Los miserables · Victor Hugo

Chapter 3

Capítulo 64 de 171 · 4 min de lectura

=Principio de sombra=

Juan Valjean, por su parte, nada sospechaba.

Cosette, algo menos soñadora que Mario, estaba alegre, y esto le bastaba á Juan Valjean para ser feliz.

Los pensamientos de Cosette, sus tiernas ilusiones, la imagen de Mario que llenaba su alma, no perjudicaban en nada la pureza incomparable de su hermosa frente casta y risueña.

Estaba en la edad en que las vírgenes llevan su amor como los ángeles su azucena.

Estaba, pues, tranquilo Juan Valjean.

Y luego, cuando dos amantes se entienden, todo va perfectamente bien; y un tercero cualquiera que pudiera turbar su amor, queda envuelto en una perfecta obscuridad con sólo algunas precauciones, siempre las mismas para todos los enamorados.

Así es que Cosette nunca hacía objeciones á Juan Valjean. ¿Quería pasear? Sí, papaíto. ¿Quería quedarse? Muy bien. ¿Quería pasar la noche al lado de Cosette? Perfectamente; siempre ella tan contenta.

Como Juan Valjean se retiraba ordinariamente á las diez de la noche, no iba en tales noches Mario al jardín hasta después de la hora indicada, cuando oía desde la calle que Cosette abría la puerta ventana de la escalinata.

No hay que decir que durante el día no parecía Mario por allí.

Juan Valjean no se acordaba ya ni de la existencia de tal hombre.

Sólo una vez, una mañana, le dijo á Cosette:

—¡Calle! ¡Cómo tienes la espalda de yeso!

La noche anterior, Mario, en un momento de transporte, había estrechado á Cosette contra la pared.

La vieja Santos, que se acostaba muy temprano, no pensaba más que en dormir después de concluido su trabajo, y lo ignoraba todo como Juan Valjean.

Mario no ponía nunca los pies en la casa.

Cuando estaba con Cosette, se ocultaba en un ángulo cerca de la escalinata para que no le viesen ni oyesen desde la calle.

Sentábanse allí, contentándose muchas veces con apretarse las manos veinte veces por minuto, mirando las ramas de los árboles.

Durante aquellos instantes, aunque hubiera caído un rayo á treinta pasos de ellos, no lo habrían notado; de tal modo la fantasía del uno se absorbía y sumergía profundamente en la del otro.

¡Purezas límpidas! ¡Horas diáfanas, casi todas iguales!

Esta clase de amor es una colección de hojas de lirio y plumas de paloma.

Todo lo ancho del jardín los separaba de la calle.

Cada vez que Mario entraba y salía, ajustaba cuidadosamente la barra de la verja, de modo que no se advertía el menor desperfecto.

Se iba generalmente á media noche, volviéndose á casa de Courfeyrac. Courfeyrac decía á Bahorel:

—¿Lo creerás? Mario se retira ahora de madrugada.

Bahorel respondía:

¿Qué quieres? No es nuevo ni aun raro el que se encierre un petardo en un seminarista.

Algunas veces Courfeyrac se cruzaba de brazos, y poniéndose serio, le decía á Mario:

—¡Andáis descaminado, joven!

Courfeyrac, hombre práctico, no veía con buenos ojos ese reflejo de un paraíso invisible en Mario; estaba poco acostumbrado á las pasiones inéditas; se impacientaba, y hacía frecuentes reflexiones á Mario para que volviese á lo real.

Una mañana le dirigió esta pregunta:

—Querido, se me antoja que te has instalado en la luna, reino del delirio, provincia de las ilusiones, capital de la pompa de jabón. Vamos, sé bueno y franco: ¿quién es ella?

Pero no había medio de «hacer hablar» á Mario. Antes le hubieran arrancado las uñas que una de las tres sílabas sagradas que componían este nombre inefable: Cosette.

El amor verdadero es luminoso como la aurora, y silencioso como la tumba.

Courfeyrac había notado únicamente en Mario que tenía una taciturnidad radiante.

En aquel alegre mes de mayo, Mario y Cosette conocieron estas inmensas felicidades:

Querellarse tratándose de vos, sólo para tutearse luego más á gusto.

Hablar largamente y con los más minuciosos detalles de personas que no les importaban nada absolutamente; nueva prueba de que en esa ópera seductora que se llama el amor, el libreto es casi nada.

Para Mario, oir á Cosette hablar de telas.

Para Cosette, oir á Mario hablar de política.

Escuchar, juntas las rodillas, el ruido de los coches que pasaban por la calle de Babilonia.

Contemplar el mismo planeta en el cielo, ó el mismo gusano de luz en la hierba.

Callarse ambos á un tiempo; placer mayor aún que conversar.

Etc., etc.

Entretanto, se aproximaban algunas complicaciones.

Una noche que Mario iba por el boulevard de los Inválidos, con la cabeza baja según su costumbre, al volver la esquina de la calle de Plumet, oyó que le decían al lado:

—Buenas noches, señor Mario.

Alzó la cabeza y reconoció á Eponina.

Esto le causó un efecto singular.

Ni una sola vez había vuelto á acordarse de aquella muchacha desde el día en que le había llevado á la calle Plumet; no la había vuelto á ver, y se había borrado por completo de su memoria.

Tenía motivos para estarle agradecido, y le debía su felicidad presente; sin embargo, le disgustó encontrarla.

Es un error creer que la pasión, cuando es pura y feliz, conduce al hombre á un estado de perfección; le conduce simplemente, como hemos dicho, á un estado de olvido.

En tal situación el hombre se olvida de ser malo; pero olvida también el ser bueno.

El agradecimiento, el deber, los recuerdos esenciales é importunos se desvanecen.

En cualquier otro tiempo, Mario habría sido de otro modo distinto para Eponina.

Absorbido por Cosette, ni aún se había explicado claramente que aquella Eponina se llamaba Eponina Thénardier, que llevaba un nombre escrito en el testamento de su padre, el mismo nombre por que se hubiera sacrificado generosamente algunos meses antes.

Presentamos á Mario tal como era; hasta el nombre de su padre desaparecía un poco bajo los esplendores de su amor.

Respondió, pues, con cierto embarazo:

—¡Ah! ¿Sois vos, Eponina?

—¿Por qué me tratáis de vos? ¿Os he hecho algo?

—No,—respondió él.

Es verdad que nada sentía contra ella; todo lo contrario. Pero conocía que no podía hacer otra cosa; llamando de tú á Cosette, debía tratar de vos á Eponina.

Como Mario se callase, díjole ella:

—Decid, pues...

Y se detuvo. Parecía que le faltaban palabras á aquella criatura, en otro tiempo tan poco aprensiva y tan atrevida.

Trató de sonreír y no pudo. Volvió á decir:

—¿Y bien?

Luego se calló nuevamente y bajó los ojos.

—Buenas noches, señor Mario,—dijo luego, de repente; y se fué.