Los miserables · Victor Hugo
Chapter 2
Capítulo 73 de 171 · 9 min de lectura
=El fondo de la cuestión=
Existe el motín y existe la insurrección; son dos cóleras diversas, una equivocada, otra con razón.
En los Estados democráticos, únicos fundados en la justicia, sucede á veces que una fracción es usurpadora; entonces todo se levanta y la reivindicación necesaria de su derecho, puede llegar hasta á tomar las armas.
En todas las cuestiones que llegan á la soberanía colectiva, la guerra del todo contra la fracción es insurrección; el ataque de la fracción contra el todo es motín; según estén las Tullerías habitadas por el rey ó por la Convención, son justa ó injustamente atacadas.
El mismo cañón asestado contra la multitud no tiene razón el 10 de agosto, y la tiene el 14 de vendimiario.
Su apariencia es, pues, semejante, al fondo distinto; los suizos defienden lo falso. Bonaparte lo verdadero.
Lo que el sufragio universal ha hecho con su libertad y con su soberanía, no puede ser deshecho por las calles.
Lo mismo sucede en las cosas de pura civilización; el instinto de las masas, ayer previsor, puede estar mañana turbado.
La misma ira es legítima contra Terray y absurda contra Turgot.
La destrucción de máquinas, el pillaje de los almacenes, la ruptura de vías, la demolición de muelles, los extravíos de la multitud, la injusta oposición del pueblo al progreso, Ramus asesinado por los escolares, Rousseau expulsado de Suiza á pedradas, son motines.
Israel contra Moisés, Atenas contra Foción y Roma contra Escipción, son motines.
París contra la Bastilla, es la insurrección.
Los soldados contra Alejandro, los marineros contra Cristóbal Colón, es la rebelión misma, rebelión impía. ¿Y por qué? Porque Alejandro hace por Asia con la espada lo que Cristóbal Colón por América con la brújula; Alejandro como Colón descubre un mundo.
Estos dones de mundos á la civilización son tales acrecentamientos de luz, que toda resistencia es criminal.
Algunas veces el pueblo se miente fidelidad á sí mismo, y la multitud hace traición al pueblo.
¿Hay, por ejemplo, nada más extraño que esa larga y sangrienta protesta de los falsificadores políticos, legítima rebelión crónica, que en el momento decisivo, en el día de la salvación, en la hora del triunfo popular se alza con el trono, se hace vendeana, y de insurrección en contra, se trueca en motín á favor? ¡Sombría obra maestra de la ignorancia!
El falsificador político escapa á las horcas reales, y con un resto de cuerda al cuello, enarbola la escarapela blanca.
¡Mueran las gabelas! supone un ¡viva el rey!
Matadores de la noche de San Bartolomé, degolladores de septiembre, destructores de Aviñón, asesinos de Coligny, asesinos de la señora de Lamballe, asesinos de Brune, Miqueletes, Verdetes, Cadenettes, compañeros de Jehú, caballeros de Brassard; he aquí el motín.
La Vendée es un gran motín católico.
El rumor del derecho en movimiento se reconoce; no sale siempre del temblor de las masas agitada; hay furores locos, como hay campanas rajadas; no suenan los somatenes siempre á bronce.
El estremecimiento de la pasión y de la ignorancia es distinto de la sacudida del progreso.
Levantaos, sí, pero para engrandeceros; mostradme hacia dónde vais; solo hay insurrección marchando adelante.
Cualquier otro levantamiento es malo; todo paso violento hacia atrás, es un motín; el retroceso es una vía de hecho contra el género humano.
La insurrección es el acceso de furor de la verdad; los adoquines que mueve la insurrección despiden la chispa del derecho.
Esos adoquines en otras manos no dejan al motín sino su lodo.
Dantón contra Luis XVI es la insurrección; Hebert contra Dantón es el motín.
De ahí proviene que si la insurrección, en estos casos dados, puede ser, como ha dicho Lafayette, el más santo de los deberes, el motín puede ser el más fatal de los atentados.
Hay también alguna diferencia en la intensidad del calórico; la insurrección suele ser un volcán, el motín es con frecuencia fuego de paja.
La rebelión, como hemos dicho, parte algunas veces del poder. Polignac es un bullanguero; Camilo Desmoulins un gobernante.
Á veces, insurrección es resurrección.
La solución de todo por el sufragio universal es un hecho absolutamente moderno, y toda la historia anterior á este hecho desde hace cuatro mil años, llena de violaciones del derecho y de sufrimientos de los pueblos, cada época de la historia lleva consigo la protesta que le es posible.
