Los miserables · Victor Hugo

Chapter 1

Capítulo 62 de 171 · 8 min de lectura

=Plena luz=

El lector ha comprendido ya que habiendo conocido Eponina, á través de la verja, al inquilino de la calle Plumet, adonde la había enviado Magnon, había empezado por alejar á los bandidos de la calle Plumet, y luego había llevado allí á Mario; quien, después de muchos días de éxtasis ante aquella verja, arrastrado por la fuerza que impulsa al hierro hacia el imán, y al amante hacia las piedras que forman la casa de su amor, había concluido por entrar en el jardín de Cosette, como Romeo en el jardín de Julieta.

Pero le había sido más fácil que á Romeo, porque éste tuvo que escalar una pared, y Mario no tuvo que hacer más que forzar un poco una de las barras de la decrépita verja, que vacilaba en su alvéolo enmohecido, como los dientes en las encías de los viejos.

Mario era delgado, y pasó fácilmente.

Como jamás había nadie en la calle, y Mario sólo entraba de noche en el jardín, no corría peligro de ser visto.

Á partir de aquella hora bendita y santa en que un beso unió dos almas, Mario seguía yendo todas las noches.

Si en aquel momento de su vida Cosette hubiera caído en el amor de un hombre poco escrupuloso y libertino, se habría perdido; porque hay naturalezas generosas que se entregan por completo, y Cosette era una de ellas.

Una de las magnanimidades de la mujer es ceder.

El amor á esa altura en que es absoluto, se complica con una indefinible y celestial ceguedad del pudor.

¡Y cuántos peligros corréis, oh almas nobles!

Muchas veces dais el corazón y nosotros tomamos el cuerpo; y os queda luego el corazón y le miráis en la sombra estremecidas.

El amor no tiene términos medios; ó pierde ó salva.

El destino humano está encerrado en ese dilema; dilema de perdición ó salud que ninguna fatalidad le establece tan inexorablemente como el amor.

«El amor es la vida, cuando no es la muerte; es cuna, pero ataúd también».

El mismo sentimiento dice sí y no, en el corazón humano.

De todas las cosas que Dios creó, el corazón humano es la que despide más luz; ¡oh sí! pero también más sombra.

Dios quiso que el amor que Cosette encontrase fuese uno de esos amores que salvan.

Durante el mes de mayo de 1832, hubo todas las noches en aquel pobre jardín salvaje, bajo el follaje, cada día más embalsamado y más frondoso, dos seres respirando castidad é inocencia, sumergidos en las felicidades celestes, más cercanos á los arcángeles que á los hombres; puros, castos, embriagados, esplendentes, que brillaban el uno para el otro en las tinieblas.

Parecíale á Cosette que Mario tenía una corona, y á Mario que Cosette tenía un nimbo.

Se acercaban, se miraban, se cogían las manos, se apretaban uno contra otro; pero había una distancia que no atravesaban. Y no era que la respetasen, sino que la ignoraban.

Mario tenía una barrera, la pureza de Cosette; Cosette tenía un apoyo, la lealtad de Mario. El primer beso había sido el último.

Mario después no había pasado de tocar con sus labios la mano, ó el vestido, ó un rizo de los cabellos de Cosette.

Cosette era para él un perfume y no una mujer; la respiraba.

Ella no le negaba nada; él nada la pedía. Ella era feliz y él estaba satisfecho.

Vivían en ese feliz estado, que se podría llamar el deslumbramiento de un alma por un alma.

Era aquello el inefable primer abrazo de dos virginidades en lo ideal; dos cisnes encontrándose en las aguas de la pureza.

En aquella hora del amor en que la voluptuosidad se calla absolutamente bajo el poderío del éxtasis, Mario, el puro y seráfico Mario, hubiera sido más bien capaz de subir á casa de una mujer pública que de levantar el vestido de Cosette á la altura del tobillo.

Una vez, á la luz de la luna, Cosette se bajó á coger algo del suelo, se entreabrió su corpiño y dejó ver el nacimiento de su garganta.

Mario apartó los ojos.

¿Qué pasaba entre aquellos dos seres?

Nada; se adoraban.

Por la noche, cuando estaban allí, el jardín parecía un lugar viviente y sagrado.

