Los miserables · Victor Hugo
Chapter 3
Capítulo 74 de 171 · 8 min de lectura
=Un entierro: ocasión de renacer=
En la primavera de 1832, aunque hacía tres meses que el cólera tenía helados los espíritus y velada la agitación con cierta lúgubre tranquilidad, París estaba hacía tiempo dispuesto para una conmoción. Como hemos dicho ya, la gran ciudad parece un cañón; cuando está cargado, basta una chispa para que salga el tiro.
En junio de 1832 la chispa fué la muerte del general Lamarque.
Lamarque era un hombre de fama y de acción.
Había tenido sucesivamente, bajo el Imperio y bajo la Restauración, las dos clases de valor necesarias en ambas épocas: el valor de los campos de batalla, y el valor de la tribuna.
Tenía tanta elocuencia como había tenido valor; su palabra parecía una espada.
Como Foy, su antecesor, después de haber mantenido á gran altura el mando militar, mantenía á gran altura la libertad.
Sentábase entre la izquierda y la extrema izquierda, era querido del pueblo, porque aceptaba las probabilidades del porvenir, y querido de la multitud, porque había servido bien al emperador.
Era, con los condes Gerard y Drouet, uno de los mariscales in petto de Napoleón. Los tratados de 1815 le sublevaron como una ofensa personal. Odiaba á Wellington con un odio directo que agradaba á la multitud desde diez y siete años, y sin fijarse apenas en los acontecimientos intermedios, guardaba majestuosamente la tristeza de Waterloo.
En su agonía, en su última hora, había apretado contra su pecho una espada que le habían dedicado los oficiales de los Cien Días.
Napoleón murió pronunciando la palabra ejército; Lamarque pronunciando la palabra patria.
Su muerte, prevista ya, era considerada por el pueblo como una pérdida y por el gobierno como una oportunidad.
Aquella muerte fué un duelo. Como todo lo que es amargo, puede el duelo cambiarse en revuelta. Así fué.
La víspera y la mañana del 5 de junio, día fijado para el entierro del general Lamarque, el arrabal de San Antonio, por el cual debía pasar el cortejo, tomó un aspecto temible.
Aquella tumultuosa red de calles se llenó de rumores.
Armábanse todos como podían.
Los carpinteros llevaban la herramienta de sus talleres «para derribar las puertas».
Uno de ellos se había hecho un puñal de un gancho de zapatero, rompiendo el gancho y aguzando la espiga.
Otro, con la fiebre por «atacar», dormía vestido hacía tres días.
Un aserrador, llamado Lombier, encontró á un compañero, que le preguntó:
—¿Adónde vas?
—¡Pst! No tengo armas.
—Pues, ¿y entonces?
—Me voy á la carpintería á coger un compás.
—¿Para qué?
—No lo sé,—decía Lombier.
Otro llamado Jacqueline, hombre de recursos, se acercaba á cada uno de los obreros que pasaban, y les decía:
—¡Ven!
Les pagaba un cuartillo de vino y añadía:
—¿Tienes trabajo?
—No.
—Pues ve á casa de Filspierre, entre el portillo de Montreuil y el de Charonne, y te darán trabajo.
En casa de Filspierre encontraban armas y cartuchos.
Ciertos jefes conocidos corrían la posta; es decir, iban de una á otra parte para reunir la gente.
En la taberna de Barthélemy, cerca del arco del Trono, en el figón de Capel, en el petit Chapeau, los bebedores se acercaban con aire sombrío, y se les oía decir:
—¿Dónde tienes tu pistola?
—Debajo de la blusa. ¿Y tú?
—Debajo de la camisa.
En la calle Traversière, delante del taller Roland, y en la plaza de la Casa Quemada, frente al taller del instrumentista Bernier, cuchicheaban algunos grupos. Distinguíase entre ellos un tal Mavot, que nunca estaba una semana en un taller, pues los maestros le despedían, «porque les obligaba á disputar con él diariamente».
Mavot fué muerto al día siguiente en la barricada de la calle Menilmontant.
Pretot, que debía morir también en la lucha, seguía á Mavot, y á esta pregunta: «¿qué quieres?» respondía: «la insurrección».
Algunos obreros, reunidos en la esquina de la calle de Bercy, esperaban á un tal Lemarin, agente revolucionario del arrabal de San Marcelo.
Las órdenes de aviso se cambiaban casi públicamente.
