Los miserables · Victor Hugo

Chapter 3

Capítulo 60 de 171 · 7 min de lectura

=Germanía que llora y germanía que ríe=

Como se ve, la germanía toda entera, lo mismo la germanía de hace cuatrocientos años que la germanía de hoy día, está penetrada de ese sombrío espíritu simbólico que da á todas las palabras, ora un aspecto dolorido, ora un aire amenazador.

Se adivina en ellas la antigua tristeza feroz de aquellos truhanes del Patio de los Milagros que jugaban á las cartas con naipes peculiares suyos, de los cuales se han conservado algunos.

El ocho de bastos, por ejemplo, representaba un gran árbol con ocho hojas enormes de trébol, especie de personificación fantástica de la selva.

Al pie de ese árbol se veía una hoguera en que tres liebres asaban á un cazador puesto en su asador, y detrás, en otra hoguera, una marmita humeante, de la que salía la cabeza de un perro.

Nada tan lúgubre como esas represalias en pintura, en una baraja de naipes, teniendo á la vista las hogueras en que se quemaba á los contrabandistas y las calderas en que se cocía á los monederos falsos.

Las diversas formas que tomaba el pensamiento en el reino de la germanía, hasta la canción, hasta la burla, hasta la amenaza, tenían todas ese carácter impotente y humillado.

Todos los cantares, de los que se han recogido algunas melodías, eran humildes y lastimeros hasta hacer llorar.

El pigre llama el pobre pigre, y siempre es la liebre que se esconde, el ratón que se escapa, el pájaro que huye.

Apenas reclama, se concreta á suspirar; uno de sus gemidos ha llegado hasta nosotros:

Je n'entrave que le dait comment meck, le daron des orgues, peut atigen ses mômes et ses momignards el les locher criblant sans être agité lui-même (No comprendo cómo Dios, padre de los hombres, puede atormentar á sus hijos y á sus pequeñuelos, y oirlos gritar sin atormentarse á sí mismo).

El miserable, siempre que tiene ocasión de pensar, se hace pequeño ante la ley y raquítico ante la sociedad; se está boca abajo, suplica, se vuelve del lado de la piedad; se le ve reconocer su falta.

Hacia mediados del último siglo verificóse un cambio. Los cánticos de las cárceles, los ritornelos de los ladrones tomaron, por así decirlo, un gesto característico y jovial. El plañidero maluré fué reemplazado por larifla.

Encuéntrase en el siglo XVIII, en casi todas las canciones de las cárceles y presidios, como entre las chusmas, una alegría diabólica y enigmática.

Se oye allí este estribillo estridente y saltón que parece iluminado por una luz fosforescente y como arrojado en el bosque por un fuego fatuo, tocando el pífano:

Mirlababi surlababo, Mirliton ribonribette Surlababi mirlababo, Mirliton ribonribo.

Esto se cantaba degollando á un hombre en una cueva ó en un rincón de un bosque.

Síntoma grave. En el siglo XVIII disípase la antigua melancolía de esas clases doloridas.

Sueltan la carcajada; búrlanse del gran meg (Dios) y del gran dab (rey).

Al darles á Luis XV, llaman al rey de Francia «marqués de Pantin». Y están ya casi alegres.

Sale de esos miserables una especie de luz ligera, como si ya nada les pasase en la conciencia.

Esas tribus lamentables de la sombra no tienen ya únicamente la audacia de las acciones, sí que también la audacia negligente del ingenio; indicio de que van perdiendo el sentimiento de su criminalidad, y de que comprenden que hasta entre los pensadores y los reflexivos encuentran cierto apoyo, aunque indefinible todavía.

Indicio de que el robo y el pillaje comienzan á infiltrarse hasta con doctrinas y sofismas, que les hacen perder algo de su fealdad, prestando una gran parte á los sofismas y á las doctrinas.

Indicio, en fin, de que si no surge alguna diversión, está cercana alguna explosión prodigiosa.

Detengámonos un momento.

Señalaremos un hecho.

¿Á quién acusamos aquí? ¿Es al siglo XVIII? ¿Es á su filosofía?

No por cierto.

La obra del siglo XVIII es sana y buena. Los enciclopedistas, con Diderot á la cabeza; los fisiócratas, con Turgot á la cabeza; los filósofos, con Voltaire á la cabeza; los utopistas, con Rousseau á la cabeza, son las cuatro legiones sagradas á las que debe la humanidad su inmenso avance hacia la luz.

Son las cuatro vanguardias del género humano en dirección á los cuatro puntos cardinales del progreso: Diderot hacia todo lo bello, Turgot hacia lo útil, Voltaire hacia lo verdadero, Rousseau hacia lo justo.

Pero al lado, y por bajo de los filósofos había los sofistas, vegetación venenosa mezclada con la frondosidad saludable, cicuta de la selva virgen.

Mientras que el verdugo quemaba en la escalera principal del Palacio de Justicia los grandes libros libertadores del siglo, escritores hoy día olvidados publicaban, con privilegio del rey, cierta clase de escritos extrañamente desorganizadores, ansiosamente leídos por los miserables.

Algunas de esas publicaciones, cosa singular, patrocinadas por un príncipe, se encuentran en la Biblioteca secreta.

