Los miserables · Victor Hugo

Chapter 1

Capítulo 77 de 171 · 3 min de lectura

=Algunas notas aclaratorias acerca de los orígenes de la poesía de Gavroche, é influencia de un académico en dicha poesía=

En el instante en que la insurrección surgía del choque del pueblo con la tropa enfrente del Arsenal, prodújose un movimiento de retroceso en la muchedumbre que seguía el féretro, la cual en toda la longitud de la gran calle de los boulevares, pesaba, por así decirlo, sobre la cabeza de la comitiva, verificóse un terrible reflujo.

Conmovióse el tropel, rompiéronse las filas, corrieron todos, partieron á escape, los unos con los gritos del ataque, los otros con la palidez de la fuga.

El gran río que llenaba los boulevares se dividió en un abrir y cerrar de ojos, desbordó á derecha é izquierda, y se extendió en torrentes por doscientas calles á la vez con la impetuosidad de una esclusa suelta.

En aquel momento, un muchacho harapiento que bajaba por la calle de Menilmontant, llevando en la mano una rama de ébano silvestre en flor que acababa de coger en las alturas de Belleville, descubrió en la puerta de una prendería una pistola vieja de arzón.

Arrojó su rama florida al suelo, y gritó á la prendera:

Señora Fulana, os tomo prestada esta máquina.

Y se escapó con la pistola.

Dos minutos después, un grupo de vecinos espantados, que huían por la calle Amelot y la calle Basse, se topó con aquel muchacho, que blandía su pistola é iba cantando:

Nada se ve de noche, De día se ve bien, Por un escrito apócrifo Se espeluzna el burgués; Sombreros puntiagudos Practicad siempre el bien.

Era Gavrochillo que iba á la guerra.

Al llegar al extremo de la calle, notó que la pistola no tenía gatillo.

¿De quién era aquella copla que le servía para marcar el paso, y todas las demás canciones, que, cuando se le ocurría, entonaba con tanta gracia? Lo ignoramos. ¿Quién sabe? Acaso suya.

Por otra parte, Gavroche estaba al corriente de todos los cantos populares en boga, mezclando con ellos sus originales gorgoritos.

Diablillo y galopín, hacía un batiburrillo con las voces de la naturaleza y las de París. Combinaba el repertorio de las aves con el repertorio de los talleres.

Conocía á muchos discípulos de artistas, tribu contigua á la suya.

Parece ser que había sido tres meses aprendiz de impresor.

Cierto día llegó á cumplir un encargo del señor Baour Lormain, uno de los cuarenta miembros de la Academia.

Gavroche era un pilluelo literario.

Por lo demás, no se figuraba ciertamente que en aquella noche lluviosa en que había ofrecido á dos pequeñuelos la hospitalidad de su elefante, era por sus propios hermanos para quienes había hecho el oficio de Providencia.

Á sus hermanos por la tarde, á su padre por la mañana; tal había sido el empleo de aquella noche.

Al dejar la calle de los Bailes, al amanecer, se había vuelto á toda prisa al elefante, había sacado industriosamente de allí á los dos chicuelos, había partido con ellos un desayuno cualquiera que improvisara, y luego se había marchado, confiándolos á esa buena madre, la calle, que sobre poco más ó menos le crió á él.

Al dejarlos, les había dado cita para la noche en el mismo paraje, dirigiéndoles por despedida este discurso:

—«Yo tomo las de Villadiego, ó de otra manera, yo me najo, ó como dicen en la corte, me escurro. Monigotes, si no encontráis á papá ni á mamá, volved aquí por la noche. Os improvisaré una cena y os acostaré».

Los dos pequeñuelos, recogidos por algún vigilante de policía y enviados al depósito de la prefectura, ó robados por algún saltimbanqui, ó simplemente perdidos en el inmenso torbellino de París, no aparecieron.

El bajo fondo del mundo social contemporáneo está lleno de esos vestigios perdidos. Gavroche no había vuelto á verlos.

Habían transcurrido diez ó doce semanas desde la noche aquélla; y habíale sucedido más de una vez rascarse la parte superior de la cabeza y decir:

—¿Dónde diablos estarán mis dos chiquillos?

Á todo esto, había llegado con su pistola en la mano á la calle de Pont aux Choux.

Notó que no había en toda la calle más que una tienda abierta; y, cosa digna de reflexión, una pastelería.

Era, pues, una ocasión providencial de comer un pastelillo de manzana antes de entrar en lo desconocido.

Gavroche se paró, se tentó los costados, registró los bolsillos, los volvió, no encontró nada, ni un sueldo, y empezó á gritar: «¡Socorro!».

Es muy duro eso de carecer del bocado supremo.

Gavroche no por esto se detuvo en su camino.

Dos minutos después estaba en la calle de San Luis.

Al atravesar la del Parque Real sintió la necesidad de desquitarse del imposible pastelillo de manzana, y gozó el inmenso placer de rasgar en pleno día los carteles de los espectáculos.

Un poco más allá, viendo pasar un grupo de individuos bien puestos, que le parecieron propietarios, se encogió de hombros, y escupió esta bocanada de bilis filosófica:

—¡Esos rentistas, qué gordos están! ¡Cómo se regalan con los buenos bocados! ¡Preguntadles qué hacen de su dinero! No lo saben. ¡Se lo comen! ¡Y qué! ¡Todo para el vientre!