Los miserables · Victor Hugo

Chapter 4

Capítulo 75 de 171 · 8 min de lectura

=El hervor de otros tiempos=

Nada tan extraordinario como las primeras agitaciones de un motín.

Todo estalla en todas partes al mismo tiempo.

¿Estaba previsto? Sí.

¿Estaba preparado? No.

¿De dónde sale todo? De las piedras de la calle.

¿De dónde cae? De las nubes.

La insurrección tiene en unas partes el carácter de un complot; en otras el de una improvisación.

El primero que llega se apodera de la corriente de la multitud, y la lleva donde quiere. Principio lleno de espanto, al que se mezcla una alegría formidable.

Empieza por el clamoreo, se cierran las tiendas, desaparecen los escaparates; después se oyen algunos tiros aislados, huye la gente, los culatazos chocan en las puertas cocheras, y las criadas ríen en los patios de las casas, diciendo: ¡Va á haber jarana!

No había transcurrido todavía un cuarto de hora, y he aquí lo que ya pasaba en veinte puntos de París.

En la calle de Santa Cruz-de-la-Bretonerie, una veintena de jóvenes, de barba y cabellos largos, entraban en una taberna, y salían un momento después, llevando una bandera tricolor horizontal, cubierta de un crespón; á la cabeza iban tres hombres armados, con sable el uno, otro con un fusil y el tercero con una pipa.

En la calle de Nonaindières, un burgués bien vestido, panzudo, de voz sonora, calvo, frente elevada, barba negra, y uno de esos bigotes rebeldes que no pueden dominarse, ofrecía públicamente cartuchos á los transeúntes.

En la calle de San Pedro de Montmartre, varios hombres, con los brazos desnudos paseaban una bandera negra, en que se leían estas palabras en letras blancas: República ó muerte.

En la calle de Jeuneurs, en la del Cuadrante, en la de Montorgueil, en la de Mandar, aparecían grupos agitando banderas, en que se leía en letras de oro, la palabra sección y un número. Una de estas banderas era roja y azul, con una imperceptible faja blanca.

En la calle ancha de San Martín se saqueaba una fábrica de armas, y otras tres tiendas de armeros, la primera en la calle Beaubourg, la segunda en la calle Michel-le-Compte, y la otra en la calle del Temple.

En algunos minutos, las mil manos de la muchedumbre se apoderaban de doscientas treinta escopetas, casi todas de dos cañones, de sesenta y cuatro sables y ochenta y tres pistolas.

Á fin de que hubiera más gente armada, cogía uno el fusil y otro la bayoneta.

Enfrente del muelle de la Grève, varios jóvenes armados de mosquetes se instalaban en casas de mujeres para tirar. Uno de ellos llevaba un mosquete de rueda.

Llamaban, entraban y se ponían á hacer cartuchos.

Una de aquellas mujeres dijo después: Yo no sabía lo que eran cartuchos; mi marido me lo dijo.

Un grupo invadía una tienda de curiosidades de la calle de Vieilles-Haudriettes, y allí se armaban de yataganes y armas turcas.

El cadáver de un albañil, muerto de un tiro de fusil, yacía en la calle de la Perla.

Además, en la orilla derecha del río, en la izquierda, en los muelles, en los boulevares, en el barrio Latino, en el cuartel de los Mercados, hombres jadeantes, obreros, estudiantes y seccionarios, leían proclamas y gritaban: «¡Á las armas!». Rompían los faroles, desenganchaban los coches, desempedraban las calles, echaban abajo las puertas de las casas, desarraigaban los árboles, registraban las cuevas, rodaban los toneles, amontonaban las piedras, los adoquines, los muebles, las tablas; en una palabra: hacían barricadas.

Obligaban á los burgueses á ayudarles; entraban en las casas, y hacían entregar á las mujeres el sable y el fusil de sus maridos ausentes, y escribían con blanco España en la puerta: Están entregadas las armas.

Algunos firmaban, «con sus nombres», recibos de fusiles y de sables, y decían: Mandad por ellos mañana á la alcaldía.

