Los miserables · Victor Hugo
Chapter 3
Capítulo 79 de 171 · 2 min de lectura
=Justa indignación de un peluquero=
El digno peluquero que había echado de su tienda á los chiquillos á quienes Gavroche había abierto el vientre paternal del elefante, estaba en aquel momento afeitando á un antiguo soldado legionario que había servido en tiempos del Imperio.
Estaban charlando. El peluquero había hablado naturalmente al veterano del motín, después del general Lamarque, y de Lamarque había pasado á hablar del emperador; de lo cual resultó una conversación de barbero á soldado, que Prudhomme, si hubiera estado presente, habría enriquecido con arabescos, y titulado: Diálogo entre la navaja y el sable.
—Señor mío,—decía el peluquero,—¿cómo montaba el emperador á caballo?
—Mal. No sabía caer; por esto no cayó nunca.
—¿Tenía buenos caballos? ¡Debía tener buenos caballos!
—El día en que me dió la cruz, me fijé en su cabalgadura. Era una yegua corredora, enteramente blanca, con las orejas muy apartadas, la silla profunda, la cabeza delgada, y marcada con una estrella negra, el cuello muy largo, las rodillas fuertemente articuladas, las costillas salientes, el lomo oblicuo, la grupa poderosa. Un poco más de quince palmos de alta.
—¡Hermoso caballo!—dijo el peluquero.
—Era el favorito de su majestad.
El peluquero comprendió que después de estas palabras era conveniente un poco de silencio; se calló y dijo luego:
—El emperador sólo fué herido una vez. ¿No es verdad?
El veterano respondió con el acento tranquilo y soberano del hombre que lo ha visto:
—En el talón, en Ratisbona. Nunca le vi más apuesto que aquel día; estaba radiante como un sueldo nuevo.
—Y vos, señor veterano, ¿habéis sido herido muchas veces?
—¿Yo?—dijo el soldado.—¡Eh, no es cosa! Recibí en Marengo dos sablazos en la nuca; en Austerlitz una bala en el brazo derecho; en Jena otra en la cadera izquierda; en Friedlan un bayonetazo... aquí; en la moscowa siete ú ocho lanzazos, no importa dónde; en Lutzen un tiro de obús, que me rompió un dedo... ¡Ah! Y luego en Waterloo un balazo de cañón en el muslo. Nada más.
—¡Qué hermoso es eso,—exclamó el barbero con acento pindárico,—eso de morir en el campo de batalla! Yo, palabra de honor, antes que morir en mi cama de enfermedad, lentamente y poco á poco entre drogas, cataplasmas, jeringas y medicinas, preferiría recibir en el pecho una bala de cañón.
—¡No tenéis mal gusto!—prorrumpió el soldado.
Apenas acababa de decirlo, cuando resonó en la tienda un horrible estrépito: había sido roto violentamente en forma de estrella un vidrio del escaparate.
El peluquero se puso descolorido.
—¡Ay, Dios mío!—exclamó.—¡Ahí está una!
—¿Una qué?
—Una bala de cañón.
—Hela aquí,—dijo el soldado.
Y recogió una cosa que rodaba por el suelo; era un guijarro.
El peluquero corrió hacia el cristal roto, y vió á Gavroche que huía á escape hacia el mercado de San Juan.
Al pasar por delante de la peluquería, Gavroche, que recordada á los dos chicos, no pudo resistir el deseo de darle los buenos días, y le tiró una piedra á los cristales.
—¡Pero no veis!...—exclamó iracundo el peluquero, que de pálido había pasado á azul.—Éste hace el mal, sólo por hacer mal. ¿Quién le ha hecho nada á este pilluelo?



