Los miserables · Victor Hugo
Chapter 1
Capítulo 72 de 171 · 5 min de lectura
=El exterior de la cuestión=
¿De qué se compone un motín?
De todo y de nada.
De electricidad que se desarrolla poco á poco, de una llama que se forma de súbito, de una fuerza vaga, de una ráfaga que pasa.
Esta ráfaga encuentra cabezas que hablan, cerebros que piensan, almas que padecen, pasiones que arden, miserias que aúllan, y las arrastra.
¿Adónde?
Al acaso...
Á través del Estado, á través de las leyes, á través de la prosperidad y de la insolencia de los demás.
Las convicciones irritadas, los entusiasmos agriados, las indignaciones conmovidas, los instintos de guerra comprimidos, los ánimos jóvenes exaltados, las ceguedades generosas; la curiosidad, el placer por los cambios de objeto, la sed de lo inesperado, el sentimiento que hace experimentar placer al leer el cartel de un nuevo espectáculo, y al oir en el teatro el silbato del maquinista; los odios vagos, los rencores, las contrariedades, toda vanidad que cree haber fracasado su destino; el malestar, los sueños insensatos, las ambiciones rodeadas de abismos; todo el que espera de un derrumbamiento una salida, y en fin, más abajo, la turba, ese lodo que se convierte en fuego; tales son los elementos del motín.
Cuanto hay de más grande y más ínfimo, los seres que vagan alrededor de todo esperando la ocasión, perdidos, gentes sin profesión, vagabundos de las encrucijadas, los que duermen por la noche en un desierto de casas, sin más techo que las frías nubes del cielo; los que piden cada día su pan al azar y no al trabajo, los desconocidos de la miseria y de la nada, los brazos desnudos, los pies descalzos, pertenecen al motín.
Todo el que tiene en el alma una rebelión secreta contra un hecho cualquiera del Estado, de la vida ó de la suerte, linda con el motín, y desde que se presenta empieza á temblar y á sentirse frecuentemente conmovido por el torbellino.
El motín es una especie de tromba de la atmósfera social, que se forma de repente en ciertas condiciones de temperatura, y que en sus remolinos sube, corre, truena, arranca, corta, rompe, demuele, desarraiga, arrastrando consigo los ánimos grandes y los pequeños, al hombre fuerte y al débil, al tronco del árbol y la arista de la paja.
¡Desgraciado aquel ó quien arrastra lo mismo que aquel con quien choca!
Los estrella uno contra otro.
Comunica á los que coge un poder extraordinario. Lleva al primero que encuentra con la fuerza de los sucesos, y hace de todo proyectiles; convierte un canto en bala, y un mozo de cordel en general.
Si hemos de creer á ciertos oráculos de la política recelosa, bajo el punto de vista del poder, un motín es cosa de desear.
Para ellos es un axioma que el motín afirma á los gobiernos cuando no los derriba; porque pone á prueba el ejército, concentra los ciudadanos, estira los músculos de la policía, y pone de manifiesto las fuerzas de la osadía social.
Es un ejercicio gimnástico, casi higiénico. El poder se siente mejor después de un motín, como el hombre después de una fricción.
El motín, hace treinta años, se consideraba además bajo otros puntos de vista.
Para todo hay su teoría que se llama á sí misma «del sentido común». Felinto contra Alcestes; mediación ofrecida entre lo verdadero y lo falso, explicación, admonición, atenuación un poco altiva, que porque tiene cierta mezcla de culpa y de excusa, se cree la sabiduría, cuando no es más que la pedantería.
De ahí ha salido toda una escuela política, llamada del justo medio.
Entre el agua fría y el agua caliente, hay el partido del agua tibia.
Esa escuela, con sus falsas profundidades enteramente superficiales, que disecan los efectos sin remontarse á las causas, censura desde lo alto de una semi-ciencia las agitaciones de la plaza pública.
Oigamos á la tal escuela:
«Los motines que complicaron la revolución de 1830, quitaron á este gran acontecimiento una parte de su pureza.
«La revolución de julio había sido un majestuoso huracán popular, seguido inmediatamente de la calma; pero los motines volvieron á nublar el cielo; hicieron que degenerase en querella esta revolución, tan notable al principio por su unanimidad.