Estos hechos, profundos pero ignorados, pasaban desapercibidos en la superficie. Á veces, la obscuridad misma de un hecho es la que constituye su peligro. Es obscuro, porque es subterráneo.

De todos los escritores, el que quizá ahondó más entonces en las masas la galería menos sana, fué Restif de la Bretonne.

Este trabajo, peculiar á toda Europa, hizo más estragos en Alemania que en ninguna otra parte.

En Alemania, durante cierto período, resumido por Schiller en su drama famoso de Los bandidos, el robo y el pillaje se erigían en protesta contra la propiedad y el trabajo; se asimilaban ciertas ideas elementales, espaciosas y falsas, justas en apariencia, absurdas en realidad; se envolvían con esas ideas, desaparecían en cierto modo de ellas, tomaban un nombre abstracto y pasaban al estado de teoría; y de esa manera circulaban en las multitudes laboriosas, pacientes y honradas, sin notarlo siquiera ni los químicos imprudentes que habían preparado la mixtura, ni las masas que la absorbían.

Siempre que se produce un hecho de esta índole, resulta grave.

El sufrimiento engendra la cólera; y mientras las clases prósperas se ciegan ó se adormecen, lo cual es siempre cerrar los ojos, el odio de las clases desgraciadas enciende su tea á la luz de algún ánimo disgustado ó contrahecho que medita en un rincón, y se pone á examinar la sociedad.

El examen del odio, ¡cosa terrible!

De ahí provienen, si la desgracia de los tiempos lo quiere, esas aterradoras conmociones que se llamaban antiguamente jacquerías, junto á las cuales las agitaciones puramente políticas son juegos de niños, porque no son ya la lucha del oprimido contra el opresor, sino la rebelión de la estrechez contra el bienestar. Todo se derrumba entonces.

Las jacquerías son temblores del pueblo.

Ese peligro, inminente quizá en Europa hacia fines del siglo XVIII, fué el que vino á paralizar la Revolución francesa, ese acto inmenso de probidad.

La Revolución francesa, que no es otra cosa que lo ideal armado de la cuchilla, se levanta, y con un solo movimiento brusco cierra la puerta del mal abriendo la del bien.

Deslinda la cuestión, promulga la verdad, expulsa el miasma, sanea el siglo y corona al pueblo.

Puede decirse de ella que ha creado al hombre por segunda vez, dándole una segunda alma: el derecho.

El siglo XIX hereda y se aprovecha de su obra; y hoy día la catástrofe social que indicábamos anteriormente, es simplemente imposible. ¡Ciego es quien la acusa! ¡Necio quien la teme! La Revolución es la vacuna de la jacquería.

Gracias á la Revolución, las condiciones sociales han cambiado. Las enfermedades feudales y monárquicas no están ya en nuestra sangre. No hay ya Edad Media en nuestra constitución.

No estamos ya en los tiempos en que espantosos hormigueos interiores producían irrupciones en que se oía bajo los pies la carrera obscura de un ruido sordo, en que aparecían á la superficie de la civilización indefinibles levantamientos de galerías de topos, en que se agrietaba el suelo, en que se abría el techo de las cavernas, y en que de repente se veía salir de la tierra cabezas monstruosas.

El sentido revolucionario es un sentido moral.

El sentimiento del derecho, desarrollado, desarrolla el sentimiento del deber.

La ley de todos es la libertad, que concluye donde empieza la libertad de otro, según la admirable definición de Robespierre.

Desde 1789, el pueblo todo entero se dilata en el individuo sublimado; no hay pobre que, teniendo su derecho, no tenga su irradiación; el hambriento siente sobre sí la honradez de la Francia; la dignidad de ciudadano es una armadura interior; el que es libre, es escrupuloso; el que vota, reina.

De ahí la incorruptibilidad; de ahí el aborto de las ambiciones funestas; de ahí los ojos heroicamente bajos ante las tentaciones.

El saneamiento revolucionario es tal, que en un día de emancipación, en un 14 de julio, ó en un 10 de agosto, no hay ya populacho. El primer grito de las muchedumbres iluminadas y engrandecidas es: «¡Muera el ladrón!».

El progreso es hombre y es honrado; lo ideal y lo absoluto no sirven ya de tapujo.

¿Por quiénes fueron escoltados en 1848 los furgones que contenían las riquezas de las Tullerías? Por los traperos del barrio de San Antonio.

El andrajo dió la guardia al tesoro. La virtud hizo resplandecer á los harapientos.

Estaba allí, en aquellos furgones, en cajas apenas cerradas, algunas hasta entreabiertas, entre cien estuches deslumbradores, la antigua corona de Francia, toda de diamantes, teniendo por remate el carbunclo real del regente, que valía treinta millones de francos; y guardaban ellos, con los pies descalzos, aquella corona.

Nada, pues, de jacquería. Lo siento por los hábiles, puesto que desaparece en último término ese antiguo coco, y ya en adelante no podrá nadie servirse de él en política.

Se ha roto el gran resorte del espectro rojo. Y todo el mundo lo sabe. El espantajo ya no espanta á nadie.

Los pájaros se permiten familiaridades con el maniquí, los estiércoles le caen encima, los burgueses se ríen á su pie.