Los miserables · Victor Hugo

Chapter 2

Capítulo 59 de 171 · 13 min de lectura

=Raíces=

La germanía es la lengua de los tenebrosos.

El pensamiento se conmueve en sus más sombrías profundidades; la filosofía social se ve solicitada hacia sus meditaciones más dolorosas, en presencia de ese dialecto enigmático, á la vez marchitado y rebelde.

Aquí sí que hay castigo visible. En cada sílaba se manifiesta su sello.

Las palabras de la lengua vulgar aparecen en esa jerga como contraídas y arrugadas por el hierro candente del verdugo; algunas parece que humean todavía.

Tales frases hacen el efecto del hombro marcado de un ladrón, puesto bruscamente al desnudo.

La idea se niega casi á dejarse expresar por esos sustantivos vigilados por la justicia.

La metáfora es algunas veces tan descarada, que se conoce que ha estado expuesta á la vergüenza de la argolla.

Por lo demás, á pesar de todo esto y á causa también de todo esto, esa jerigonza extraña tiene de derecho su casilla en la gran estantería imparcial, donde hay sitio para el ochavo oxidado como para la medalla de oro, llamado literatura.

La germanía, quiérase ó no se quiera, tiene su sintaxis y su poesía. Es un idioma.

Sí; por lo deforme de ciertos vocablos, se reconoce que ha andado en la boca de Mandrin, y por lo espléndido de ciertas metonimias se advierte que ha pasado por los labios de Villon.

Este verso tan delicado y tan célebre:

¿Dó están las nieves de antan?

es un verso de germanía. Antan, antaño, ante annum, es una palabra de la germanía de Thunas, que significaba el año pasado, y por extensión, en otro tiempo.

Todavía podía leerse hace treinta y cinco años, cuando salió la gran cadena de presidiarios en 1827, en uno de los calabozos de Bicetre, esta máxima, grabada con un clavo en la pared por un rey de Thunas condenado á presidio: Los dabs d'antan trimaient siempre pour la pièrre du Coësre.

Esto quiere decir: Los reyes de antaño iban siempre á hacerse consagrar.

En la mente de aquel rey del crimen, la consagración era el presidio.

La palabra decarade, que expresa el arranque de un carruaje pesado al galope, se atribuye á Villon, y es digna de él. Es la palabra que echa chispas por las cuatro patas, resume en una onomatopea magistral todo este verso admirable de La Fontaine:

Tiraban de un coche seis fuertes caballos.

Bajo el punto de vista puramente literario, pocos estudios habrá más curiosos y fecundos que el de la germanía. Es todo un idioma dentro del idioma, una especie de excrecencia enfermiza, un injerto malsano que ha producido una vegetación, una parásita que tiene sus raíces en el viejo tronco galo, y cuyo follaje siniestro se arrastra por una gran parte de la lengua. Esto es en cuanto á lo que podría llamarse el primer aspecto, el aspecto vulgar de la germanía.

Pero para aquellos que estudian la lengua como debe estudiarse; es decir, como los geólogos estudian la tierra, la germanía aparece como un verdadero aluvión.

Conforme que se profundiza más ó menos hondamente, se encuentra en la germanía, por bajo del antiguo francés popular, el provenzal, el castellano, el italiano, el levantino, lengua de los puertos del Mediterráneo, el inglés y el alemán, el romance en sus tres variedades; romance francés, romance italiano, romance propiamente tal, el latín; en fin, el vasco, y el celta.

Formación profunda y extraña; edificio subterráneo fabricado en común por todos los miserables.

Cada raza maldita ha depositado su capa; cada sufrimiento ha dejado caer una piedra; cada corazón ha dado un guijarro.

Una multitud de almas perversas, bajas ó irritadas, que han atravesado la vida y han ido á desvanecerse en la eternidad, están allí casi enteras y en cierto modo visibles todavía bajo la forma de una palabra monstruosa.

