Los miserables · Victor Hugo
Chapter 4
Capítulo 65 de 171 · 9 min de lectura
=Cab: rueda en inglés y ladra en germanía=
El día siguiente, que era el 3 de junio de 1832, fecha que debemos consignar á causa de los sucesos graves que estaban suspendidos en el horizonte de París en estado de nubes cargadas, Mario, al caer la noche, seguía el mismo camino que la víspera, con los mismos alegres pensamientos en el corazón, cuando vió entre los árboles del boulevard á Eponina, que se dirigía hacia él.
Dos días seguidos de encontrarse era demasiado.
Se volvió rápidamente, salió del boulevard, cambió de camino y se fué á la calle Plumet por la calle de Monsieur.
Eponina le siguió hasta la calle Plumet, lo que no había hecho nunca hasta entonces, pues se había contentado con verle pasar por el boulevard sin tratar de pararle.
Sólo la víspera le había hablado.
Eponina le siguió, pues, sin que él lo supiese; le vió separar el hierro de la verja y penetrar en el jardín.
—¡Calle!—dijo.—¡Entra en la casa!
Se acercó á la verja, tentó los hierros uno después de otro, y dió fácilmente con el que Mario había separado.
Entonces murmuró á media voz, con lúgubre acento:
—¡Nada de eso, Lisette!
Sentóse en el estribo de la verja, y al lado del hierro, como si le estuviese guardando.
Aquel punto era precisamente el extremo de la verja que tocaba á la casa próxima, formándose allí un ángulo obscuro, en el que Eponina se ocultó completamente.
Así permaneció más de una hora sin moverse y sin respirar, entregada á sus imaginaciones.
Hacia las diez de la noche, una de las dos ó tres personas que pasaban por la calle Plumet, un viejo que se había retardado y pasaba muy de prisa por aquel sitio desierto y de malísima fama, costeando el averjado, al llegar al ángulo de la verja con el jardín, oyó una voz sorda y amenazadora, que decía:
—¡Ya no me admiro de que venga todas las noches!
El transeúnte miró en derredor, no vió á nadie, no se atrevió á mirar á aquel rincón obscuro, tuvo miedo y redobló el paso.
Aquel transeúnte hizo bien en marcharse corriendo, porque pocos momentos después, seis hombres, que iban separados y á corta distancia uno de otro á lo largo de la pared, y que habrían podido confundirse con una patrulla de policía, entraron en la calle Plumet.
El primero que llegó á la verja del jardín se detuvo y esperó á los demás; un segundo después estaban reunidos todos.
Aquellos hombres se pusieron á hablar en voz baja y en germanías.
—Aquí es,—dijo uno de ellos.
—¿Hay algún cab (perro) en el jardín?—preguntó otro.
—No lo sé. Pero por si acaso, he traído una morcilla, que le haremos tragar.
—¿Has traído la pasta para romper los vidrios sin hacer ruido?
—Sí.
—La verja es muy vieja,—dijo el quinto, que tenía voz de ventrílocuo.
—Tanto mejor,—dijo el segundo que había hablado.—Así no sonará al forzarla, ni nos costará mucho trabajo entrar.
El sexto, que no había abierto aún la boca, se puso á examinar la verja, como había hecho Eponina una hora antes, empuñando sucesivamente cada una de las barras, y moviéndolas con precaución. Así llegó al hierro que Mario solía separar.
Cuando iba á cogerle, una mano que salió bruscamente de la sombra le agarró el brazo; al mismo tiempo se sintió rechazado por medio del pecho, y oyó una voz que le decía sin gritar:
—Hay un cab (perro).
Y vió á una joven pálida delante de sí.
El hombre sintió esa conmoción que produce siempre lo inesperado.
Quedóse terriblemente atónito; nada hay tan formidable como las fieras inquietas; su aspecto atemorizado es temible. Retrocedió y murmuró:
—¿Quién es esa tunantuela?
—Vuestra hija.
En efecto, era Eponina que hablaba á Thénardier.
Á la aparición de Eponina, los otros cinco, es decir, Claquesous, Gueulemer, Babet, Montparnasse y Brujón, se habían acercado sin ruido, sin precipitación, sin decir una palabra, con la siniestra prontitud propia de estos hombres nocturnos.
Veíanseles algunos útiles repugnantes en la mano. Goulemer tenía una de esas pinzas cortas á las que los vagos llaman tenaza.
—¡Ah! ¿Qué haces ahí? ¿Qué nos quieres? ¿Estás loca?—exclamó Thénardier, gritando todo lo que se puede gritar en voz baja.—¿Quieres acaso impedirnos de trabajar?
Eponina se echó á reir, y saltó á su cuello.
—Estoy aquí, padre mío, porque estoy aquí. ¿No me es permitido sentarme ahora sobre las piedras? Vos sois el que no debe estar aquí. ¿Á qué venís, si esto es un bizcocho? Ya se lo dije á la Magnon. No hay nada que hacer aquí. Pero, abrazadme, padre mío. ¡Cuánto tiempo hace que no os he visto! ¿Estáis ya fuera? ¡Libre!