Todas las flores se abrían en torno suyo y les enviaban perfumes, y ellos abrían sus almas y las derramaban sobre las flores.

La vegetación ardiente y vigorosa temblaba llena de savia y de alegría en torno de aquellos dos inocentes, y ellos se decían palabras de amor que hacían estremecer los árboles.

¿Y qué palabras eran esas?

Soplos, nada más.

Y aquellos soplos bastaban á turbar y conmover toda aquella naturaleza.

Poder mágico que apenas se podía comprender si se leyesen en un libro todas aquellas conversaciones nacidas para ser arrastradas y disipadas como el humo por el viento bajo las hojas.

Quitad á los murmullos de dos amantes aquella melodía que sale del alma, y que los acompaña como una lira, y lo que queda no es más que sombra.

Y decís: «¡Qué! ¡No es más que eso!».

—¡Sí; niñerías, repeticiones, risas por cualquier cosa, tonterías, bobadas, lo más sublime y profundo que existe; las solas cosas que merecen ser dichas y oídas!

El hombre que no ha dicho ni escuchado nunca semejantes tonterías y pequeñeces, es un imbécil ó un perverso.

Sí, porque eso es la inocencia.

Cosette decía á Mario:

—¿Sabes?...

(Con todo eso y al través de esa celeste virginidad, y sin que les hubiera sido posible al uno ni al otro decir el cómo, se tuteaban).

—¿Sabes? Me llamo Eufrasia.

—¿Eufrasia? No, hija, no; tú te llamas Cosette.

—¡Oh! Cosette es un nombre muy feo que me pusieron cuando era niña. Pero mi verdadero nombre es Eufrasia. ¿No te gusta este nombre?

—Sí... Pero Cosette no es feo.

—¿Te gusta más que Eufrasia?

—Pues... Sí.

—Entonces también á mí me gusta más. Es verdad, es muy bonito. ¡Cosette! Llámame Cosette.

Y la sonrisa con que acompañaba estas palabras hacía de este diálogo un idilio digno de un bosque que estuviera en el cielo.

Otras veces le miraba ella fijamente, exclamando:

—Caballero, sois muy lindo, muy guapo; tenéis talento; no sois tonto en modo alguno; sabéis más que yo; pero os desafío á pronunciar esta palabra: ¡Te amo!

Y Mario, en medio de un placer celestial, creía oir una estrofa entonada por una estrella.

O bien ella le daba un golpecito porque tosía, diciéndole:

—No tosáis, caballero. No quiero que nadie tosa en mi casa sin mi permiso. Es muy feo eso de toser é inquietarme. Quiero que estés bueno; porque si estuvieras malo, sería yo muy desgraciada. ¿Qué quieres que le haga?

Y esto era sencillamente una cosa divina.

Una vez Mario la dijo á Cosette:

—Figúrate que hubo un día en que creí que te llamabas Úrsula.

Y esto les dió que reir toda la noche.

Otra vez, en medio de una de aquellas pláticas, exclamó Mario:

—¡Oh! ¡Un día en el Luxemburgo tuve deseos de acabar de estropear á un inválido!

Pero se detuvo, y no fué más allá. Le habría sido preciso hablar á Cosette de la liga, y esto era imposible.

Existía entre ellos una especie de barrera desconocida, la carne, ante la cual retrocedía con cierto espanto sagrado aquel inmenso é inocente amor.

Mario se figuraba que era aquello vivir con Cosette, y que no había un más allá en el mundo; ir todas las noches á la calle Plumet, separar el complaciente hierro de la verja del presidente, sentarse junto á ella en aquel banco, mirar al través de los árboles las titilaciones del comienzo de la noche, poner en contacto el pliegue de la rodilla de su pantalón con la falda de Cosette, acariciarle la uña del dedo pulgar, tutearse, aspirar la misma flor uno en pos del otro, siempre é indefinidamente.

Entre tanto, las nubes pasaban sobre sus cabezas. Cada vez que sopla el viento arrastra más sueños de hombre que nubes del cielo.

Aquel casto amor, casi salvaje, no rechazaba absolutamente la galantería, no.

«Hacer cumplimientos» á quién se ama, es el primer modo de hacer caricias; es una prueba de audacia.

