Los miserables · Victor Hugo
Chapter 3
Capítulo 71 de 171 · 5 min de lectura
=El señor Mabeuf=
La bolsa de Juan Valjean había sido inútil al señor Mabeuf, porque éste, en su venerable austeridad infantil, no había aceptado el regalo de los astros; no había admitido que una estrella podía convertirse en monedas de oro, y no había podido adivinar que lo que caía del cielo viniera de Gavroche.
Había llevado la bolsa al comisario de policía del barrio, como objeto perdido, puesto por el que le había hallado á disposición del que lo reclamase.
La bolsa, en efecto, se perdió.
No hay que decir que nadie la reclamó, sin que sirviese de socorro al señor Mabeuf.
Por lo demás, el señor Mabeuf continuaba viniendo á menos.
Los ensayos sobre el añil no habían dado mejor resultado en el Jardín Botánico que en su jardín de Austerlitz.
El año anterior debía el salario á su ama, y á la sazón debía, como hemos visto el alquiler de la casa.
El Monte de Piedad, después de cumplidos trece meses, había vendido las planchas de su Flora, y algún calderero había hecho de ellas cacerolas.
Perdidas, pues, sus planchas, y no pudiendo completar los ejemplares descabalados de su Flora, que poseía aún, había cedido á bajo precio á un librero chalán, planchas y textos como de saldos.
Nada le quedó de la obra de toda su vida. Empezó á comerse el dinero de aquellos ejemplares.
Cuando vió que este miserable recurso se agotaba, renunció á su jardín abandonando el cultivo.
Antes, mucho tiempo antes había renunciado á los dos huevos y el pedazo de carne que comía de cuando en cuando.
Sólo se alimentaba con pan y patatas; había vendido sus últimos muebles; después todo lo que tenía doble en materia de ropa de cama, vestidos y mantas; después sus herbarios y sus estampas; pero aún conservaba los libros más preciosos, entre los cuales había algunos rarísimos, como: Los cuadritos históricos de la Biblia, edición de 1560; La concordancia de las Biblias, de Pedro de Besse; Las Margaritas de la Margarita, de Juan de la Haye, con dedicatoria á la reina de Navarra; el libro del Cargo y dignidad de Embajador, por el señor de Williers Hotman; un Florilegium rabbinicum, de 1644; un Tibulo, de 1567, con esta espléndida inscripción: Venetiis, in œdibus Manutianis; y en fin, un Diógenes Laercio, impreso en Lyon en 1644, en que se hallaban las famosas variantes del manuscrito 411 del siglo XIII, del Vaticano y las de los dos manuscritos de Venecia 393 y 394, tan fructuosamente consultados por Enrique Estienne, y todos los pasajes en dialecto dórico, que no se encuentran más que en el célebre manuscrito del siglo XII de la biblioteca de Nápoles.
El señor Mabeuf no encendía nunca lumbre en su cuarto, y se acostaba con el día para no encender luz.
Parecía que no tenía vecinos, porque evitaban su encuentro cuando salía; él lo había notado.
La miseria de un niño conmueve á una madre; la miseria de un mozo conmueve á una muchacha; pero la miseria de un viejo no conmueve á nadie, y es de todas las infelicidades la más fría.
Pero el señor Mabeuf no había perdido enteramente su serenidad de niño; sus ojos despedían aún luz cuando se fijaban en sus libros, y se sonreía cuando contemplaba el Diógenes Laercio, que era ejemplar único.
Su armario con cristales era lo único que había conservado además de lo indispensable.
Un día le dijo la tía Plutarco:
—No tengo con que traer comida.
Lo que ella llamaba comida era un pan y cuatro ó cinco patatas.
—Fiado,—dijo el señor Mabeuf.
—Ya sabéis que me lo niegan.
El señor Mabeuf abrió su biblioteca, miró mucho tiempo sus libros, uno después de otro, como un padre obligado á diezmar á sus hijos los miraría antes de elegir; después cogió uno de repente, se le puso debajo del brazo, y salió.
Á las dos horas volvió sin nada debajo del brazo, y poniendo treinta sueldos sobre la mesa, dijo:
—Traed comida.
Desde aquel momento la tía Plutarco vió cubrirse el cándido semblante del señor Mabeuf de un velo sombrío, que no desaparecía nunca.