El 5 de junio, pues, con un día mezclado de lluvia y sol, el cortejo del general Lamarque atravesó las calles de París con la pompa militar oficial, algo aumentada con las precauciones.
Dos batallones con los tambores enlutados y los fusiles á la funerala, diez mil guardias nacionales con el sable al cinto, las baterías de la artillería y de la guardia nacional, escoltaban el féretro.
El carro fúnebre era conducido por jóvenes. Los oficiales de Inválidos le seguían inmediatamente, llevando ramas de laurel.
Después venía un gentío innumerable, agitado, extraño, los seccionarios de los Amigos del Pueblo, la Escuela de Jurisprudencia, la de Medicina, los proscritos de todas las naciones, banderas españolas, italianas, alemanas, polacas, banderas tricolores horizontales, toda clase de enseñas posibles, niños agitando ramas verdes, picapedreros y carpinteros, que á la sazón se habían declarado en huelga, impresores que se distinguían por sus gorros de papel, marchando de dos en dos, de tres en tres, dando gritos, agitando palos casi todos, sables algunos de ellos, sin orden, y á pesar de esto con un solo pensamiento, ora en tropel, ora en columna.
Algunos pelotones habían elegido sus jefes; un hombre armado con un par de pistolas, perfectamente visible, parecía pasar revista á otros, cuyas filas se abrían para dejarle paso.
En las calles de los boulevares, en las copas de los árboles, en los balcones, en las ventanas, en los tejados, hormigueaban las cabezas, de hombres, mujeres y chiquillos, llenos los ojos de ansiedad.
Pasaba una multitud armada y otra multitud asustada miraba.
El gobierno, por su parte, observaba; observaba con la mano en el puño de la espada.
Podíase ver dispuestos á marchar, llenas las cartucheras, y cargados fusiles y carabinas, en la plaza de Luis XV, cuatro escuadrones de carabineros, montados, con los clarines al frente; en el barrio Latino y en el Jardín Botánico, la guardia municipal, escalonada de calle en calle; en el Mercado de Vinos, un escuadrón de dragones; en la plaza de Grève, una mitad del 12.° de ligeros, y la otra mitad en la Bastilla; el 6.° de dragones en los Celestinos, y la artillería llenando la plaza del Louvre.
El resto de las tropas estaba retenido en los cuarteles, sin contar los regimientos de los alrededores de París.
El poder, inquieto, tenía suspendidos sobre la muchedumbre amenazadora veinticuatro mil soldados dentro de la población, y treinta mil en las afueras. En el acompañamiento circulaban diversos rumores más ó menos absurdos.
Se hablaba de intrigas legitimistas; se hablaba del duque de Reichstadt, á quien Dios señalaba para la muerte en el momento mismo en que la multitud le designaba para el imperio.
Un individuo, cuyo nombre permanece desconocido, anunciaba que, á una hora dada, dos contramaestres ganados abrirían al pueblo las puertas de una fábrica de armas.
En las frentes descubiertas de la mayor parte de los asistentes dominaba un entusiasmo mezclado de abatimiento.
Veíanse igualmente aquí y allá entre aquella multitud, presa de tantas emociones violentas, pero nobles y verdaderos, rostros malhechores, y labios innobles que decían: «¡Robemos!».
Hay ciertas agitaciones que remueven el fondo de los pantanos, y que hacen subir á la superficie del agua nubes de cieno. Fenómeno á que no es extraña la policía «bien montada».
El acompañamiento caminaba con una lentitud febril, desde la casa mortuoria por las calles principales hasta la Bastilla.
Llovía de cuando en cuando; pero la lluvia no incomodaba á aquella muchedumbre.
En el tránsito habían ocurrido varios incidentes: el ataúd paseado alrededor de la columna Vendôme, piedras tiradas contra el duque de Fitz James, que estaba en un balcón con el sombrero puesto, el gallo galo arrancado de una bandera popular y arrastrado por el lodo, un gendarme herido de un sablazo en la Puerta de San Martín, un oficial del 12.° de ligeros diciendo en alta voz: «Yo soy republicano», la escuela politécnica llegando después, según su consigna forzada, con los gritos de «¡Viva la escuela politécnica! ¡Viva la república!», mareaban el curso de la comitiva.
En la Bastilla, las grandes filas de temibles curiosos procedentes del arrabal de San Antonio, se unieron con el acompañamiento, y empezó á levantarse cierta conmoción terrible en medio del gentío.
Oyóse á un hombre que le decía á otro:
—Fíjate bien en aquel de la perilla roja. Pues ése dirá cuándo hemos de hacer fuego.
