Los miserables · Victor Hugo

Chapter 2

Capítulo 70 de 171 · 3 min de lectura

=Mario=

Mario había salido trastornado de casa del señor Guillenormand.

Había entrado en ella con pocas esperanzas, y salía completamente desesperado.

Por lo demás, y cuantos han observado el corazón humano lo comprenderán, el lancero, el oficial, el necio, el primo Teódulo, no había dejado sombra alguna en su espíritu, ni la más pequeña nube.

El poeta dramático podría esperar algunas complicaciones de esta revelación hecha á quema ropa al nieto por el abuelo; pero lo que con esto ganaría el drama lo perdería la verdad.

Mario estaba en esa edad en que no se cree nada malo; después viene la edad en que se cree todo.

Las sospechas no son más que arrugas, y la primera juventud no las tiene.

Lo que anonada á Otelo, se desliza sencillamente en Cándido. ¡Sospechar de Cosette! Antes hubiera Mario cometido mil crímenes.

Púsose á andar por las calles, recurso de todos los que padecen, y no pensó en nada de que pudiera acordarse.

Á las dos de la madrugada entró en casa de Courfeyrac, y se dejó caer, vestido, sobre su colchón.

Había salido ya el sol cuando se durmió, con ese horrible y pesado sueño que deja ir y venir las ideas en el cerebro.

Al despertarse, vió á Courfeyrac, Enjolrás, Feuilly y Combeferre, de pie, con el sombrero puesto, preparados para salir, y muy afanosos.

Courfeyrac le dijo:

—¿Vienes al entierro del general Lamarque?

Parecióle que Courfeyrac hablaba en chino.

Salió de casa poco tiempo después de ellos. Se metió en el bolsillo los dos cachorrillos que Javert le había entregado para la aventura del 3 de febrero, y que se habían quedado en su poder.

Los cachorrillos estaban cargados aún.

Sería difícil decir qué obscuro pensamiento tenía en su cabeza al llevarlos consigo.

Todo el día lo pasó vagando, sin saber por dónde iba; estaba lloviendo á intervalos; pero no lo notaba; compró para comer un bollo de dos sueldos en un despacho de pan, se lo guardó en el bolsillo, y no volvió á acordarse de él.

Parece también que se bañó en el Sena, sin tener conciencia de lo que hacía.

Hay momentos en que se tiene un horno bajo el cráneo, y Mario estaba en uno de estos momentos.

Ya no esperaba nada, ni temía nada; había dado este paso desde la víspera.

Esperaba la noche con impaciencia febril; no tenía sino una sola idea clara: que á las nueve vería á su amada Cosette.

Esta última felicidad era todo su porvenir; después sólo le quedaba la sombra.

Por intervalos, paseando por las calles más desiertas, le parecía oir en París ruidos extraños, y saliendo de su meditación, decía: «¿Es que pelean?».

Al caer la noche, á las nueve en punto, como se lo había prometido á Cosette, estaba en la calle Plumet.

Cuando se acercó á la verja todo lo olvidó.

Hacía cuarenta y ocho horas que no había visto á Cosette; iba á verla, y todas las demás ideas se borraron; no sentía sino profunda alegría.

Esos minutos en que se vive un siglo tienen una cosa soberana y admirable; en el espacio que pasan llenan por completo el corazón.

Mario abrió la verja, y se precipitó en el jardín.

Cosette no estaba en el sitio en que le esperaba siempre.

Atravesó la espesura y llegó al ángulo cerca de la escalinata.

—Me espera allí,—dijo para sí.

Cosette no estaba.

Levantó los ojos y vió que los postigos de la ventana estaban cerrados. Dió la vuelta al jardín, y vió que estaba desierto.

Entonces dió la vuelta á la casa, y perdido de amor, loco, asustado, exasperado de dolor y de inquietud, como un amo que entra en su casa á deshora, llamó fuertemente á la ventana.

Llamó y volvió á llamar, expuesto á ver abrirse la ventana y asomar por ella la sombría cabeza del padre, y oir que le preguntara:

—¿Qué queréis?

Esto era nada comparado con lo que sospechaba.

Cuando hubo golpeado la ventana, gritó y llamó á Cosette.

—¡Cosette!

—¡Cosette!—repitió imperiosamente.

Todo había concluido.

No había nadie en el jardín, nadie en la casa.

Mario fijó sus ojos desesperados en aquella casa lúgubre, tan negra, tan silenciosa y más vacía que una tumba, y se fijó después en el banco de piedra donde había pasado horas tan felices al lado de Cosette.

Entonces se sentó en la escalinata con el corazón lleno de dolor y de resolución, bendijo su amor en el fondo de su pensamiento, y se dijo, que, puesto que Cosette se había marchado, no tenía que hacer ya sino morir.

De repente oyó una voz que parecía salir de la calle, y que gritaba á través de los árboles:

—¡Señor Mario!

—¿Quién es?—dijo.

—Señor Mario, ¿estáis ahí?

—Sí.

—Señor Mario,—añadió la voz,—vuestros amigos os esperan en la barricada de la calle de Chanvrerie.

Esta voz no le era enteramente desconocida.

Se parecía á la voz ronca y áspera de Eponina.

Mario corrió á la verja, separó el hierro móvil, pasó la cabeza, y vió una figura, que le pareció la de un joven, desaparecer corriendo en el crepúsculo.