Los miserables · Victor Hugo

Chapter 5

Capítulo 76 de 171 · 4 min de lectura

=Originalidad de París=

Desde hacía dos años, como hemos dicho, París había visto más de una insurrección.

Exceptuando los barrios sublevados, nada es por lo regular más extrañamente tranquilo que la fisonomía de París durante un motín.

París se acostumbra muy fácilmente á todo, «no es más que un motín», exclama, y como París tiene tantos negocios, no se altera por tan poca cosa.

Solamente estas ciudades colosales pueden dar tales espectáculos; solamente estos inmensos centros de población pueden contener en su recinto, á un tiempo mismo, la guerra civil y cierta peregrina tranquilidad.

Es ya costumbre, cuando empieza la insurrección, cuando se oye el tambor, el toque de llamada ó de generala, que el tendero se limite á decir:

—Parece que en la calle de San Martín hay jaleo.

Ó:

—En el arrabal de San Antonio.

Regularmente añade con indiferencia:

—Por ahí, no sé dónde.

Después, cuando se oye el estrépito desgarrador y lúgubre de la fusilería y de las descargas por pelotones, el tendero dice:

—¡Se va calentando! ¡Calle! ¡Parece que quema!

Un momento después, si el motín se acerca, cierra precipitadamente su tienda, y se pone en seguida el uniforme; es decir, pone en seguridad sus mercancías, y en peligro su persona.

Mientras se fusila en una encrucijada, en un pasaje, en un callejón; se toman, se pierden y se recobran barricadas; corre la sangre, la metralla acribilla las fachadas de las casas, las balas matan á los vecinos en sus alcobas y los cadáveres se amontonan en la calle; á pocas calles de aquélla se oye el chocar de las bolas de billar en los cafés.

Los teatros abren sus puertas y representan comedias alegres, los curiosos hablan y ríen á dos pasos de los puntos en que reina la guerra; los coches hacen sus viajes; los habitantes van á comer de convite; y algunas veces esto sucede en el mismísimo barrio en que se combate.

En 1831 se suspendió un tiroteo para dar paso á una boda.

Cuando la insurrección del 12 de mayo de 1839, en la calle de San Martín, un viejo achacoso, que conducía un carretón con un pedazo de tela tricolor y cargado de botellas de un líquido cualquiera, iba y venía de la barricada á la tropa, y de la tropa á la barricada, ofreciendo imparcialmente refrescos á la anarquía y al gobierno.

Nada tan singular; y ése es, sin embargo, el carácter propio de los motines de París, que no se encuentra en ninguna otra capital; porque para ello son necesarias dos cosas: la grandeza de París y su alegría. Es preciso ser á un tiempo la ciudad de Voltaire y la de Napoleón.

Esta vez, sin embargo, durante la alarma del 5 de junio de 1832, la gran ciudad sintió algo que era quizá más fuerte que ella. Tuvo miedo.

Vióse por todas partes, en los barrios más lejanos y más desinteresados, que las puertas y ventanas estaban cerradas en pleno día.

Los valientes se armaron, los cobardes se escondieron. El transeúnte indiferente ú ocupado desapareció. Muchas calles estaban desiertas como á las cuatro de la madrugada.

Hacíanse correr detalles alarmantes, difundíanse noticias fatales.

Que ellos eran dueños del Banco.

Que sólo en el claustro de San Merry había seiscientos encerrados, parapetados en la iglesia.

Que la tropa de línea no inspiraba confianza.

Que Armando Carrel había ido á ver al mariscal Clausel, y que el mariscal había dicho: «Contad desde luego con un regimiento».

Que Lafayette estaba enfermo; pero que, sin embargo, había dicho: «Soy de los vuestros; os seguiré á todas partes donde haya sitio para una silla».

Que era preciso estar apercibidos, pues á la noche habría gente que saquearía las casas aisladas en los extremos y rincones desiertos de París (en esto se descubría la imaginación de la policía, esa Ana Radcliffe mezclada con el gobierno).

Que se había establecido una batería en la calle Aubry-le-Boucher.

Que Lobau y Bugeaud se ponían de acuerdo, y que á la media noche ó al despuntar el alba lo más tarde, marcharían cuatro columnas á la vez sobre el centro del motín, la primera procedente de la Bastilla, la segunda de la Puerta de San Martín, la tercera de la Grève y la cuarta de los Mercados.

Que quizá las tropas evacuarían París y se retirarían al campo de Marte.

Que no se sabía lo que sucedería; pero, que de seguro, había de ser grave.

Preocupaban mucho las vacilaciones del mariscal Soult.

¿Por qué no atacaba enseguida?

Lo cierto es que estaba profundamente absorbido. El viejo león parecía olfatear en aquella sombra un monstruo desconocido.

Llegó la noche; los teatros no se abrieron; las patrullas circulaban con aire irritado; registrábase á los transeúntes, y prendíase á los sospechosos.

Á las nueve pasaban ya de ochocientos los individuos presos; la prefectura de policía estaba llena, la Conserjería estaba llena, y la Fuerza llena también de presos.

Particularmente en la Conserjería, el largo subterráneo llamado la calle de París estaba cubierto de haces de paja, sobre los cuales yacían en montón los arrestados, á quienes el hombre de Lyon, Lagrange, arengaba con valentía.

Toda aquella paja, removida por todos aquellos hombres, producía el ruido de un aguacero.

En otros lados estaban acostados los presos al aire libre, unos sobre otros en medio de los patios.

Reinaba por todas partes la ansiedad y cierto temblor poco acostumbrado en París.

Los vecinos se atrancaban dentro de las habitaciones; las esposas y las madres se inquietaban; no se oía más que este clamor: ¡Ay, Dios mío! ¡Todavía no ha vuelto! Oíase apenas á lo lejos y muy de tarde en tarde el rodar de algunos carruajes.

Escuchábase desde los portales, los rumores, los gritos, los tumultos, los ruidos sordos é indistintos de cosas de que se decía: «Es la caballería», ó «los trenes que van al galope», los clarines, los tambores, los tiros de fusil, y sobre todo aquel triste clamoreo de la campana de San Merry.

Esperábase el primer cañonazo.

En las esquinas de las calles aparecían y desaparecían hombres que gritaban: «¡Retirarse á casa!».

Y cada cual se apresuraba á echar los cerrojos á las puertas.

Decíase: «¿En qué terminará todo esto?».

De un momento á otro y á medida que caía la noche, parecía iluminarse París más lúgubremente, con el formidable fulgor del motín.

LIBRO UNDÉCIMO EL ÁTOMO FRATERNIZANDO CON EL HURACÁN