Thénardier trató de librarse de los brazos de Eponina, y murmuró:
—Está bien. Ya me has abrazado. Sí, estoy fuera. No estoy dentro. Ahora vete.
Pero Eponina no dejaba de acariciarle.
—Papaíto, ¿cómo lo habéis hecho? Mucha habilidad habéis de tener por haber salido de allí. ¡Contádmelo! ¿Y mi madre? ¿Dónde está mi madre? Dadme noticias de mamá.
Thénardier respondió:
—Está buena; no sé; déjame; dígote que te vayas.
—No quiero irme ahora,—dijo Eponina con un melindre de niño enfadado.—¿Me rechazáis después de cuatro meses que no os he visto, y cuando apenas he tenido tiempo de abrazaros?
Y volvió á echar los brazos al cuello de su padre, á pesar de la resistencia de éste.
—¡Ah! ¡Vaya! ¡Qué tonta eres!—dijo Babet.
Despachemos,—dijo Gueulemer,—que pueden pasar los corchetes.
La voz del ventrílocuo midió estos versos.
No es día ni es hora ya De gritar papá ó mamá.
Eponina se volvió hacia los cinco bandidos.
—¡Calle! Brujón. Buenas noches, Babet. Buenas noches, Claquesous. ¿No me conocéis ya Gueulemer? ¿Qué tal va, Montparnasse?
—Sí, se acuerdan de ti,—dijo Thénardier.—Pero buenas noches, y largo. Déjanos tranquilos.
—Ésta es la hora de los lobos y no de las gallinas,—dijo Montparnasse.
—Ya ves que tenemos que hacer aquí,—añadió Babet.
Eponina cogió la mano á Montparnasse.
—¡Ten cuidado!—díjole éste.—Te vas á cortar; tengo la navaja abierta.
—Mi querido Montparnasse,—respondió Eponina dulcemente,—es preciso tener confianza en las personas. Yo soy quizá la hija de mi padre. Babet, Gueulemer, á mí es á quien se encargó el dar luz á este negocio.
Es de notar que Eponina no hablaba en germanía. Desde que conocía á Mario se le había hecho imposible este horrible lenguaje.
Apretó con su pequeña mano, huesosa y débil como la de un esqueleto, los gruesos dedos de Gueulemer, y continuó:
—Ya sabéis que no soy tonta. Por lo general se cree lo que digo. Os he prestado servicios algunas veces. Pues bien; me he informado, y os expondríais inútilmente. De seguro. Os juro que no hay nada que hacer en esta casa.
—No hay más que mujeres solas,—dijo Gueulemer.
—No. Los inquilinos se han mudado.
—Pero las luces parece que no,—prorrumpió Babet.
Y enseñó á Eponina al través de la copa de los árboles una luz que se paseaba por la buhardilla del pabellón.
Era la tía Santos, que había velado para poner la ropa blanca á secar.
Eponina intentó un último recurso:
—Pues bien,—dijo;—esta gente es pobrísima, y viven en una casucha donde no hay un ochavo.
—¡Vete al diablo!—exclamó Thénardier.—Cuando hayamos registrado la casa, y puesto la cueva arriba y el granero abajo, ya te diremos lo que hay dentro, y si son francos, monedas ó sueldos.
Y la empujó para pasar adelante.
—Mi buen amigo Montparnasse,—dijo Eponina,—á vos os lo ruego; vos que sois un buen muchacho; no entréis.
—Ten cuidado; mira que te vas á cortar,—respondió Montparnasse.
Thénardier añadió con su acento decisivo:
—Lárgate, muchacha, y deja á los hombres que hagan su negocio.
Eponina soltó la mano, que había vuelto á coger á Montparnasse, y dijo:
—¿Os empeñáis, pues, en entrar en esta casa?
—Algo hay de eso,—contestó el ventrílocuo con acento burlón.
Entonces ella se recostó en la verja, hizo frente á los seis bandidos armados hasta los dientes, y que parecían en la noche unos demonios, y dijo con voz firme y baja:
—Pues bien; yo no quiero.
Ellos se detuvieron estupefactos.
El ventrílocuo, sin embargo, acabó su risa burlona.
Ella continuó:
—Amigos, oid bien. La cosa cambia de aspecto. Ahora hablo yo. Si entráis en el jardín, si tocáis á esta verja, yo grito, golpeo en las puertas, despierto á la vecindad, y hago que os prendan á los seis, llamando á los agentes de policía.
—Y lo hará como lo dice,—dijo Thénardier en voz baja á Brujón y al ventrílocuo.
Ella meneó la cabeza, y añadió:
—¡Empezando por mi padre!
Thénardier se aproximó á ella.
—No tan cerca, buen hombre,—le dijo Eponina.
Él retrocedió, murmurando entre dientes:
—Pero, ¿qué es lo que tiene esta chica?
Y añadió:
—¡Perra!
Echándose á reir de una manera terrible.
