Los miserables · Victor Hugo
Chapter 4
Capítulo 61 de 171 · 6 min de lectura
=Los dos deberes: velar y esperar=
Siendo esto así, se ha disipado en verdad todo peligro social.
No hay ya jacquería; la sociedad puede estar tranquila por este lado; no se le subirá ya la sangre á la cabeza; pero medite como respira.
La apoplejía no es de temer, pero sí la tisis.
La tisis social se llama miseria.
Lo mismo se muere minado que aplastado.
No nos cansaremos de repetirlo: pensar ante todo en la multitud desheredada y dolorida, consolarla, darle aire y luz, amarla, ensanchar magníficamente su horizonte, prodigarle la educación bajo todas sus formas, ofrecerle el ejemplo del trabajo, nunca el de la ociosidad, aminorar el peso de la carga individual aumentando la noción del fin universal, limitar la pobreza sin limitar la riqueza, crear vastos campos de actividad pública y popular, tener, como Briareo, cien manos que tender por todas partes á los débiles y á los oprimidos, emplear el poder colectivo en ese gran deber de abrir talleres á todos los brazos, escuelas á todas las aptitudes y laboratorios á todas las inteligencias, aumentar el salario, disminuir el trabajo, equilibrar el debe y haber, es decir, proporcionar el goce al esfuerzo y la saciedad á la necesidad; en una palabra, hacer despedir al aparato social en provecho de los que padecen y de los que ignoran; más luz y bienestar; tal es, y no lo olviden las almas simpáticas, la primera de las obligaciones fraternales; tal es, y sépanlo los corazones egoístas, la primera de las necesidades políticas.
Y digámoslo también, todo ello no es más que un principio.
La verdadera cuestión es ésta: el trabajo no puede ser una ley sin ser un derecho.
No insistimos más, porque no es éste el lugar de hacerlo.
Si la naturaleza se llama Providencia, la sociedad debe llamarse Previsión.
El acrecentamiento intelectual y moral no es menos indispensable que el mejoramiento material.
El saber es un viático; el pensar es de primera necesidad; la verdad es un alimento como el trigo.
Una inteligencia falta de saber y de reflexión, se debilita.
Si hay algo más doloroso que un cuerpo agonizante por falta de alimento, es un alma que se muere de hambre de luz.
El progreso entero tiende hacia la solución de esos problemas.
Llegará un día en que todo el mundo se asombre.
El género humano, subiendo siempre, conseguirá que las capas más profundas salgan naturalmente de la zona de la desgracia.
La desaparición de la miseria se hará por una simple elevación de nivel.
No es cuerdo dudar de esta solución bendita.
Es verdad que lo pasado tiene mucha vida aún á la hora en que escribimos. Es más, revive.
Este rejuvenecimiento de un cadáver es cosa sorprendente. Anda y se acerca; parece triunfante; ese muerto es un conquistador.
Lleva con su legión las supersticiones; con su espada, el despotismo; con su bandera, la ignorancia: en poco tiempo ha ganado diez batallas; avanza, amenaza, se ríe y está á nuestras puertas.
En cuanto á nosotros, no por eso desesperamos. Vendamos el terreno donde acampa Aníbal.
Nosotros, los que creemos, ¿qué podemos temer?
No hay retroceso de ideas, como no lo hay de ríos.
Pero que reflexionen los que no quieren el porvenir. Diciendo no al progreso, no es el porvenir lo que condenan, sino á sí mismos.
Se crean una enfermedad sombría; se inoculan el mal de lo pasado.
No hay más que una manera de negarse á ser mañana: morir.
Pero nosotros no queremos ninguna muerte: la del cuerpo, lo más tarde posible; la del alma, nunca.
Sí, el enigma dirá su palabra; hablará la esfinge; el problema se resolverá.
Sí, el pueblo bosquejado por el siglo XVIII, será acabado por el siglo XIX.
¡Quien lo dude será un idiota!
La perfección futura, el estado próximo del bienestar universal, es un fenómeno divinamente fatal.
Los hechos humanos están regidos por inmensos impulsos simultáneos que los conducen á todos, y en tiempo dado, al estado lógico; es decir, al equilibrio; ó mejor á la equidad.
Una fuerza terrena y celestial á la vez, surge de la humanidad, y la gobierna; esta fuerza hace milagros; para ella los desenlaces maravillosos no son más difíciles que las peripecias extraordinarias.
Auxiliada por la ciencia, que viene del hombre, y por el éxito que viene de otra parte, se asusta poco de esas contradicciones en la enunciación de los problemas que le parecen imposibles al vulgo.