El día siguiente, el otro, todos los demás, fué preciso hacer otro tanto.
El señor Mabeuf salía con un libro, y volvía con una moneda de plata.
Como los libreros chalanes le veían obligado á vender, le compraban por veinte sueldos los libros porque había dado veinte francos alguna vez á ellos mismos.
Así concluyó toda su biblioteca, tomo á tomo.
En algunos momentos se decía: «Sin embargo, tengo ochenta años», como si tuviese alguna esperanza de llegar antes al fin de sus días que al fin de sus libros.
Su tristeza iba en aumento; pero una vez tuvo una alegría.
Salió con un Roberto Estienne, que vendió en treinta y cinco sueldos en el muelle de Malaquais, y volvió con un Alde que había comprado por cuarenta en la calle de Grés.
—Debo cinco sueldos,—dijo muy alegre á la tía Plutarco.
Aquel día no comieron.
Pertenecía á la Sociedad de Horticultura donde sabían su pobreza.
El presidente de esta Sociedad fué á verle, le prometió hablar de él al ministro de Agricultura y Comercio, y lo cumplió:
—¡Cómo!—exclamó el ministro.—¡Ya lo creo! ¡Un sabio anciano! ¡Un botánico! ¡Un hombre inofensivo! ¡Es preciso hacer algo por él!
Al día siguiente el señor Mabeuf recibió una invitación para comer con el ministro. Enseñó la carta temblando de alegría á la tía Plutarco, diciéndola:
—¡Nos hemos salvado!
El día fijado fué á casa del ministro. Notó que su corbata arrugada, su antiguo frac cuadrado y sus zapatos embetunados, asombraban á los porteros.
Nadie le habló, ni aún el ministro.
Á eso de las diez de la noche, como estuviese todavía esperando una palabra, oyó á la mujer del ministro, hermosa señora, descotada, á quien no había atrevido á acercarse, que preguntaba:
—¿Quién es ese caballero anciano?
Volvióse á su casa, á pie, á media noche, bajo una fuerte lluvia. Había vendido un Elzevir para pagar el coche á la ida.
Tenía la costumbre de leer todas las noches, antes de acostarse, algunas páginas de su Diógenes Laercio; sabía bastante griego para encontrar un placer en las particularidades del texto que poseía; ya no tenía otros goces.
Pasáronse algunas semanas; pero de pronto la tía Plutarco cayó enferma.
Hay una cosa más triste que no tener para comprar pan en la tahona, y es no tener para comprar medicinas en la botica: una noche el médico recetó una poción muy cara.
Además, agravándose la enferma, necesitaba una persona que la cuidara.
El señor Mabeuf abrió la biblioteca, y ya no tenía nada; había vendido hasta el último volumen; no le quedaba más que su Diógenes Laercio.
Se puso el ejemplar único bajo el brazo y salió; era el 4 de junio de 1832.
Fué á la puerta de Santiago, á casa del sucesor de Royol, y volvió con cien francos.
Puso el montoncito de napoleones sobre la mesa de noche de la vieja criada, y se volvió á su cuarto sin decir una sola palabra.
Al día siguiente, en cuanto amaneció, se sentó en el guarda-cantón que había en el jardín, y pudo vérsele por cima del seto toda la mañana inmóvil, con la cabeza inclinada, y la vista vagamente fija en sus marchitos cuadros.
Llovía á intervalos, pero el viejo no lo notaba.
Á mediodía estalló en París un ruido extraordinario; parecía que se oían tiros de fusil y clamores populares.
El señor Mabeuf levantó la cabeza.
Vió pasar un jardinero y le preguntó:
—¿Qué es eso?
El jardinero respondió con su azadón al hombro y con el acento más tranquilo:
—Un motín.
—¡Cómo! ¿Un motín?
—Sí, se están batiendo.
—¿Y porqué se baten?
—¡Diablo!—prorrumpió el jardinero.
—¿Hacia qué lado?—preguntó el señor Mabeuf.
—Por la parte del Arsenal.
El señor Mabeuf volvió á entrar en su casa, buscó maquinalmente un libro para llevárselo debajo del brazo, no le encontró, y dijo:
—¡Ah, es verdad!
Y salió con aire extraviado.
LIBRO DÉCIMO EL 5 DE JUNIO DE 1832