¿Se quieren voces castellanas? La antigua germanía gótica las tiene en abundancia. Ahí está boffette, que viene de bofetón; vantane, después vanterne, que viene de ventana; gat, que viene de gato; acite, que viene de aceite.

¿Se quieren voces italianas? Ahí está spade, que viene de spada; carvel, que viene de caravella (barco).

¿Se quieren inglesas? Ahí está bischot, obispo, que viene de bishop; raille, espía, que viene de rascal, rascalión, bribón; pilche, estuche, que viene de pilcher, vaina.

¿Se quieren alemanas? Ahí está caleur, mozo, de kellner; hers, señor, de herzog, duque.

¿Se quieren latinas? Ahí está frangir, romper, de frangere; affurer, robar, de fur; cadene, cadena, de catena.

Hay una palabra que reaparece en todas las lenguas del continente con una especie de poderío y autoridad misteriosa; es la palabra magnus. Escocia ha hecho de ella su mac, que designa el jefe de la tribu, Mac Farlane, Mac Callumore; el gran Farlane, el gran Callumore. (Obsérvese, sin embargo, que mac, en celta, significa hijo). La germanía ha sacado el meck, y luego el meg, es decir, Dios.

¿Se quieren voces del vascuence? Ahí está gahisto, el diablo, que viene de gaiztoa, malo; sorgabon, buenas noches, que viene de gabon.

¿Se quieren del celta? Ahí está blavin, pañuelo, que viene de blavet, agua que salta; menesse, mujer (en mal sentido), que viene de meinec, lleno de piedras; barant, arroyo, de baranton, fuente; goffeur, cerrajero, de goff, herrero; la guedouze, la muerte, que viene de guenn du, blanca negra.

¿Se quiere historia, en fin? La germanía llama malteses á los escudos, su recuerdo de la moneda que corría en las galeras de Malta.

Además de los orígenes filológicos que acaban de indicarse, la germanía tiene otras raíces más naturales aún, y que salen, por así decirlo, del espíritu mismo del hombre.

Primeramente, la creación directa de las palabras, que es donde está el misterio de las lenguas.

Pintar con palabras que tienen, sin saber cómo ni por qué, figuras; he ahí el fondo primitivo de todo lenguaje humano, y que podría llamarse el granito de su construcción.

La germanía abunda en palabras de este género; palabras inmediatas, creadas de un golpe, no se sabe dónde ni por quién, sin etimologías, sin analogías, sin derivados; palabras sueltas, bárbaras, alguna vez repugnantes, que tienen una fuerza singular de expresión, y que por ello viven.

El verdugo, taule; la selva, sabri; el miedo, la fuga, taf; el lacayo, larbin; el general, el prefecto, el ministro, phoros; el diablo, rabouin.

Nada tan extraño como esas palabras que enmascaran y evidencian. Algunas, como rabouin, por ejemplo, son al mismo tiempo grotescas y terribles, y producen el efecto de una mueca ciclópea.

En segundo lugar, la metáfora. La cualidad de una lengua que quiere decirlo todo ocultándolo todo, es una abundancia de figuras. La metáfora es un enigma donde se refugia el ladrón que medita un golpe y el preso que combina una evasión.

Ningún idioma es más metafórico que la germanía. Devisser le coco, torcer el cuello; tortiller, comer; être gerbé, ser juzgado; un rat, un ladrón de pan; il lansquine, llueve, antigua figura notable, que en cierto modo lleva su fecha con ella, que asimila las largas líneas oblicuas de la lluvia á las picas espesas é inclinadas de los lansquenetes ó sacanates, y que contiene en una sola palabra la metonimia popular: il pleut des hallebardes (llueven chuzos).

Algunas veces, á medida que la germanía va de la primera época á la segunda, las palabras pasan del estado salvaje y primitivo al sentido metafórico. El diablo deja de ser el rabouin y se convierte en el panadero, el que mete en el horno. Es más ingenioso, pero menos grande. Algo como Racine después de Corneille, como Eurípides después de Esquilo.