No es menos hábil para sacar una solución del contraste de las ideas que una enseñanza del contraste de los hechos; y todo se puede esperar de ese misterioso poder del progreso, que el mejor día pone al Oriente frente al Occidente en el fondo de un sepulcro, y hace conversar á los imanes con Bonaparte en lo interior de la gran pirámide.
Entre tanto, no nos paremos, no vacilemos, no nos detengamos en la grandiosa marcha de las inteligencias.
La filosofía social es esencialmente la ciencia y la paz; tiene por objeto y debe tener por resultado el disolver las iras por medio del estudio de los antagonismos. Examina, escudriña, analiza, y después recompone; procede por vía de reducción, separando siempre el odio.
Que una sociedad desaparezca ante el viento que se desencadena sobre los hombres, lo hemos visto más de una vez; la historia está llena de naufragios de imperios y de pueblos: costumbres, leyes, religiones, todo desaparece el día menos pensado ante lo desconocido, ante el huracán que pasa y lo arrastra todo.
Las civilizaciones de la India, de la Caldea, de la Persia, de la Asiria y de Egipto, han desaparecido unas tras otras.
¿Por qué? Lo ignoramos.
¿Cuáles fueron las causas de esos desastres? No lo sabemos.
¿Habrían podido salvarse esas sociedades? ¿Fué suya la culpa? ¿Han alimentado algún vicio fatal que las ha perdido? ¿En qué cantidad entra el suicidio en esas muertes terribles de una nación y de una raza?
Cuestiones son todas ellas sin respuesta.
La sombra cubre las civilizaciones condenadas.
Hacían agua, puesto que se fueron á pique; no hay por lo tanto nada que decir.
Y vemos con singular asombro, en el fondo de ese mar que se llama lo pasado, detrás de esas olas colosales que se llaman siglos, cómo zozobran esos inmensos buques llamados Babilonia, Nínive, Tarsis, Tebas y Roma, bajo el soplo espantoso que sale de todas las bocas de la obscuridad.
Pero estas tinieblas se quedan allí; aquí tenemos luz.
Ignoramos los males de las civilizaciones antiguas, pero conocemos las enfermedades de la nuestra; en todas partes tenemos sobre ella el derecho de la luz; contemplamos sus bellezas y ponemos al descubierto sus deformidades.
Donde tiene un dolor, le sondeamos; y consignado el padecimiento, el estudio de la causa nos lleva al descubrimiento del remedio.
Nuestra civilización, obra de veinte siglos, es á un tiempo un monstruo y un prodigio; y bien vale la pena de que se la salve. Y se la salvará.
Consolarla, es ya mucho; iluminarla, es algo más.
Todos los trabajos de la filosofía social moderna deben converger hacia ese fin.
El pensador moderno tiene un gran deber: auscultar la civilización.
Lo repetimos: esta auscultación es un estímulo; y con esta insistencia en el estímulo queremos concluir estas páginas, entreacto austero de un drama doloroso.
Bajo la mortalidad social se descubre la inmortalidad humana.
Porque el globo tenga acá ó allá esas heridas que se llaman cráteres, y esos herpes llamados solfataras; porque haya un volcán que se abra y arroje su pus, el globo no muere.
Los males del pueblo no matan al hombre.
Y sin embargo, el que estudia la clínica social tiembla á cada instante.
Los más fuertes, como los más sensibles, como los más lógicos, tienen sus horas de desfallecimiento.
¿Llegará el porvenir?
Parece que bien puede hacerse semejante pregunta cuando se advierten tantas sombras terribles.
Sombras colocadas frente á frente de los egoístas y de los miserables.
Del lado de los egoístas, las preocupaciones, las tinieblas de una educación rica, el apetito aumentado por la embriaguez, un aturdimiento de prosperidad que asombra, el temor de padecer, que en algunos llega hasta la aversión hacia los que padecen, una satisfacción implacable: el yo tan hinchado que cierra las puertas del alma.
Del lado de los miserables, la ambición, la envidia, el odio que se produce viendo gozar á los demás, las profundas sacudidas de la fiereza humana hacia el hartazgo, corazones llenos de bruma, la tristeza, la fatalidad, la necesidad, la ignorancia impura y sencilla.
¿Debemos continuar elevando los ojos al cielo?
El punto luminoso que en él se distingue, ¿es de los que se apagan?
Es horroroso ver así lo ideal perdido en las profundidades, pequeño, aislado, imperceptible, brillante, pero rodeado de todas esas grandes amenazas negras, monstruosamente amontonadas en derredor suyo; y sin embargo, no corre más peligro que el que corre una estrella entre las fauces de una nube.
NOTAS:
El Último Día de un condenado.
Silbaron la comedia.
Ver las estrellas.
LIBRO OCTAVO ENCANTOS Y DESOLACIONES



