las coronas, los nacimientos de príncipes, los casamientos de reyes, las batallas, las asambleas, los grandes hombres públicos, las revoluciones á la luz del día, todo lo exterior.
Al otro historiador le pertenece el interior, el fondo, el pueblo que trabaja, que sufre y espera; la mujer abatida, el niño que agoniza, las guerras sordas de hombre á hombre, las ferocidades obscuras, las preocupaciones, las iniquidades convenidas, los rechazos y repercusiones subterráneas de la ley, las evoluciones secretas de las almas, los estremecimientos indistintos de las multitudes; los hambrientos, los descalzos, los rotos, los desheredados, los huérfanos, los desgraciados y los infames, todas las larvas que vagan en la sombra.
Le es preciso descender, con el corazón lleno de caridad y de severidad á un mismo tiempo, como hermano y como juez, hasta esas casamatas impenetrables donde se arrastran confundidos los que se desangran y los que hieren, los que lloran y los que maldicen, los que ayunan y los que devoran, los que sufren el mal y los que lo causan.
¿Tienen por ventura estos historiadores de los corazones y de las almas, deberes menos positivos que los analistas de los hechos exteriores? ¿Puede creerse que Alighieri tenga menos que decir que Maquiavelo?
Lo inferior de la civilización, más profundo quizá y más sombrío, ¿es acaso menos importante que lo superior? ¿Se conoce bien la montaña cuando se desconoce la caverna?
Empero, como de algunas palabras de lo que precede podría inferirse una separación manifiesta entre ambas clases de historiadores, debemos advertir al pasar que semejante separación no existe en nuestro espíritu.
Nadie es buen historiador de la vida patente, visible, ostentosa y pública de los pueblos, si al propio tiempo no es, hasta cierto punto, historiador de su vida profunda y oculta; y nadie es buen historiador de lo interno, si no sabe ser, siempre que fuere preciso, historiador de lo externo.
La historia de las costumbres y de las ideas penetra la historia de los sucesos, y recíprocamente. Son dos órdenes de hechos diferentes que se corresponden, que se encadenan siempre y se engendran mutuamente con frecuencia.
Todos los lineamientos que la Providencia traza en la superficie de una nación, tienen en el fondo sus paralelos sombríos, pero distintos, y todas las convulsiones del fondo producen levantamientos en la superficie.
Estando la verdadera historia mezclada en todo, en todo se mezcla el historiador verdadero.
El hombre no es un círculo con un solo centro, sino que es una eclipse con dos focos. Los hechos son el uno, las ideas el otro.
La germanía no es otra cosa sino un vestuario donde el lenguaje, teniendo que cometer alguna mala acción, se desfigura. Allí se reviste de frases enmascaradas, metáforas de andrajos.
Así es que aparece horrible.
Apenas puede reconocérsela. ¡Y es ella la lengua francesa, la gran lengua humana!
Y ahí está pronta á salir á la escena y á replicar al crimen, y dispuesta para desempeñar todos los papeles del repertorio del mal.
Y ya no anda, sino que cojea, y cojea con las muletas del Patio de los Milagros, muleta que se metamorfosea en maza.
Esa lengua se llama truhanería. Todos los espectros, sus ayudas de cámara, la han acicalado para la farsa: y se arrastra y se empina con la cualidad del reptil.
Ya está dispuesta para representar todos los personajes; el falsario la ha hecho tortuosa, el envenenador le ha dado color de verde-gris, el incendiario la ha tiznado de hollín, y el asesino le presta su tinte rojo.
Cuando se oye ese lenguaje, por el lado de las gentes honradas, á la puerta de la sociedad, se sorprende el diálogo de los que en él hablan por defuera. Distínguense las preguntas y las respuestas; percíbese, sin comprenderle, un murmullo repugnante, que suena casi como el acento humano, pero más semejante al alarido que á la palabra. Tal es la germanía.
Las palabras son deformes y están impregnadas de cierta bestialidad fantástica. Parece que oye uno hablar á las hidras.
Es lo ininteligible en lo tenebroso. Es una jerigonza que rechina y cuchichea, completando el crepúsculo con el enigma.
Resulta obscuro en la desgracia, pero aún más obscuro resulta en el crimen; estas dos obscuridades amalgamadas componen la germanía. Sombría en la atmósfera, sombría en sus actos y sombría en sus voces.
¡Espantoso idioma reptil que va, viene, brinca, se arrastra, babea y se mueve monstruosamente en esa inmensa bruma plomiza, compuesta de lluvia, de noche, de hambre, de vicio, de mentira, de injusticia, de desnudez, de asfixia y de invierno, pleno día de los miserables!
¡Tengamos lástima de los castigados! ¡Ay! Y en verdad, ¿qué somos nosotros mismos? ¿Qué soy yo que os hablo? ¿Qué sois vosotros que me ois? ¿De dónde venimos? ¿Estamos bien seguros de no haber hecho nada antes de nacer?
La tierra no deja de tener su parecido como una cárcel. ¡Quién sabe si es el hombre un sentenciado de la Justicia divina!
Mirad de cerca la vida. Está hecha de manera que por todas partes sentimos el castigo.
¿Sois acaso de los que llaman felices? Pues bien. Estáis tristes todos los días. Todos los días tenéis un gran pesar ó un pequeño cuidado.
Ayer temblabais por una salud que os es querida, hoy teméis por la vuestra; mañana será una inquietud de dinero, pasado mañana la diatriba de un calumniador, al otro la desgracia de un amigo; después los tiempos que corren, luego algún objeto roto ó pérdida, más tarde un placer que la conciencia y la columna vertebral os reprochan; otra vez, la marcha de los negocios públicos. Sin contar las penas del corazón. Y así sucesivamente.
Disípase una nube, fórmase otra. Un día apenas, entre ciento, de plena alegría y completo sol. ¡Y eso que pertenecéis al corto número de los felices!
En cuanto á los demás hombres, pesa sobre ellos la noche eterna.
Los espíritus reflexivos hacen poco uso de esta locución: los dichosos y los desgraciados. En este mundo, vestíbulo evidente de otro mundo, no hay felices.
La verdadera división humana es esta: los luminosos y los tenebrosos.
Disminuir el número de los tenebrosos, aumentar el de los luminosos: he ahí el objeto. He ahí porque gritamos: ¡enseñanza, ciencia! Aprender á leer, es encender el fuego: cada sílaba deletreada es una chispa.
Por lo demás, quien dice luz no dice necesariamente alegría. Se sufre en la luz; el exceso abrasa. La llama es enemiga del ala. Arder sin cesar de volar; ese es el prodigio del genio.
Cuando ya sepáis y cuando améis, sufriréis todavía. El día nace entre lágrimas.
Los luminosos lloran, aunque no sea más que por los tenebrosos.