Hay ciertas frases de germanía que participan de las dos épocas, y tienen á un tiempo el carácter bárbaro y el carácter metafórico, las cuales parecen fantasmagorías. Les sorgueurs vont sollicer des gails á la lune (los vagos van á robar caballos por la noche); esto pasa ante la mente como un grupo de espectros. No se sabe lo que se ve.

En tercer lugar, los expedientes. La germanía vive de los mismos recursos que le presta el lenguaje. Usa de éste á su antojo, le toma al azar y se limita con frecuencia, cuando urge la necesidad, á desnaturalizarlo sumaria y groseramente.

Á veces con las palabras usuales así deformadas y complicadas con palabras de germanía pura, se componen locuciones pintorescas, en las que se advierte la mezcla de los dos elementos precedentes, la creación directa y la metáfora: «Le dab jaspine, je marronne que la roulotte de Pantin trime dans le sobri»: ladra el perro, es de creer que la diligencia de París pasa por el bosque.

«Le dab est sinve, la dabuge est merloussière, la fée est bative»: el señor es bestia, la señora es astuta, la hija es linda.

Lo más frecuente, á fin de desorientar á los que escuchan, es añadir única é indistintamente á todas las palabras de la lengua una especie de colilla ignoble, una terminación en gue, en lla, en orgue ó en uche. ¿Legue paracella buenorgue estella fritouche? Frase que dirigió Cartouche á un llavero á fin de saber si la suma ofrecida para la evasión le convenía.

La terminación en mar es una de las que se han usado más modernamente.

Siendo la germanía el idioma de la corrupción, se corrompe presto.

Además, como trata siempre de esconderse, en cuanto es comprendida se transforma.

Al revés de otra vegetación; en ella todo rayo de luz mata cuanto toca.

Por eso la germanía va descomponiéndose y recomponiéndose sin cesar; trabajo obscuro y rápido que no se detiene jamás.

Así es que recorre más camino en diez años que la lengua en diez siglos.

Así larton (pan), se convierte en lartif; gail (caballo), se convierte en gaye; fertanche (paja), en fertille; momignard (muñeco), en momacque; figues (ropas), en frusques; chique (iglesia), en egrugoir; colabre (cuello), en colas.

El diablo es primeramente gahisto, después rabouin, luego panadero.

El clérigo es el ratichón, después el jabalí.

El puñal es el veintidós, después surin, luego lingre.

Los agentes de policía son los railles, luego los roussins, después rousses, después mercaderes de agujetas, galladores, cascantes.

El verdugo es el taule, después charlot, luego l'atigeur, luego becquillard.

En el siglo XVII, batirse, era darse tabaco; en el XIX, es mascarse el gaznate. Veinte locuciones diferentes han pasado entre esos dos extremos.

Cartouche hablaría en hebreo para Lacenaire.

Todas las palabras de esa jerigonza están en perpetua fuga, como los hombres que las pronuncian.

Sin embargo, de cuando en cuando, y á causa de ese mismo movimiento, la antigua germanía reaparece y vuelve á hacerse nueva. Hay puntos principales en que se mantiene.

El Temple, en París, conservaba la germanía del siglo XVII; Bicetre, cuando era cárcel, conservaba la germanía de Thunas. Allí se oía la terminación en anche de los tunos antiguos: ¿Bebanches tú (bebes tú)? Así creanche (así cree).

Mas no por eso deja de ser una ley el movimiento perpetuo.

Si por un momento llega á fijarse el filósofo en esa lengua para observarla, se ve desvanecerse sin cesar, y cae en dolorosas y útiles meditaciones.

No hay estudio más eficaz y fecundo en enseñanzas. Ni una metáfora; no existe una etimología de germanía que no contenga una lección.

Entre esos hombres, batir es fingir; se bate una enfermedad; la astucia es su fuerza.