Bajo los Césares no hubo insurrecciones, pero hubo un Juvenal.
El facit indignatio reemplaza á los Gracos.
Bajo los Césares hay el desterrado de Siena, é igualmente el autor de los Anales.
Y no hablamos del gran desterrado de Patmos, que también él condena al mundo real con una protesta en nombre del mundo ideal; hace de la visión una sátira enorme, y arroja sobre Roma Nínive, sobre Roma Babilonia, sobre Roma Sodoma, la flamígera reverberación del Apocalipsis.
Juan, sobre su peñasco, es el esfinge sobre su pedestal; puédese no comprenderle; es un judío, y es como si hablara en hebreo; pero el hombre que escribe los Anales es un latino, ó, mejor dicho, un romano.
Reinando los Nerones de una manera sombría, sombríamente deben ser pintados.
El trabajo del buril por sí solo sería pálido; es preciso verter en los blancos una prosa concentrada y mordiente.
Los déspotas entran por algo en la mente de los pensadores. Palabra encadenada es palabra terrible.
El escritor duplica y triplica su estilo, cuando un amo le impone silencio al pueblo.
De este silencio nace cierta plenitud misteriosa que se filtra y se solidifica como bronce en el pensamiento.
La compresión de la historia produce la concisión en el historiador.
La solidez granítica de tal prosa célebre no es más que un apisonamiento hecho por el tirano.
La tiranía obliga al escritor á contracciones de diámetro, que son acrecentamientos de fuerza.
La frase ciceroniana, apenas suficiente para Verres, se embotaría contra Calígula.
Á menor extensión del período, mayor intensidad de golpe.
Tácito piensa con el brazo contraído.
La honradez de un gran corazón, condensada en justicia y en verdad, fulmina como el rayo.
Sea dicho de paso, es de notar que Tácito no esté históricamente sobrepuesto á César; estanle reservados los Tiberios.
César y Tácito son dos fenómenos sucesivos, cuyo encuentro parece misteriosamente evitado por aquel que al sacar los siglos á la escena, arregla las entradas y salidas.
César es grande, Tácito es grande; Dios dirige estas dos grandezas evitando que choquen una contra otra.
El justiciero, hiriendo á César, podía herir demasiado y ser injusto, y Dios no lo quiere.
Las grandes guerras de África y de España, los piratas de Cilicia destruidos, la civilización introducida en la Galicia, en Bretaña, en Germania, toda esta gloria cubre al Rubicón. Hay en esto una especie de delicadeza de la justicia divina, dudando en dejar caer sobre el usurpador ilustre al historiador formidable, haciendo á César gracia de Tácito, y concediendo circunstancias atenuantes al genio.
En verdad que el despotismo es despotismo siempre, aún bajo el déspota de genio. Hay corrupción bajo los tiranos ilustres; pero la peste moral es más repugnante aún bajo los tiranos infames.
En tales reinados, nada vela la vergüenza; y los autores de ejemplos, Tácito, como Juvenal, abofetean más provechosamente en presencia del género humano, á esa ignominia sin réplica.
Roma apesta más en tiempos de Vitelio que en tiempos de Sila.
Bajo Claudio y bajo Domiciano hay una deformidad de bajeza correspondiente á la fealdad del tirano; la villanía de los esclavos es un producto directo del déspota; de esas conciencias corruptas se exhala el miasma del reflejo del amo; los poderes públicos son inmundos, los corazones pequeños, las conciencias romas; las almas repugnantes; así sucede con Caracalla, así con Cómodo, así con Heliogábalo, mientras que del senado romano bajo César, no sale más que el olor del fiemo natural de los nidos de águila.
De ahí, pues, la venida, al parecer tardía, de los Tácitos y Juvenales; el demostrador sólo aparece á la hora de la evidencia.
Pero Juvenal y Tácito, como los Isaías en los tiempos bíblicos, y como Dante en la Edad media, son el hombre; el motín y la insurrección son la multitud, que tan pronto tiene razón, como no la tiene.
En la generalidad de los casos, el motín sale de un hecho material; la insurrección es siempre un fenómeno moral.
El motín es Masaniello; la insurrección es Espartaco.
La insurrección confina con la inteligencia, el motín con el estómago.
Gaster se irrita; pero Gaster, en verdad, no tiene razón siempre.
En las cuestiones de hambre, el motín. Buzançais, por ejemplo, tiene un punto de partida verdadero, patético y justo. Sin embargo, no pasa de motín.