El cumplimiento obsequioso es como un beso al través del velo.

El deleite envuelve en él su germen, ocultándose.

Los requiebros de Mario, saturados de quimeras, eran, por así decirlo, celestiales.

Los pájaros, cuando vuelan por lo alto, al lado de los ángeles, oyen forzosamente palabras como ésas. En ellas se mezclaba, sin embargo, la vida, la humanidad, toda la cantidad de positivo de que Mario era capaz.

Es lo que se dice en la gruta, preludio de lo que ha de decirse en la alcoba; una efusión lírica, la estrofa y el soneto mezclados, las caballerescas hipérboles del arrullo; todos los refinamientos de la adoración colocados en un ramillete y exhalando un suave perfume celestial, un inefable susurro de corazón á corazón.

—¡Oh!—murmuraba Mario:—¡Qué hermosa eres! No me atrevo á mirarte. Por eso te contemplo. Eres una gracia. No sé lo que tengo. El bajo de tu vestido, cuando asomas la punta del pie, me trastorna. ¡Qué resplandor desprendes cuando se entreabre tu pensamiento! Siempre hablas con asombroso juicio. Hay instantes en que me parece que eres un sueño. Habla; yo te escucho, yo te admiro. ¡Oh! ¡Qué raro y que encantador es todo esto! Estoy verdaderamente loco. Sois adorable, señorita. Estudio tus pies con el microscopio, y tu alma con el telescopio.

Y Cosette respondía:

—Te amo un poco más, por el tiempo que ha transcurrido, desde esta mañana.

Preguntas y respuestas iban como podían en este diálogo, cayendo siempre de acuerdo sobre el amor, como los dominguillos de saúco sobre el clavo.

Cosette era la sencillez, la ingenuidad, la trasparencia, la blancura, el candor, la luz.

Podía decirse de ella que era diáfana.

Causaba á todo el que la veía una sensación como el abril y la aurora; aparecía el rocío en sus ojos.

Cosette era la condensación del resplandor boreal en forma de mujer.

Era, por cierto, muy sencillo que Mario, adorándola, la admirase.

Pero la verdad es que aquella colegiala, tierna flor del convento, hablaba con penetración exquisita, y decía á cada momento toda clase de palabras propias y delicadas.

Lo que en otra hubiera sido cháchara, era en ella conversación; no se engañaba en ningún asunto, y sabía siempre apreciar lo justo.

La mujer siente y habla con el tierno instinto del corazón, que es infalible.

Nadie puede decir cosas tiernas y profundas á la vez como una mujer.

Dulzura y profundidad; he ahí la mujer, he ahí el cielo.

En aquella felicidad plena asomaban á cada instante lágrimas en sus ojos.

Un insectillo aplastado, una pluma caída de un nido, una rama de árbol desgajada, los enternecía, y aquellos éxtasis, dulcemente impregnados de melancolía, parecía que sólo pedían una lágrima.

El síntoma más grande del amor es un enternecimiento que llega á veces á lo insoportable.

Y después de esto, porque tales contradicciones son el juego de los relámpagos en amor, se reían de buena gana y con expansiva libertad, y tan familiarmente, que parecían algunas veces un par de niños.

Sin embargo, aún ignorándolo los mismos corazones ebrios de castidad, se encuentran siempre en la inolvidable naturaleza.

Allí está con su objeto sublime y brutal; y cualquiera que sea la inocencia de las almas, se siente, en la conversación íntima más púdica, el adorable y misterioso matiz que separa á dos amantes de dos amigos.

Se idolatraban.

Lo permanente y lo inmutable subsisten siempre.

Los amantes se aman, se sonríen, se ríen, se hacen muecas tan imperceptibles para los demás como expresivas para ellos, con la punta de los labios; entrelazan los dedos de las manos, se tutean, sin que todo ello se oponga para nada á la eternidad.

Dos amantes se ocultan en la noche, en el crepúsculo, en lo invisible, como los pájaros, como las rosas; se fascinan uno á otro en la sombra con sus corazones, que ponen en sus ojos; murmuran, cuchichean, y al mismo tiempo el grandioso movimiento de los astros sigue llenando el infinito.