Desarmaban en la calle á los centinelas aislados y á los guardias nacionales que se dirigían á su punto de reunión. Arrancábanse las charreteras á los oficiales.

En la calle del Cementerio de San Nicolás, un oficial de la guardia nacional, perseguido por un tropel armado de palos y estoques, se refugió con gran dificultad en una casa, de donde no pudo salir hasta la noche, y aún disfrazado.

En el barrio de Santiago, los estudiantes salían á enjambres de sus posadas, y subían por la calle de San Jacinto al café del Progreso, ó bajaban al café de los Siete Billares, calle de los Maturinos. Ahí, delante de las puertas, algunos jóvenes subidos en guarda cantones distribuían armas. Se saqueó el depósito de maderas de la calle Trasnonain para hacer barricadas.

En un solo punto hacían resistencia los habitantes, en la esquina de las calles de Santa-Avoye y Simón le Franc, donde destruían ellos mismos la barricada.

En un solo punto se replegaban los insurrectos abandonando una barricada principiada, la calle del Temple, después de haber hecho fuego contra un destacamento de la guardia nacional, y huían por la calle de la Corderie.

El destacamento recogió en la barricada una bandera roja, un paquete de cartuchos y trescientas balas de pistola.

Los guardias nacionales desgarraron la bandera, y se llevaron los pedazos en la punta de sus bayonetas.

Todo lo que referimos aquí lenta y sucesivamente se verificaba á un tiempo en todos los puntos de la ciudad, en medio de un tumulto inmenso, como un tropel de relámpagos en un solo trueno.

En menos de una hora salieron de la tierra veintisiete barricadas solamente en el barrio de los Mercados.

En su centro estaba aquella famosa casa; número 50, que fué la fortaleza donde se resistió Jeanne y sus ciento seis compañeros, y que, flanqueada por un lado por la barricada de San Merry, y por el otro por una barricada en la calle Maubuée, dominaba tres calles, la de Arcis, la de San Martín y la de Aubry-le-Boucher, á que daba frente.

Dos barricadas formando escuadra se dirigían una por la calle Montorgueil hasta la Grande Truandería, y otra por la calle Geofroy Lagevin, hasta la calle de Santa-Avoye.

Eso sin contar innumerables barricadas en otros veinte barrios de París, en el Marais, en la montaña de Santa Genoveva, una en la calle de Menilmontant, donde se veía una puerta cochera arrancada de sus goznes; otra cerca del puentecillo del Hotel Dieu, con un ómnibus desenganchado y tumbado á trescientos pasos de la Prefectura de policía.

En la barricada de la calle de Menetriers, un hombre bien vestido distribuía dinero á los trabajadores.

En la de la calle Grenetat se presentó un jinete y entregó al que parecía jefe de la barricada un rollo, que parecía un cartucho de dinero, diciéndole: Tomad, para pagar los gastos, vino, etc.

Un joven rubio sin corbata, iba de una barricada á otra dando el santo y seña.

Otro, sable en mano y una gorra azul de polizonte, colocaba centinelas.

En lo interior, más allá de las barricadas, las tabernas y los portales estaban convertidos en cuerpos de guardia.

Por lo demás, el motín estaba dirigido según la más ingeniosa táctica militar.

Las calles estrechas, desiguales, tortuosas, llenas de ángulos y recodos, habían sido elegidas con acierto; y los alrededores de los Mercados en particular, laberinto de calles más embrollado que un bosque.

La sociedad de los Amigos del Pueblo, se decía que había tomado la dirección de la insurrección en el barrio de Santa Avoye.

Á un hombre que mataron en la calle de Ponceau, y fué registrado, se le encontró un plano de París.

En realidad, la dirección del motín pertenecía á una especie de impetuosidad desconocida que reinaba en la atmósfera.

La insurrección había bruscamente levantado las barricadas con una mano, y se había apoderado con la otra, de casi todos los cuerpos de guardia.

