Los miserables · Victor Hugo
Chapter 1
Capítulo 69 de 171 · 2 min de lectura
=Juan Valjean=
Aquel mismo día, á eso de las cuatro de la tarde, Juan Valjean estaba sentado, solo, en uno de los declives más solitarios del Campo de Marte.
Ya fuese por prudencia ó por ese deseo de recogimiento que sigue á los cambios insensibles de costumbres que van penetrando poco á poco en todas las existencias, salía á la sazón muy poco con Cosette.
Vestía su traje de obrero con su pantalón gris; la ancha visera de la gorra le ocultaba el rostro.
Estaba tranquilo, y era feliz respecto de Cosette porque se había desvanecido lo que le había asustado durante algún tiempo; pero hacía una semana ó dos que le perseguía una ansiedad de diversa naturaleza.
Un día, paseándose por el boulevard, había visto á Thénardier, y gracias á su disfraz, éste no le había reconocido; pero desde entonces, Juan Valjean le había vuelto á ver varias veces, y adquirido la certeza de que rondaba su barrio. Esto bastaba para determinarle á tomar una gran resolución.
Estando allí Thénardier, estaban todos los peligros á un tiempo.
Además, París no estaba tranquilo. Las agitaciones políticas ofrecían el inconveniente para todo el que tuviera que ocultar algo de su vida, que la policía andaba inquieta y recelosa, y que buscando la pista de un hombre como Pepin ó Morey, podía muy bien encontrarse con un hombre como Juan Valjean.
Se había decidido á abandonar á París, y hasta la Francia, é ir á Inglaterra.
Había, pues, prevenido á Cosette, porque quería partir antes de ocho días.
Estaba, como decimos, sentado en la cuestecilla del Campo de Marte, dando vueltas en su cerebro á toda clase de pensamientos; Thénardier, la policía, el viaje, y la dificultad de hacerse con un pasaporte.
Todas estas cosas le inquietaban igualmente.
Además, un hecho inexplicable que acababa de sorprenderle, y que le tenía aún impresionado, aumentaba su desasosiego.
Aquel día por la mañana se había levantado temprano, y paseándose por el jardín antes de que Cosette hubiese abierto su ventana, había echado de ver este letrero grabado en la pared, probablemente con un clavo:
16, Calle de la Verrerie.
La obra debía ser reciente, porque los perfiles estaban aún blancos sobre la ennegrecida argamasa, y porque una mata de ortigas que había al pie de la pared estaba cubierta de polvo de yeso.
Aquello había sido escrito probablemente durante la noche.
Pero ¿qué era? ¿Una dirección? ¿Una señal para otros? ¿Un aviso para él? En todo caso, era evidente que había sido violado el jardín, y que había penetrado en él algún desconocido.
Entonces recordó los extraños incidentes que habían alarmado ya á la casa; meditó sobre aquella inscripción y se guardó muy bien de hablar de él á Cosette por miedo de asustarla.
En medio de estos pensamientos se fijó en una sombra que el sol proyectaba, sin duda de alguien que acababa de detenerse en lo alto de la cuestecita detrás de allí donde él estaba sentado.
Iba á volverse, cuando cayó sobre sus rodillas un papel doblado y vuelto á doblar, y como si una mano le hubiera dejado caer sobre su cabeza.
Cogió el papel, lo desdobló, y leyó estas palabras, escritas con lápiz en gruesos caracteres:
Mudaos.
Juan Valjean se levantó vivamente; pero nadie había en lo alto del talus. Buscó por todas partes, y descubrió un ser más grande que un niño y más pequeño que un hombre, vestido con blusa gris y pantalón de pana color de polvo, que saltando el parapeto, desaparecía en el foso del Campo de Marte.
Juan Valjean volvió á entrar inmediatamente en su casa muy pensativo.



