Los miserables · Victor Hugo

Chapter 2

Capítulo 63 de 171 · 3 min de lectura

=El aturdimiento de la felicidad completa=

Existían vagamente agobiados de felicidad.

No habían notado que el cólera diezmaba á París precisamente en aquel mismo mes.

Se habían hecho todas las confianzas posibles; pero no habían pasado más allá de sus nombres.

Mario había dicho á Cosette que se llamaba Mario Pontmercy, que era abogado, que vivía de escribir para los libreros, que su padre era coronel y había sido un héroe, y que estaba disgustado con su abuelo, que era muy rico.

Le había indicado también que era barón; pero esto no había producido el menor efecto en Cosette.

¿Mario, barón? No lo comprendía; no sabía lo que esta palabra quería decir. Para ella, Mario era Mario.

Cosette, por su parte, le había dicho que se había educado en el convento del Petit Picpus, que su madre había muerto como la de él, que su padre se llamaba Fauchelevent, que era muy bueno, que daba muchas limosnas, que era, á pesar de ello, pobre, y que se privaba de todo, no privándola á ella de nada.

Y ¡cosa rara! en la especie de sinfonía en que vivía Mario, desde que visitaba á Cosette, lo pasado, aún lo más reciente, se había hecho para él tan confuso y lejano, que lo que Cosette le contaba le satisfacía por completo.

No se le ocurrió siquiera hablarle de la aventura nocturna del caserón de los Thénardier, de la quemadura y de la extraña actitud y singular huida de su padre.

Mario había olvidado enseguida todo aquello; no sabía por la noche ni lo que había hecho por la mañana, ni dónde había almorzado, ni quién le había hablado; tenía en el oído una música que le ensordecía para cualquier otro pensamiento; sólo se daba cuenta de su existencia durante las horas en que veía á Cosette. Y entonces, como estaba en el cielo, era natural que olvidase la tierra.

Ambos llevaban con languidez el peso indefinible de los deleites inmateriales.

Que es así como viven esos sonámbulos que se llaman enamorados.

¡Ah! ¿Quién no ha pasado por algo parecido? ¿Por qué llega una hora en que se ha de abandonar ese cielo? ¿Por qué continua luego la vida?

El amor reemplaza casi al pensamiento; es una completa abstracción de todo lo demás.

¡Idle á pedir lógica á la pasión!

No hay encadenamiento lógico absoluto en el corazón humano, como no hay ninguna figura geométrica perfecta en la mecánica celeste.

Para Cosette y Mario no existía nada más que Mario y Cosette.

El universo en su derredor estaba como caído en un abismo.

Vivían en un minuto de oro.

No miraban adelante ni atrás; Mario apenas pensaba en que Cosette tuviese padre. En su cerebro había algo semejante á un deslumbramiento que todo lo borra.

¿De qué hablaban aquellos amantes?

Ya lo hemos dicho: de las flores, de las golondrinas, del sol poniente, de la salida de la luna, de todas las cosas importantes; se lo decían todo; esto es, el todo de los enamorados, que es la nada.

Pero el padre, las realidades, aquel desván, aquellos bandidos, aquella aventura, ¿qué les importaba?

¿Estaban seguros de que había existido aquel sueño?

Eran dos, se adoraban, no había más que esto; todo lo demás no existía.

Es probable que este desvanecimiento del infierno detrás de nosotros es inherente á la llegada al paraíso.

¿Acaso se ha visto á los demonios? ¿Los ha habido? ¿Se ha tenido miedo? ¿Se ha sufrido? Ya no se sabe; todo eso lo cubre una nube de rosa.

Así vivían, pues, aquellos dos seres, á grande altura, con toda la inverosimilitud que hay en la naturaleza; ni en el nadir, ni en el zenit, entre el hombre y el serafín; entre el fango y el éter; en la nube; apenas carne y hueso; alma y éxtasis de pies á cabeza; demasiado sublimes para andar por la tierra, pero con bastante humanidad aún para desaparecer en lo azul, en suspensión, como átomos que esperan el precipitado; en apariencia fuera del destino; ignorando la miseria del ayer y del hoy como del mañana; maravillados, pasmados, flotantes, aligerados por momentos para la desaparición en lo infinito; casi dispuestos á emprender el vuelo eterno.

Dormían despiertos en aquel arrullo. ¡Oh letargo espléndido de la realidad llena de idealismo!

Algunas veces, por más que Cosette fuese tan bella, cerraba Mario los ojos en su presencia. Con los ojos cerrados es como se ve el alma.

Mario y Cosette no se preguntaban adónde aquello podía conducirles.

No alcanzaban á ver un más allá.

Es una extraña pretensión de los hombres la de querer que el amor conduzca á alguna parte.