Parece ser que aquella misma perilla roja se encontró después ejerciendo el mismo cargo en otro motín, el de Quenisset.
El féretro pasó la Bastilla, siguió por el Canal, atravesó el puente pequeño, llegando á la explanada del puente de Austerlitz.
Allí se detuvo.
En aquel momento, el gentío, mirado á vista de pájaro, ofrecía el aspecto de un cometa, cuya cabeza estuviese en la explanada, y cuya cola, desarrollada por el muelle Bourdon, cubriera la Bastilla, y se prolongara por los boulevares hasta la puerta de San Martín.
Trazóse un círculo alrededor del carro fúnebre; la inmensa comitiva guardó silencio. Lafayette habló, y dió el último adiós á Lamarque.
Fué aquel un momento tierno y augusto; todas las cabezas se descubrieron, todos los corazones palpitaron.
De pronto se presentó en medio del grupo un hombre á caballo, vestido de negro, con una bandera roja, y según otros, con una pica coronada por el gorro frigio.
Lafayette volvió la cabeza y Exelmans abandonó el cortejo.
Aquella bandera roja levantó una tempestad y desapareció. Uno de esos horribles clamores parecidos á una marejada conmovió á la multitud desde el boulevard de Bourdon hasta el puente de Austerlitz.
Alzáronse dos gritos prodigiosos: ¡Lamarque al Panteón! ¡Lafayette á la Casa ayuntamiento!
Al oir estas exclamaciones, algunos jóvenes arrastraron el carro fúnebre de Lamarque por el puente de Austerlitz, y á Lafayette en un coche por el muelle de Morland.
En la muchedumbre que rodeaba y aclamaba á Lafayette, se distinguía y era señalado un alemán, llamado Ludwig Snyder, que murió luego centenario, el cual había hecho la guerra de 1776, y peleado en Trenton á las órdenes de Washington, y en Brandywine á las de Lafayette.
Entre tanto, por la orilla izquierda, la caballería municipal se ponía en movimiento, é iba á ocupar el puente; por la orilla derecha los dragones salían de los Celestinos, y se desplegaban á lo largo del muelle Morland.
El grupo que conducía á Lafayette los vió repentinamente en la esquina del muelle, y gritó: «¡Los dragones! ¡Los dragones!».
Estos avanzaban al paso, en silencio, con las pistolas en las pistoleras, los sables envainados, las carabinas en bandolera, con sombrío aire de espera.
Á doscientos pasos del puente pequeño hicieron alto.
El coche en que iba Lafayette llegó hasta ellos; abrieron sus filas, le dejaron pasar, y volvieron á cerrarse interceptando á los que le seguían.
En aquel momento se tocaban los dragones y la multitud; las mujeres huyeron con terror.
¿Qué pasó en aquel minuto fatal? No hay quien pueda decirlo.
Fué el terrible y tenebroso momento del choque de dos nubes.
Unos dicen que hacia la parte del Arsenal se oyó una trompeta tocando ataque; otros que un muchacho dió una puñalada á un dragón.
El hecho es que se oyeron tres tiros, el primero mató al jefe de escuadrón Cholet, el segundo á una vieja sorda que estaba cerrando una ventana en la calle de Contrescarpe, y el tercero quemó la charretera de un oficial.
Una mujer gritó: «¡Se empieza muy pronto!», y de repente se vió al lado opuesto al muelle Morland, un escuadrón de dragones, que se había quedado en el cuartel, desembocar al galope, con el sable desnudo, por la calle de Bassompierre y el boulevard Bourdon, barriendo todo lo que se les ponía delante.
Y entonces ya no hay más que decir; se desencadenó la tempestad, llovieron las piedras, sonaron los fusiles; unos se precipitan por los ribazos pasando el estrecho brazo del Sena, cegado hoy día: los almacenes y cobertizos de la isla Louviers, vasta ciudadela hecha de por sí, se erizó de combatientes; arrancáronse las estacas, disparáronse pistolezos, bosquejóse en fin una barricada.
Los jóvenes rechazados atravesaron el puente de Austerlitz con el féretro á paso de carga, atacando á la guardia municipal; acudieron los carabineros, acuchillaron los dragones, dispersándose la multitud en todas direcciones; un rumor de guerra surgió de los cuatro extremos de París gritando ¡á las armas! Se corre, se tropieza, se huye y se resiste.
La cólera comunica el motín, como el viento la llama.



