Los miserables · Victor Hugo

Chapter 6

Capítulo 67 de 171 · 8 min de lectura

=Mario retrocede hasta la realidad, llegando á dar las señas de su casa á Cosette=

Mientras que aquella perra con figura humana daba la guardia en la verja y los seis bandidos retrocedían ante una mujer, Mario permanecía al lado de Cosette.

Nunca había estado el cielo tan estrellado y hermoso, ni los árboles tan temblorosos, ni las plantas tan embalsamadas; nunca los pájaros se habían dormido entre las hojas con más suave arrullo; nunca todas las armonías de la serenidad universal habían correspondido mejor á las melodías interiores del amor; nunca Mario había estado tan conmovido, tan feliz, tan extasiado. Pero había encontrado triste á Cosette.

Cosette había llorado; tenía los ojos encarnados.

Aquélla era la primera nube de su admirable sueño.

Las primeras palabras de Mario fueron:

—¿Qué tienes?

Ella respondió:

—¡Ya verás!

Después sentóse ella en el banco junto á la escalinata; y mientras que él se sentaba á su lado tembloroso, continuó así:

—Mi padre me ha dicho esta mañana que estuviese dispuesta, porque tenía negocios que tal vez nos harían partir.

Mario se estremeció de pies á cabeza.

Al fin de la vida, morir es partir; pero al principio, partir es morir.

Hacía unas seis semanas que Mario, poco á poco, lentamente, por grados, iba tomando cada día posesión de Cosette, posesión enteramente ideal, pero profunda.

Como hemos dicho ya, en el primer amor se toma el alma antes que el cuerpo; después se toma el cuerpo antes que el alma, y aún algunas veces no se llega á tomar del todo el alma.

Los Foblás y los Proudhomme añaden: «porque no la hay»; pero el sarcasmo es, afortunadamente, una blasfemia.

Mario, pues, poseía á Cosette como poseen los espíritus; pero la envolvía con toda su alma, y la poseía con increíble convicción.

Poseía su sonrisa, su aliento, su perfume; las irradiaciones profundas de sus ojos azules, la suavidad de su cutis cuando le tocaba la mano, la encantadora señal que tenía al cuello, todos sus pensamientos.

Habían convenido en no dormirse jamás sin soñar el uno con el otro, y se habían cumplido la palabra.

Poseía, pues, todos los sueños de Cosette.

La miraba sin cesar; movía á veces con su aliento los ligeros y nacientes cabellos que aterciopelaban la nuca de Cosette, y se decía, que no había ni uno solo de aquellos cabellos que no perteneciese á Mario.

Contemplaba y adoraba todo lo que ella se ponía; el lazo de cintas, sus guantes, sus adornos, sus botitas como objetos sagrados de su pertenencia.

Pensaba que era el dueño de aquellos lindos peines de concha que ostentaba en la cabeza; y aún se decía, por un sordo y confuso murmullo de deleite que se dejaba sentir, que no había ni un solo hilo de su vestido, ni un punto de sus medias, ni un pliegue de su corsé que no fuese suyo.

Junto á Cosette se consideraba cerca de su bien, cerca de su felicidad, cerca de su dueña y de su esclava.

Parecía que habían mezclado sus almas de tal modo, que si hubiesen querido volver á tomar cada uno la suya, les habría sido imposible conocerlas.

Habrían tenido que disputar:

—Ésta es la mía.

—No; es la mía.

—Te aseguro que te engañas.

—Ése soy yo.

—Lo que tomas por tuyo es mío.

Mario era un algo que formaba parte de Cosette; Cosette era otro algo que formaba parte de Mario.

Mario conocía que Cosette vivía en él; tener á Cosette, poseerla, no era para él distinto de respirar.

En medio de aquella fe, de aquella embriaguez, de aquella posesión virginal, inaudita y absoluta, de aquella soberanía, cayeron estas palabras: «Vamos á partir». La agreste voz de la realidad le gritó: «¡Cosette no es tuya!».

Mario despertó.

Hacía seis semanas que vivía, como hemos dicho, fuera de la vida; esta palabra, ¡partir! le hizo volver á ella violentamente.

