Los miserables · Victor Hugo

Chapter 2

Capítulo 78 de 171 · 5 min de lectura

=Gavroche en marcha=

La agitación de una pistola sin gatillo ostentada en la mano en plena calle y á mitad del día, es una función pública tal, que Gavroche sentía crecer su verbosidad á cada paso.

Gritaba, entre algunos trozos de la Marsellesa que iba cantando:

—Todo va bien. Me duele mucho la pata izquierda; me he roto la crisma, pero estoy contento, ciudadanos. Los burgueses no tienen qué hacer sino agarrarse bien; voy á echarles unas coplas subversivas. ¿Qué son los soplones? Gatos. ¡Por vida de Cris! No faltemos al respeto á los gatos. Ya quisiera yo tener uno chiquitín para mi pistola. Vengo de los boulevares, amigos míos, y se va calentando la cosa; ya cuece un poco, ya hierve. Ya es tiempo de espumar el puchero. ¡Adelante, hombres! ¡Que la sangre impura inunde los surcos! Yo doy mi vida por la patria, y ya no volveré á ver á mi querida, no, no, ni, ni, ya concluí, chichí; pero me es igual. ¡Viva la alegría! ¡Luchemos, caramba! Estoy ya cansado de despotismo.

En aquel momento, el caballo de un guardia nacional de lanceros que pasaba á su lado cayó al suelo.

Gavroche puso su pistola en tierra, levantó al jinete y después ayudó á levantar el caballo. Enseguida cogió la pistola, y continuó su camino.

En la calle de Thorigny todo era paz y silencio. Esta apatía, propia del Marais formaba contraste con el inmenso rumor que la rodeaba.

En el escaño de una puerta estaban charlando cuatro comadres.

La Escocia tiene tercetos de hechiceras, pero París tiene cuartetos de comadres, y el «tú serás rey» sería tan lúgubre dicho á Bonaparte en la encrucijada Baudoyer, como á Macbeth en la selva de Armuyr; sería, poco más ó menos, el mismo graznido.

Las comadres de la calle Thorigny sólo se cuidaban de sus asuntos.

Eran tres porteras, y una trapera con cesto y su gancho.

De pie como estaban, parecían las cuatro esquinas de la vejez, que son: la caducidad, la decrepitud, la ruina y la tristeza.

La trapera era humilde. En ese mundo al aire libre, la trapera saluda y la portera protege.

Esto depende de la calidad de la basura, según quieren las porteras que sea aprovechable ó inútil, al antojo de quien la amontona. Hasta en el barrido puede haber bondad.

Esta trapera era un cesto agradecido, y se sonreía, ¡con qué sonrisa! hablando con las tres porteras.

Decían cosas como éstas:

—¡Ah! ¡vuestro gato sigue siendo tan malo!

—¡Dios mío! Ya sabéis que los gatos son naturalmente enemigos de los perros; y los perros son los que se quejan.

—Y las gentes también.

—Sin embargo, las pulgas de los gatos no pasan á las personas.

—Y además, los perros son peligrosos. Me acuerdo de un año en que había tantos, que lo pusieron en los periódicos. Era cuando había en las Tullerías unos borregos grandes que tiraban del cochecito del rey de Roma: ¿Os acordáis del rey de Roma?

—Yo quería más al duque de Burdeos.

—Pues yo he conocido á Luis XVI, y prefiero á Luis XVII.

—¡Lo que está caro es la carne, señá Patagona!

—¡Oh! No me habléis de eso; son un horror los carniceros; un horror espantoso. No venden más que piltrafas.

En esto intervino la trapera, diciendo:

—Señoras, el comercio está paralizado. Los montones de basura están consumidos. No se tira nada; todo se come.

—Otros hay más pobres que vos, tía Vargulema.

—Sí, es verdad,—respondió la trapera con deferencia;—yo tengo una profesión.

Hubo una pausa, y la trapera cediendo á esa necesidad de hablar que reside en la misma naturaleza del hombre, añadió:

—Al volver á mi casa por la mañana desocupo la cesta, hago mi reparación (separación probablemente), y formo montoncitos en mi cuarto. Pongo los trapos en un canastillo, los tronchos en el barreño, las tiras de tela en mi baúl, las de paño en mi cómoda, los papeles viejos en el ángulo de la ventana, lo que se puede comer en una cazuela, los pedazos de vidrio en la chimenea, los zapatos detrás de la puerta, y los huesos debajo de la cama.

Gavroche, que se había parado detrás, estaba escuchando.

—Viejas,—les dijo,—¿qué tenéis que hablar de política?

El pilluelo recibió por respuesta la andanada de un sofión cuádruple.

—¡Vaya otro bribón!

—¿Qué es lo que lleva en la mano? ¡Una pistola!

—¡Miren el andrajoso galopín!

—Éstos no están tranquilos mientras no derriban la autoridad.

Gavroche desdeñándolas, se limitó por toda represalia á hacerles un gesto, levantando la punta de la nariz con el dedo pulgar y abriendo enteramente la mano.

La trapera gritó:

—¡Anda, pillete sin zapatos!

La que respondía al nombre de señá Patagona chocó ambas manos escandalizada.

—Va á haber desgracias; de seguro. El galopín de al lado, que lleva perilla, sale todos los días del brazo con una mozuela de gorro de color de rosa, y hoy le he visto pasar dando el brazo á un fusil. La señá Bacheux dice que la semana pasada hubo una revolución en... en... en... ¡dónde está el becerro!... en Pontoise, y luego, ¡le veis ahí con su pistola, á ese grandísimo tuno! Parece, según dicen, que en los Celestinos está todo lleno de cañones. ¿Qué queréis que haga el gobierno con esos haraganes que no saben qué inventar para revolver el mundo, cuando empezaba á estar un poco tranquilo, después de todas las desgracias que pasaron? ¡Santo Dios, yo que me acuerdo de aquella pobre reina, á quien vi llevar en una carreta! Y todo eso, por supuesto, va á ser causa de que se suba el rapé. ¡Es una infamia! Ten por seguro que iré á verte guillotinar, malvado, tunantón.

—Te se cae algo, mi buena vieja, suénate,—dijo Gavroche.—Suénate ese promontorio.

Y siguió adelante.

Cuando estaba ya en la calle Pavée, vínole á las mientes la trapera, y empezó este monólogo:

—Haces mal en insultar á los revolucionarios, tía Pincha trapos porque esta pistola sirve á tus intereses, sirve para que tengas en el cesto buenas cosas que comer.

De repente oyó un ruido detrás de sí: era la portera Patagona que lo había seguido, y que desde lejos le enseñaba el puño, gritando:

—¡Eres hijo de la Inclusa!

—¡Bah!—dijo Gavroche,—dejadme reir. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!

Poco después pasó por delante del hotel Lamoignon, y allí hizo esta llamada:

—¡En marcha para la batalla!

Pero le sobrecogió un acceso de melancolía; miró su pistola con cierto aire de reconvención parecido al enternecimiento, diciendo:

—Yo parto, pero tu tiro no partirá.

Un gatillo puede distraer de otro. Al mismo tiempo acertó á cruzar de una puerta á otra un gato pequeño y flaquísimo, que se le marcaban todas las costillas.

Gavroche tuvo lástima, y le dijo:

—¡Pobre minino, te has zampado todo un barril, que te se ven los aros!

Después se dirigió hacia el Olmo de San Gervasio.