¿Por qué? Porque teniendo razón en el fondo, no la tiene en la forma. Terrible, aún teniendo derecho, violento aunque fuerte, ha herido al acaso; ha marchado como el elefante ciego, rompiéndolo todo; ha dejado detrás de sí cadáveres de ancianos, de mujeres y de niños; ha vertido sin saber por qué la sangre de seres inofensivos é inocentes.
Alimentar al pueblo, es un buen fin; pero destrozarle es un mal medio.
Todas las protestas armadas, aún las más legítimas, aún el 10 de agosto, y el 14 de julio, empiezan por la misma agitación.
Antes que el derecho se desprenda, hay tumulto y espuma.
Al comenzar la insurrección es motín, como es torrente, el río. Ordinariamente llega á desembocar á este océano: revolución.
Algunas veces, sin embargo, nacida en las altas montañas que dominan el horizonte moral, la justicia, la prudencia, la razón, el derecho; formada de la más pura nieve de lo ideal, después de una larga caída de roca en roca, después de haber reflejado el cielo en su transparencia, y haber crecido con cien afluentes en el majestuoso camino del triunfo, la insurrección se pierde de repente en alguna quebrada popular, como el Rhin en un pantano sin fondo.
Todo esto se refiere á lo pasado; el porvenir se presenta de otra manera.
El sufragio universal tiene de admirable, que disuelve el motín en su principio, y dando el voto á la insurrección, le quita las armas.
La desaparición de las guerras, de la guerra de las calles, como de la guerra de las fronteras, es el progreso inevitable.
Sea el Hoy lo que quiera, el Mañana es la paz.
Por lo demás, insurrección, motín, cualquiera que sea su diferencia, estos matices apenas existen para el ciudadano propiamente tal.
Para él, todo es sedición, rebelión pura y simple, rebelión del perro contra el amo; intención de morder que hay que castigar con la cadena y el encierro; ladrido, aullido, hasta el día en que la cabeza del perro, crecida de repente, se esboza vagamente en la sombra con cara de león.
Entonces el burgués grita: ¡Viva el pueblo!
Después de esta explicación, ¿qué viene á ser para la historia el movimiento de junio de 1832? ¿Un motín, ó una insurrección?
Una insurrección.
Podrá sucedernos, al traer á la escena este acontecimiento terrible, que le llamemos alguna vez motín, pero sólo para calificar los hechos de la superficie; haciendo siempre la distinción necesaria entre la forma ó motín, y el fondo ó insurrección.
Este movimiento de 1832 tuvo en su rápida explosión y en su lúgubre extinción, tal magnitud, que aún aquellos que no ven en él más que un motín, hablan de él con respeto. Para éstos es como un residuo de 1830.
Las imaginaciones conmovidas, dicen, no se calman en un día; una revolución no se corta á pico; tiene siempre necesariamente ciertas ondulaciones antes de volver al estado de paz, lo mismo que una montaña antes de extinguirse en la llanura.
No hay Alpes sin Jura, ni Pirineos sin Asturias.
Esta crisis patética de la historia contemporánea, que la memoria de los parisienses llama la época de los motines, es seguramente una hora característica entre las más tempestuosas de este siglo.
Digamos la última frase antes de entrar en la narración.
Los hechos que vamos á referir pertenecen á esa realidad dramática y viva que el historiador desprecia muchas veces por falta de tiempo y de espacio.
En ella, sin embargo, insistimos en decirlo, en ella está la vida, la palpitación, el estremecimiento humano.
Los pormenores, creemos haberlo dicho ya, son, por hablar así, el follaje de los grandes acontecimientos, y se pierden en la lontananza de la historia.
La época llamada de los motines abunda en hechos de este género.
Los procesos judiciales, por otras razones que las de la historia, no lo han revelado todo; quizá tampoco lo han profundizado.
Vamos, pues, nosotros á sacar á luz, entre particularidades conocidas y publicadas, cosas que no se han sabido, hechos sobre los cuales ha pasado el olvido de unos á la muerte de otros.
La mayor parte de los actores de estas escenas gigantescas han desaparecido; al día siguiente se callaban; pero nosotros podemos decir de lo que contamos: «lo hemos visto».
Cambiaremos algunos nombres, pasaremos por alto otros, porque la historia refiere y no denuncia; pero pintaremos cosas verdaderas.
En las condiciones del libro que escribimos, no manifestaremos más que un lado y un episodio, seguramente el menos conocido, las jornadas de los días 5 y 6 de junio de 1832; pero lo haremos de modo que el lector entrevea, bajo el sombrío velo que vamos á levantar, la fisonomía verdadera de aquella espantosa aventura pública.