No halló una palabra que responder; Cosette sintió solamente que su mano estaba helada, y le dijo á su vez:

—¿Qué tienes?

Él respondió tan bajo, que apenas lo oyó Cosette.

—No comprendo lo que has dicho.

Y ella añadió:

—Esta mañana, mi padre me ha dicho que tenga prontas todas mis cosas, y esté dispuesta para partir; que prepare mi ropa para encerrarla en una maleta, que se veía obligado á hacer un viaje; que teníamos que partir; que necesitábamos una maleta grande para mí, y otra pequeña para él, y que lo preparase todo en una semana, porque tal vez iríamos á Inglaterra.

—¡Pero eso es monstruoso!—exclamó Mario.

Y ciertamente, en aquel momento, en el ánimo de Mario ningún abuso de poder, ninguna violencia, ninguna abominación del más atroz tirano, ninguna acción de Busiris, de Tiberio ó de Enrique VIII hubiera igualado en ferocidad á ésta: El señor Fauchelevent se lleva á su hija á Inglaterra, porque tiene allí negocios.

Preguntó, pues, con voz débil:

—¿Y cuándo partirás?

—No lo ha dicho.

—¿Y cuándo volverás?

—No lo ha dicho.

Mario se levantó y dijo fríamente:

—Cosette, ¿iréis?

Cosette volvió hacia él sus hermosos ojos preñados de angustia, respondiendo con acento extraviado:

—¿Adónde?

—Á Inglaterra. ¿Iréis?

—¿Por qué me hablas de vos?

—Os pregunto si iréis.

—¿Qué quieres que haga?—dijo ella juntando las manos.

—¿Es decir, que iréis?

—¡Si va mi padre!

—¿Iréis, pues?

Cosette tomó la mano á Mario estrechándola sin responder.

—Está bien,—dijo Mario.—Entonces yo me iré á otra parte.

Cosette sintió, más bien que comprendió, el significado de esta frase de despecho ó de amenaza; palideciendo con la conmoción de modo que su rostro apareció blanco en la obscuridad, y balbuceó:

—¿Qué quieres decir?

Mario la miró; luego alzó lentamente los ojos hacia el cielo, y respondió:

—Nada.

Cuando bajó los párpados, vió que Cosette se sonreía mirándole.

La sonrisa de la mujer amada tiene una claridad que desvanece las tinieblas.

—¡Qué tontos somos! Mario, se me ocurre una idea.

—¿Cuál?

—¡Parte, si partimos los dos! Te diré dónde. Ven á buscarme donde esté.—Mario era entonces un hombre completamente despierto. Había vuelto á la realidad; y dijo á Cosette:

—¡Partir con vosotros! ¿Estás loca? Es preciso dinero para eso, y yo no lo tengo. ¡Ir á Inglaterra! Ahora debo más de diez luises á Courfeyrac, un amigo á quien tú no conoces. Tengo un sombrero viejo que no vale tres francos, una levita sin botones por delante, mi camisa está toda rota, llevo los codos por fuera, mis botas se calan; hace seis semanas que no pienso en nada, y no te lo he dicho. Cosette, soy un miserable.

«Tú no me ves más que por la noche, y me das tu amor; ¡si me vieras de día, me darías una limosna! ¡Ir á Inglaterra! ¡Y no tengo con qué pagar el pasaporte!

Y se recostó contra un árbol que había allí, de pie, con las dos manos sobre la cabeza, con la frente contra la corteza, sin sentir ni la aspereza que le desgarraba la frente, ni la fiebre que agitaba sus sienes, inmóvil, y próximo á caer al suelo como la estatua de la Desesperación.

Así permaneció largo rato. En esos abismos se podría permanecer una eternidad: por fin se volvió, y oyó detrás de sí un ruido sofocado y triste.

Era Cosette que sollozaba.

Lloraba hacía ya más de dos horas al lado de Mario, que estaba soñando.

Mario se acercó, cayó de rodillas prosternándose lentamente, cogió la punta del pie que salía por bajo del vestido, y la besó.

Ella se lo permitió sin dejar su silencio.

Hay momentos en que la mujer acepta como una diosa sombría y resignada la religión del amor.