«En la revolución de julio, como en todo progreso que se realiza por una sacudida, había habido fracturas secretas; el motín las hizo sensibles, y pudo decirse: ¡Ah! ¡Esto está roto!
«Después de la revolución de julio, sólo se sentía la libertad; después de los motines se sintió la catástrofe.
«Cualquier motín cierra las tiendas, hace bajar los fondos, asusta á la Bolsa, suspende el comercio, suspende los negocios, precipita las quiebras; huye el dinero, las fortunas privadas se inquietan, el crédito público se ve perdido y la industria desconcertada; los capitales retroceden, el trabajo es menos retribuido; en todas partes reina el miedo, la reacción repercute en todas las ciudades.
«De ahí nacen precipicios profundos.
«Se ha calculado que el primer día de motín cuesta á Francia veinte millones de francos, el segundo cuarenta, y él tercero sesenta.
«Un motín de tres días cuesta ciento veinte millones; es decir, que no teniendo en cuenta más que este resultado económico, equivale á un desastre, á un naufragio ó una batalla perdida que destruye una escuadra de sesenta navíos de línea.
«Sin duda, históricamente, los motines tuvieron sus bellezas; la guerra de las calles no es menos grandiosa, ni menos patética que la guerra del campo; en la una está el alma de los bosques, y en la otra el corazón de las ciudades; la una tiene á Juan Chuan, y la otra á Juana de Arco.
«Los motines enrojecieron espléndidamente todos los rasgos más originales del carácter parisiense, la generosidad, el desinterés, la alegría tempestuosa, los estudiantes probando que el valor forma parte de la inteligencia, la guardia nacional inquebrantable, los vivacs de los tenderos, las fortalezas de los pilluelos, y el desprecio de la muerte en los transeúntes.
«Las escuelas y los regimientos vinieron á las manos y chocaron unas contra otros.
«Bien considerado todo, entre los combatientes no había más que una diferencia, la de edad; eran de la misma raza, los mismos hombres estoicos que mueren á los veinte años por sus ideas, y á los cuarenta por su familia.
«El ejército, siempre triste en las guerras civiles, oponía la prudencia á la audacia.
«Los motines, al mismo tiempo que manifestaron la intrepidez popular, educaron en el valor al ciudadano.
«Pero, ¿vale todo esto la sangre vertida?
«Y á esa sangre añádase el porvenir obscurecido, el progreso comprometido, la inquietud entre los mejores, los liberales honrados desesperanzados, el absolutismo extranjero viendo con placer estas heridas abiertas por sí misma á la revolución, los vencidos de 1830 triunfando y diciendo: ¡Ya lo habíamos dicho!
«Agréguese á esto, que si París tal vez se engrandece, de seguro se empequeñece la Francia; y añádase por último, pues debe decirse todo, los asesinatos que deshonraban con frecuencia la victoria del orden convertido en ferocidad sobre la libertad enloquecida.
«Suma total, los motines han sido funestos».
Así habla esa casi sabiduría con que la burguesía, esa especie de semipueblo, se queda tan satisfecha.
Por nuestra parte, rechazamos esa palabra tan extensa, y por consiguiente tan cómoda: los motines.
Entre un movimiento popular y otro movimiento popular, hacemos una distinción.
No nos preguntamos si un motín cuesta tanto como una batalla.
Y en primer lugar, ¿por qué una batalla?
Aquí surge la cuestión de la guerra.
¿Acaso es menos un azote la guerra que es el motín una calamidad?
Además, ¿son calamidades todos los motines?
Aun cuando el 14 de julio costase ciento veinte millones de francos, ¿qué tiene eso que ver?
La instalación de Felipe V en España costó á Francia dos mil millones; por el mismo precio preferiríamos el 14 de julio.
Por otra parte, negamos esas cifras que parecen razones, y no son más que palabras.
Dado un motín, examinémoslo en sí mismo.
En todo lo que dice la objeción doctrinaria expuesta más arriba, no es sino cuestión del efecto; nosotros buscamos la causa; precisamos.