Para ellos la idea del hombre no se separa de la idea de la sombra. La noche se dice la sorgue, el hombre l'orgue. El hombre es un derivado de la noche.

Se han acostumbrado á considerar á la sociedad como una atmósfera que les mata, como una fuerza fatal, y hablan de su libertad, como pudieran hablar de su salud. Un hombre preso es un enfermo; un hombre sentenciado, es un muerto.

Lo más terrible para el prisionero, dentro de las cuatro paredes de piedra que le sepultan, es una especie de castidad glacial; así es que llama al calabozo el castus.

En ese fúnebre lugar, siempre aparece la vida exterior bajo su aspecto más risueño.

El encarcelado tiene grillos en los pies; ¿creéis acaso que piensa que los pies son para andar? No, piensa que con ellos se baila.

Así es que cuando llega á romper sus hierros, su primera idea es que ya puede bailar, y llama por lo mismo á la sierra bastringue (sala de baile).

Un nombre es un centro; profunda asimilación.

El bandido tiene dos cabezas, una que razona sus acciones y le guía durante su vida entera, otra que tiene sobre sus hombros el día de su muerte; á la cabeza que le aconseja el crimen la llama la sorbona, y á la que le expía, el troncho.

Cuando ha llegado el hombre á no llevar más que andrajos sobre el cuerpo y vicios en el corazón; cuando se halla al final de esa doble degradación material y moral que caracteriza en sus dos acepciones la palabra andrajoso, está ya preparado para el crimen; por eso la germanía no dice «un andrajoso», sino un aderezado.

¿Qué es el presidio? Un brasero de condenación, un infierno. El presidiario se llama un leño.

En fin, ¿qué nombre dan los malhechores á la prisión? El colegio. Todo un sistema penitenciario puede salir de esta palabra.

¿Se quiere saber dónde han nacido la mayor parte de las canciones de presidio, esos refranes llamados lirlonfa en su vocabulario especial?

Pues atended:

Había en el Châtelet de París un subterráneo muy grande que estaba á ocho pies bajo el nivel del Sena. No tenía ni ventanas ni respiraderos; la única abertura era la puerta; los hombres podían entrar allí, el aire no.

Este subterráneo tenía por techo una bóveda de piedra, y por suelo diez pulgadas de fango.

Había estado embaldosado; pero las baldosas se habían podrido y agrietado con el rezumo de las aguas.

Á ocho pies del suelo atravesaba de parte á parte aquel subterráneo una larga viga maciza, de la cual pendían, de trecho en trecho, cadenas de tres pies de largo, en cuyo extremo había una argolla.

Encerrábase en aquella cueva á los condenados á presidio hasta el día que salían para Tolón.

Los empujaban hasta debajo de aquella viga, donde á cada cual le esperaba su herramienta oscilando en las tinieblas.

Las cadenas, esos brazos pendientes y las argollas, esas manos abiertas, cogían aquellos miserables por el cuello.

Remachábanse los hierros y se les dejaba allí.

La cadena resultaba corta y no podían echarse. Permanecían inmóviles dentro de aquella cueva, en aquella noche, bajo aquella viga, casi colgados, obligados á hacer esfuerzos inauditos para alcanzar el pan ó el cántaro, con la bóveda sobre la cabeza, el cieno á media pierna, corriéndoles el excremento por las corvas, destrozados de fatiga, doblándose por las caderas y rodillas, agarrándose con las manos á la cadena para reposar, no pudiendo dormir sino de pie y despertándose á cada instante por el rozamiento de la argolla. Algunos de ellos ni siquiera llegaban á despertar.

Para comer, subían con el talón á lo largo de la tibia hasta la mano el pan que les arrojaban en el lodo.

¿Cuánto tiempo permanecían así?

Un mes, dos meses, á veces hasta seis; hombre hubo que se pasó allí un año.

Tal era la antesala de los presidios donde se entraba á veces por haber robado una liebre al rey.