—No llores,—dijo Mario.

Y ella murmuró:

—¡Qué he de hacer, si voy á marcharme y no puedes venir!

Y él respondió:

—¿Me amas?

Cosette le contestó sollozando esta frase del paraíso, que nunca es tan seductora como al través de las lágrimas:

—¡Te adoro!

Él continuó con una entonación de voz, que no era sino una inexplicable caricia:

—No llores. Di, ¿quieres hacerme el favor de no llorar por mí?

—¿Me amas?—dijo ella.

Mario le tomó la mano.

—Cosette, nunca he dado mi palabra de honor á nadie, porque mi palabra de honor me causa miedo; conozco que al darla está mi padre á mi lado. Pues bien; te doy mi palabra de honor sacratísima que, si te vas, me muero.

Había en el acento con que pronunció estas palabras una melancolía tan solemne y serena, que Cosette tembló. Sintió ese frío que produce al pasar una cosa sombría y verdadera, y sobrecogida por ello cesó de llorar.

—Ahora escucha,—dijo él;—no me esperes mañana.

—¿Por qué?

—Ni me esperes hasta pasado mañana.

—¡Oh! ¿por qué?

—Ya lo verás.

—¡Un día sin verte! Eso es imposible.

—Sacrifiquemos un día para obtener tal vez toda la vida.

Y Mario añadió á media voz, y aparte:

—Es un hombre que no cambia nunca sus costumbres, y no recibe á nadie más que de noche.

—¿De quién hablas?—preguntó Cosette.

—¡Yo! No he dicho nada.

—¿Qué esperas, entonces?

—Espérame hasta pasado mañana.

—¿Lo quieres?

—Sí, Cosette.

Cosette entonces le cogió la cabeza entre sus manos, alzándose sobre la punta de sus pies para igualar su estatura, tratando de ver en sus ojos la esperanza.

Mario continuó:

—Creo que conviene que sepas las señas de mi casa por lo que pueda suceder; vivo en casa de ese amigo, llamado Courfeyrac, calle de la Verrerie, número 16.

Metió la mano en el bolsillo, sacó un cortaplumas, y con la hoja escribió en el yeso de la pared:

Calle de la Verrerie, 16.

Cosette entre tanto había vuelto á contemplar sus ojos.

—Dime lo que piensas, Mario; tienes una idea. Dímela. ¡Oh! ¡Dímela para que pase bien la noche!

—Mi pensamiento es éste: Es imposible que Dios quiera separarnos. Espérame pasado mañana.

—¿Y qué haré yo hasta entonces?—dijo Cosette.—¡Tú estás libre, vas y vienes! ¡Qué felices sois los hombres! ¡Yo me quedo sola! ¡Oh! ¡Qué triste voy á estar! ¿Qué vas á hacer tú mañana por la noche? Dímelo.

—Voy á hacer una tentativa.

—En ese caso, rogaré á Dios y pensaré en ti hasta entonces para que salgas de ella en bien. No te pregunto más porque no quieres. Eres mi dueño. Pasaré la noche de mañana cantando el coro de Euryanto, que tanto te gusta, y que viniste á oir una noche debajo de mi ventana. Pero pasado mañana, ¿vendrás temprano? Te esperaré á la noche á las nueve en punto; te lo prevengo. ¡Dios mío! ¡Qué triste es esto de que los días sean tan largos! ¿Lo has oído? Al dar las nueve estaré en el jardín.

—Y yo también.

Y sin decir nada más, movidos por el mismo pensamiento, arrastrados por esas corrientes eléctricas que ponen á dos almas en comunicación continua, embriagados ambos de deleite hasta en su dolor mismo, cayeron uno en brazos del otro, sin notar que sus labios estaban juntos, mientras que sus ojos, llenos de éxtasis y de lágrimas, contemplaban las estrellas.

Cuando salió Mario, la calle estaba desierta. En aquel momento Eponina seguía á los bandidos hasta el boulevard.

Mientras que Mario meditaba, con la cabeza apoyada en el árbol, se le había ocurrido una idea; una idea ¡ah! que él mismo tenía por insensata é imposible.

Había tomado un partido violento.