En menos de tres horas, como un reguero de pólvora que se inflama, los insurrectos habían invadido y ocupado en la orilla derecha del Sena, el Arsenal, la alcaldía de la Plaza Real, todo el Marais, la fábrica de armas de Popincourt, la Galiota, el Château d'Eau, todas las calles próximas á los Mercados; en la orilla izquierda, el cuartel de Veteranos, Santa Pelagia, la plaza Maubert, el polvorín de los Dos Molinos, y todas las barreras.

Á las cinco de la tarde eran dueños de la Bastilla, de la Lingerie, de Blancs Monteaux; sus avanzadas llegaban á la plaza de las Victorias, amenazando el Banco, el cuartel de Petits Pères y la casa de Correos.

Los amotinados ocupaban en perfecta posesión la tercera parte de París.

En todas partes se había empeñado gigantescamente la lucha. Con los desarmes, con las visitas domiciliarias, con las tiendas de armeros saqueadas, había resultado que el combate empezado á pedradas continuaba á tiros.

Á eso de las seis de la tarde, el pasaje de Saumón se convirtió en campo de batalla.

Los insurrectos estaban en un extremo, y la tropa en el opuesto; se fusilaban desde una puerta á otra.

Un observador, un curioso, el autor de este libro, que había ido á ver de cerca el volcán, se encontró cogido entre dos fuegos dentro del pasaje, sin tener, para guarecerse de las balas, más que el hueco de las medias columnas que separan las tiendas; y estuvo en esta peligrosa situación casi media hora.

Entre tanto, el tambor tocaba llamada, los guardias nacionales se vestían y armaban apresuradamente, los batallones partían de las alcaldías y los regimientos salían de los cuarteles.

Enfrente del pasaje del Ancora, uno de los tambores recibía una puñalada. En la calle del Cisne era asaltado otro, por un grupo de jóvenes, que le rompían el tambor y le quitaban el sable.

Otro yacía muerto en la calle del Pósito de Saint Lazaire.

En la de Michel-le-Comte caían muertos tres oficiales, uno tras otro.

Muchos guardias municipales, heridos en la calle de los Lombardos, retrocedían.

Delante de la Cour-Batave, un destacamento de guardias nacionales encontraba una bandera roja con esta inscripción: Revolución republicana, número 127.

¿Era aquello efectivamente una revolución?

El motín había hecho del centro de París una especie de ciudadela inextricable, tortuosa y colosal.

Allí estaba el foco, allí estaba evidentemente la cuestión. Lo demás no pasaba de escaramuzas, y la prueba de que todo había de decidirse allí, era que aún no había empezado el combate.

En algunos regimientos, los soldados andaban vacilantes, lo cual aumentaba la obscuridad aterradora de la crisis.

Recordaban la ovación popular que había merecido en julio de 1830 la neutralidad del regimiento 53 de línea.

Dos hombres intrépidos probados en las grandes guerras, el mariscal Lobau y el general Bugeaud mandaban las tropas: Bugeaud á las órdenes de Lobau.

Nutridas patrullas, compuestas de batallones de línea y de compañías enteras de guardias nacionales, precedidas cada una de un comisario de policía con faja, iban reconociendo las calles sublevadas.

Los insurgentes, por su parte, ponían vigías en las esquinas de las encrucijadas, y enviaban audazmente patrullas fuera de las barricadas.

Observábanse por ambas partes.

El gobierno, con un ejército en la mano, vacilaba: acercábase la noche y se empezaba á oir el toque de rebato en Saint-Merry.

El ministro de la Guerra, que era el mariscal Soult, el que había estado en Austerlitz, contemplaba aquello con aire sombrío.

Los antiguos marinos, acostumbrados á las maniobras correctas, sin más recurso ni más guía que la táctica, brújula de las batallas, estaban desorientados en presencia de aquella inmensa espuma que se llama cólera pública.

El viento de las revoluciones no es manejable.

Los guardias nacionales de las cercanías acudían apresuradamente y en desorden. Un batallón del 12.° regimiento ligero venía á paso de carga de San Dionisio; el 14.° de línea llegaba de Courbevoie; las baterías de la Escuela militar se habían emplazado en el Carrousel; los cañones bajaban de Vincennes.

La soledad reinaba en las Tullerías; Luis Felipe estaba completamente sereno.