—Seré lo que queráis, pero no entraréis. No soy hija de perro, puesto que soy hija de lobo. Sois seis; ¿y eso qué importa? Sois hombres; pues bien, yo soy mujer. No me dais miedo; marchaos, os digo que no entréis en esta casa; porque no quiero. Si os acercáis, ladro. Ya os lo he dicho; el cab (perro) soy yo, y no me importáis todos juntos un bledo. Seguid vuestro camino adelante, que ya me fastidiáis. Idos donde queráis, pero no vengáis aquí, os lo prohíbo. Vosotros á puñaladas y yo á zapatazos; me es igual. ¡Adelante pues!
Y dió un paso hacia los bandidos; estaba espantosa, y soltó una carcajada.
—¡Caramba! Que no tengo miedo. En verano tendré hambre, en invierno tendré frío. ¡Serán fanfarrones estos brutos de hombres creyéndose que inspiran miedo á una mujer! ¿De qué? ¡Miedo! ¡Ah! Sí. ¡Vaya! ¡Por qué tenéis queridas torpes que se esconden debajo de la cama cuando ahuecáis la voz! ¡Por eso! ¡Yo no tengo miedo de nada!
Y mirando fijamente á Thénardier, añadió:
—¡Ni aún de vos, padre!
Luego prosiguió, paseando sobre los bandidos sus sangrientas pupilas de espectro:
—¡Qué me importa á mí que me recojan mañana del arroyo de la calle Plumet, asesinada á puñaladas por mi padre, ó que me encuentren dentro de un año en las redes de Saint Cloud, ó en la isla de los Cisnes, en medio de tapones de corcho podridos y de perros ahogados!
Le fué preciso detenerse aquí; la había acometido una tos seca; su aliento salía como un estertor de su pecho angosto y débil.
Luego repuso:
—No tengo que hacer más que gritar, y vienen, y pataplum. Sois seis; yo soy todo el mundo.
Thénardier hizo un movimiento cauteloso para acercarse á Eponina.
—¡No os acerquéis!—gritó ella.
Thénardier se detuvo y la dijo con dulzura:
—Pues bien; no, no me acercaré; pero no hables tan alto. Hija, ¿quieres que no trabajemos? Tenemos que ganarnos la vida. ¿No tienes ya cariño á tu padre?
—Me aburrís,—dijo Eponina.
—Pero es preciso que vivamos, que comamos...
—¡Reventad!
Y esto diciendo, se sentó en el estribo de la verja, cantando:
Mi brazo gordito, Mi pierna bien hecha Y el tiempo perdido.
Tenía el codo puesto sobre la rodilla y la barba sobre la mano, meneando el pie con aire de indiferencia.
Su vestido roto dejaba ver sus descarnadas clavículas.
Un farol cercano iluminaba su actitud y su perfil; no podía verse nada más resuelto y sorprendente.
Atónitos los seis ladrones, y sombríos de que los tuviera así en jaque una mujer, se retiraron á la sombra que proyectaba el farol, y allí celebraron una especie de consejo con movimientos de hombro, humillados y furiosos.
Ella entre tanto los miraba con aire pacífico y esquivo.
—Algo le pasa,—dijo Babet.—¿Qué razón? ¿Estará tal vez enamorada del perro? ¡Lástima es que perdamos esto! Dos mujeres, un viejo que vive en el fondo del patio, buenos cortinajes en las ventanas. El viejo debe ser un quirol (judío). ¡El negocio no me parece despreciable!
—Pues bien; entrad vosotros,—dijo Montparnasse.—Yo me quedaré con la muchacha; y si chista...
É hizo relucir á la luz del farol la navaja que llevaba abierta en la manga.
Thénardier no decía palabra, y parecía dispuesto á todo.
Brujón que tenía algo de oráculo, y que, como ya hemos dicho, era el «inventor del golpe», no había hablado aún, y parecía pensativo. Estaba por no retroceder ante ningún obstáculo sabiéndose, como se sabía, que había robado sólo por bravear, uno de los cuartelillos de la policía. Además, hacía versos y canciones, lo que le daba mucha autoridad entre sus compañeros.
Babet le preguntó:
—¿Y tú no dices nada, Brujón?
Brujón permaneció un instante silencioso; después movió la cabeza en diversos sentidos, decidiéndose por fin á levantar la voz:
—Vamos á ver: esta mañana tropecé con dos gorriones picoteándose; esta noche tropiezo con una mujer que riñe. Todo esto es de mal augurio. Vámonos.
Y se fueron.
Al marcharse, Montparnasse murmuró:
—Es igual; pero si hubieran querido, yo le habría dado el golpe de gracia.
Babet respondió:
—Yo no. Siempre guardo respeto á las espaldas de las damas.
Al estar en el extremo de la calle se pararon, y en voz sorda cambiaron entre sí este diálogo enigmático:
—¿Adónde iremos á dormir esta noche?
—Debajo de Pantin (París).
—¿Llevas la llave de la reja, Thénardier?
—¡Diantre!
Eponina, que no apartaba de ellos la vista, les vió tomar el camino por donde habían venido.
Después se levantó, y arrastrándose detrás de ellos arrimada á las paredes y á las casas, fué siguiéndoles hasta el boulevard.
Allí se separaron; y vió á aquellos seis hombres perderse en la obscuridad, como fundiéndose entre las sombras.