En ese sepulcro-infierno ¿qué hacían?

Lo que se puede hacer en un sepulcro, agonizar, y lo que se puede hacer en un infierno, cantar, porque donde no hay esperanza, queda el canto.

En las aguas de Malta, cuando se acercaba una galera, oíanse los cantos antes que el ruido de los remos.

El pobre cazador furtivo Survincent, que había pasado por la prisión subterránea del Châtelet, decía: «Las rimas son las que me han sostenido».

Inutilidad de la poesía. ¿Para qué sirve la rima?

En aquel subterráneo es donde nacieron casi todas las canciones de germanía. Del calabozo del Gran Châtelet de París viene aquel melancólico mote de la galera de Montgomery: Tímaloumisaine, timaloumison.

La mayor parte de estas canciones son lúgubres; algunas son alegres; una hay tierna:

Aquí está el teatro Del niño dardero

Hágase lo que se quiera, nunca se podrá arrancar ese eterno residuo del corazón del hombre, el amor.

En ese mundo de acciones sombrías, cada cual guarda su secreto. El secreto es propiedad de todos.

El secreto, para esos miserables, es la unidad que sirve de base á la unión.

Romper el secreto, es arrancar á cada miembro de esa comunidad feroz algo de sí mismo.

Delatar, en la lengua enérgica de germanía, se dice: «Comer el bocado», como si el delator sacase para sí un poco de la substancia de todos y se alimentase con un bocado de la carne de cada uno.

¿Qué es recibir un bofetón? La metáfora vulgar responde: «Ver treinta y seis candelas».

Aquí interviene la germanía y dice á su vez: «Candela, humo». Con lo que el lenguaje usual ha hecho «humazo», sinónimo de bofetón.

Así, por una especie de penetración de abajo hacia arriba, ayudando la metáfora, esa conductora incalculable, la germanía sube de la caverna á la Academia; y diciendo Pulallier: «Yo enciendo mi humo» (candela), le hace escribir á Voltaire: «Langleviel de la Beaumelle merece cien humazos» (bofetones).

Una investigación en la germanía trae un descubrimiento á cada paso. El estudio profundo de ese extraño idioma conduce al misterioso punto de intersección de la sociedad regular con la sociedad maldita.

El ladrón tiene también su carne de cañón, la materia robable: vosotros, yo, cualquiera que pasa; el «pantre». («Pan», todo el mundo).

La germanía es el verbo convertido en presidiario.

Que pueda el principio pensador del hombre ser empujado hasta nivel tan bajo, pueda ser arrastrado y agarrotado allí por las obscuras tiranías de la fatalidad; que pueda quedar sujeto á lazos desconocidos en ese principio, es desconsolador.

¡Oh pobre pensamiento de los miserables!

¡Ay! ¿No acudirá nadie en socorro del alma humana entre las sombras? ¿Es acaso su destino esperar allí por siempre jamás al espíritu, al libertador, al inmenso jinete de los pegasos y de los hipogrifos, al caballero de color de aurora, que desciende del empíreo entre dos alas, al radiante caballero del porvenir?

¿Tendrá ella que llamar siempre inútilmente en su auxilio la lanza de luz del ideal?

¿No hay ya para esa pobre alma aherrojada más que el sudario de la materia, las ignominias del oprobio?

¿Está condenada á oir llegar espantosamente en el espesor del abismo al Mal, y entrever, cada vez más cerca, bajo las aguas asquerosas, aquella cabeza draconiana, aquellas fauces arrojando baba, aquella ondulación serpenteante de garras, de hinchamientos y de anillos?

¿Habrá de permanecer allí, sin un rayo de luz, sin una esperanza, entregada á esa aproximación formidable del monstruo, sintiéndola vagamente, temblando, despavorida, retorciendo los brazos, encadenada para siempre á la roca de la noche, sombría Andrómeda, pálida y desnuda en las tinieblas?